Ella nunca le contó de qué hablaron, ni lo que Ren le dijo. Yukihito tampoco lo preguntó.

Si por alguna casualidad se acercaban al tema, rozándolo de puntillas, bordeándolo, ella se limitaba a callar, con el brillo de las lágrimas anegando sus ojos. Luego negaba con la cabeza y se llevaba las manos al regazo.

Y él cambiaba de tema.

Yukihito tenía sus teorías, por supuesto. Pero tampoco es que necesitara saberlo. Conocía de sobra a Kyoko como para saber que lo que se ha roto una vez, difícilmente puede restaurarse. Y Ren quebró su confianza. La que ella le otorgó con el alma abierta y los ojos llenos de inocencia…

Después de aquello, él la acompañó en sus silencios, le ofreció su hombro y su pañuelo. Compartió con Kanae la tarea de recoger los pedacitos de su corazón herido y devolverla al mundo, más fuerte y hermosa que antes.

Allí donde Yukihito era paciente y comprensivo, Kanae era la dolorosa dosis de realidad que necesitaba Kyoko por más que escociera. Y bueno, Kotonami-san puede ser demasiado brusca y/o expeditiva en ocasiones, cierto, pero jamás podrá acusársela de no ser la verdadera Mejor Amiga que Kyoko-chan vociferaba por los pasillos. Así que, como un buen balde de agua fría, (la adorada e idolatrada) Moko-san apelaba al más puro y descarnado chantaje emocional para conseguir sacar a Kyoko-chan de la nube de desesperanza que la envolvía y arrastrarla de tiendas, y si acaso hoy fuera uno de esos días donde todo le recordaba a Tsuruga-san, de helados con la sección Love Me al completo. Todo sea por la amistad. Las calorías no importan.

La pequeña Maria-chan también estuvo ahí. Ella también tuvo su momento difícil, porque no entendía cómo dos de las personas que más adoraba, habían acabado así, rehuyéndose el uno al otro… Pero, quizás por haberla vivido, con sus pocos años, sabía reconocer la tristeza… De manera que por separado les brindaba su cariño y por si acaso, ejecutó unos cuantos hechizos de sanación espiritual de los que venían en su grimorio.

Así que el tiempo libre de Yukihito (porque Saito Ayame no era Ren y de verdad que tenía tiempo libre), y aquel que su representada le obligaba a tomar, eran para Kyoko. Él procuraba (muchísimo) no agobiar a Kyoko con su presencia, porque hay veces en que simplemente uno quiere estar a solas. Entonces, en esas ocasiones, él tenía que lidiar con sus ansias por ella. Oh, sí, porque como le sucede a los enamorados, una vez abierta la caja de los truenos (entiéndase su neutra declaración de 'interés' y 'gustar'), él quería más. Antes, siempre había logrado reprimir esta urgencia, quitándose de en medio y favoreciendo los encuentros entre Kyoko y Ren, pero ahora… Ahora que no tenía que ocultar su 'afecto' por Kyoko-chan, cuanto más la veía, más quería estar con ella. Más quería sentarse a su lado, sin necesidad de hablar, tan solo sentirla a su lado. Un leve roce de su hombro con el suyo, cada uno con sus papeles, y respirar su mismo aire. O compartir un té y escuchar su leve respiración al otro lado de la mesa. Más… Siempre quería más…

Pero no debía agobiarla. Debía darle su propio espacio para sanar y crecer.


Es la madrugada del domingo y Yukihito acaba de dejar en su casa a Saito-san. Los sábados son días agotadores para ambos porque es el día de emisión de su late night en directo. Pero Yukihito no regresa a su casa. Se dirige a la locación, en las afueras de Tokyo, donde están grabando esta noche El loto en el fango. Es un trayecto que hace con gusto, porque las chicas siempre vienen todo el camino parloteando sobre las incidencias de la jornada (más Kyoko-chan que Kotonami-san), y a él le gusta verla así. Radiante, acelerada por tantas emociones, feliz a pesar del cansancio…

Para cualquiera que la viera actuar, era evidente que Kyoko disfrutaba su Momiji. Y ni siquiera ser la rival de Moko-san por los afectos de Shizuma conseguía opacar su entusiasmo. Ciertamente, era un papel que exigía mucho a nivel físico, pero él había sido testigo de todo el proceso de su creación del personaje y sabía que Uesugi sensei las había entrenado bien a las dos. Todavía se le ponían los pelos de punta cuando recordaba el día de la audición… Cómo Kyoko-chan había sacado el ninjaken de su bolso y le había hecho una demostración in situ al productor. La había visto hacer acrobacias antes, es cierto, pero jamás le había parecido tan letal como cuando la vio saltar por toda la sala, katana corta en mano, hasta dejar la afilada hoja a un pelo de distancia de la garganta del productor. Precisamente la persona a la que trataba de impresionar. Bien, pues lo hizo.

Esa es mi Kyoko-chan…

—Kyoko-chan —le dice él, una vez han dejado a Kanae en su casa—, ¿te conté lo de Masako-san?

—¿Masako-san? ¿La mánager de Saito-san? —preguntó ella—. Bueno, quiero decir, ¿la mánager que sustituye usted?

—Sí, esa misma —respondió él, con un asentimiento de cabeza, antes de girar a la izquierda.

—Pues no. Pero ya no le faltará mucho para reincorporarse al trabajo, ¿verdad?

—Ah, precisamente ese es el tema… —dijo él, con cierto cansancio en la voz—. Bueno, pues resulta que ha pedido una excedencia por un año y dos meses para cuidar a su bebé.

—Oh… —y no dijo nada más. Él siguió conduciendo, en silencio. Kyoko reflexionaba—. Eso es bueno para usted, imagino.

—Sí, supongo… —respondió él, no del todo convencido.

—¿Quizás esperaba un nuevo encargo? —preguntó ella.

Él dejó salir una carcajada, a medias auténtica, a medias dolorosa. Mentiría si dijera que guardaba la ilusoria esperanza de que le asignaran a Kyoko-chan. Pero eso no iba a pasar…

—Podría decirse así, sí… —concedió él—. Parece que estaré con ella todo este tiempo…

—Oh, vamos, Yashiro-san —le dijo Kyoko. A él no le hizo falta luz alguna para saber que ella estaba sonriendo—, sabe bien que Saito-san le gusta.

—Sí, sí… Supongo que sí... —admitió él con un suspiro—. Pero Kyoko-chan, no te confundas... Ella no me gusta de la misma manera que tú...

Una inhalación brusca y luego el silencio. Y de nuevo, a pesar de la oscuridad, él lo supo. El color de las mejillas de Kyoko-chan le haría la competencia al de las amapolas…

Ah, ¿pues no? Que no fuera a imponerle sus sentimientos no quería decir que estuviera dispuesto a permitir que Kyoko-chan los olvidara. Como si no hubieran existido…

No hablaron más el resto del viaje.

—Lo sé… —la voz de Kyoko quebró ese silencio tenso—. No lo olvido… Buenas noches, Yashiro-san.

Yukihito se quedó mirando su figura perderse tras la puerta del Darumaya.