¡FELIZ 2017!


Él dejó de hacer las cosas que hacía antes.

Ya no pasaba por el Darumaya. Ya no llamaba, ni enviaba mensajes… Nunca contestaba a sus llamadas. Dejaba el teléfono sonar y sonar, pretextando cualquier cosa, como que no tenía los guantes puestos o que estaba demasiado lejos… Borró su número, aunque no es como si no lo tuviera grabado a fuego en su memoria. Dejó de consultar a su mánager la agenda y los proyectos de Kyoko.

La arrancó de su vida.

Pero arrancar a alguien del corazón no se logra sin dolor y deja un hueco enorme en el pecho, un vacío donde antes estaba todo su amor por ella. Pero ah, Yukihito no puede. Todo sigue allí. Intacto, pero ensordecido por el dolor y la tristeza. Él lo oculta bajo mil excusas, mil razones que solo le hacen daño, y trata de engañarse diciéndose que no es más que añoranza. Que solo es nostalgia o como mucho, el exceso de tiempo libre que tiene ahora en sus manos.

Pero ese tiempo libre también es una trampa… En el silencio de su apartamento los recuerdos atacan a traición llenando su cabeza de imágenes de lo que han vivido juntos. El dolor se mueve entonces en oleadas que vuelven su pulso errático y luego viene la asfixia, Yukihito se dobla en dos y se lleva la mano a la garganta, allí donde el nombre de Kyoko lucha por salir…

Porque una vez que renuncias al amor que llenó tus días, debes aprender a vivir con solo medio corazón…


Perdió peso porque perdió el apetito. Y tampoco es que le importara… Su mirada se volvió gris porque él se volvió gris. Caminaba con los hombros vencidos, como si hubiera sido derrotado en combate. Pero lo peor, lo primero en lo que reparaba la gente que lo conocía, era en que había perdido su sonrisa…

Yukihito ya no reía…


En las pantallas de los estudios, el más reciente comercial de Kyoko. Yukihito intenta ignorarlo, pero la voz de ella le detiene. Él cierra los ojos y reniega de su cuerpo traidor, que ha dado dos pasos atrás hacia los monitores. No quiere abrir los ojos, no quiere… Pero Kyoko ríe, porque su perfume promete el amor. Y a su pesar, su risa le calienta el pecho ahuyentando el frío de un corazón roto.

Él abrió los ojos.

Pero los comerciales solo duran veinte segundos.

Kyoko ya no estaba.


—¿Me lo puedes explicar otra vez? —preguntó Saito-san.

—Ella eligió… —respondió él, fingiéndose ocupado en la agenda de su representada. A su lado, el teléfono sonaba sobre la mesa sin ser respondido.

—¿Eligió? ¿De veras crees que ha elegido? —replicó ella, la voz seca y dura, como un latigazo—. ¿Entonces por qué te sigue llamando?

—Por costumbre, imagino… —respondió él, pretextando indiferencia. El teléfono dejó de sonar.

—Eso ni tú te lo crees… —Saito Ayame le arrebató la agenda de las manos y le obligó a mirarla—. La muchacha te busca, ¿y tú la ignoras?

Yukihito cerró los ojos, se apretó el puente de la nariz y exhaló un suspiro antes de responderle.

—Saito-san, a riesgo de que me tome por un pusilánime, se lo diré claramente —pero calló, quizás buscando las palabras. Justo cuando Ayame pensaba que no iba a decirle más, él habló—. No puedo volver… Me romperé en dos…

—No te romperás… —ella rodea la mesa para darle una ruidosa (y dolorosa) palmada de ánimo en la espalda—. Los hombres enamorados son idiotas.

—No sé cómo hacerlo… —replicó él, retorciéndose un poco para aliviar el dolor.

—Ya se nos ocurrirá algo… —respondió Ayame.

Y por un momento, un breve momento, Yukihito creyó ver en sus ojos el mismo brillo diabólico que a veces veía en el presidente Takarada.


Yukihito lucha contra el peso de las sábanas. Con movimientos torpes, las empuja con los pies para quitárselas de encima. Le agobian, le asfixian. Apenas puede contener los temblores y no hablemos de enfocar la vista. El mundo se mueve peligrosamente de un lado a otro y no es por no llevar puestas sus gafas. Yukihito creyera que la cabeza le va a explotar o que su cerebro se va a derretir, lo que suceda primero… El cuerpo le arde y la piel está en llamas, y justo cuando con dedos vacilantes peleaba con los botones de la camisa del pijama, siente una mano gentil que le trae frescura a su frente ardiente.

Él se detiene y suspira, recreándose en el frío alivio del agua sobre su piel. El vaivén de su mundo parece sosegarse un tanto y entonces advierte un borrón cobrizo frente a él.

—¿Kyoko-chan? Kyoko… —un nuevo suspiro—. Ah, ya estoy delirando otra vez… —dijo desplomándose sobre la almohada. Ella se ruborizó, pero siguió pasándole la toalla húmeda por la piel enfebrecida—. Otra vez…

—No, Yashiro-san, soy yo de verdad…

Él se incorporó con un gesto brusco que hizo que el mundo se pusiera a dar vueltas otra vez. Dio un par de manotazos a ciegas sobre su mesilla de noche buscando sus gafas.

—¿Kyoko-chan? —pregunta él, poniéndose atropelladamente las gafas. Cuando por fin logra enfocar lo suficiente, se da cuenta de que es cierto. Kyoko está ahí. Justo a su lado. En su apartamento. En su cama—. Vete, vete de aquí ahora mismo —le ordenó él, con toda la firmeza que pudo reunir en su voz, después de tantas semanas sin verla. Yukihito apenas vio el gesto de dolor que provocó con sus palabras. Pero entonces añadió—. Te vas a enfermar, vete.

—No seas tonto, Yashiro-san —protestó ella—. No puedo dejarte así…

—¿Cómo? ¿Cómo…? —preguntó, sin llegar a terminar las frases.

—¿Cómo lo supe o cómo entré? —Yukihito asintió sin fuerzas, quizás respondiendo que sí a las dos cosas—. A Saito-san le faltó tiempo para decirme que no habías ido a trabajar hoy. Que te estabas muriendo o algo así… —Kyoko enjugó de nuevo la toalla en el agua fresca—. Muy dramática y convincentemente, he de añadir… Y que Matsushima-san tenía una copia de tus llaves, las que le diste en caso de emergencia.

—Aaah —respondió él, dejándose caer sobre la almohada, mientras las brumas del delirio le daban de nuevo alcance… Ella le pasó la toalla húmeda por la frente, por el cuello… Él mantenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad por la boca—. Tonterías… No hay ni una sola razón por la que quisieras volver a verme después de cómo te he ignorado… Seguramente sigo delirando —y ya que de un delirio se trataba, Yukihito abrió los ojos y tiró de la que creía su fantasía haciendo que Kyoko cayera sobre su pecho. A ella se le escapó un gritito de sorpresa—. ¿Sabes las veces que te he soñado en mi cama? —Kyoko dejó escapar un suspiro y puso las manos a sus costados para levantarse, colorada a niveles inusuales. Luego, tras recomponerse un poco y someter como pudo el revelador sonrojo, le ayudó a incorporarse y le obligó a tragar un par de pastillas.

—Ah, Yashiro-san… La fiebre te hace hablar de más —le dijo mientras le llenaba un vaso de agua fresca.

Sí, seguramente se le caería la cara de vergüenza si (cuando) supiera lo que le había dicho. Pero en fin… Dicho estaba.

Ella se pone de pie y se estira las prendas que viste, deshaciendo las arrugas de estar tanto tiempo sentada. Él, todavía sin saber si la Kyoko que está ahí es la real o no, la mira, absorbiendo (como puede) cada detalle.

—Kyoko… —le dice, con los ojos turbios por la fiebre.

—¿Sí?

—Hace días que no me llamas… —Kyoko ladea la cabeza y frunce ligeramente el ceño, a medias una pregunta y a medias una protesta.

—Yo lo intenté, Yashiro-san, pero tú decidiste irte… —respondió ella, mostrando las palmas de sus manos como una señal de rendición—. Y debo respetar eso…

—Soy un idiota… —afirmó él, apartando avergonzado la mirada de ella.

—Sí, probablemente —secundó Kyoko, pero sonreía al decirlo.

—Duele, no sabes cuánto —dijo él, mirando al techo, aún sin atreverse a enfrentar sus ojos.

—Puedo hacerme una idea… —replicó ella, y la tristeza en su voz hizo que Yukihito por fin buscara sus ojos.

—Kyoko… —llamó él.

—Dime…

—Te echo de menos… —declaró él, haciendo esfuerzos para que no se le quebrara la voz.

—Shh, estoy aquí… —ella se apresuró a sentarse de nuevo junto a él, poniendo su mano en su frente. Ardía…

—Y aquí —él se lleva mano al pecho, justo sobre el corazón—, siempre estás aquí…

—Shh… Lo sé, lo sé… —dijo ella mojando de nuevo su frente—. Duerme… Volveré más tarde —él asiente, ella le quita las gafas y las pone en la mesilla de noche. Dedica un momento a ver cómo el sueño revolotea en sus ojos y poco a poco se van cerrando en ese dormir inquieto de los febriles. Y solo cuando su respiración agitada se normaliza un tanto, se levanta. Corre las cortinas para que la luz no le moleste y ya en la puerta, se gira y le dice al durmiente—. Mejórate pronto, Yukihito…

Yashiro Yukihito hubiera dado parte de su alma por escuchar su nombre de labios de Kyoko…

Pero lamentablemente, él no la escuchó.