Nuevo capituo :) Espero lo

disfruten :)


Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la a historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Está basada en una película, seguro ya se habrán dado cuenta cual es, y si no, al final se los dejaré por escrito.

Summary: Tras la muerte de su padre, Bella se convierte en la sirvienta de su madrastra y sus hermanas, pero no todo es tan malo, su destino se cruza con el príncipe Edward el cual huye de sus responsabilidades como próximo Rey.


Capitulo 4: Utopía.

Edward cabalgaba por el bosque, sorteando toda clase de obstáculos, perdiéndose de la guardia real, que, a estas alturas lo asechaba cual vil cazador a su presa. Tenían su merito, pues eran liderados por Jasper Whitlock, gran soldado, combatiente, valeroso y fiel al reino, además de su mejor amigo.

Recordó con una risa, a aquella joven que lo había golpeado tan duro en la cabeza, tan valiente. – pensó él. Mira que atreverse a encarar a un hombre que le sobrepasaba en fuerza y estatura. ¿Valiente o tonta?

Frunció el ceño pensando en qué clase de mujer era aquella.

Unos gritos lo sacaron de su ensoñación, a escasos metros un grupo de forajidos robaban un carruaje, un anciano estaba casi postrado en el suelo y uno de los pelafustanes le aceteaba en la cabeza con un garrote.

Gitanos. – pensó Edward.

-¡Ahí no hay nada! – bramó el hombre mayor mientras los ladrones revisaban el compartimiento. - ¡Auxilio! ¡Ayuda!

Uno de los ladrones tomó un paquete y lo revisó curiosamente.

El anciano, al ver que el ladrón se disponía a rasgar el empaque, se levantó de un salto dispuesto a pelear si fuese necesario.

-Llévese todo menos eso. – suplicó el hombre de barba y cabello entrecano, trató de forcejear con el ladrón y no tuvo más que un sonoro golpe que lo derribó al suelo.

-Apártate anciano. – bramo el ladrón.

El que parecía ser el líder de los gitanos, un hombre alto, de cabello oscuro y rizado que le llegaba a los hombros, arrugas en la frente y le faltaba un diente, dio la orden de retirada, viendo sobre su hombro que la guardia real se dirigía en esa dirección.

Edward quien había visto todo el espectáculo desde unos arbustos, pensó en si era bueno o no ayudar a aquel anciano, irse sin siquiera mirar atrás no era una opción, pero si la guardia real lo atrapaba, sería llevado de nuevo al castillo.

Apretó sus dientes hasta que le dolieron, tomando una decisión.

-¡Vámonos! ¡La guardia Real viene! – gritó uno de los gitanos mientras los demás se llevaban todo lo que creían fuese de valor.

-¡La pintura! – bramó el anciano. - ¡Se han llevado mi cuadro!

Edward cabalgo hasta donde estaba el anciano, lo miró con pesar, parecía entrar en un estado de desesperación a causa de aquel robo.

-¡Por favor mi señor! ¡Ayúdeme! – suplicó aquel hombre con manos temblorosas.

Edward se apiado solo un instante. – La guardia lo ayudará, viene en camino.

-¡Por favor! ¡Mi vida está en ese cuadro! – dijo el anciano.

Al ver su estado, Edward decidió dejar de huir y enfrentarse a esa situación. Fue a todo galope tras el ladrón que corría a pie sobre las laderas.

Fue a todo galope hasta que divisó al ladrón, este se giró para entrar directamente al bosque y alejarse del camino, el caballo dio una sacudida y tiró a Edward al suelo, pero eso no lo detuvo. El príncipe corrió tras el ladrón qué ya no podía más. Abrazaba aquel paquete como si su vida dependiera de ello.

El ladrón giró en redondo para encarar a Edward, arrojó el paquete a su derecha y asaeto el primer golpe decidido hacia el rostro del cobrizo. Edward pudo esquivarlo con facilidad.

Uno, dos, tres golpes más hasta que el cuarto pegó directamente en la mejilla del príncipe.

-¡Maldito gitano! – bramó Edward arrojándose sobre el ladrón derribándolo. Fue tal la fuerza que ambos comenzaron a rodar cuesta abajo por el bosque, golpeándose con ramas, rocas y arbustos sin detener su caída. Entre tanto golpe, manoteo, patada y empujón, Edward pudo quitarle el paquete al ladrón pero ya había sido demasiado tarde. Ambos hombres habían caído directamente al lago llenándose de lodo y lama.

Mientras Edward y sus reales aventuras salían a flote literalmente, en algún lugar de la ciudad Bella se encontraba decidida a hacer algo que era de vida o muerte. O al menos le costarían algunos azotes.

-Es que, ¿has perdido la cabeza? – Jacob no entendía el por qué Isabella su mejor amiga, tenía que hacer ese tipo de cosas, bien podía vivir tranquilamente, buscar un buen marido que la sacase de la casona Denali y vivir feliz. Pero no, esa no era la forma en que Isabella Swan actuaba. Ella tenía que ir por el sendero más difícil. - ¡Sabes cuál es el castigo que dan a los sirvientes que visten por encima de su rango! ¡5 días en el calabazo! – replicó mostrándole los dedos de las manos en señal de énfasis.

-Tú también harías lo mismo por mí. ¡Admítelo!- Comentó Bella tan tranquila y caminando hacia el biombo.

-¿Yo? ¿Hacerme pasar por un cortesano? – rió nervioso, acentuando más su tartamudez. - ¿Pavonearme por ahí como un noble? Nunca he estado en la corte. ¡Ni tu tampoco!

La actitud arisca de Jacob hacia esa "nueva" situación que Bella estaba empeñada en hacer, no era otra que la de un protector. Jake amaba a Isabella como su hermana, siempre habían estado juntos, habían sido los mejores amigos en su niñez, Jacob había estado ahí cuando Bella perdió a su padre, y él había sido su paño de lagrimas cuando ella recibía esos malos tratos.

-Razón de más para que nadie me reconozca. – contestó Bella mientras se desvestía. – Ahora dame ese vestido.

Jacob miró el vestido dorado con incrustaciones marfil, la dueña había sido una de tantas amantes de su maestro, quizá una prostituta del reino vecino, quizá una extranjera en este. No lo recordaba. Él era aprendiz de un viejo artista de pintura, que ahora, bien se dedicaba a la conquista de damiselas y vender de vez en cuando algún cuadro a cierto noble del pueblo.

El moreno había tratado de convencer a Bella que esa idea de entrar junto a los cortesanos, era una equivocación, que podía salir muy mal. Pero ella no había hecho caso.

Si ella necesitaba ayuda para ese plan, - se dijo mentalmente aquel delgaducho. – él la ayudaría. Para eso son los amigos, ¿o no?

-No se lo creerán. – murmuró Jake, tomando el vestido y arrojándoselo por encima del biombo. – Eres demasiado amable.

-Tampoco se creerían que una sirvienta llevará 20 monedas de oro. – comentó la castaña terminándose de vestir. – Soy la única esperanza de Eleazar.

-Y, ¿Qué le dirás a la varonesa? – preguntó Jake mezclando algunas pinturas.

-Que estoy recogiendo flores silvestres. – contestó encogiéndose de hombros. - ¿Aún puedes verla en la calle?

Jacob se apresuró a la ventana, miró a la Varonesa y a sus dos hijas frente a la tienda de baratijas de la señora Mallory.

-Aún están comprando baratijas en el mercado. – contestó moviendo la cabeza en señal de negatividad.

Jacob no comprendía porque aparentar algo que no eres. Él simplemente no podía aparentar ser alguien de la nobleza, o el mejor de los pintores. La gente se da cuenta, ¿no es así? No podías ir por la vida mintiendo sobre tu estatus, pero al parecer, Bella no concebía las mismas ideas que el.

Isabella suspiró acomodándose el vestido.

-Ni se te ocurra reírte. Voy a salir ya. – dijo avergonzada. No había usado un vestido tan bonito y de telas tan suave desde que era una niña.

Bella salió detrás del biombo. Se veía realmente hermosa. Jacob quedó embobado y sonreía, él sabía que su amiga si sería descubierta estaría en graves problemas y pedía a Dios que todo saliera perfectamente bien.

-Los zapatos me quedan grandes. – comentó Bella alzando la falda de su vestido, quizá eran uno o dos números más grandes.

-Pies pequeños Swan. – rió Jacob. – Pero no te preocupes, nadie mirara tus pies.

Bella agachó la mirada. Se sentía fuera de lugar, sentía que iba desnuda, no estaba acostumbrada a estos vestidos tan estrafalarios, su vestido celeste con faldón de manta era cómodo, algo frío en invierno pero fresco en verano, no pedía más.

-Bella, si la vas a hacer de noble, siempre levanta la mirada. – Le dijo el joven tomando su barbilla.

-Solo soy una sirvienta bien vestida. –puntualizó ella con voz amarga.

-Ven, hagamos algo con tu cabello. – Jake la tomó de la mano y la llevó hasta una silla.

Mientras Bella terminaba su transformación, el príncipe junto con algunos guardias iban en camino hacia el anciano que los esperaba con una mirada llena de esperanza.

-¡Oh! ¡Gracias! – alabó el anciano viendo como Edward levantaba el estuche que le había logrado quitar al gitano ladrón.

-¡Edward! ¡Lo prometiste! – dijo enojado Jasper, el líder de la guardia real.

-Lo sé y mentí. – contestó el cobrizo bajándose del caballo, cojeando un poco a causa de una bota perdida en la batalla contra el gitano. Dándole el estuche al anciano, se giró a ver a su rubio amigo. – Tranquilo Jasper, nada malo pasará. Quería contemplar el mundo antes de entregarles mi vida a Dios y al país.

-¿Y por qué os detuviste? – preguntó el hombre de cabello entre cano.

-Supongo que me falta valor y convicción. – expresó Edward cojeando. – Usted parece tener mucha, además dijisteis que era de vida o muerte.

-Una mujer siempre lo es mi señor. – y dicho esto, el hombre mayor sacó la pintura del estuche, en ella una mujer morena sonreía leve mente. (Mona Lisa).

Edward miraba el retrato de aquella mujer. – Se ríe de mí como si supiera algo que yo no. – Comentó refunfuñando.

-La dama tenía muchos secretos, yo solo pinte uno. –dijo riendo y guardando la pintura de nuevo en su estuche.

-El señor Da Vinci, ha sido invitado como artista al reino. – Comentó el joven Whitlock.

-¿Leonardo Da Vinci? - exclamó Edward.

-Miguel Ángel estaba atrapado bajo un techo en Roma, soy la segunda opción. – Contesto Leonardo.

-Yo que me dirigía a Génova, y encuentro mi salvación en el camino. – comentó Edward riendo y emocionado por primera vez en mucho tiempo. – Señor, eres el creador del progresismo y mi padre el Rey del movilismo, ayudadme a convencerle de que estamos en el siglo XVI. – decía el cobrizo tomándolo de los hombros.

-Capitán, ¿puede traducir? – Leonardo miraba a Jasper con duda.

-El príncipe Edward, padece la enfermedad de "matrimonio concertado" , señor… entre otras cosas. – respondió Jasper.

Jasper y Edward junto con algunos guardias cabalgaron para llegar a la Casona Swan y devolver el caballo que el joven príncipe había robado. Al llegar a la puerta de la casa, los esperaba la Varonesa Tanya Denali quien al verlos se inclinó para saludar al príncipe.

-¡Alteza! ¿A qué debo el honor de su visita? – saludó Tanya postrándose elegantemente al príncipe.

Edward rodó los ojos, a él le molestaba cuando las personas lo veían solo como un príncipe y no como la persona que era.

-A devolverles el caballo. – dijo toscamente haciendo una seña para que un guardia llevara el caballo.

-¡oh! ¿Nos faltaba uno? – preguntó la varonesa.

-Sí, me permití tomarlo prestado esta mañana. – Contestó Edward. – Creo que di un susto de muerte a una de sus sirvientas, una jovencita con una extraordinaria puntería. – comentó recordando lo que había pasado entre él y Bella esa misma mañana.

-Es muda mi señor. – comentó Tanya frunciendo el seño.

-¿De verdad? Hablo con demasiada contundencia. – contestó el príncipe pillando en la mentira a la Varonesa.

-Bueno, le va y le viene. – hizo un gesto con la mano para restarle importancia. – Pero como siempre, su alteza puede tomar todo lo que quiera. – dijo en un susurro.

En ese momento las jovencitas Jessica y Alice arribaron a la puerta de la Casona trastabillando y empujándose la una a la otra.

-Queridas, compórtense. – regañó la Varonesa a las recién llegadas.

-Alteza. – saludaron al mismo tiempo las Denali.

Edward asintió secamente.

-Su alteza, permítame presentarle a Jessica Margaritte de la Casa Denali. – hizo una pantomima propia de un aristócrata presentando a su hija mayor con aires de grandeza. – Y a Alice. – nombró a la pequeña morena con desdén.

Jasper quién asistía en silencio al cómico intercambio entre la Varonesa y Edward quedó asombrado por la belleza de la pequeña Alice. Una chica de algunos 20 años, con curvas y, aunque pasada de peso para algunos, para Jasper solo acrecentó las mil y una virtudes que vio en aquella chica de facciones gráciles y cabello negro como la noche.

Alice le sonrió mirándolo fijamente. Jasper se estremeció al sentir aquella mirada de ojos azules directamente en los suyos. Asintió dando una leve reverencia a lo que Alice le respondió con un profundo sonrojo.

-Claro que sí, señoritas disculpadme pero parece que han florecido de repente. – Contestó el príncipe tratando de ser cortés.

Jessica le miraba coquetamente lo que ocasionó que Edward rodara los ojos.

Mientras el intercambio de palabras entre la Varonesa y el príncipe Edward Cullen estaba a punto de terminar, Bella por su lado caminaba a paso veloz ataviada en un vestido dorado con marfil, su cabello arreglado en un moño cubierto con una malla dorada, casi corría sintiendo evitando a toda costa que sus zapatos viejos salieran a la luz. Había sido imposible caminar con aquellos que hacían juego con el vestido, a cada paso que dio, un zapato salía disparado metros frente a ella, así que decidió usar sus viejos zapatos de trabajo, ya remendados y gastados pero que le calzaban a la perfección.

Miró a lo lejos el coche que llevaba una gran cantidad de presos, y ahí junto con ladrones y asesinos estaba el pobre viejo Eleazar, en sus ojos se veía una profunda tristeza, la cual estaría a punto de terminar. – se dijo Bella mentalmente.

-Señor dame fuerzas. – susurró para sí misma mientras se encaminaba hacia los guardias.

Inhaló y exhaló un par de veces sintiendo como su estómago se estremecía con nerviosismo.

-Deseo resolver la cuestión de ese caballero. – dijo Isabella apuntando hacia Eleazar. – Es mi criado y he venido a pagar su deuda.

-Demasiado tarde, está comprado y será enviado a las Américas junto con los demás. – Respondió uno de los guardias de aspecto desagradable y dientes amarillos.

-Puedo pagarle 20 francos de oro. – respondió Bella alzando el pequeño saco que contenía aquella fortuna.

-Madame, por ese dinero me vendería yo mismo. – contestó el guardia riendo. - ¡Continua! – le ordenó al cochero ignorando a Bella.

-¡Exijo que lo libere de inmediato. – ordenó de nuevo la castaña tomando las riendas del caballo. – O llevaré este caso con el Rey.

-El Rey lo ha vendido, ahora es propiedad de Cartier. – replicó el guardia malhumorado.

-Él no es propiedad de nadie ¡necio gordinflón insolente! – bramó enojada. – Los hombres no son para ser tratados como bestias. ¡Exijo que lo liberen de inmediato!

-¡Fuera de mi camino! – gritó el guardia poniéndose frente a Bella, le sobrepasaba casi dos cabezas y era tan gordo que abarcó todo su perímetro.

-Osas levantarle la voz a una dama. – habló una aterciopelada voz.

Bella saltó de la impresión, ella no se había dado cuenta que ya todo el mundo asistía aquel espectáculo entre el guardia y ella, y que era el mismísimo príncipe quien estaba a punto de defender aquella causa.

-¡Perdón mi señor! – suplicó el guardia. – No era mi intensión ofender. Es que yo solo obedezco órdenes.

Bella le hizo una leve reverencia al príncipe la cual, este contestó con elegancia y una sonrisa torcida, por alguna razón aquella dama se le hacía muy familiar.

¿Dónde te he visto? – pensó el príncipe.

-Mi trabajo es llevar a estos ladrones para embarcarlos a las Américas mi lord. – continuaba explicando el guardia.

-Un sirviente no es un ladrón su alteza. – explicó la joven alzando la voz. – Y los que lo son, no pueden evitarlo.

-¿De verdad? – dijo en pregunta y afirmación. – Entonces por favor, explíquenos.

La castaña inhaló profundamente y se preparó para dar su respuesta.

-Si usted tolera que su pueblo esté mal educado y sus modales son corruptos desde la infancia y después los castigáis por los crímenes de su maldita primitiva educación los ha orillado. Se llega a la terrible conclusión que primero los haces ladrones y después los arrojas al calabozo. – terminó de decir la joven.

Cuando Bella terminó de hablar, todos los cortesanos que habían visto aquel espectáculo, hablaban admirados de ellos, nadie jamás había visto a alguien hablar con tanta pasión y mucho menos a una jovencita como aquella misteriosa castaña.

Edward pareció indeciso antes de hablar.

-Bueno, ahí lo tienes. Libérenlo. – ordenó.

-¡Pero señor! – replicó el guardia.

-¡Eh dicho! – gruñó. – Que lo liberen.

Bella no pudo contener su alegría, que una risita y un suspiro salieran de ella. Se acercó casi corriendo hacia Eleazar y lo tomó del brazo.

-Me pareció estar viendo a tu madre. – susurró Eleazar con ojos llorosos.

-Espera un poco. – contestó ella con una media sonrisa. - ¡Prepara los caballos! – ordenó la joven con voz firme para que todos escucharan. - ¡Nos vamos enseguida!

Bella caminó al lado opuesto encontrándose con la mirada curiosa de Leonardo Da Vinci que veía sus zapatos, él se había dado cuenta que estos simplemente descuadraban del elegante vestido dorado y soltó una risa negando con la cabeza.

-Bribona. – rió más fuerte el pintor.

-Gracias su alteza, con su permiso. – la castaña hizo una reverencia hacia el príncipe, este no dudó en saltar de su caballo y caminar en dirección a una Bella que aceleraba el paso.

-¿Te conozco? – le preguntó.

-Lo dudo su alteza. – apretó el paso.

-¡Qué raro! Pensé que conocía a todas las damas de la corte. – comentó para si mismo.

-Bueno estoy visitando a una prima.

-¿A quién?

-A mi prima.

-Sí, ya lo habéis dicho, pero ¿a quién?

-A la única que tengo su alteza. – replicó ella.

-¿Se está haciendo la tímida o es que se niega a contestar a mi pregunta? – reclamó Edward dando una sonrisa torcida.

Bella se paró en seco. – No… y sí. – siguió caminando.

-Entonces le ordeno que me diga un nombre, y así podría visitar a vuestra prima y que me diga quien sois. Cualquiera que pueda citar a Thomas Moro merece una visita. – contestó sonriendo aún más el príncipe.

Bella sin embargo, estaba sorprendida por que el príncipe había leído Utopía, aquel ultimo libro que su padre le había regalado hace ya diez años.

-El príncipe ha leído Utopía. – afirmó con una sonrisa.

-Sí, lo encuentro un poco sentimental. – respondió él sin ningún atisbo de emoción. – Confieso que los asuntos políticos me aburren y me resultan un poco rústicos. – comentó caminando en círculos.

A Bella le había sorprendido que el príncipe hablara de esa forma. Y en cierto modo le había desilusionado.

-Supongo que no conversa con muchos campesinos. – Afirmó ella frunciendo el seño.

Edward soltó una risa sin poder contenerse. – No, ciertamente no. Naturalmente.

-Disculpe señor, pero no creo que eso sea natural. – comentó claramente molesta y siguió caminando. – El carácter de su país está definido por su punto rústico como lo ha definido usted mismo.

-Debo entender, ¿Qué me consideras un príncipe arrogante? – preguntó curioso.

Isabella pareció pensar sus palabras. – Bueno, devolviste la vida a un hombre, pero ni siquiera reparaste por los otros. – Terminó acelerando el paso.

Edward se apresuró a detenerla del brazo. – Por favor. – suplicó mirándolo con aquellos ojos color esmeralda. – Deme un nombre, se lo suplico.

A Bella se le secó la garganta, el príncipe la miraba estupefacto.

-Lo siento, el único nombre que puedo proporcionarle es Condesa René Dwyer. – contestó frunciendo el seño y siguió caminando.

-Lo ves, no ha sido tan difícil. – se regodeó el príncipe.

-¡Oh Edward has vuelto! – una voz maternal resonó por aquellos jardines.

-Madre. – saludó el joven príncipe.

Bella no sabía qué hacer así que decidió correr y desaparecer por los jardines y buscar a Eleazar. La joven estaba un poco sorprendida y a la vez emocionada por aquella conversación con Edward. Él sin duda era muy guapo, con aquel inconfundible y alborotado cabello cobrizo y esos preciosos ojos esmeraldas que te robaban el aliento. Pero ella bien sabia que a nada podía aspirar, ya que ella todo eso lo había hecho por ayudar a Eleazar y que su familia como ella lo llamaba no se destruyera.

Tenía que olvidarse de esos ojos esmeralda, para siempre.

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¡Qué intercambio tan mas complicado el de estos dos! ¿Verdad?

¿Les ha gustado? Háganmelo saber