Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida, tampoco es mía. Está basada en una película, seguro ya s habrán dado cuenta cual es, y si no, al final se los dejaré por escrito.

Summary: Tras la muerte de su padre, Bella se convierte en la sirvienta de su madrastra y sus hermanas; pero no todo es tan malo, su destino se cruza con el príncipe Edward el cual huye de sus responsabilidades como próximo Rey.


Capitulo 6: Encuentros Inesperados.

-¡Oh su majestad! – exclamó Bella mirando al príncipe y cayendo al agua de nuevo. – Cuidado que está un poco resbaladizo aquí. – susurró tiñendo de rojo su rostro.

Edward miró el cuerpo de Bella casi comiéndoselo con la mirada, su fondo se pegaba a su cuerpo como una segunda piel dando a conocer sus curvas y ese espectacular pecho. Sacudió su cabeza un par de veces, se dijo que era un caballero.

Se apresuró a quitarse la capa y arropar a la Condesa.

-Gracias. – susurró Bella un poco acalorada.

Mientras Leonardo trataba de quitarse la túnica mojada tras un arbusto, Edward se apresuró a hacer fuego.

Bella lo miraba embelesada como maniobraba con la leña y encendía la fogata con suma facilidad. Bella pensó que siendo él un príncipe no podría hacerlo, y estaba casi en lo correcto. Edward rezaba a todos los Santos para que el estúpido fuego se encendiese y no quedara como un don nadie frente a la Condesa.

-¿Dónde está su sequito? – preguntó Edward sentándose al lado de la Condesa.

Alguien debería venir rápido con las ropas de la Condesa. – pensó Edward. – Ella no podría vagar por ahí en el bosque semi desnuda.

-Decidí darles el día libre. – respondió Bella mirando el lago.

Edward soltó una risa al escuchar la respuesta de la joven castaña. - ¿Día libre? ¿De qué? ¿De la vida?

Bella miró detenidamente al joven, claro que para él un sirviente no tenía una vida propia. Los nobles jamás se preocupaban por su servidumbre más que si cumplían con sus obligaciones.

¿Cuántos sirvientes habría en el palacio? Obviamente cientos… ¿Tendría el príncipe sirvientes como Carmen, Ángela y Eleazar? Ojalá los tuviera. – pensó Bella.

Que terrible y vacía sería la vida del príncipe si no tendría cerca a personas como Carmen, Eleazar y Ángela.

-¿No se cansa de siempre tener alguien que le sirva? – preguntó Bella.

-Sí, pero son sirvientes, es lo suyo. – contestó arrojando una piedrita al lago.

Bella negó un par de veces y exhaló.

¿De verdad el príncipe no veía la diferencia entre una persona y un sirviente?

-Ojalá yo pudiera despedirlos así tan fácil como usted. –comentó ella un poco desanimada por lo que el príncipe había respondido. Se puso de pie rápidamente. – Debo irme.

-¿Está enojada conmigo? – Edward se apresuró a detenerla. - ¿Admítalo? – ladeó una sonrisa.

-Pues sí, ha acertado. –admitió ella.

-¿Por qué? – se cruzó de brazos.

-Pues por que intenta atosigarme con su petulancia.

-Me temo mi lady que sois muy contradictoria y lo encuentro extremadamente fascinante. – exclamó sonriendo, como si lo que acabara de escuchar de Bella hubiese sido un lisonjeo.

-¿Yo? – susurró.

-Sí usted. – se aclaró la garganta. – Esparce los ideales de una vida utópica cuando lleva vida de noble.

-Y usted. – Bella lo miró fijamente.- Posee todas las tierras y no siente orgullo al trabajarlas, ¿no es eso contradictorio también?

-Primero… soy arrogante y ahora…. No tengo orgullo. – frunció el seño a punto de enojarse.

-Todo lo tenéis, pero no disfrutáis de nada. – siguió la castaña. – Aunque seguís burlándote de aquellos que ven sus posibilidades. – su tono iba bajando poco a poco. Bella pensó que quizá había hablado de más.

-¿Cómo lo logra? – preguntó Edward.

-¿Qué cosa?

-Vivir cada día con tanta pasión, ¿no resulta agotador? – exclamó el príncipe acercándose a Bella.

-Solo cuando estoy con usted. ¿Por qué goza de irritarme tanto? – instintivamente se acercó más a él.

-¿Por qué responde en casa ocasión? – terminó el príncipe mirándola fijamente sin siquiera darse cuenta que estaban muy cerca.

Los dos comenzaron a reír abiertamente. La risa de la joven castaña le resultó musical y quedó envilecido por aquel sonido.

Bella lo miró sonriendo, quedó fascinada por aquel par de ojos verdes, a ella le gustaba ese color, pero desde hoy resultaba ser su color favorito. Verde…

-¡Bella! – un grito femenino se escuchó a lo lejos.

Isabella borró su sonrisa, se quitó rápidamente la capa que tan amablemente le había dado el príncipe.

-Debo irme, disculpadme Alteza he perdido la noción del tiempo.

Edward no pudo articular palabra cuando vio que la Condesa René había dado media vuelta y se alejaba directamente al bosque.

-¡Pero hay buen tiempo! – gritó Leonardo saliendo de los arbustos con un papalote en la mano. - ¡Debemos probarlo!

-¿Cuándo podré veros? – preguntó Edward.

Isabella sonrió desde el bosque sacudiendo su mano al príncipe. - ¡Pronto nos veremos!

-¿Por qué siempre hace eso? – susurró. Edward vio como la condesa se perdía bosque adentro, como si fuese una ninfa…

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El salón del comedor lucía extremadamente oscuro, las tres damas de la Casona Swan sentadas a la mesa, estaban a punto de comenzar con su cena.

-¿Dónde están los candelabros? Casi no vemos lo que hay en nuestros platos. – murmuró la Varonesa con acidez.

-Mi señora, los busqué por todos lados y no aparecen. – respondió Ángela apenada.

-El cuadro de la sala tampoco está madre. – comentó Jessica bebiendo de su copa.

-Parece que hay un ladrón, ¿Así es como me tratan después de tantos años de ayudarlas? Pagaran los candelabros y el cuadro con su sueldo. – bramó la varonesa.

-Si mi señora. – susurraron al unisonó Carmen y Ángela, a sabiendas de que la Varonesa y sus hijas, tenían ciertos gustos y lujos que bien, no podían costear, tomando así, lo que encontrasen de valor en casa.

-Si seguimos así, las mandaré a las Américas. – replicó Tanya.

-Es que, ¿acaso no lo han oído? – preguntó Alice mirando a su madre y hermanas. – El príncipe apeló al Rey y pidió que los soltaran a todos.

-¡En serio! – chilló Bella desde el rincón en el que se encontraba de pie.

Alice asintió. – Y ahora. – Se aclaró la garganta.- Por Real Decreto cualquiera que se embarque a las Américas será compensado.

-¿Compensado? – preguntó incrédula la Varonesa. -¡Cielo santo! ¿A dónde vamos a llegar? – soltó con escepticismo.

-Bueno. – murmuró Jessica hablando por primera vez. – Lo que quiero saber es quién es esa Condesa de la que todo el mundo habla en la corte. – comentó levantando su vaso para que Bella le sirviese de nuevo. – Había por lo menos diez damas comentando sobre ella y de cómo tiene prendado al príncipe.

-Pronto averiguaremos quién es. – murmuró dubitativa la Varonesa, mientras Ángela y Carmen se daban sonrisas conspiratorias, bien sabían que Bella era esa tal Condesa de la que todo el mundo hablaba.

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A la mañana siguiente, Bella junto con Carmen y Ángela partían al mercado a vender los vegetales que ellas mismas producían, esa era la fuente de ingresos más solida que la Varonesa tenía. Ahí se encontraba Bella acomodando vegetales cuando una voz nada agradable irrumpió en sus pensamientos.

-Isabella Swan… Estás más guapa que de costumbre.

-Y usted señor Newton, malgasta sus halagos. – respondió de mala gana.

Michael Newton era un mercader de la región, muy conocido por sus negocios sucios, sin duda era una de esas personas ricas de la región. Y tenía cierto interés en Bella desde que esta, había comenzado a mostrarse más como una bella mujer.

-Lástima que su suelo sea el mejor de la provincia y esté tan mal atendido. – dijo mirándola de una manera lasciva.

-Nuestros recursos son limitados señor Newton. – dijo Ángela interponiéndose entre Bella y Michael. – Hacemos lo que podemos señor.

-¿Hay algo que pueda hacer yo? – preguntó el mercader.

-Quizá deba dirigirse a la Varonesa y limítese a comprar.- dijo enojada Carmen.

-Prefiero discutirlo con Isabella si no les importa. – respondió en un gruñido. – Es posible que te doble la edad niña tonta, pero estoy bien dotado. – escupió aquél hombre. Isabella se sintió asqueada y caminó hacia él otro extremo del puesto. Michael se dio cuenta de la incomodidad de la joven y siguió hablando. – Como lo demuestran mis tierras, siempre he tenido debilidad por los menos afortunados, tú necesitas benefactor y yo necesito una joven con espíritu.

Bella tomó un cuenco que se encontraba encima de la mesa. - ¿Pasas? – preguntó con inocencia fingida.

-No. –hizo mala cara Michael. – Esta semana no compraré y harías bien el recordar que sin mi generosidad tu patética granja dejaría de existir. Yo tendría mucho cuidado si fuese tú. – terminó alejándose del puesto.

-¡Qué horrible ser! – articuló Ángela. – Si no comprase una gran cantidad de verduras a la semana, le escupiría en la cara.

Un poco más tarde, algunos guardias reales se acercaban al mercado. El bullicio del gentío se hizo más evidente al vislumbrar al príncipe con su sequito de guardias y acompañado nada más ni nada menos que las Denali.

Jessica caminaba altiva, mirando por sobre su hombro y comentándole al príncipe lo duro que han trabajado para tener el puesto en el mercado, Edward escuchaba atento toda la verborrea de la joven rubia. Un poco más atrás la Varonesa al lado de Alice caminaba mirando como Jessica se desenvolvía tratando de acaparar la atención de Edward.

Alice daba miradas hacia Jasper, quién le correspondía sonrisas caballerosas. Alice estaba prendada totalmente del joven capital líder de la guardia Real.

Uno de los pajes del príncipe se acercó rápidamente a este, ofreciéndole un plato con golosinas y frutas.

-Mire Jessica, aseguro que jamás ha probado algo como esto. – comentó Edward tratando de hacerla callar, su voz le resultaba hipnótica pero de la peor manera posible. – Es sumamente delicioso.

Jessica quiso verse sensual y cerró los ojos, abrió su boca para que Edward metiera el pedazo de golosina en su boca. Edward por su parte hizo una mueca de desagrado, pero como todo un caballero dio a probar a su compañera.

-¿Le gusta? – preguntó limpiando sus manos con un pañuelo.

-Me encanta. – ronroneó Jessica. – De un modo pecaminoso, ¿Cómo se llama?

-Chocolate. – se encogió de hombros. – La princesa Rosalie de España me lo ha enviado de regalo.

Edward y Jessica siguieron caminando hasta llegar al puesto donde Bella y las demás se encontraban.

-Por ahí está nuestro puesto su alteza. – expresó Jessica orgullosa.

Edward miró en dirección al puesto de vegetales con expresión adusta. Recordó aquel intercambio entre la sirvienta de la Casona Swan y él. Instintivamente se llevó la mano a su frente y rió.

-En verdad me encantaría conocerlas. – dijo el príncipe.

Jessica rió tontamente y se apresuraron al puesto.

-Buen día señoras. – exclamó el príncipe con una sonrisa torcida.

Carmen y Ángela se quedaron plantadas mirando al príncipe.

-Buenos días su majestad. – respondió Carmen tratando de hacer una reverencia.

Isabella que estaba volteada y había escuchado aquel saludo, se giró en redondo con una gallina en las manos, al ver al príncipe pegó un gritito arrojando el animal a la cara de Edward, el cual se asustó y casi cae de espaldas si no es porque Jasper lo sostuvo. Bella no tuvo más que correr a esconderse lejos de ahí.

-¿¡Qué pretendes!? ¡Darle un susto de muerte al príncipe! – regañó Tanya al ver a sus sirvientas comportarse como un par de tontas. Buscó con la mirada a Isabella pero no la encontró por ningún lado, ya arreglaría cuentas con aquella chiquilla tonta.

-No mi señora, nos sorprendimos. – murmuró Ángela apenada.

Edward que ya había recobrado la compostura, se acercó a las dos señoras. - ¿Estaban solo las dos? – preguntó con curiosidad.

Había sido su idea o, ¿Acababa de ver un rostro realmente familiar antes de ser acechado por la gallina?

-Y la gallina su alteza. – respondió Carmen.

Edward no quedó tranquilo pero lo dejó pasar. En cambio, Jasper no tenía la misma intensión, abrió bien los ojos cuando vio a la Condesa René Dwyer correr en dirección del estudio del pintor del pueblo.

¿Había visto bien o la Condesa llevaba ropas de servidumbre?

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La Varonesa exhaló viendo como Isabella preparaba el fuego para su recamara. Las noches comenzaban a ser realmente frías.

Isabella estaba realmente cansada, solo quería ir y tumbarse en su rincón preferido frente al fuego y releer su libro favorito.

-Ven aquí Isabella.

La castaña terminó de hacer su trabajo y caminó hacia la Varonesa quién la miraba curiosa.

-Qué lástima que no conociste a tu madre. –le dijo. – Supongo que has de tener algo de ella.

-Me hubiese gustado saber cómo era.- susurró conteniendo las lágrimas.

-Sí, no obstante no debemos compadecernos, ¿verdad? Por muy mal que estén las cosas, pueden ir peor. – expresó adusta la Varonesa.

-Sí, madame.

Tanya quedó embelesada mirando a Bella, a pesar de que estaba sucia y despeinada, había algo en las facciones de Isabella que la hacían resaltar como un diamante en medio de miles de carbones negros. Cosa que le desagradó en sobremanera a la Varonesa.

Vio sus ojos color chocolate, tan parecidos a los de Charles, ese brillo en sus ojos le recordó cuando conoció a aquel apuesto mercader que le robó el corazón y el pensamiento desde la primera vez que le vio. Tanto había sido su amor por Charles Swan, que se casó con él sin importarle que no tuviese ningún titulo nobiliario.

¡Qué poco le había durado su matrimonio con el apuesto mercader!

El había muerto por causas naturales aquella mañana cuando partiría de casa a hacer un nuevo negocio en Italia. De nuevo la vida le había dado una bofetada convirtiéndola en viuda por segunda vez.

Por esa razón, Tanya trataba por todos los medios de encontrar un buen prospecto para sus hijas.

-Te pareces tanto a tu padre. – rumió la Varonesa.

-¿De verdad? – exclamó asombrada. Hacía tanto tiempo que nadie hablaba de su padre.

-A veces siento que me mira a través de tus ojos. – comentó Tanya tragando saliva.

Bella sonrió enormemente.

-Sí. – contuvo las lagrimas la varonesa. – Tus rasgos son tan varoniles, y bueno… al ser criada por un hombre, estás hecha para el trabajo duro. – continuó dándole palmaditas en el brazo.

-¿Amabais mucho a mi padre? – preguntó la castaña mirando fijamente a la Varonesa.

-Apenas si lo conocí. – mintió. – Retírate, quiero descansar.

Bella se limpió las lágrimas derramadas, y asintió encaminándose a la puerta.

Lo que no sabía ella era que la Varonesa Tanya Denali viuda de Swan, amaba profundamente a su padre, lo amaba y lo extrañaba muchísimo, cada noche lloraba en silencio por la muerte de su apuesto mercader…

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Taaaaaaaaaaaaaraaaaaaaaaaaaaaan…

Edward se escapó de una gallina asesina jajaja

Espero que les haya gustado, nos leemos pronto…