Llueve con fuerza, y el breve trayecto desde el coche al Darumaya es suficiente para convertir sus gafas en inútiles. En medio de los borrones acuosos de sus cristales, Okami-san le acompaña a su mesa habitual. Luego, el pequeño y acostumbrado ritual: saludos, agradecimientos, sí, el menú del día, por favor, más agradecimientos, más sonrisas…, y por fin Yashiro tiene tiempo de dedicarse a lo importante. Saca a tientas una bayetita de su maletín y procede a secar con esmero sus gafas. Se las prueba. Aún húmedas. Sigue limpiando. Se las prueba de nuevo. Borrosas. Las limpia otra vez. Se las prueba. Y se da de frente con los enormes ojos dorados de Kyoko mirándolo, abiertos de par en par, a un palmo de su cara.
Él contiene una exclamación de sorpresa pero se queda quieto, incapaz de alejarse.
—Yashiro-san… —dice ella, entrecerrando un poco los ojos con extrañeza—. No pareces tú…
Ella entonces le quita con cuidado las gafas y Yukihito no ve sino un borrón de color de formas difusas, pero puede sentir el aliento cálido de Kyoko sobre su piel. Cerca, muy cerca… Él ahoga otra exclamación, pero esta vez de naturaleza bien distinta…
—No, desde luego no pareces tú… —concluye ella.
Y Kyoko lo mira, lo observa. Lo analiza como si fuera un desconocido. Sin prejuicios, objetivamente. Sin sus gafas, los ojos de Yukihito brillan como dos luceros, grandes, enormes y llenos de luz. De esa luz que ella ha sentido antes. Pero por encima de todo, son tiernos y amables, y desbordan calidez.
Algunos mechones húmedos de la lluvia se adhieren a su frente y Kyoko los retira apenas sin tocarlo. Pero lo toca. Y ella lo siente temblar bajo sus dedos.
Él deja escapar el aire y cierra los ojos. Solo entonces, cuando se rompe el hechizo, Kyoko es consciente de lo cerca, extremadamente cerca, que está. Se retira, con un carraspeo y un rubor escandaloso por tal audacia, y finalmente le devuelve sus gafas.
Él parpadea al ponérselas mientras reza para que no se note que la sangre le arde en las venas.
—Discúlpame, Yashiro-san… He sido una maleducada —dice ella con la cabeza baja y las manos nerviosas en el regazo—. Pero es que… —y alza el rostro de nuevo para mirarlo—, ¿tus ojos siempre han sido tan grandes?
Él deja escapar una carcajada alegre, vibrante, que resuena entre las paredes del Darumaya. Algunos clientes se giran para mirarlos pero pronto regresan a sus platos y a su compañía. Es solo el pretendiente de Kyoko-chan, se atreve a murmurar alguno, demasiado cerca de los cuchillos del Taisho.
—Pues verás, Kyoko-chan —contesta él, cuando por fin deja de reírse—, lo he hecho solo para ti —y los ojos de Yukihito también ríen, y se entrecierran formando arruguitas. Pero la luz, esa extraña luz, sigue ahí.
Y solo entonces Kyoko se miró en ellos como si los viera por primera vez.
—Tengo problemas con la escena del beso —le dijo ella, su voz apagándose al final. Él podía sentir cómo se ruborizaba a través de la línea telefónica—. Esta tarde he quedado en el Darumaya con Himura-san para ensayar —como Yukihito no dijo nada, ella siguió hablando—. Puesto que es algo difícil para mí, ya sabes, por mi educación tradicional y todo eso, pensé que me sentiría más cómoda en un entorno seguro…
—¿Y por qué no ensayas conmigo? —sugirió él.
Yukihito se arrepintió al instante. Demasiado audaz, demasiado atrevido… Una cosa es soltarle cosas de tanto en tanto, y otra bien distinta es decirle que se bese contigo. El silencio se estiró en lo que a él le parecieron eternidades, pero probablemente solo fueran dos o tres segundos. Y al silencio le siguió una sonora carcajada, en la que se mezclaban los ecos de plata de la voz de Kyoko.
—Pero Yashiro san, tú ni eres actor ni estarías ensayando... —le reprochó ella, aún con la risa bailando en los labios—. Estarías aprovechándote de la situación.
—¿Y puedes culparme por ello? —se aventuró él a añadir.
—No, claro que no —contestó Kyoko, su voz un poco más seria—. Pero por mucho que te agradezco el ofrecimiento, no sería justo para ti… —el suspiro masculino llenó sus oídos —. Además, a quien tengo que besar es a mi compañero…
Un gruñido sonó alto y claro a través de la línea. Kyoko sonrió…
Tres horas más tarde, cuando llamaron a la puerta trasera del Darumaya, Kyoko se llevó la sorpresa del día al ver allí a su adorada Moko-san.
—¿Pero qué haces aquí? —preguntó la muchacha tras un infructuoso intento de abrazo mortal.
—Yashiro-san —respondió Kanae con molestia—. Algo sobre ser un paladín de tu virtud y un protector de tu inocencia —Kyoko sonrió de nuevo, y se llevó la mano a la boca para ocultar la sonrisa—. ¿No sabe que ya has besado a tu compañero? —Kyoko negó con la cabeza y a Kanae se le abrieron los ojos—. ¡No se lo has dicho!
—Dejarlo estar, Moko-san... —dijo Kyoko, dando por terminado el tema—. Es un detalle por su parte el preocuparse.
—Me pedirá un informe, ¿lo sabes? —protestó ella. Kyoko asintió.
—¿Quieres un té, Moko-san? —le preguntó, cerrando la puerta tras ellas.
—Sí, por favor. Yashiro-san puede ser terriblemente persuasivo…
