Yukihito sabía que ese día llegaría. Los pasos de Kyoko hacia el estrellato son firmes y constantes y Japón no es tan grande como para que no se encontraran nunca. No es que ninguno de los dos lo hubiera estado evitando, ni mucho menos. Kyoko nunca se lo había pedido y él no había tenido corazón ni malicia para hacerlo sin su permiso. Además, ella tenía su propia mánager y era bien grandecita para tomar sus propias decisiones. Así que alguna vez tenía que ser y tan solo era cuestión de tiempo…
Efectivamente, Kyoko es la coestrella de Ren. Pero ni siquiera pensar en la profesionalidad de ambos le trae alivio a Yukihito. Él no puede evitar el desasosiego que hace que sus entrañas se enreden en nudos de angustia y le roben la voz. Porque estarán juntos, día tras día, sonrisa tras sonrisa, beso tras beso… Porque sí, es una historia de amor… Un romance…
En el fondo, es miedo… Un miedo atroz a que lo que hubo entre ellos renazca más fuerte que antes y que él quede atrás, olvidado como se olvidan unos zapatos viejos. Es miedo a que la cercanía que se ha ido forjando este tiempo se desvanezca en el aire, a perder el rinconcito que se ha ganado en su vida… Miedo a perderla a ella…
Una tarde no puede más y va al estudio de grabación. Sabe bien que solo se hace daño a sí mismo, lo sabe muy bien. Que está a un pelo de convertirse en un acechador, en un stalker… Pero tiene que verlos… Tiene que saber…
Yukihito les observa de lejos, oculto entre el atrezo. Y lo que ve no hace nada por apaciguar sus temores. Oh, claro que ambos son profesionales, faltaría más, pero entre escenas, cuando no actúan, cuando no están fingiendo que son otros, cuando conversan, o cuando simplemente están lado a lado hablando con el director, él lo ve. Ve esa sombra de rosa en las mejillas de Kyoko, real, bien real, y la sonrisa de Ren también. No aquella falsa que tantas veces le vio, la de mentira cuando algo le incomoda. Una sonrisa muy similar a aquella que reservaba solo para Kyoko. Pero esta es más cálida, más, más… ¿Más qué? ¿Tierna? Maldita sea, está demasiado lejos…
Un día los ve besándose. Es una escena, por supuesto. Pero Yukihito no se siente con derecho a sentir el fantasma de los celos, que le aplasta el corazón en el pecho, y que hace que la amarga ira le suba por la garganta. No tiene derecho a sentir celos por lo que nunca ha tenido. Eres su amigo, su asesor a tiempo parcial, el hombre con el que cena casi todas las noches. Y nada más…
No eres ni su novio, ni su amante ni nada. Nada. Nada…
Aunque eso no evita que su burbuja de esperanzas e ilusiones estalle en mil pedazos.
Esa noche, Kyoko volvía de tirar los envases de vidrio cuando lo vio junto a la entrada del callejón. La luz sobre la puerta arrojaba sombras sobre su rostro, pero era su postura lo que inquietó a Kyoko. Los hombros caídos, los brazos laxos a los costados y la cabeza vencida mirando al suelo.
—Yashiro-san —dijo ella, acercándose lentamente—, ¿qué ocurre?
Él ladeó la cabeza cuando escuchó su voz.
—Lo sigues amando… —afirmó él, la voz ronca con un punto de amarga pesadumbre que a Kyoko le hizo detenerse en seco.
—¿Qué?
—Kyoko-chan, yo estuve allí —dice él—. Los vi. Te vi…
—Yashiro-san… —Kyoko da un paso adelante, pero él la interrumpe.
—¿Lo amas, lo odias? —pregunta él, su voz apenas reconocible.
—Yashiro-san, por favor… —implora Kyoko, dando otro paso hacia él—. ¿Por qué te haces esto?
Él acusa el golpe. Cierra los ojos y cuando habla, arrastra las palabras, como si apenas tuviera fuerzas para pronunciarlas.
—No estabas actuando cuando lo besaste.
Ella no responde y suspira como si le tuviera lástima. Y por alguna razón, eso le enoja. No quiere que Kyoko le tenga pena, no quiere inspirarle compasión. Quiere… Oh, dioses… Quiere que lo mire a él igual que miraba a Ren. Que lo mire como si él fuera la luz del mundo, que lo ame. Sí, que lo ame… Pero ella jamás dejará de amar a Ren…
—Sí que actuaba, Yashiro-san… —la voz de Kyoko rompe el silencio—. Sentí lo que mi personaje debería haber sentido. Pero yo, mi yo real, la persona que soy yo hoy, no sintió nada. Bueno, sí… —ella se remueve inquieta, tratando de explicarse—, lo que quiero decir es que no sentí lo que se supone que debería haber sentido…
—¿Y qué sentiste? —pregunta él sin mirarla, los ojos aún cerrados y los puños prietos a sus costados.
—Lo miro y veo a Tsuruga Ren, el actor número uno de todo Japón, la estrella de las artes cinematográficas, un dios en la tierra y el sueño de toda mujer. Lo miro y recuerdo cómo me sentía yo, pequeña, insignificante, tan poca cosa a su lado… Pero cuando lo miro, también recuerdo a aquel niño que consolaba mis llantos, que enjugaba mis lágrimas y me hacía reír —ella exhaló un largo suspiro y entrelazó sus manos frente a su regazo—. No, Yashiro-san, jamás podré odiarlo… Nunca ha habido malos en esta historia, tan solo malas decisiones… —ella cerró los ojos un momento, quizás recordando aquellos días—. Suyas, mías… Pero ya da igual… No puedo más que agradecerle el haber seguido cuidando de mí como Tsuruga Ren. Porque lo hizo, de veras que lo hizo, pero…
—Pero ¿qué?, Kyoko-chan…
Ella suspiró de nuevo, y el corazón de Yukihito se retorció, una vez más. No suspires así por él… Suspira por mí, por mí…
—Aprendí a vivir sin él… —declaró ella sin más. Con sencillez y sinceridad…
Pero eso no cambia nada…
—¿Acaso no lo quieres en tu vida, Kyoko-chan? ¿No quieres de vuelta a tu amigo, a Corn?
Yukihito se sorprende a sí mismo haciendo la pregunta que no quería hacer.
—Sí, me gustaría eso… —respondió ella, y una pequeña sonrisa, triste y cálida, visible bajo aquella luz, adornó sus labios—. Algún día, cuando duela menos…
Él asintió varias veces, dejando que el movimiento muriera por sí mismo, lentamente… Su voz era triste, muy triste, cuando habló.
—Como debe ser… —Yukihito entonces se movió, se acercó a ella con pasos inseguros. Inclinó la cabeza y sus labios rozaron su mejilla en un beso desgarradoramente leve, como si no se atrevieran a más—. Adiós, Kyoko-chan.
Algún día… Siempre con la sombra de Ren entre Kyoko y él…
Y con ese beso, Yukihito dejó ir, libre, lo que nunca fue realmente suyo.
Se alejó, adentrándose en la zona oscura del callejón, su silueta cansada y vencida recortándose contra las luces de la calle principal. Pareciera llevar el peso del mundo sobre los hombros, pero solo era la tristeza de su corazón.
