Bueno, disculparan tanto la tardanza de este capi, pero aquí lo tenés ya!.
Agradezco su tiempo para leerlo!
Nos vemos pronto. :)
Sálvame.
Edward rió por lo bajo y se giró en redondo con la sonrisa aun en su rostro, pero al instante se paralizó al observar a su alrededor. Todo, absolutamente todo, gritaba "peligro".
-¡Condesa! – ahogó un grito para después volverse todo negro.
-¡Edward! – gritó Bella desde arriba del árbol.
Miró a su alrededor paralizada por el miedo, aferró sus manos al tronco del árbol y comenzó a bajar lo más rápido posible.
-¡Dios! – chillaba Bella.
El príncipe sacudió su cabeza tratando de despabilar sus ideas.
-¡Santo Dios! – rió una voz rasposa. -¡Eso fue un buen golpe Afton!
Edward miró al hombre frente a él que reía orgulloso por haberlo golpeado. No era más que el mismo gitano que hace algunos días había peleado y asaltado al Sr. Da Vinci.
-¡Quedaos arriba mi lady! – Gritó Edward desenvainando su espada- Esto es para hombres. – susurró poniéndose en guardia.
Bella bufó por lo bajo y seguía bajando del árbol.
Edward miró en todas direcciones, al menos había una docena de gitanos a su alrededor. Sus habilidades como espadachín eran inigualables, pero lo superaban en número.
-Vamos niño bonito, veamos que puedes hacer.- siseó el gitano.
El hombre en cuestión se abalanzó sobre el príncipe, pero Edward fue más rápido, dándole una estocada, la cual fue esquivada con gran habilidad por el gitano.
Edward rió por lo bajo mientras el gitano se le iba encima, y así iniciando una batalla de estira y afloja, ambos eran muy buenos en el arte de la espada.
Uno de los ladrones, al parecer el líder, caminó hacia el vestido azul de Bella, lo tomó con su espada y rió burlonamente mirando a Bella. – Mi mujer le da las gracias por el vestido, mi lady. – sonrió mostrando sus dientes y haciendo una reverencia dio media vuelta.
-¡Devolvedme mi vestido! – gritó la castaña corriendo hasta el gitano y saltándole encima, ambos cayeron al suelo en un golpe sordo.
Ambos rodaron por el suelo lleno de hojas secas, Bella en un movimiento ágil, le quitó su daga al enorme gitano de cabellos oscuros y ondulados.
Al ver aquella escena, un par de hombres fueron en ayuda de su líder, quitándole la misma daga y poniéndosela en el cuello.
Edward al darse cuenta gritó- ¡Soltadla! Su lucha es conmigo.
El líder de los gitanos ordenó con un cabeceo que la soltasen.
-Insisto en que me devuelvas lo que es mío. Y como me has privado de mi guardia- hablo la castaña dándole una mirada de cautela a Edward. – Os exijo que me den un caballo.
Edward junto con los demás gitanos parecían sorprendidos por aquel arrebato de la joven, todo el mundo permaneció callado mirando de hito en hito a Liam el líder de los gitanos y a la castaña.
-Mi señora. – habló por fin Liam. – Le propongo algo, llevaos lo que usted pueda cargar. – comentó guardando su espada.
-¿Me da su palabra que puedo llevarme lo que pueda acarrear? –preguntó Isabella.
-Por mi honor de gitano, lo que usted pueda acarrear. – dijo vehemente.
Bella pareció pensarlo por un momento, miró su vestido y después a Edward. Caminó hacia su vestido sin detenerse, y llego hasta Edward, el príncipe la miraba expectante. Lo tomó del brazo y a con fuerza lo puso en su espalda. – Como pesa. – pensó la joven. Y así caminó hasta el sendero alejándose de todos los gitanos que la miraban con la boca abierta.
Liam sacudió su cabeza y comenzó a reír a carcajadas seguido por sus compañeros. Edward estaba rojo como un tomate sin saber como actuar o entender a la castaña que lo llevaba a cuestas. – Madre mía, ¿Qué ha hecho? – pensó el príncipe.
-¡Venga aquí! ¡Vuelva señorita! Le daré un caballo. – gritó Liam.
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En la Casona Swan, Carmen hacía sus quehaceres nocturnos en la habitación de la Varonesa, quien miraba por la ventana, en su rostro se veía clara incomodidad, había estado buscando a Bella por todas partes y está no aparecía. ¿Dónde se habría metido? ¿A caso había huido por fin?
-¡Quiero que se me avise cuando haya llegado a casa! ¿Entendido? – bramó la Varonesa a la sirvienta. Esta asintió con temor.
¿Dónde estaría Bella en este momento? Se preguntaba Carmen con preocupación, ¿habría decidido ella al fin dejar atrás la Casona Swan y vivir libre? Aunque por mucho que le doliese ese pensamiento, Carmen pensaba que eso sería mejor a pasar el resto de su vida sirviéndole a la desagradable Varonesa Denali.
-Qué estés bien mi niña. – susurró apretando las sabanas sucias de la cama y saliendo de la habitación.
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La castaña miraba al príncipe interactuar con los gitanos, incluso con Afton aquel joven que le había propinado un fuerte golpe en la mandíbula. Bella rió entre dientes mirándolo, pues había una cierta fascinación en como Edward miraba a los gitanos, ¿a caso él sentía envidia por aquellos desgraciados? Incluso Bella sintió una punzada de envida al pensar en la vida libre y en familia en la que vivian los gitanos, pues ella aunque tuviese un techo, la única familia que había conocido después de la muerte de sus padres habían sido Carmen, Ángela y Eleazar, incluyendo a Alice, aquella chiquilla que siempre tenía una sonrisa para ella. Pese a lo que su madre pensara y lo que su odiosa hermana dijera.
Edward miro hacia la Condesa, llevaba puesta una capa café, hecha a base de pieles de oso, no entendía el porqué ella no había exigido su vestido, ¿Cómo es que prefería estar en esos trapos solo para darle un vestido a una gitana que ni siquiera conocía? ¿Es que la Condesa jamás lo terminaría de sorprender?
Sirvió un poco de vino y caminó hacia Bella, ella le sonrió aceptándolo.
-¿A caso su majestad está leyendo mis pensamientos? – preguntó divertida.
-Son tan confusos como los míos. –respondió el príncipe.
Bella se ruborizó y desvió la mirada, Edward tomó su barbilla con gentileza y sonrió.
-No me prive de ver sus ojos, mi lady.
Bella sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, asintió confusa y se dejo llevar por el momento.
-Un juego. – dijo de pronto el príncipe.
-¿Qué clase de juego?
-Pregunta y respuesta, usted mi lady, siempre es tan misteriosa, con este juego terminará todo este misterio al fin. – rió Edward con arrogancia.
Y ahí estaba de nuevo aquel príncipe arrogante, haciendo lo que quería, esperando a que todas sus dudas fuesen disipadas. –pensó Bella.
-De acuerdo. – Bella jugaría su juego.
Edward inició dando ejemplos de lo que quería saber, comenzó preguntando cosas normales, como color favorito, lugar favorito, cumpleaños, etc. No quería ahondar en temas muy profundos, no aun.
Bella por su lado hacia preguntas un poco más difíciles, algunas veces incomodaban al príncipe pero o ella no se daba cuenta o lo ignoraba.
-Dígame algo su alteza, Algo que odiaría hacer… - afirmó Bella.
Edward que en todo momento había mostrado una sonrisa autentica, ahora su rostro había cambiado a una máscara oscura y sin sentimientos, se aclaró un par de veces la garganta y dio un sorbo a su bebida.
-No deseo convertirme en Rey. – dijo al fin.
Bella lo miró casi como una madre ve a su hijo, como tratando de entender sus palabras; ¿es tan difícil creer que no quiere ser Rey? – pensó Edward.
-Piense en la cantidad de cosas que puede hacer por el país, por el mundo. – expresó Bella.
Edward rodó los ojos y bebió de nuevo.
-Sí, eso lo entiendo. Pero estar tan marcado por tu posición. Que nunca se fijen en quien eres sino en lo que eres, ¡no sabe lo insufrible que es! – replicó el príncipe cansado.
-Puede sorprenderse. – susurró Bella casi para sí misma, pero Edward la escuchó. La castaña recordó su posición como sirvienta en su propia casa, recordó lo que tuvo que hacer para salvar a Eleazar, vestirse de cortesana y mentirle a todo el mundo, incluyendo al maravilloso príncipe frente a ella.
Y por un instante sintió pena, vergüenza. Sacudió su cabeza un par de veces y continuó hablándole. – A un gitano por ejemplo. – miró a Afton jugando con la espada y riendo con los demás. – le llaman ladrón, y casi nunca lo pintan de otro modo, están marcados por su estatus como usted por su titulo y no importa nada, usted nació privilegiad y eso acarrea determinadas obligaciones. – terminó la castaña.
Edward que se había quedado callado comenzó a sonreír, mirando sus achocolatados ojos y perdiéndose en ellos.
-Perdón su alteza mi boca me ha traicionado de nuevo. – respondió Bella apenada.
-Es su boca la que me tiene hipnotizado.- contestó en un susurro.
Edward se acercó lentamente a Bella quien se había quedado estática. ¿A caso el príncipe iba a…? ¡No! ¡Esto no estaba pasando! Ella nunca había besado a nadie. ¿Cómo debía hacerlo?
El cobrizo sentía unas ganas tremendas de probar al fin esos labios rosados, acercó su rostro y sintió de golpe el aliento dulzón de la joven, ella cerró los ojos y se dejó llevar por el momento. Sus labios chocaron con un frenesí lento, Bella sintió su húmedo beso como una sedienta en el desierto, sintió todo su cuerpo explotar como con mil burbujas en su interior. Edward evitó gemir ante aquel toque tan celestial, creyó haber pecado al disfrutar tal caricia en sus labios de aquel ser etéreo. Sintió como si una enorme catapulta fuese arrojada hacia la torre más alta del castillo y con eso derribaría todos los muros internos. Parecía como si todo encajara, como si ambos hubiese hechos para estar juntos para siempre.
Justo cuando iba a profundizar más aquel beso, un estallido de carcajadas y aullidos los hizo separarse de un salto. Bella estaba roja y tocaba sus labios, mientras que Edward miraba a su alrededor, los gitanos los veían divertidos ante aquella muestra de amor entre la pareja.
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Edward y Bella cabalgaban por el sendero directamente a la Casona Swan. Pareciera como si no quisieran que la noche terminara, en el horizonte se divisaba que pronto amanecería.
-Dejadme aquí su alteza, no quiero despertar a nadie. – Bella miró hacia los establos, seguramente los cuidadores se percatarían de que ella estaba con alguien y le dirían a la Varonesa, ¡no eso no debía pasar!
Edward bajó del caballo de un salto, bajo a Bella con una lentitud que dolía, la miró queriéndole decir todo, pero calló y la abrazó como si su vida dependiera de ello.
-Has salvado mi vida. – susurró en su oído. – Allá en el bosque.
-Solo hice lo que pensé que era lo correcto, su majestad.
-Edward. Soy solo Edward. – acarició su mejilla.
-Edward.- susurró la castaña mordiéndose el labio inferior.
El príncipe gruñó por lo bajo. –No hagas eso o no podré dejarte ir.
Bella se armó de valor y besó los labios del príncipe como si fuese la última vez. ¿Sería la última? –pensó con tristeza.
Bella caminó hacia el portal de la Casona, cuando Edward la llamó.
-¡Renee!
A Isabella le hubiese gustado escuchar su nombre, sintió esa maldita punzada en el pecho, pero aun así se giró para ver al dueño de aquella aterciopelada voz.
-¿Conoces las ruinas del antiguo castillo que están cerca del lago?
-Sí.
-Suelo ir ahí para estar a solas, ¿irás? – preguntó con anhelo.
-Lo intentaré. – respondió con un hilo de voz, ¿sería esa su despedida? ¿Podría ella ir a verle de nuevo? Y sobre todo, ¿podría seguirle mintiendo?
-Pues te esperaré todo el día si es necesario. – le regaló una sonrisa torcida que la hacía derretirse, subió al caballo y galopeó con alegría hacia su hogar, el Castillo Cullen.
Por primera vez en toda su vida, Edward se sentía feliz, libre. ¿Qué había hecho aquella Condesa? ¿Sería una hechicera? Y si así lo fuese, el estaría dispuesto a morir bajo su hechizo.
Estaba enamorado de la Condesa, amaba a aquella jovencita que le había enseñado un mundo diferente, le había enseñado a ver las cosas de manera distinta, y lo más importante, le había enseñado a amar, y estaba feliz porque le pediría que se casase con él.
Llegó rápidamente a la recamara de sus padres y entró sin tocar.
Esme se sobresaltó al sentir una presencia extraña en la recamara, miró al recién llegado y respiró con más calma al darse cuenta de que no era otro más que su amado hijo.
-¡Carlisle! Despierta, nuestro hijo quiere decirnos algo. – movió al rey que estaba roncando a su lado.
-Madre, Padre.- habló serio el príncipe. – Quiero construir una Universidad, donde pueda estudiar quien quiera, sin importar su condición social en lo absoluto.
-Está bien. – susurró Carlisle. - ¿Quién eres y que has hecho con mi hijo?
Edward soltó una risa estruendosa. - ¡Ah! Y quiero invitar a los gitanos al baile. – terminó dejando estupefactos a los Reyes.
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