Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida, tampoco es mía. Está basada en una película, seguro ya s habrán dado cuenta cual es, y si no, al final se los dejaré por escrito.

Summary: Tras la muerte de su padre, Bella se convierte en la sirvienta de su madrastra y sus hermanas; pero no todo es tan malo, su destino se cruza con el príncipe Edward el cual huye de sus responsabilidades como próximo Rey.


Capitulo 3: Puntería.

Pasarían 10 años para que otro hombre entrara en la vida de la pequeña Isabella…

Un hombre que seguía siendo un niño en muchos aspectos.

Por el largo pasillo tintineaban las luces de los sirvientes, a pesar de ser la hora en que todo el castillo debiese dormir, nadie parecía querer hacerlo.

Los sirvientes iban y venían por los pasillos, los guardias alertas a cualquier movimiento extraño y los Reyes Carlisle y Esme, deambulaban por aquel pasillo que serpenteaba hacia los aposentos el príncipe.

Esme Cullen Reina consorte y madre del príncipe, apretaba sus manos en señal de preocupación, a su lado Carlisle el Rey, no estaba mejor que ella, caminaba con el ceño fruncido, como si su enojo acrecentara a cada paso que daba.

-Firmé un tratado matrimonial con el Rey de España. – murmuró el Rey Carlisle. – ¡Por Dios! Que ese chico me obedecerá.

Esme exhaló cansadamente. El enojo de su marido había empeorado mucho más esa tarde, cuando los guardias avisaron que el príncipe Edward había escapado del castillo a una más de sus "aventuras" como él las llamaba.

El hecho de que el príncipe fuese un tanto arrogante, malcriado y desobediente, imponía en Esme hasta cierto punto vergüenza. Ella había criado a un caballero, digno de llevar las responsabilidades como futuro Rey. Ella creía firmemente, que si Edward ahora de casi 26 años, se casaba con una buena mujer, fuese o no de la realeza, le haría ver que esta vida bohemia y romántica debía terminar.

Esme había ayudado por muchos años a que Edward viese el mundo, calmando así a su marido, alegándole que Edward debería primero saber cómo es la vida fuera del Reino, y así sería un mejor gobernante. Pero su hijo, había hecho todo lo contrario. Bien era sabido que el heredero al trono, era famoso por sus continuas conquistas con damiselas, metiéndose en cuanto lío pudiese.

-Pero él no siente amor por ella mi Lord. – explicaba la Reyna en tono condescendiente.

Esme miró preocupada la puerta de los aposentos de su hijo. Carlisle se apostó en la puerta, inhaló y exhaló sonoramente para girarse hacia su esposa.

Quiso suavizar su tono, pero no logro más que escupir la frase en un gruñido.

-Esto no es cuestión de amor.

-Tal vez debamos dejarlo pensar las cosas cariño. – replicó Esme tratando de calmar el mal genio de su marido.

Carlisle pasó un par de veces sus manos por su cabello rubio, sus ojos azules se volvían más oscuros conforme miraba la puerta de roble.

-Como futuro Rey, debe aprender a tener responsabilidades. – contradijo Carlisle.

-Un árbol joven no puede crecer a la sombra de un roble Carlisle. Él debe ver la luz primero. – ahora hablaba un poco exasperada.

-Lo que necesita ese hijo tuyo, son unos azotes. – gruñó su marido.

Pero sin duda, los Reyes iban tarde a la habitación del príncipe.

Esté al saber la reprimenda que su padre le haría, escapó por la ventana. Edward con un espíritu libre, no se avergonzaba de ser un príncipe pero todos esos formalismos llenos de protocolos le aburrían y él quería ser un aventurero. Ver más allá de los convencionalismos, ser un Rey progresista, se decía una y otra vez.

-¡Por Dios Carlisle! ¿Qué no puedes esperar a mañana? – preguntó molesta la reina.

-Si no puedo dormir yo, ¡él tampoco! Ahora, ¡Abran la puerta! – ordenó a los criados.

Los sirvientes se apresuraron a abrir las puertas, el Rey no esperó más y se adentró a la habitación que estaba totalmente en penumbras, arrebató una de las lámparas y encendió él mismo las velas de la mesa del fondo.

-¡Despierta Edward! – gritó Carlisle. –Vuestro Rey te lo ordena.

Mirando hacia la cama, se quedaron helados.

Esme exhaló sonoramente, y se dejó caer en ella con un abatimiento. Estaba cansada de esto. Cansada de siempre hablar e ir a la misma conclusión. De ahora en adelante, ya no se metería más entre padre e hijo. Que ellos arreglasen los convenios, suficiente había hecho con darle la mano a su hijo y él en lugar de agradecerle se había sostenido del pie.

-¡Llamen a la guardia! – gritó el Rey con enojo en la voz. - ¡Que lo traigan aquí! ¡Si es posible encadenado!

.

.

.

Edward ni siquiera imaginaba lo que en esos momentos estaba ocurriendo en sus aposentos, cruzó a todo galope el bosque. Se sentía libre, le gustaba el frío viento que golpeaba sus mejillas.

Solo eran él, su caballo y la fría noche…

.

.

.

.

.

.

.

.

La noche dio paso a la mañana, apenas los rayos del sol comenzaban a salir. La joven Bella Swan yacía dormida frente a la chimenea, sus suaves y achocolatados rizos estaban esparcidos en el suelo, su cara a pesar de estar manchada de hollín era la de un ángel. En sus manos tenía el libro de Utopía, último libro que le había regalado su padre.

La joven que apenas se despertaba vio como los primeros rayos del sol se colaban por la pequeña ventana de la cocina. Sonrió para sí misma al ver que hoy sería un bello día. Decidió empezar ya con sus quehaceres que consistían en darles la comida a los cerdos y gallinas que había en la casona. Después iría a recoger manzanas para el desayuno.

La guardia recorría paciente mente todos los caminos del reino, incluso hasta más allá de la línea divisoria del siguiente. Tenían la misión de encontrar al príncipe Edward y llevarlo al castillo para ajustar cuentas con su padre.

Edward intuía que le seguían los talones, trató de ir más rápido sobre su caballo pero este se negaba a seguir, tuvo que saltar de si corcel.

Se debatía en regresar y toparse con la guardia real, estos lo escoltarían al castillo inmediatamente, ó ir caminando y tomar prestado el primer caballo que encontrase en alguna granja vecina.

Decidió tomar esta segunda opción.

-Nos veremos pronto. – susurró a su caballo. – Vuelve a casa amigo.

Y así, acomodando su capucha, caminó a paso veloz mirando entre tanto hacia atrás por si veía algo extraño.

Creyó caminar por escasos veinte minutos hasta que divisó un modesto establo. Cruzó la verja con facilidad y encontró un caballo negro, algo viejo pero le serviría para alejarse de aquel lugar.

Se acercó al viejo corcel pero este al adivinar la intensión del príncipe, comenzó a relinchar y alejarse.

-Tranquilo, no te haré daño. –susurró el príncipe. Bien era sabido por todo el Reino que Edward tenía cierto magnetismo con los equinos. Poseía una gran variedad de estos ejemplares y podía domar hasta al más salvaje.

El equino pareció entender al príncipe, y se tranquilizó. Edward aprovechó aquel instante para subir de un salto. Rió divertido al escuchar el relincho del corcel.

Tan metido en su proeza estaba, que no se percató de una presencia, no fue hasta que sintió un golpe seco en la frente.

Chilló del dolor y llevó ambas manos a la cabeza, soltando las riendas del caballo que comenzó a dar saltos.

-¡Ladrón! – gritó la jovencita. - ¡Esto es por robar el caballo de mi padre! – arrojó una segunda manzana que fue directamente a la cabeza de Edward.

-¡Perdón! – gritó el Edward tratando de cubrirse los golpes que le asaetaba la joven, se tambaleó y calló de lleno al suelo polvoso, su capa se quedó enredada entre su pecho y su rostro – El mío ha perdido una herradura y no he tenido más opción. – mintió.

-¿Y qué opción tenemos nosotros? – seguía arrojadle todo lo que encontraba a su paso.

-¡Basta! – exclamó Edward poniéndose de pie haciendo el intento de quitarse la capa del rostro pero esta se había adherido a él como si tratar de asfixiarlo.

-¡Llamaré a los criados! – gritó Bella con enojo.

Bella hizo el intento de correr hacia la casona, pero se detuvo a mirar al hombre que batallaba y se tambaleaba con la capa enredada en el cuello y la cabeza, en otras circunstancias aquello le hubiera hecho gracia, pero hoy no, el mísero ladrón trataba de llevarse al caballo de su padre y ella no lo permitiría.

Edward maldijo por lo bajo aquella estúpida capa, tomó con ambas manos el broche que la sostenía de su cuello y lo rompió haciendo que esta cayese al suelo rápidamente.

Este simple hecho lo puso en evidencia, Bella abrió los ojos horrorizada y se arrodilló frente a él.

-¡Su majestad! Perdonadme. – suplicó la castaña postrándose en el suelo.

El cobrizo no entendía el cambio de la joven hasta que vio el escudo en sus ropas y supo lo que la joven estaba pensando.

-Su majestad perdonadme, no lo había visto, merezco la muerte. – dijo en un susurro.

-Tu puntería me dice lo contrario. – contradijo Edward sobándose el chichón que amenazaba con salir en su frente.

-Y se que por ella debo morir. – exclamó ella asustada pero con valentía en la voz.

Edward no sabía que decir, tomó el caballo y se montó en él para después dirigirse a Bella.

-Entonces si tú no se lo cuentas a nadie, yo tampoco lo haré. – comentó el joven príncipe.

-Tenemos otros caballos alteza, más jóvenes y rápidos. – Bella trataba por todas las maneras agradar al príncipe, y que él no tomase represarías hacia ella.

-Mi deseo no es otro más que librarme de la jaula de oro. – susurró el príncipe mirando hacia el camino, a escasos kilómetros la guardia real hacia su aparición. – Tomad esto por tu silencio. – arrojó 20 monedas de oro a los pies de Bella que seguía con la frente pegada al suelo.

Espoleó al caballo y se alejó de ahí mirando de soslayo el camino.

Bella no despegó su frente hasta que no escuchó nada más.

Pudo ver a la guardia real pasar sin siquiera mirarla, tomó las 20 monedas y las guardó en sus enaguas con una sonrisa autentica.

Corrió hacia la casona olvidándose de las manzanas y del raro intercambio con el príncipe. Se dijo que ese dinero lo usarían para traer la alegría a la casa Swan, ¡Como extrañaba a su viejo y querido Eleazar!

En el comedor, la Varonesa y sus dos hijas Jessica y Alice se disponían a tomar el desayuno. Carmen ahora entrada ya en años, las atendía escuchando sus quejas matutinas, siempre tenían algo malo que decir.

-Eh dicho huevos a los cuatro minutos, no cuatro huevos al minuto. – dijo en voz baja Jessica mirando su desayuno frente a ella. – Y en nombre de Dios. ¡Dónde está nuestro pan! – gritó.

-En seguida señorita. – balbuceó Ángela la otra sirvienta llevándose los huevos hacia la cocina.

-Jessica querida, ¿qué he dicho siempre referente al tono? – preguntó Tanya.

-Una Dama de buena cuna, jamás levanta la voz más allá del dulce y apagado susurro del viento. – Dijo Alice mirando al techo como si de eso dependiera recordar lo que Tanya su madre les había enseñado a ambas.

-Alice, querida… no hables si no puedes mejorar el silencio. – sentenció Tanya, mientras Jessica hacia una mueca.

-No era estridencia madre, era resonancia, un cortesano nota la diferencia. – Jessica jugaba con un mechón de su cabello rubio.

-Dudo mucho que tu estilo de resonancia sea permitido en la corte real. – advirtió su madre.

-No entrare en la corte real madre, de hecho nadie, salvo una puerca extranjera a la que tienen el valor de llamar princesa. – gruñó.

-Cariño, nada está dicho aún. – expresó Tanya con una media sonrisa haciendo que algunas arrugas se hicieran presentes en su rostro. - ¿Por qué razón no hay sal en nuestra mesa? – miró en todas direcciones. - ¡Isabella!

-¡Ya voy mi señora! – contestó la castaña desde la cocina mirando como Ángela acomodaba los panes en una cesta.

-¡huy! Hoy ah salido el sol desde el este. – expresó temerosa.

-Claro que ha salido por el este. – susurró Bella poniendo las monedas en la mesa. – Y va a ser un maravilloso día.

-¡Oh por Dios! ¡Qué tesoro! – Ángela se llevó las manos a las mejillas. – Niña, ¿Dónde las has sacado?

-Me las ha dado un ángel. – recordó al príncipe. Aunque lo vio por escasos segundos, Bella estaba segura que el príncipe era poseedor de una cara hermosa, un perfil masculino y ese llameante cabello cobrizo inconfundible. – Y ya sé en que las vamos a emplear.

-¡Eleazar! – chilló Carmen recordando a su marido.

La varonesa había vendido a Eleazar para pagar algunas deudas que tenían pendientes, de hecho había hecho eso desde la muerte de su esposo, Bella se enteró mucho tiempo después de que al parecer la varonesa se había casado con su padre por mero interés.

-Si la Varonesa pudo vender a tu marido para pagar sus impuestos, con esto. – alzó el pequeño saco con las monedas. – podemos traer a casa a tu marido. La corte tendrá que permitirlo.

-Pero el Rey Carlisle le ha vendido a Cartier, partirá a las Américas. – dijo la vieja sirvienta en pleno sollozo.

-Este es nuestro hogar y no consentiré que acaben con él. – farfulló convencida Bella poniéndole fin a la conversación.

Se dirigió al comedor donde la esperaban.

-Buenos días Madame. – saludó. – Alice, Jessica.

-Hola Bella. – Alice le sonrió, ella siempre había sido la hermana que Bella quiso. En cambio Jessica solo tenía desplantes, malos tratos y burlas hacia ella. –Espero que hayas descansado.

-¿Por qué has tardado tanto? – preguntó la varonesa mirándola de arriba abajo.

-Me caí de la escalera del granero, pero ya estoy bien. – contestó Bella.

-Miren, alguien ha vuelto a leer cerca de la chimenea, ceniza y hollín por todas partes. – se burló la rubia.

-Hay personas que leen porque no saben pensar cariño. – Tanya saboreaba su desayuno y miraba con burla a Isabella.

-¿Por qué no duermes en la pocilga de los cerdos, ya que insistes en oler como ellos? – soltó Jessica con sorna.

-Oh, Jessica no seas cruel. – murmuró Tanya mirando como Bella limpiaba el liquido que había derramado en la mesa. – Bella ven aquí, querida. – la joven hizo caso limpiándose las manos en su delantal, la varonesa la tomó del brazo. – Tu apariencia demuestra cierta ordinariedad, ¿cómo puedo hacer para que cambies? – se preguntó más para ella que para Isabella.

La castaña tomó aquella pregunta como algo directo, así que se apresuró a contestar.

-Le aseguro que lo intento de verás, quiero complacerla. En ocasiones me siento a pensar que podría hacer yo para agradarle… - Bella no terminó de hablar porque Tanya la interrumpió.

-Oh querida, cálmate.

Bella se entristeció y caminó hacia la puerta.

-Tal vez si recuperáramos a Eleazar, quizá no la ofendiera tanto. – le dijo.

-Tus modales son los que ofenden Bella. Pese a que ha pasado mucho tiempo, te he alojado, vestido y alimentado. A cambio solo pido que me ayudes en las labores sin decir ni un reparo, ¿resulta tan extraordinaria mi petición? – preguntó enojada.

-No mi señora. – contestó en un susurro

-Bien, no hablaremos más de regresos de sirvientes, ¿queda entendido?

-Si mi señora. – volvió a contestar Bella.

Pero de esto último no estaba segura, ella recuperaría a Eleazar tuviese lo que tuviese que hacer…

.

.

.

.

.

..

.

.

..

Cha cha channnn Que alzadillas son las Denali ¿verdad? Jaja

Nos leemos pronto