Por supuesto, la extraña conversación con Ren no hizo más que dar vueltas y vueltas en su cabeza… Yukihito buscaba significados ocultos en ella, intentaba descifrar dobles sentidos en sus palabras, repetía la escena una y mil veces para ver si había pasado algo por alto… Y no. Ren dijo lo que dijo y él no tiene ni idea de dónde demonios vino eso. ¿Que no lo fastidie con Kyoko? ¿Pero cómo se puede no fastidiar lo que simplemente no existe? ¿O —y en este punto su corazón se ponía a latir desbocado— es que sí que existe?
La cabeza le daba vueltas. El mundo giraba con y sin las gafas puestas. La sensación de vértigo en su estómago hacía que la garganta se le cerrara de puro miedo. Miedo porque por fin había llegado a una conclusión. Y porque tenía todo un corazón que perder si se equivocaba.
Existe, sí. Existe una posibilidad.
Con Kyoko…
¡Kyoko!
Al día siguiente, Saito-san advirtió las sombras azules bajo sus ojos, pero también la nerviosa sonrisa asustada (una sonrisa de idiota enamorado, en su opinión) que era incapaz de reprimir.
—Escúpelo… —dijo ella, sin dar siquiera los buenos días.
—¿Disculpe? —preguntó Yukihito parpadeando confundido.
—Dispara… —casi ordenó ella, curiosa.
—Saito-san, yo no entiendo…
—La muchacha, Yashiro-san —le interrumpió ella con impaciencia—. Se ve que estás sin dormir pero no te importa. ¿Qué pasó con Kyoko-chan?
Sin poder evitarlo, su boca se extendió de lado a lado, en una sonrisa mayor y más brillante. Mientras, Saito-san casi se mordía las uñas.
—He tomado una decisión… —respondió él—. Voy a hablar con ella.
—¡Aleluya! —exclamó ella, alzando las manos al cielo.
Él llegó por la noche al Darumaya y se sentó en su mesa habitual. Okami-san le atendió con la amabilidad de siempre mientras él dirigía disimuladas miradas a la cocina en busca de Kyoko.
Ya casi había terminado de cenar y ni rastro de Kyoko. Revisaba su teléfono móvil cada tres minutos, con la esperanza de tener noticias suyas, pero no tuvo esa suerte. Sintió el valor desinflarse en su pecho como un globo después de una fiesta. Exhaló un suspiro y la cabeza cayó sobre su pecho. Se permitió entonces sentirse miserable y regalarse un poquito de autocompasión.
Un plato de mochis regados con miel y crema de té verde aparecieron en su campo de visión sobre la mesa.
—Gracias, Okami-san… —le dijo, sin fuerzas para protestarle. Era más fácil decir que sí que decirle que su apetito había desaparecido.
—Me pareció que algo dulce te levantaría el ánimo… —dijo la voz que llenaba sus sueños. Él alzó la mirada, rápido. En sus ojos destelló la sorpresa y algo más.
—Siempre sabes lo que necesito, Kyoko… —comentó él, escondiendo las manos bajo la mesa, para que ella no viera cómo le temblaban. Justo cuando se había resignado a no verla, Kyoko aparece y le pilla desprevenido…
—Se me da bien, sí… —respondió ella, tomando asiento frente a él y apoyando la mano en la mejilla despreocupadamente—. Y no es que seas terriblemente difícil de leer, Yukihito… —y añadió—. Eres casi transparente, una vez que se te conoce…
Él inspira y sacando sus manos del refugio bajo la mesa, desplaza el plato de mochis hacia el centro del tablero.
—¿No comes conmigo?
Ella negó con la cabeza y él tomó los palillos. El silencio duró lo que tardó Yukihito en comerse el primer mochi. Ella le observaba comer.
—Estoy esperando a que me digas qué te inquieta —dijo Kyoko. El segundo mochi resbaló, cayó y rodó sobre el plato.
Él inspiró, apoyó los palillos en el plato y se limpió con la servilleta. Kyoko aguardaba sin decir más.
—En dos días me marcho con Saito-san —dijo. Kyoko alzó una ceja inquisitiva (aprendida directamente de su M.A. Moko-san)—. Estaré fuera una semana —dijo él.
—¿Tanto? —preguntó ella, aún con la mano apoyada en la mejilla.
—Es el festival de cine en su ciudad natal, Kyoko —le explicó. Aún se le hacía raro llamarla así, pero por los dioses, le encantaba… Y recobrando el valor, o quizás la inconsciencia, añadió—. Hay algo que quiero hablar contigo a la vuelta.
—¿Hablar? —repitió ella, como un eco. Se tensó un poco, enderezó la espalda y apoyó las manos en el regazo.
Él asintió, sin decir palabra, observando el brillo curioso de sus ojos.
—Por supuesto —dijo ella—. ¿Te veré antes de que te vayas?
A Yukihito se le estiraron los labios involuntariamente en una sonrisa satisfecha y un puntito orgullosa. ¿Era ansiedad lo que detectó en la voz de Kyoko? ¿Eran nervios? Sí, seguro que sí…
—¿Me echarás de menos? —le preguntó él con esa voz con la que solía decirle que ella era su todo.
Ella le dirigió una mirada rápida, y enseguida apartó la vista.
—Puede… —le respondió como quien habla del tiempo, fingiendo desinterés.
—¿Puede que sí o puede que no? —él apoya la mano en la barbilla y se queda mirándola, muy pendiente de sus reacciones.
—Pues cla… —Kyoko se lleva abruptamente las manos a la boca y luego exhala un suspiro, suave y lento—. Buen viaje, Yukihito…
Él sonrió, bastante ufano de sí mismo, con mil mariposas enloquecidas volándole adentro, y en un gesto de suprema audacia, se inclinó sobre la mesa, por encima de los mochis olvidados hace ya rato, y redujo el espacio entre ellos para susurrarle al oído, su aliento cálido sobre su piel, y el perfume floral de ella inundándole los sentidos.
—Échame de menos, Kyoko.
Ella se puso roja, obviamente. Kyoko también era casi transparente, si sabes qué buscar.
