Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida, tampoco es mía. Está basada en una película, seguro ya s habrán dado cuenta cual es, y si no, al final se los dejaré por escrito.
Summary: Tras la muerte de su padre, Bella se convierte en la sirvienta de su madrastra y sus hermanas; pero no todo es tan malo, su destino se cruza con el príncipe Edward el cual huye de sus responsabilidades como próximo Rey.
Capitulo5: Te encontré.
-¡Oh Edward! ¡Has vuelto! – Esme paseaba por los jardines del Palacio junto a su sequito de damas de compañía. –Me alegro que estés en casa.
-Sí madre, es lo habitual. – contestó el príncipe con un gorgoreo. Miró alrededor de sí buscando a la joven frente a él, pero en su lugar sintió cientos de ojos puestos en él. ¿A dónde se había ido René? Frunció el seño y rascó su nuca.
-El Rey quiere hablar unas cuantas cositas con voz querido. – interrumpió la reina.
Edward asintió repentinamente abatido. Sabía lo que se venía ahora mismo y estaba decidido a enfrentarlo.
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Bella y Eleazar caminaban por el sendero que los llevaría a casa, Eleazar ahora ya con muchos más años encima, acariciaba la mano de su pequeña Bella, estaba completamente agradecido por el cariño que esta le tenía, miró las manos callosas de Isabella y se lamentó la vida precaria que llevaba. Ella no estaba hecha para el trabajo duro, pero él no podía darle una vida mejor. Pedía al cielo que enviase a un buen hombre que pudiera desposarla y darle lo mejor que ella mereciese.
-Pronto estaremos todos juntos. – susurró Bella apretando la mano de Eleazar.
El anciano mozo asintió tratando de contener las lágrimas.
Carmen araba la pequeña parcela del patio trasero, mientras limpiaba el sudor de su frente alcanzó a divisar un par de figuras a escasos metros. Achicó los ojos pues no podía creer lo que veía.
-¡Oh mi Dios! – Gimió al verlos acercarse.
Sin más, arrojo el azadón a su derecha, y comenzó a correr hacia Eleazar y Bella. El anciano al ver a su esposa, apresuró el paso para encontrarla en el camino. Pronto Carmen encontró su lugar en los brazos de su marido a quién besó y abrazó como si su vida dependiese de ello.
Ángela al ver que su madre corría hacia el camino, dejó las cubetas en el jardín y se apresuró hasta ella, fue tal su sorpresa al ver a su padre abrazar a su madre, que comenzó a gritar y dar saltos. Corrió hacia los ancianos y los abrazó comenzando a dar saltos.
Eleazar limpió las lágrimas de su esposa e hija y reía como nunca lo había hecho en meses.
Isabella los miraba desde un segundo plano sollozando. Eleazar al ver que su pequeña no se acercaba a ellos, tomó a su esposa e hija y camino a ella tomándola por los hombros y sumándola al gozo de la familia.
-Ahora nadie podrá separarnos. – pensó la castaña riendo y abrazando a la que ella había conocido como su única familia.
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Las puertas de roble macizo se abrieron de par en par justo cuando él hizo su arribo. Consejeros, escribanos, militares e incluso el bufón de la corte estaban en el gran salón del trono. En el centro de la mesa, estaba su padre mirando algunos escritos y claramente molesto con él por su "afrenta" de los días pasados.
-No quiero que salgas del castillo en los próximos días. – ordenó el Rey sin ni siquiera retirar su mirada de los papiros.
Edward rodó los ojos. - ¿Me pones en arresto domiciliario?
-No te burles Edward… porque me encuentro de muy mal humor, obedecerás mis órdenes o…
El rey no pudo terminar la frase porque Edward lo interrumpió desafiante.
-¿O qué? ¿Me enviarás a las Américas como a un criminal? Tanto alboroto por ese estúpido contrato.
-¡Eres el príncipe heredero de Francia! – bramó el Rey.
-¡Y soy el dueño de mi vida! – gruñó el príncipe.
-¡Carlisle siéntate antes de que te de algo! Y ¡Cállense los dos por favor! – intervino la Reina Esme arribando al salón. Hizo una seña para que todos en el salón salieran y así evitar las habladurías.
El Rey se sentó en un enorme sillón, interminables veces se tocaba la cabeza como señal de que se encontraba exasperado. Mientras Edward se sentó en un escalón cerca del trono, adoptando una postura no muy grata de un noble.
-Cariño. – empezó la Reina mirando a Edward. – Naciste privilegiado y eso acarrea un montón de responsabilidades.
-Disculpadme madre. – Carraspeó. – Pero el matrimonio con personas desconocidas no ha hecho feliz a ninguna de las personas presentes.
La reina exhaló sonoramente.
-¡Te casarás con Rosalie de España o tendrás un fuerte castigo! – Reprimió Carlisle.
-¿Y cuál será el castigo? ¿Aceite hirviendo o el calabozo? – preguntó con sorna.
-¡Simplemente te quitaré el derecho a la corona y… y… viviré para siempre! – contestó Carlisle sin saber que decir.
La Reyna soltó una risita al escuchar tal respuesta.
-Acepto.- El cobrizo se levantó de golpe sonriendo, dirigiéndose a su padre lo miró ahora con una seriedad inescrutable. – No amo a Rosalie.
Carlisle lo miró directamente a los ojos, en ellos vio determinación, valor, temple y miedo…
Edward se sintió examinado y no hizo otra cosa más que huir del gran salón dejando a sus padres.
¿Qué haremos con nuestro hijo? – pensó la Reina para sí misma.
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En la gran Casona Swan, las chicas Denali jugaban a los dados.
Bella entró al pequeño salón con un ramo de flores silvestres, caminó directamente para tomar un jarrón y acomodar las flores.
-Tienes un problema. – canturreó Jessica arrojando los dados sobre la mesita.
Alice abrió los ojos mirando a Bella.
La varonesa quién estaba en su bordado al fondo del salón, se puso de pie al ver a Isabella y tomándola del brazo con toda la fuerza que era poseedora, la arrastró hasta un rincón y la arrojó a la pared haciéndole daño.
-¡Por qué me haces esto a mí! – gruñó Tanya. - ¡Y a Jessica! Es algo que me pone enferma, es una falsedad Isabella. – gritó.
Bella estaba asustada porque no sabía a lo que se refería.
-¿Qué es lo que he hecho? – preguntó en un susurro.
-Piénsalo Bella. Piénsalo detenidamente. – susurró de igual manera la rubia.
-El caballo.- articuló Alice tomando los dados y haciendo una seña.
Jessica miró a su hermana como si quisiera arrancarle la cabeza.
-El príncipe Edward nos robó un caballo esta mañana. – se apresuró a decir la castaña.
-Y esta tarde explica el por qué vino a devolverlo. – chilló la Varonesa. - ¿Cómo te atreves a dejar que nos sorpresa así?
-Yo no sabía…
-Por suerte para ti, Jessica hizo una espectacular aparición. – Farfulló Tanya. – Cuéntame quiero saberlo todo.
Isabella le contó lo que había ocurrido esa mañana con el príncipe, omitiendo claro está lo de las monedas de oro. Después de que Isabella terminó de contar su aventura con el príncipe, Carmen, Ángela y Eleazar esperaban en el pasillo por ella.
-¿Qué hace el aquí? – preguntó Jessica mirando a Eleazar.
-Yo mi señora, he pagado su… mi deuda. – contestó el anciano agachando la cabeza.
-Oh… - articuló Tanya. – Está bien, ve a hacer tus deberes.
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Ya empezaba a caer la noche y esto hacía que el castillo de los reyes Cullen se viese aún más majestuoso que de costumbre. Por los jardines paseaba la Reina Esme junto a un Edward demasiado ansioso e interesado en los cortesanos que de costumbre.
-¿Quién querido? – preguntó la Reina.
-La condesa René Dwyer. – Respondió con cautela. – La verdad es que es lo único que se dé ella. ¿Has oído hablar sobre alguien recién llegado del extranjero?
La reina hizo memoria por si había visto algunas caras nuevas. – Son demasiados nombres como para recordar todos sus nombres, ¿por qué lo preguntáis?
Edward no pudo evitar sonreír al recordar aquella platica de esta tarde con la joven Condesa. Esos ojos achocolatados que le resultaban tan familiares, esa pequeña nariz que se arrugaba cuando sus respuestas no le agradaban, la actitud desafiante, y el carácter airado de la joven, hacia que la tarde no hubiese sido un desperdicio.
Acostumbrado a que cualquier de las mujeres jóvenes del reino se desvivían por él, le coqueteasen y le profirieran palabras llenas de pomposidad y barullo, se había quedado contrariado al inicio por la actitud de la Condesa Dwyer. Pero al final todo eso le causo gracia y especulación, quería verle de nuevo, hablar con ella. Saber más de ella.
Sacudió la cabeza mentalmente y se dijo que si la viera de nuevo, seria por culpa del destino y no porque el mismo la buscaría.
-No importa madre. – respondió exhalando y mirando el cielo estrellado.
-En honor al señor Da Vinci. – Carlisle hizo su arribo con un par de guardias a su costado. Examinó a Edward y sonrió a su esposa con amor. – Eh decidido dar un baile de mascaras. – Su voz sonó retumbante, miró a su hijo con complicidad. - En ese momento tú y yo llegaremos a un acuerdo.
-¿Un acuerdo? – preguntó extrañado.
-Si amor es lo que buscas, te sugiero que lo encuentres, hasta entonces… porque al cabo de cinco días cuando de media noche, anunciaras tu compromiso con la chica que elijas o yo lo anunciaré por ti. – hizo una pausa. - ¿Te parece bien?
-¿Qué hay con tu tratado? – a Edward le gustaba la idea de su padre de dejarle su destino a él mismo. Pero le preocupaba lo que desencadenaría aquello. Alianzas era lo que buscaban y no la guerra. Bien era sabido que por pequeñeces como un matrimonio arreglado, se habían desencadenado guerras en el pasado.
-Yo me ocuparé del tratado, preocúpate por encontrar esposa. – respondió dándole una palmada en el hombro.
-Elige bien Edward. – sonrió con ternura Esme. –El divorcio solamente se admite en Inglaterra. – terminó diciendo con una mirada maliciosa mientras que el Rey daba una tos fingida.
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Al día siguiente en la Casona Swan recibían la invitación del baile de máscaras en honor a Leonardo Da Vinci. La Varonesa estaba emocionada, lo único a lo que ella aspiraba era que Jessica fuese la futura Reina de Francia.
¡Qué grandes cosas haría ella como la suegra del Rey! ¡Joyas! ¡Las mejores ropas! ¡Las mejores comidas! ¡Los viajes!
Jessica resopló mirando a su madre cuando sacó el último vestido del armario.
-¡Concéntrate madre! Quiero un vestido digno de una Reina. – chilló la rubia.
La Varonesa se llevó ambas manos a las caderas y resopló. De pronto como si los demonios de la moda hicieran su aparición, abrió los ojos y sonrió. – Tengo el vestido perfecto pero debemos guardar el secreto. – susurró esto último.
-¡Me encantan las intrigas! – Jessica aplaudió dando saltitos y arrojando el zapato que tenía en las manos.
Alice que no había dicho palabra alguna, también las siguió hasta llegar a la recamara de Isabella. Abrieron un baúl que estaba cerca de la cama y sacaron un hermoso vestido color plata, era más pequeño de los que usaba Jessica. Alice que ya había visto el vestido, vio algo más dentro del baúl y se apresuró a tomarlo.
-Miren que hermosos zapatos, son de cristal. – susurró maravillada la morena tomando el par entre sus manos.
El calzado incluso pareció brillar aun más cuando ella los tomó entre sus manos mirándolos embobada.
-¿Qué hacen aquí? – Bella entró a la recamara con un montón de leña en sus brazos. Frunció el seño al ver que Alice tenía los zapatos en su mano y Jessica sostenía el vestido de su madre frente a ella.
Alice al ver la expresión de Bella dejó las zapatillas en su lugar y se cruzó de brazos como una niña que pillan en la travesura.
-Airando tú vestido para el baile. – respondió La Varonesa con simplicidad.
-¿Quieren que yo vaya al baile? – preguntó la última Swan emocionada.
-Pues claro. – fingió una sonrisa la Varonesa. – La invitación claramente dice "Para las Damas de la Casa Swan".
-No sé qué decir. – susurró Bella sintiendo como se aguaron sus ojos.
-¡Bella! – reprochó La Varonesa usando el apodo que su padre tantas veces le decía. –Me duele que no te sientas como alguien de la familia.
-No, no quiero que piense eso mi señora. – respondió rápidamente.
-Pensé que podríamos ir como una gran familia, es decir, si terminas tus tareas y refinas tus modales, entonces podrás ir con nosotras al baile en el Palacio. – terminó de hablar.
Alice quién había escuchado toda aquella falsedad en la boca de su madre, simplemente salió enojada de la recamara de Bella, dejando a esta última un poco confundida por el extraño comportamiento de ella.
-¿Qué le pasa a Alice? – preguntó la castaña.
-Es que ella no quiere que vayas al baile. – contestó Jessica dándole una sonrisa cómplice a su madre y dejando a Bella parada como estatua.
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La tarde estaba soleada, no había luces de alguna nube cercana y el viento estaba en completa sintonía para hacer algunas pruebas con los experimentos.
-Es perfecto. – susurró el anciano rebuscando en el baúl de la carroza.
Edward lo miraba atento a cualquier movimiento, pensando una y otra vez lo extraño que era Leonardo Da Vinci.
-¿De veras piensas que solo hay una pareja perfecta? – preguntó el cobrizo cuando Da Vinci se acercó a él a la orilla del lago.
-En efecto lo sé y lo creo. – contestó.
-¿Y cómo te aseguras de que la encuentras? – frunció el seño.
Leonardo regresó a la carroza, abrió el baúl y rebuscó de nuevo en él como si hubiese olvidado algo por completo, escuchaba al príncipe con atención pero estaba empeñado en probar alguno de sus inventos.
-Y si la encuentras debe ser la adecuada ¿o solo te parece que lo es? – Edward se envolvió en la túnica mirando al lago y como brillaba este con el sol. – Y si la persona con la que deberías estar aparece… o no aparece, pero estás distraído y no lo notas…
-Pues deberías estar atento. – comentó Leonardo. – Sí en verdad te interesa encontrarla.
-Entonces digamos. – expresó el príncipe ahondando en el tema. – Dios pone a dos personas en la tierra a las que las une el destino, pero a una de ellas le cae un rayo. – Leonardo alzó ambas cejas pero Edward continuó sin prestarle atención a su reacción. – Entonces, ¿Qué? ¿Se acabó?
Leonardo abrió su boca para decir algo pero Edward lo interrumpió.
-Y puede que conozcas a otra y te vuelvas a casar, entonces la destinada para ti no es la primera, sino la segunda... ¿Nuestra vida la rige el azar o estamos predestinados?
El anciano soltó una sonora carcajada al escuchar las conjeturas del Príncipe.
-No puedes dejarlo todo al destino muchacho. – comentó el pintor mientras le ponía una mano en el hombro para hacerlo girarse. – Está muy ocupado, a veces hay que echarle una mano.
Edward asintió mirando por primera vez en todo este tiempo al pintor. -¿Es ese el proyecto?
Leonardo tenía un par de barcos de madera en las manos, rió al ver la mirada curiosa de Edward y asintió sentándose en un tronco seco para ponérselos en los pies.
-¿Quieres ver si funciona? – preguntó con una sonrisa el inventor.
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-¡Chuchi! – gritó Bella corriendo por el bosque. - ¡Chuchi!
Bufó secándose el sudor de la frente, miró sus manos y estaban negras. Alisó el delantal que se suponía debía ser blanco, mirándolo con asco.
Exhaló. - ¡Estás hecha una cerdita como Chuchi! – se dijo a sí misma.
Había pasado toda la mañana limpiando el hollín de las chimeneas y la cocina, había demasiado trabajo en casa como para dejárselo a la pobre de Carmen que suficiente tenían junto a Ángela de arar la parcela que mantenía a flote a las Denali en su vida de "lujos" y mentiras.
Vio al lago y de nuevo a sus ropas, decidió que darse una ducha y lavar sus ropas no sería mala idea.
Se desvistió rápidamente y comenzó a tallar su vestido viejo y el delantal en la orilla, las manchas comenzaban a quitarse y ella de repente se sintió feliz por ello.
¡Qué simple era la vida de la pequeña Isabella!
Exprimió con fuerza sus ropas y las puso a secar al sol, miró su ropa interior y desechó la idea de lavarla también, en todo caso, sería una mejor idea nadar un poco. No tardaría mucho y así daba tiempo de que el solo candente de la tarde, secara sus ropas de manta.
Sonrió al sentir el agua en sus tobillos y corrió lago adentro soltando risas. Nadó hasta que sus pies no tocaban el fondo, sonrió con los ojos cerrados al sentirse libre y lejos de la orilla. Sintió el sol pegar de lleno en su cara y dio gracias por ello.
Pudieron pasar minutos, quizá horas pero Bella no sintió el tiempo, en cambio, pareció que el cielo se ensombrecía, quizá las nubes en este momento estaban cubriendo al señor Sol.
Frunció el ceño.
-¡Parece que va a llover! ¿A que sí? – preguntó una voz masculina.
El anciano que estaba a su lado, vestía más que una túnica gris, pero eso no fue lo que le llamó la atención a Isabella, sino que el anciano estaba de pie sobre el agua como si fuese el mismísimo Jesucristo.
Ella saltó de la impresión y pegó un grito que fue ahogado por el grito del hombre, seguido de un chapoteo.
Bella tuvo que parpadear un par de veces para ver con más atención al hombre que ahora estaba completamente mojado y sumergido.
Un par de pequeños barcos de madera al tamaño de zapatos, flotaban a su alrededor. El anciano sonreía como si no le importase que ella hubiese sido la causante de su accidente.
-¡Señor Da Vinci! – gritó Edward al escuchar el grito del anciano.
-Vamos pequeño Ángel, vamos a la orilla. – expresó el pintor.
Bella tomó uno de los barcos ayudando al anciano y ambos se dirigieron a la orilla, donde un hombre los esperaba.
Para cuando el príncipe llegó a la orilla del Lago, Leonardo y Bella iban saliendo juntos ya del agua.
-Creo que dejaré eso de caminar por las aguas al hijo de nuestro Señor.- exclamó riéndose el anciano. – Eh Tropezado con un Ángel.
-¡Condesa! – Edward miró a Bella y su corazón palpitó con desenfreno. Se dijo que si el destino la ponía por segunda vez frente a él, no lo dejaría al azar…
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Huuuuuyyyyyyyy Me gusta este Edward romantico, bobo y además príncipe.. XD
Y esta Bella valiente, feminista y que no se deja…
