En medio del hall de LME, concurrido como siempre, dos personas discutían y otras dos solo contemplaban la escena, esperando a ver quién se alzaría como vencedor. Aunque no tenían muchas dudas al respecto, no…
—¡Maldita sea, Kyoko-chan, no quiero tu lástima! —exclamó el único varón del grupo.
—Te lo he dicho… —protestó ella, haciendo visibles esfuerzos por mantener su disgusto bajo control—. Si hace una semana me llamabas Kyoko a secas, no entiendo por qué ahora tienes que volver al Kyoko-chan.
—Porque estaba enfermo —contestó él, con un vigoroso asentimiento de cabeza que reforzaba su declaración. Además, cruzó los brazos sobre el pecho en clara señal de que no iba a cambiar de opinión—. Y porque no es correcto.
—¿No es correcto? No, claro que no es correcto —rezongó ella, alzando las manos al cielo y luego dejándolas caer a sus costados, convertidas en fieros puños apretados—. Eres tonto, Ya-shi-ro-san —Kyoko remarcó cada sílaba de su apellido. Con toda la intención del mundo. Él se encogió ante el afilado enojo en su voz—. Definitivamente eres tonto… —y con un arco rígido de despedida a Saito-san y a Moko-san, se dio la vuelta y se marchó dando pisotones y con la cabeza bien alta. Sin despedirse de él.
Kanae, antes de seguir a su amiga, sacude con elegancia su melena por encima de su hombro y añade:
—Pues sí, lo eres…
Y Yukihito se quedó mirando el pasillo por el que desaparecieron las dos mujeres. A su lado, Saito Ayame se tapaba la boca, tratando de ocultar las risas.
—¿¡Qué!? —preguntó él, ya sin molestarse en mantener las formas.
—Que eres tonto, Yashiro-san… —y después estalló en carcajadas.
Él tuvo que tragarse el orgullo y aceptar las condiciones de paz. Ella lo llamaría Yukihito y él la llamaría Kyoko.
Más que nada porque no podía vivir sin ella. Ya había visto cómo era su vida sin tenerla cerca, sin sentir su voz, sin ver su risa…
Durante su convalecencia, recuperó peso. Kyoko se encargó bien de eso. Cuando no traía algo del Darumaya, ella cocinaba en su apartamento. Lo mejor de aquellos días entre cuatro paredes era cuando escuchaba la puerta abrirse y su Tadaima por el pasillo, justo antes de verla, con una sonrisa en la cara y las manos llenas de comida.
—Okaeri, Kyoko… —respondía él con el corazón trémulo, henchido de alegría y de amor sin expresar.
Pero para él, el hombre enamorado, las atenciones de Kyoko no eran más que migajas de afecto.
Afecto sincero, sin duda, pero que siempre le hacía sentir insatisfecho, en desventaja, en ese precario equilibrio del que no es nada pero quiere serlo todo. Anhelando más…
Yukihito va con prisas. Tiene que recoger a Saito-san en los estudios y luego acompañarla a la renegociación de su contrato con la cadena de televisión. Así que cuando las puertas del ascensor se abren, susurra un apresurado buenas tardes a quien ya estaba allí.
Que resulta ser Ren.
—Buenas tardes —le responde el actor.
El corazón se le detiene a Yukihito por un breve instante. No está listo para esto… No está listo para enfrentarse a Ren, para volver a hablar con él… Y puede que nunca lo esté. El descenso al aparcamiento le parece eterno. Cada uno ocupa una esquina y centran deliberadamente la mirada en las puertas. El silencio, incómodo y violento, es casi un grito, una ofensa a lo que antes hubo entre ellos. Y luego, cuando por fin se abren, el embarazoso momento en que el uno ofrece al otro salir primero.
—Yashiro… —le dice, con la mano hacia la puerta, en ademán invitador.
—Ren… —le contesta, repitiendo el gesto. Después de todo, Tsuruga Ren tiene más rango, es la estrella de LME.
—Insisto…
—Yo más…
—Declino el honor… —llegados a este punto, Yukihito no tuvo más que aceptar o estarían así toda la tarde. Agradece con un gesto seco de cabeza, y sale por fin del ascensor. Ren le sigue, agitando las llaves en su mano.
—¿Ren? —pregunta Yukihito, un poco molesto, al ver que va por su misma dirección.
—Mi coche está ahí, cerca del tuyo.
Yukihito no contestó y siguió caminando.
—A ver, Yashiro… —le escucha decir—. ¿Qué demonios ocurre? Después de todo este tiempo, casi dos años, pensé que podríamos tratarnos al menos como adultos…
Él se detiene, y sin darse la vuelta, sin mirarlo, le contesta.
—Ella dijo que quería volver a tenerte en su vida.
Ren no tiene que preguntar quién es 'ella'.
—Me alegra eso —responde él—. Y yo a ella también…
Ren se ha puesto a su lado, y observa la mandíbula apretada de su antiguo mánager.
—Pero no creo que sea como estás pensando… —Yukihito solo movió los ojos, dedicándole una mirada helada. Ren frunce el ceño con extrañeza y algo de contrariedad—. Vamos a ver, Yashiro. Aquí hay algo que estás entendiendo mal…
—Pues a mí me parece que está todo muy claro… —replica él.
—Te vi, ¿sabes? —dice Ren, ladeando la cabeza. Yukihito no contesta, y lo mira sin comprender—. Te vi en el plató aquel día… —Yukihito, a su pesar, abre los ojos de puro pánico—. Más de una vez, de hecho…
—¿Ella…? —pregunta sin ser capaz de terminar. Pero Ren negó con la cabeza. No, no sabe que hubo más de una vez.
—Yashiro —dice Ren, colocándose frente a él. Cruza los brazos sobre el pecho, quizás para protegerse. ¿Pero de quién? ¿De mí?—, en toda mi vida solo he tenido tres amigos verdaderos. Tres. ¿Sabes lo que es eso?
A Yashiro se le acelera el corazón, porque el Señor No-hablo-nunca-de-mí, Míster Hermético, está hablando de sí mismo. ¡Con él!
—Uno está muerto y los otros dos los perdí por estúpido casi al mismo tiempo… —Yukihito puede advertir un fondo de tristeza en su voz. Es triste, cierto, pero ante todo, es sincera—. Ella fue mi primera amiga verdadera. Claro que quiero a Kyoko en mi vida. Claro que quiero tenerla cerca. La necesito. Igual que a ti —¿A mí? ¿Estaba hablando de mí?—. Ya he vivido esto antes, Yashiro, y este vacío, donde antes estaban ustedes dos, duele como una herida abierta… —Ren levanta la vista y clava sus penetrantes ojos en los suyos—. Así que no te confundas ni pienses lo que no es… Y sí, por si no te ha quedado claro, aún te considero mi amigo, a pesar de este… distanciamiento.
—Ren, yo… —a Yukihito las palabras se le atoran en la garganta y lucha por encontrar la fuerza para decirlas, pero Ren no ha terminado.
—No me porté bien con ninguno de ustedes, ni contigo ni con ella.
Yukihito deja caer la cabeza, con pesar y un tanto de arrepentimiento.
—Yo tampoco lo hice de la mejor forma…
—¿Bromeas? —y por primera vez Ren sonríe—. Fue toda una declaración de guerra…
—Una insensatez es lo que fue… —replica Yukihito—. Poner a Kyoko en medio… —Ren exhala suavemente pero le da la razón…
Luego, un nuevo silencio. Pero distinto. No puede llamarse cómodo, pero sí familiar, conocido… Es ese silencio entre dos hombres que no se lo han dicho todo porque se conocen demasiado. No se dicen que se quieren, ni que se estiman a pesar de las heridas. Simplemente lo saben.
—Deberías hablar con ella… —le dice Ren por fin.
—Hablar —repite Yukihito con sequedad.
—Sí, hablar —le confirma Ren—. Y no lo fastidies, Yashiro… O empezaré a pensar que eres idiota…
A salvo dentro de su coche, Yukihito ve cómo el Porsche de Ren pasa por delante del suyo y abandona el edificio.
¿Qué &%*$ fue eso?
¿Ren le había dado su bendición o se había vuelto loco?
¿Le habrían sentado mal las setas shiitake del almuerzo? ¿O no eran setas? ¿Y si eran hongos alucinógenos y se acababa de imaginar toda esta conversación?
Pero y si no era así (lo cual sería lo más probable…), ¿qué rediantres sabía Ren que él no supiera?
