Nueve días después, la tormenta estaba en todos los canales. Árboles caídos, vuelos cancelados, muros tumbados por la fuerza del viento y el agua… No había que lamentar víctimas, gracias a los dioses, pero los destrozos materiales se prometían cuantiosos. El viento rugía con rachas de 120 km/h en una región que no estaba habituada ni preparada contra las inclemencias de la naturaleza.

Yukihito debería haber llegado hace tres horas. No lo había hecho. Kyoko tiene el corazón atascado en la garganta mientras marca por enésima vez su número. De nuevo el odioso mensaje de fuera de cobertura / la línea no responde… Nada, nada…

Y ella no hace más que mirar el televisor y llenarse el corazón de miedo…


Es casi la una de la mañana y Kyoko no duerme. Sigue en la salita de estar, pendiente del televisor y de su teléfono. Ha probado con los dos, con el número de Yukihito y con el de Saito-san. Pero el resultado es el mismo…

Una parte de ella se pregunta si es que hace falta una tragedia en su vida para darse cuenta de lo que de verdad quiere o es que si será que ella es incapaz de escuchar a su corazón… Ah, pero es que los viejos hábitos son una cosa muy mala. Y Kyoko sabe engañarse a sí misma muy bien. Sabe cómo ocultar lo que siente su corazón y disfrazarlo con otros nombres: respeto, admiración, amistad… Pero así, tan solo se hace daño a sí misma… Ella sabe bien la verdad…

No hace mucho que se acostumbró a la ayuda del café para las largas jornadas o para las sesiones de rodaje de madrugada. Hay algo reconfortante en tomarse una taza caliente de café. Colocas las manos en torno a la taza, absorbiendo su calor, mientras te dejas llenar por el exótico y cálido aroma. Trae a tu alma la quietud que buscas, ese momento de paz que necesitas y contemplando el brillo oscuro del café, tu mente se vacía de lo accesorio y redundante y es entonces que los problemas de la vida se simplifican, pierden toda esa parafernalia que nos atosiga y nos abruma, y finalmente los vemos cómo realmente son.

Pero esta noche ni el café le funciona…


Hasta que suena la puerta. Tres golpecitos suaves, casi tímidos, pero que en el silencio de la noche, con el televisor emitiendo imágenes mudas de la tormenta, resuenan por las paredes del Darumaya.

Con el ablandador de carne del Taisho (utensilio culinario y martillo ofensodefensivo) colocado en un sitio estratégico, Kyoko encamina sus pasos a la puerta de servicio del restaurante. Descorre los cerrojos y abre tan solo un poquito a la oscuridad de la noche.

Para encontrarse con la sonrisa de Yukihito.

Abre de par en par la puerta y su boca exhala una exclamación que pretendía ser algo parecido a un 'no me lo puedo creer', pero mucho más primitiva e ininteligible.

—La tormenta tumbó las líneas —se apresuró a decir él—. Freí los teléfonos. El mío, el de Saito-san, el de un amable señor que me prestó el suyo… —Yukihito hablaba con prisa, aturullando las palabras, quizás por el frío o quizás por los nervios por presentarse a horas tan intempestivas. Tremendo atrevimiento el suyo…—. Nos quedamos tirados a mitad de camino y luego tuvimos que alquilar un coche y…

Ella callaba, aunque parpadeó un par de veces.

—Pensé que podías estar preocupada y por eso vine a esta hora… —se explicó él, pero ella seguía en silencio. Pero ahora se movía, ladeando la cabeza y mirándolo de arriba abajo—. ¿Kyoko-chan? ¿Kyoko?

Ella parpadeó de nuevo, e inesperadamente, se arrojó a sus brazos.

—Idiota —le sintió susurrar Yukihito contra su pecho.

Él la rodeó con los suyos y se permitió creer que era un sueño. Se olvidó del frío, de los nervios y de la noche horrible que acababa de vivir. Porque todo eso lo viviría de nuevo solo por tenerla así, entre sus brazos.

—Estaba tan preocupada por ti… —se quejó ella, aún con el rostro enterrado en su pecho.

—Kyoko —le dijo él, depositando un leve beso en su pelo—, no debes decirme cosas así… Me haces pensar, me haces soñar…

Pero ella no le corrigió ni protestó.

Él cerró los ojos y dejó que la esperanza, esa cosa con plumas que se sienta en el alma, entonara su melodía sin palabras. La estrechó más contra su pecho y la sintió aferrarse con más fuerza a él.

Él no sabe cuánto tiempo estuvieron así, en silencio, sin usar más lenguaje que el de su abrazo, sintiéndose, respirándose, hasta que la voz de Kyoko vibró en su pecho.

—Yukihito —él tembló, como siempre, al escuchar su nombre de sus labios. Kyoko dio un paso atrás, poniendo distancia entre ambos. Él sintió el frío que dejaba su ausencia entre sus brazos. Ella carraspeó y se aclaró la garganta—, verás, yo tengo una pregunta… —deja salir un suspiro—. Necesito saber la verdad —otro suspiro, más hondo que el anterior—, yo tengo que saber…

—Por los dioses, Kyoko, me estás matando… ¿Qué es lo que tienes que saber?

Ella parece vacilar y cierra los ojos. Yukihito ve cómo su postura cambia, endereza la espalda, cuadra los hombros, alza el mentón, audaz, valiente…

—¿Me sigues queriendo como el primer día? —le preguntó. Ahí soltó la bomba. Una pregunta directa que requiere una respuesta directa.

A él no le hacía falta más luz que la que salía del Darumaya para saber que el sonrojo estaba ahí.

—No —respondió Yukihito. Kyoko hizo un gesto de dolor y sus labios se apretaron en finas líneas.

—¿Te cansaste de esperarme? —preguntó ella, tratando de mantener la valentía y que no se le quebrara la voz.

—¿Cansarme de…? Ah, no, Kyoko, noooo, no es eso… —respondió él haciendo aspavientos con las manos, los ojos abiertos de horror al darse cuenta de cómo podía ser interpretada su respuesta—. Pero es la verdad… Ya no te quiero como el primer día —declaró él, reduciendo el espacio entre ellos. Un paso. Y otro… Hasta tenerla a un suspiro de distancia—. Te quiero más, mucho más…

La sonrisa que se dibujó en sus labios fue todo lo que él necesitó para decidirse a besarla.

Y si alguien se hubiera asomado a aquel rinconcito del mundo, habría visto cómo las flores aparecían a su alrededor y que sus pies no tocaban el suelo.

- FIN -

.


.

NOTA: Hasta aquí llegamos. Gracias a todos por acompañarme hasta el final de esta aventura.