Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la a historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Está basada en una película, seguro ya se habrán dado cuenta cual es, y si no, al final se los dejaré por escrito.

Summary: Tras la muerte de su padre, Bella se convierte en la sirvienta de su madrastra y sus hermanas, pero no todo es tan malo, su destino se cruza con el príncipe Edward el cual huye de sus responsabilidades como próximo Rey.


Capitulo 7: Monasterio.

Bella miró la cometa entre sus manos, pensó en su padre, en las historias que le contaba de sus viajes y que en Inglaterra era una especie de moda usar esa clase de artefactos en la nobleza para juegos al aire libre, pensó e imaginó un cielo azul lleno de artefactos como ese de miles de colores, pensó en las risas, en lo asombroso que debería verse el cielo ingles con aquella maravilla.

Recordó que esa mañana Eleazar lo había encontrado cerca de la Casona, enredado en un arbusto. Pensó en que quizá El señor Da Vinci estaría buscándolo, quizá no le importará si ella jugaba un poco con él, antes de devolvérselo. No sabía cómo, pero lo haría.

Encontró a Jake en un pardo practicando sus técnicas de pintura, Bella estaba totalmente segura de que Jacob Black en un futuro, llegaría a ser el mejor de los pintores. Sus dibujos eran espectaculares y aunque él era demasiado tímido, ella estaba completamente segura de que llegaría lejos.

-¡Oh por Dios! – chilló Bella saltando emocionada. - ¡Está volando!

-No sé por qué estás tan feliz. – murmuró Jacob mirando su lienzo. – Si esos dos se casan, tú estarás nadando en estiércol. – refunfuño dando una mirada al palacio que se erguía a kilómetros de distancia.

-Y yo no sé por qué estás tan enojado. – se encogió de hombros. – A mi me da igual.

-No mientas. – gruñó el moreno. – El príncipe sería tu cuñado y tú "Condesa Dwyer" les servirás el desayuno en la cama.

-Sí, pero seguro ellos se mudarían al castillo. Y yo podría quedarme con las tierras y sacarlas adelante, eso es lo único que me importa- Contestó Bella aunque muy en el fondo sentía una punzada de dolor al pensar en Jessica o cualquier otra chica fuese la esposa del príncipe Edward.

-Él te gusta… Admítelo. –Jake hablaba ahora más detenidamente. Miró al horizonte y frunció el seño al ver que un par de jinetes se acercaban.

-No. – mintió Bella.

-Y… supongo que sí lo volvieras a ver ¿le dirías?... – Jacob no terminó porque Bella le interrumpió.

-Le diría "Alteza, mi familia es toda suya… lléveselas, por favor. – rió haciendo una tonta reverencia.

-Bien. – Jacob tomó un pañuelo y limpió un pincel. – Por qué vas a tener que hacerlo ahora, ÉL viene hacia acá.

Bella dejó de reír al instante, comenzó a ver para todos lados y tratar de buscar un sitio donde esconderse, Edward y el que parecía Jasper el líder de la guardia real, estaban demasiado cerca, corrió hacia uno de los arbustos escuchando la risa tonta de Jacob haciendo eco.

Edward cabalgaba al lado de su mejor amigo, hablaban de todo y de nada, estaba emocionado en cierto modo, de mostrarle al señor Da Vinci la vasta colección en la biblioteca de los monjes, quería debatir con él sus ideas, hablar más con personas fuera del reino, le ayudará a ampliar su mente, pensaba.

Vio a un joven pintor en el prado y se detuvo seguido de Jasper.

-Chico. – habló Jasper. – Buscamos al señor Da Vinci.

Jacob se aclaró la garganta y haciendo una reverencia hacia Edward por fin habló.

-No lo he visto por aquí su alteza. – respondió mirando a Edward y después a Jasper.

Edward frunció el seño al ver el cometa surcar los cielos.

-¿Seguro que no lo has visto? – preguntó Edward.

Jacob negó rotundamente.

-¿Ese no es su artilugio volador? – preguntó toscamente Jasper.

Bella se dio cuenta que aun sostenía el hilo de la cometa en sus manos, se pegó mentalmente en la frente y soltó el hilo para que la cometa se fuese lo más rápido posible.

Jacob se puso rojo como un tomate y miro el cometa que volaba por los cielos.

-¿De dónde lo has sacado? – preguntó Edward mirando como la cometa se alejaba.

-De… de… de la Condesa Dwyer. – contestó balbuceando. – Es… es amiga suya.

-¿La conoces? ¡Debo encontrarla! – se exaltó Edward con alegría en la voz.

-Pues creo su alteza, que se aloja con una prima. – Jacob comenzaba a ponerse realmente nervioso.

-Eso ya lo sé, la pregunta es ¿cuál?

-La varonesa Tanya Denali. – susurró Jacob.

Bella maldijo por lo bajo tras el arbusto que le daba una vista solamente de Jacob, presentía que si se erguía un poco más podría ser vista por Edward e incluso Jasper.

Cosa que estaba en lo cierto, Jasper miró con atención al arbusto más que daba comienzo al bosque y frunció el ceño.

¿La Condesa Dwyer?

¿Por qué últimamente había visto ese rostro tan familiar? ¿Es que acaso era presa del hechizo de la condesa Dwyer como lo era Edward?

Negó rotundamente, él estaba interesado en la dama Denali, Alice Denali le había robado el alma desde aquel día que la vio junto a su madre y hermana, lamentaba el hecho de que tuviese como familiares a ese par de odiosas damiselas.

Sacudió su cabeza un par de veces intentando poner más atención en la plática del aprendiz y su amigo.

-Ese es un problema- bufó Edward apretando las riendas de su caballo. Recordó a la Varonesa y su loca hija.

-Pero se dé cierto su majestad. – canturreó Jacob alzándose de hombros. – Que la Condesa está sola… ahora… en este preciso momento. – alzó ambas cejas.

Edward casi rió de los intentos de Cupido del buen mozo.

-¡Excelente! – miró a Jasper quién le asentía. – Por cierto, bonita pintura.

Edward espoleó su corcel junto a Jasper y se alejaron juntos del prado.

Jasper rio por la creciente alegría de su mejor amigo, e incluso estaba seguro de que si encontraban al señor Da Vinci, ni siquiera le diría sobre la visita al monasterio.

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Bella salió de su escondite murmurando obscenidades a Jacob quién no cavia de la emoción.

-¡Jake! ¡¿Qué has hecho?! – bufó golpeándolo en el brazo.

-¿Has oído? Le ha gustado mi trabajo. – rió Jacob mirando su pintura orgulloso.

Que un miembro de la nobleza elogiara tu trabajo no pasaba todos los días. – pensó Jacob con gorgoreo.

-Y ahora se dirige a la casa. – refunfuñó Bella cruzándose de brazos.

-Pues… deberías apresurarte si quieres llegar antes que él. – susurró su amigo guiñándole un ojo.

Bella rió, para que negar lo evidente.

Se moría de ganas de ver, hablar y conversar con Edward, se dijo que sería la última vez que lo vería, pues si fuese descubierta, tendría un millar de problemas encima.

-¿Qué esperas? ¡Corre! – gritó Jacob dándole un empujón amistoso.

Bella tuvo que usar todo su autocontrol para no asaetar un golpe a su amigo, y corrió bosque adentro, cruzó parcelas, el arroyo, incluso una granja completa sin detenerse, las costillas le dolían por la falta de aire, y sus pies comenzaban a gritarle "detente", pero ella siguió hasta llegar al patio de la Casona Swan.

-¡Ángela! ¡Carmen! – gritó con lo que le quedaba de voz.

Las sirvientas salieron disparadas para ver que Bella corría como si la vida se le fuese en ello.

Con lo poco que le quedaba de oxigeno, pudo contarles lo que necesitaba hacer, las sirvientas asintieron y entonces, comenzó la transformación.

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-¿Estás seguro de lo que estás haciendo? – preguntó Jasper por enésima vez.

Bajaron la velocidad al llegar al claro que daba directamente con la Casona Swan, Edward miró el gran patio y sonrió al ver las parcelas, su vista se dirigió directamente a los enormes manzanos y rió alto.

Jasper lo miró como si estuviera perdiendo la razón.

-Primero, apelas al Rey para que liberen a los esclavos que de por sí fueron vendidos a las Américas, luego aquí estas faltando a tus deberes religiosos. – murmuró el rubio.

Era bien sabido que todo aquel ciudadano responsable del reino, debería asistir a misa cada domingo, seguramente en todo el reino, ellos eran los únicos que no estarían en este momento en la iglesia.

-Tú tampoco estás en la iglesia Jasper. – rió Edward mirando de reojo a su amigo.

-Mi jefe decidió dar un paseo. – bufó.

-¿Es que te molesta no escuchar la palabra de Dios?

Jasper negó. – Sabes que soy protestante, pero… en fin, no diré más…

El cobrizo rió con ganas, acercándose al patio de la casona, algunos sirvientes se adelantaron para ayudarlos con los caballos.

-¿Qué tal si la Varonesa está en casa?

Edward no respondió porque justo en ese momento la puerta doble del recibidor se abrió de par en par.

Frente a él estaba la criatura más hermosa que había visto sobre la faz de la tierra, una maravillosa ninfa enfundada en un vestido celeste que atenuaba su pálida piel, su cabello estaba liso y suelto, y llevaba un par de listones celestes enredados en un mechón caoba. Toda ella se veía etérea como si fuese una simple aparición, como si los ciudadanos del reino estuviesen equivocados al ir a la iglesia y ver esas deidades, pudiendo venir a la Casona Swan y ver a la condesa Dwyer…

-Condesa. – susurró sin aliento el príncipe.

Jasper tuvo que cerrar su boca al ver a la hermosa joven en la puerta. Ahora entendía a Edward él porque estaba perdiendo la razón. Frente a ellos había un ser celestial.

-Su alteza. – hizo una reverencia. – Capitán Whitlock.

Jasper hizo una reverencia a la dama y sonrió ayudando a Edward con su caballo.

Los tres se giraron al escuchar la carroza con guardias arribar al patio.

Isabella sintió miedo, pero al ver el rostro sonriente de Edward se sintió mejor.

-Eh venido a hacerle una invitación Condesa. – susurró Edward. – El monasterio de los Franciscanos tiene una biblioteca muy amplia y ya que os gusta tanto leer, agradecería que me acompañara. – argumentó dándole la mano.

-Eso no es justo su alteza. – sonrió Bella. – Conoce mi punto débil pero he de encontrar el suyo.

Edward dio un paso adelante, para acercarse a la Condesa. – Es bastante obvio mi lady. – la miró detenidamente y besó su mano.

Bella se ruborizó sin evitar mirar hacia el suelo.

-Jasper, hoy no necesitaré de vuestros servicios. – miró a su amigo. – Hoy simplemente seré Edward.

Jasper asintió llevándose ambos caballos y dándoles ordenes a los pajes de la carroza.

Mantendría un ojo puesto en el príncipe y en la misteriosa condesa, después de todo este es su trabajo. – pensó.

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La Varonesa miraba a su alrededor en búsqueda de su pequeño espía de palacio. Miró al callejón cuando un hombre de casi 1.60 corría en su dirección.

El hombre que llevaba ropas de paje, la miró como si ella fuese su vida y sonrió sin aliento.

-Varonesa, el príncipe ha salido y nadie sabe a dónde. – le dijo dándole un pequeño saco y se acercó a su oído.

La Varonesa asintió tomando la pequeña bolsita y poniéndola dentro de su escote. Los ojos del paje casi se salen de sus orbitas al ver el tremendo escote de la varonesa.

-Ya verás cómo nos divertiremos cuando sea la suegra del Rey. – murmuró acariciando la mejilla del paje. – Ahora se bueno James, y en cuanto sepas algo relevante, búscame, estaré encantada de verte de nuevo.

El paje asintió emocionado y se alejó de nuevo por el callejón.

Tanya se encaminó de nuevo a la iglesia donde Jessica y Alice la esperaban.

-¡Madre! ¿Dónde te habías metido? – alzó la voz la rubia.

-Adelántate Alice. – ordenó Tanya, la morena asintió.

Jessica alzó una de sus delgadas cejas y miró a Tanya con atención.

-Estaba asegurándote la corona. – rió por lo bajo entregándole aquel pequeño saco que el paje le había entregado y dándole instrucciones de lo que debería hacer después de salir de la iglesia.

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Bella miró con emoción todo a su alrededor. Cientos de estantes llenos de libros, cientos de historias, miles y miles de letras plasmadas sobre papel, el mágico olor a tinta, lomo, y pintura le llenaban de regocijo. Recordó todas aquellas noches que paso con su padre leyendo hasta altas horas de la madrugada, recordó las historias, cuentos, leyendas que aprendió con ayuda de su padre. Comenzó a sentir una añoranza indescriptible.

-Siento deseos de llorar. – susurró pasando su dedo por las tapas de los libros en un anaquel.

-¡Elige uno! – pidió Edward mirando la emoción de la castaña.

-Es como elegir una estrella en el cielo. – respondió con un hilo de voz.

-¿Por qué es que le causa tanta emoción?- Edward se acomodó a su lado mirándola con atención, la Condesa jamás se quitaba ese manto de misterio que llevaba encima.

-Creo que es porque cuando era niña, mi padre se acostaba tarde leyéndome libros, e l era un fanático de la palabra escrita, ¿sabe? – susurró caminando por el pasillo y releyendo los títulos de algunos libros. – Murió cuando yo tenía 6, siento que fue hace tanto tiempo y al mismo tiempo, pareciera como si no.

-¿Qué clase de libros? – preguntó de nuevo el cobrizo en un susurro, pensando en que quizá si levantara la voz, la burbuja se rompería.

-Ciencia, filosofía. Supongo que me recuerdan a él. Utopía fue el último libro que pus en mis manos.

-Eso explica el porqué lo citas. – acarició su mano con ternura.

Bella asintió suspirando.

-Prefería escuchar su voz que cualquier otro sonido en el mundo. – sonrió.

Edward exhaló sin darse cuenta que había retenido el aire en sus pulmones, su sonrisa se borró y dio la espalda a su compañera n, no estaba seguro pero su mirada lo hacia sentir vulnerable.

Bajó un par de escalones para ir directamente a una especie de sala de estar.

-¿Ocurre algo? – Bella se apresuró hacia Edward, ¿por qué el príncipe cambiaba tan rápidamente de estado ánimo?

-En todos los años de estudio, ningún tutor me había mostrado la pasión con la que me habéis hablado en estos dos días. – comentó el joven sentándose en uno de los sillones. – Tienes más convicción en un recuerdo que yo en todos los años de m vida.

Bella se sentó al lado del príncipe.

Edward exhaló dándole una mirada rápida, se puso de pie dándole la espalda, no quería que lo viese tan vulnerable, pero al estar tan cerca de la Condesa Dwyer, siempre se sentía así.

Bella creyó que había metido la pata y trató de hacer memoria de lo que acababa de ocurrir. Se puso de pie imitándolo y por mero instinto puso su mano sobre su hombro. Edward se estremeció con ese simple toque.

¿Qué es lo que tiene la Condesa que siempre lo hacía estremecer?

-Alteza, si he hecho o dicho algo para ofenderos, disculpadme.

-Por favor. – respondió Edward girándose para verla . – No es por vos.

Tomó sus manos y las besó detenidamente, Bella enrojeció al instante.

Edward se dijo que debería aprovechar ese día, aprender de la Condesa y conocerle más, para quererle más. Pues por cada segundo que pasaba cerca, sus sentimientos hacia la hermosa castaña se incrementaban más y más.

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-Ahora o nunca. –susurró la Varonesa a su hija.

Jessica se apresuró hacia la puerta de la salida de la enorme iglesia, los feligreses se arremolinaban para ver a la pareja de Reyes.

Los Reyes Cullen saludaban cortésmente a las personas que se acercaban a ellos, Esme sonreía abiertamente y Carlisle estaba un poco exasperado porque quería ya subir al carruaje.

-Disculpe su majestad- Jessica hizo una reverencia al llegar al carruaje que compartían los Reyes y las damas de compañía de la reina. – Parece que se le ha caído esto.

Jessica Denali le mostró el collar de rubíes a la reina, esta se sorprendió al verlo.

-¡Cielo santo! – exclamo la Reina. – Ni siquiera recuerdo habérmelo puesto. – Tomó el collar de las manos de la joven rubia.

Carlisle miró a la jovencita fijamente.

-Es excepcional sin duda la persona que devuelve un recuerdo muy valioso. – expresó Carlisle.

-Es usted demasiado magnánimo su alteza. – respondió Jessica mirando a ambos y haciendo una reverencia para retirarse.

-¡Qué modales tan refinados! – susurró la Reina a sus acompañantes. - ¿Cuál es su nombre?

-Jessica Denali. – contestó una de las acompañantes.

-Jessica, ven aquí. – Esme miró a la joven. – Tendremos una charla tú y yo, ve mañana al palacio y lleva a tu madre.

-Como desee su alteza. – respondió sonriendo..

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Después del incidente de "los ideales" como pensaba Bella, la tarde pasó sin contemplaciones, Edward estaba empeñado en mostrarle a Bella todo el monasterio, tomaron un refrigerio después del medio día, rieron y hablaron sobre lo que les apasionaba, lo que esperaban para su futuro.

Bella sintió por primera vez que era ella misma, y no la Condesa o la "Cenicienta". Pensó que fácil sería decirle toda la verdad al príncipe, seguramente el entendería todo. Pero simplemente lo dejó pasar, no quería estropear la tarde con esas revelaciones.

-Esto es realmente vergonzoso.

Bella negó mirando al príncipe que le ayudaba a bajar del carruaje.

Ambos miraron la rueda de la carroza rota, los sirvientes se arremolinaban sin saber que hacer, ni siquiera llevaba guardia real para ser custodiados, estaban en peligro si algún malhechor los asaltaba.

Yo la protegería mejor que a mi propia vida. –pensó Edward mirando a la Condesa que parecía asustada.

-Regresaremos al monasterio su alteza. – expresó uno de los sirvientes comenzando a cargar las bolsas con los libros de la Condesa.

Bella miró con pánico al paje, Edward vio el rostro contrito de su compañera y le entraron ganas de abrazarla.

No puedo quedarme. – pensó Bella asustada, imaginó lo que ocurriría si llegaba tarde a casa, no quería ni pensar en todo lo que la Varonesa tendría por decirle y las tareas que le daría para castigarla.

Bella se estremeció. – Nosotros continuaremos a pie. – miró al paje y después a Edward.

-Pero, hay medio día camino. – Edward la miro con sorpresa.

-Qué curioso su alteza.- rió Bella con disimulo. -¿Y su instinto de aventura?

Bella comenzó a caminar alejándose del carruaje.

-Bueno… si lo ves desde ese punto… - continuó diciendo mientras se alejaba también del carruaje para caminar a la par que Bella.

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A la Casona Swan llegaba la carroza que traía consigo a las damas Denali, no muy contentas por sus avances en la nobleza.

-No podemos confiarnos, el príncipe no estaba por ningún lado. – murmuró Tanya mirándose frente al espejo del recibidor.

-Jessica siempre se lleva la mejor parte. – refunfuño Alice al recordar la invitación de la Reina a su hermana y madre. ¿Por qué no le habían hecho la misma invitación? ¿Es que la Reina no sabía que había otra dama Denali viviendo en la Casa Swan?

-No estés celosa Alice. – Jessica se sentó a su lado. – La Reina ni siquiera sabe que existes. – soltó una risa nada musical.

Alice suspiró, siempre había sido así. Se sentía un cero a la izquierda, además Dios no la había dotado de una belleza como la de su madre o hermana, simplemente tenía este cabello negro rebelde, y además estaba un poco o mucho pasada de peso. ¿quién se fijaría en ella así?

El capitán Whitlock. – pensó con esperanza.

El siempre le hacía miradas cuando estaba cerca, ¿o veía a su hermana? –bufó.

De todas formas, el Capitán tampoco estaba hoy en la iglesia.

-Lo que Jessica hace es en bien de todas querida. –Tanya acarició el cabello de su hija más pequeña. Lo que debes hacer es ayudar a prepararse a Jessica.

-¡Perfecto! Dentro de poco terminaré limpiando y barriendo la chimenea junto a Bella. – bufó cruzándose de brazos.

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En algún lugar del bosque, una joven impaciente y un arrogante príncipe discutían los cómos, porqués, y dóndes, pros y contras de volver al monasterio.

-Lo normal es que yo sepa como volver a mi castillo. – bufó Edward cruzándose de brazos.

-¿Por qué los hombres no se detienen a preguntar direcciones? – preguntó divertida, aferrándose a la rama más gruesa del árbol. - ¡Ah! ¡Ahí está!

Bella miró al horizonte donde se imponía el castillo de los Reyes de Francia. Sonrió al recordar que hasta hace algunos instantes, Edward estaba casi inseguro de que ella fuese capaz de subir hasta el árbol más alto para ver por sobre los demás, el camino que deberían seguir para ir al palacio.

-Me cuesta trabajo creer que yo esté aquí, y usted esté ahí arriba. – negó reprobatoriamente. – Y en nada más que ropa interior.- frunció el seño.

Al príncipe no le paso desapercibido el cuerpo de la Condesa, sus curvas se acentuaban con el fondo casi transparente, incluso el corsé hacia ver su cintura demasiado diminuta. Tuvo que usar todo su autocontrol para no seguir comiéndosela con la mirada. Daba gracias al cielo que ella no se había dado cuenta.

-No podía subir con el vestido puesto. – respondió Bella mirándolo desde arriba, ella no comprendía el porqué había que usar tantas ropas debajo del vestido, cuando era niña no se preocupaba de esto, y cuando al fin se convirtió en una señorita, usaba ropa hecha de manta suave y económica, nunca usaba vestidos caros, ni telas vaporosas e incomodas. Todos los vestidos que ella había usado para ver al príncipe eran sacados del guardarropa de Jessica. – Además no me hubiese perdonado si se lastimaba su crisma real, ¿qué sería de nosotros?

A Edward no le pasó desapercibido aquel tono arrogante y risueño de la condesa.

¡Sínica! – pensó el príncipe.

-Nadas asolas, salvas sirvientes, escalas arboles, ¿hay algo que no podáis hacer? – preguntó divertido.

-¡Volar! – alzó ambas manos al aire. – No puedo volar. –sonrió. – Ahora daos la vuelta para que pueda bajar mi señor.

Edward rió por lo bajo y se giró en redondo con la sonrisa aun en su rostro, pero al instante se paralizó al observar a su alrededor. Todo absolutamente todo gritaba "Peligro".

-¡Condesa! – ahogó un grito para después volverse todo negro.

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Cha chaaaa chaaaaaaaaaaaaaaan…