Uffff...no se como pedirles disculpas por la demora! Sinceramente tuve unos inconvenientes, sin más prometo no volver a tardar tanto, ya que esta es una historia magnifica, y al ser lectora entiendo a necesidad de saber la continuación urgente! Quiero darle las gracias a Guest por sus comentarios, gracias :) y quería recomendarles una saga no tan conocida pero que es una de mis favoritas: Dark Hunters de Sherrilyn Kenyon. Sin más, los dejo con el cap, saludos!


Estaba mareada incluso dormida. En plena inconsciencia el dolor de cabeza me azotaba y el frío me hacía tiritar. Me dolía todo el cuerpo, especialmente la garganta, irritada, como la sentía cuando lloraba. ¿Había estado llorando? No lo recordaba.

-Tiene mucha fiebre, quizás debería llevarla al hospital. – oí la voz suave y preocupada de mamá, un poco lejana, como en otra realidad.

-No le pasará nada por un poco de fiebre. Será gripe o algo por el estilo, no te preocupes. Yo cuidaré de ella. – esa voz ya era más difícil de situar. ¿Sería Gordon?

-No sé si debería, ¿Y si empeora?

-Puedo llevarla yo al hospital si llegara a pasar, pero… no lo creo.

-Hum…

-¿No confías en mí? – su tonó imponente varió a uno lastimero.

-¡Oh, claro que sí, cielo! Sólo estoy preocupada… ¿Seguro que podrás cuidar de ella tú sólo?

-Claro.

-De acuerdo, entonces te la dejo a tu cargo. Si llegara a empeorar, llámame al móvil. Está apuntado al lado del teléfono, junto a los números de emergencia. Sakura es tan olvidadiza que de pequeña tenía que apuntárselos con rotulador en el brazo.

-¿Enferma a menudo?

-No, quizás es que yo soy demasiado sobreprotectora. Bueno, me voy a trabajar cariño. Si pasa algo, llámame.

-Adiós… mamá. - ¿mamá? En el momento en el que oí el portazo de la puerta de la calle al cerrarse, abrí los ojos que había mantenido entrecerrados hasta ese momento. No era Gordon, ¿Quién…?

-¡Ah! – metí un bote sobre la cama, deshaciéndome del exceso de sábanas que tenía encima. La toalla mojada que había sobre mi frente cayó al suelo y todo empezó a darme vueltas y vueltas hasta que volví a desplomarme sobre la cama, mareado y con un dolor de cabeza horrible. Tenía la nariz entaponada por los mocos, que asco.

Tenía que salir de allí, buscar a mi madre y… no, no, mejor a Gian. Lo mataría con un bate de béisbol, sí. Tenía que llamar a Gian y…

La puerta se abrió cuando agarré el móvil, dispuesto a marcar. Él se detuvo en el umbral, mirándome con una ceja alzada.

-¿Ya te has despertado?

-No… soy sonámbula, ¿no te jode? ¡Ni te me acerques! – grité, con voz aguda y congestionada, blandiendo un móvil como arma homicida.

Se empezó a reír en mi cara.

-¿Qué coño haces? Anda, suelta el móvil a ver si te lo vas a comer. – cerró la puerta lentamente tras él, sonriente. Mi primera reacción fue coger la almohada y tirársela a la cabeza.

– Cuidado, no vayas a dejarme tonto. – cogí el cuaderno de biología que había sobre la mesa y se lo lancé. Lo cogió al vuelo y lo tiró al suelo, pisoteándolo. Mis apuntes a la mierda. Lo próximo fue arrancar el teclado del ordenador y tirárselo a la cara.

- ¿Pero qué haces? – lo esquivó, cogiéndolo con cuidado, junto a la pantalla, eso le impidió moverse lo suficientemente rápido como para esquivar el escritorio. Aproveché que tal vez le había roto una costilla para abrir la ventana y precipitarme por ella para saltar al jardín. Demasiada altura, me rompería una pierna… o las dos. Marqué a velocidad supersónica el número de Gian, pensándome mejor si saltar o no al verlo correr hacía a mí con expresión asesina. ¿Matarme o quedarme a merced de mi malvado hermano que, por lo pronto, ya se había llevado consigo una noche entre mis piernas? Matarme, si, matarme.

-¡Cabronaza! – Me cogió al vuelo cuando ya me veía volando libre como un pájaro próxima a estamparme contra el suelo.

-¡No! ¡Nooooo! – pataleé, intentando que me dejara caer, pero sus brazos me agarraban como un koala por la espalda y tiraban de mí hacía atrás.

-¡Serás hija de puta! – le pegué una patada en algún lugar y le tiré de los mechones azulados.

-¡Gian, socorroo!

-¡Cállate!

-¡Me violan, no! ¡No, no, no, no quiero!

-¡No me cabrees o te juro que…!

-¡Ayuda!

-¡Estás muerta!

-¡Aaaahhh! – Su cuerpo calló pesadamente sobre el mío. Mi pobre espalda dio contra el duro suelo y frente al aturdimiento, me vi totalmente inmovilizada y aplastada por él. Me tapó la boca con la mano. Su mirada furiosa me dejó paralizada y muerta de miedo.

-Tú… estás muerta. – ese tono amenazador era nuevo para mí, de hecho, todo lo que él representaba era nuevo. Sólo sabía que era mi hermano, aquel al que no veía desde los cuatro años y, ayer... Se acostó conmigo. Si lo hubiera sabido antes, si hubiera tenido al menos una foto, nunca hubiera dejado que esto pasara pero...

Su mano iba camino de mi cuello, por su rostro, parecía estar deseando agarrarlo y aplastarlo, cortarme la respiración, estrangularme hasta matarme. Por primera vez en mi vida sentí auténtico miedo.

Entrecerró los ojos y se detuvo. Su rostro se relajó. Me acababa de dar cuenta de que estaba llorando, temblando de pánico y de frío. Con su mano sobre mi boca y la nariz entaponada, no podía respirar.

Algo tuvo que hacerle apiadarse de mí y me soltó. Empecé a toser violentamente, tomando aire a bocanadas. Aún seguía sobre mí, con expresión indiferente, muy cerca. La noche anterior su contacto me había hecho estremecer y morirme de placer, ahora tenía miedo porque seguía igual de atrayente que la noche anterior, aun sabiendo quien era. Dios mío, ¿Tan salida estaba? Que se quitara, que se apartara por favor, que se apartara y, como si hubiera oído mi súplica, se apartó. Se levantó de encima de mí, sin ni siquiera mirarme y agarró el escritorio volcado sobre el suelo, volviendo a colocarlo en su sitio. Me situé de rodillas sobre el suelo, observándolo sin mencionar palabra, tosiendo, mientras él recogía el desastre que había montado y lo colocaba todo medianamente bien.

-Ten un poco de más cuidado con lo que dices o haces. – le oí murmurar. – Soy fácil de irritar y pierdo a menudo los nervios. – yo sí que estaba perdiendo por completo los nervios.

¿Es que no decía nada? ¿No le importaba lo de la noche anterior? Se había acostado con su hermana menor y ¿Así se quedaba?

-Ayer… - me picaba la garganta. Sentí un calorcillo sofocante recorrerme de arriba abajo, extendiéndose por todo mi cuerpo al recordar cada detalle de lo sucedido hacía ni siquiera veinticuatro horas.

-¿Ayer? – alzó una ceja. - ¿De qué hablas? – me quedé con la boca abierta, observándole.

-Ayer… ayer... Esta noche… tú y yo en el pub…

-¿Qué dices? Es la primera vez que te veo desde hace quince años.

-Pe-pero… - estaba estática. ¿Cómo que no me había visto desde que nos separaron? Pero si habíamos pasado la noche juntos, nos habíamos tocado, besado y… lo habíamos hecho. Me miraba serio, cruzado de brazos con chulería. La persona de la noche anterior era idéntica a él en aspecto pero… su comportamiento… ¿Era posible que me hubiera equivocado? Incluso vestían igual y tenían la misma voz. No era posible, ¿O sí? Una pequeña lucecita de esperanza me iluminó el rostro cuando apreté el móvil fuertemente entre mis manos y busqué su número en mi agenda y rápidamente, sin importarme que mi hermano estuviera frente a mí, llamé sin pensarlo y me lo llevé al oído, con una sonrisita bobalicona en el rostro, desquiciada. Me sudaban las manos.

La melodía de un móvil empezó a sonar cerca de mí. No era el mío. Mis ojos empezaron a trepar lentamente por el cuerpo de Sasuke, de mi hermano, recorriendo cada centímetro cubierto por ese montón de ropa enorme, buscando el sonido que me estaba llamando la atención, el molesto sonido de esa molesta melodía rapera. Mantenía su móvil en alto para que lo viera bien. En la pantalla iluminada…

Muñeca…

El móvil se me cayó de las manos al suelo. Sonrió. Se rió cruelmente de mí.

-Era broma. – sí, era él. El mismo que la noche anterior. Mi hermano. – Era tan obvio. No pensé que fueras a dudar teniéndome cara a cara. Que ingenua, muñeca. – acarició el filo del móvil con los labios antes de rechazar mi llamada con expresión divertida.

Se me empezó a remover el estómago y sentí como la cordura desaparecía poco a poco.

-Tampoco hace falta que te pongas a llorar…

-Pe-pe… - ni siquiera me salía la voz, solo un débil tartamudeo. - ¿Sa-sabías… que éramos… hermanos? – ladeó la cabeza ante mi pregunta, poniendo los ojos en blanco. Si todo resultaba tan sorprendente para él como para mí, quizás…

-Sí. Lo supe cuando empezaste a hablarme del miedo que le tenías a tu hermano desconocido, que temías que te maltratara, te utilizara, te violara y demás… - se rió. - ¿No es irónico? En realidad, no fue una violación después de todo. – me levanté del suelo de golpe.

-¿¡Estás loco!? – levanté la mano para golpearle, pero me mareé y las piernas empezaron a fallarme de nuevo. Me agarró, prácticamente me abrazo y situó su mano fría sobre mi frente, apartando los mechones de pelo suelto. - ¡No me toques! – estaba furiosa y me soltó arrojándome sobre la cama con brusquedad.

-Si puedes gritar así, no puedes estar tan mal. – Lo vi, a gatas sobre mí, con las manos sobre mis hombros. Apretó con dos dedos un lugar concreto entre mi cuello y hombro y un dolor punzante me paralizó los músculos pertenecientes a ese lugar.

-¡Aaahh! - grité, sin poder contenerme. Sonreía de una manera tan sádica…

Me encogí sobre la cama, luchando por contener las lágrimas.

-¡Para, para ya!

-¡Exagerada! – pataleé y grité, resistiéndome, intentando apartar su mano de mi cuello.

-¡Quítate joder!

El timbre sonó. Nos miramos mutuamente en silencio durante unos segundos, repentinamente paralizados. ¿Se movería? ¿No lo haría? Me… me… ¿Qué me haría? Era capaz de imaginarlo y casi empezaba a resignarme a ello, siendo consciente de su fuerza. No quería. Otra vez estaba a punto de llorar hasta que se levantó con un nuevo sonido del timbre, bufando.

-Ahora que empezaba lo interesante. – caminó hacia la puerta y me levanté, alterada, adolorida por el daño que me había causado en el cuello, dispuesta a seguirlo. Al ver mis intenciones, de nuevo me empujó bruscamente haciéndome caer al suelo, a los pies de la cama y salió de mi cuarto. Me levanté enseguida y corrí tras él, escaleras abajo. Él ya había abierto la puerta.

-Esto… ¿Está Sakura o… me he equivocado de casa?

-¡Gian! – Gian, mi salvador, mi mejor amigo había venido a salvarme. Las lágrimas contenidas casi se me saltaron de puro alivio y salté el último tramo de escaleras de un brinco, dispuesta a tirarme encima de él como en una serie de dibujos animados, con tal mala suerte que calculé mal mis escasas fuerzas a causa de la fiebre y me caí de boca sobre el suelo.

-¡Ah, tan torpe y burra como siempre! – Gian me levantó cogiéndome de la cintura como si fuera un saco de patatas.

-Me duele la cabeza. – lloriqueé.

-Eres tonta. Te va a salir un buen cuerno.

-¡Estoy enferma! ¿Sabes? Tengo fiebre... ¡Y muchos mocos!

-Eso es asqueroso.

-Así que trátame con delicadeza y se bueno conmigo.

-Perdone, princesa. Es usted quien se ha comido el suelo, ¿desea que le aparte de la nariz su real moco?

-¡Idiota!

-¡Jajaja! – me reí con él, o lo intenté. Me salió algo parecido al gruñido de un cerdo con tanta mucosidad. Era tan fácil olvidarme de los problemas cuando estaba con él.

– Nina, ¿Qué haces ahí parada? – entonces me fijé en que ella aún seguía en la puerta. Sus ojos y los de Sasuke estaban fijos en el contrario.

-Gian, quizás… ¿Hemos interrumpido algo? – murmuró, recuperándose del shock. Me miró y me puse blanca.

-¿Eh? ¿Interrumpir qué? – y por primera vez, Gian pareció reparar en Sasuke. Quedó consternado. Él sabía con quién había pasado la noche anterior, nos vio. Un escalofrío que me puso el vello de punta me recorrió la piel.

- ¿Quién eres tú? -

-¿Yo? ¿Sois amigos de mi hermana?

-¿Hermana? No me digas que tú eres…. – Sasuke sonrió. Los ojos de Gian salieron de las órbitas.

-Soy Sasuke.

-¡Joder! Pe-pero… ¡sino os parecéis en nada!

Gian no sabía que pensar y yo, no sabía que decir. Ayer me acosté con un hombre y hoy me he enterado de que es mi hermano mayor, que… está completamente loco. Las consecuencias serían nefastas.

-Bueno, ¿Pasas, Nina? – intenté hablar con normalidad, más tranquila teniéndolos a mi lado. Sasuke no se me acercaría estando en compañía ¿no?

Nina asintió y entró.

-Sí, paso. Creo que… tenemos que hablar de algo.

¿De qué iba mi hermano? No nos había quitado ojo de encima desde que entramos en el salón, atento a cualquier movimiento, a cualquier mirada. Me ponía muy nerviosa.

-¿Vienes de Stuttgart? – le preguntó Nina, distrayéndolo por un momento.

-Sí.

-Me han dicho que es un paraíso de frikis.

-¡Jajaja! ¿Eso dicen? ¡Venga ya!

-¡Si, y que está muy animado siempre!

-Bueno, eso sí es verdad. Aunque no hay frikis, al menos yo nunca he visto a uno por mi barrio. Supongo que, porque por donde yo vivo, solo está la escoria de la ciudad.

-¿Escoria?

-Las bandas de delincuentes, ladrones, alcohólicos, yonkis, drogadictos… gente así.

-¿Tú vives en un sitio así? – Sasuke se encogió de hombros.

-Entre la mugre. Tampoco es gran cosa, pero por lo menos, nunca tienes tiempo para aburrirte si sales a la calle. – escuché la conversación desde la cocina, sorprendida. No sabía nada de mi hermano, sólo que vivía con mi padre en Stuttgart y que entró en la universidad por beca y, de la misma manera, lo habían echado a la calle. También sabía que era problemático y, por lo visto en las últimas horas, que estaba loco. No sabía nada más y

Nina desvió la conversación hacía otros temas, incómoda a causa de la última respuesta.

-¡Sakura! ¿Te has desmayado por el camino?

-¡Encima de que las cervezas son para vosotros, os quejaréis! – les grité desde la cocina, sacando tres cervezas del frigorífico. Si Sasuke quería una yo no pensaba llevársela pero, en cuanto llegué al salón y le di una a cada uno, Sasuke me arrancó la mía de las manos.

- ¡Eh, esa es mía!

-¿Tú, beber alcohol, estando enferma? Creo que no. – le dio un trago largo en mi cara y Nina rompió a reír observando mi expresión rabiosa.

-Oh, pobre Sak. Pero estate agradecida. Tu hermano se preocupa por ti. Ahora sé que si te dejo sola en casa podré irme tranquilamente a la mía sin preocuparme de que te caigas dentro del horno.

-Ja, ja, ja.

-Anda hermanita, hazte un zumo de naranja con muchas vitaminas para ponerte buena. –

Nina bramó, carcajeándose. Gian nos miraba alternativamente, de mi hermano a mí, buscando el momento idóneo para estar a solas conmigo y preguntarme qué demonios estaba ocurriendo, así que decidí sentarme. Ni Sasuke se me acercaría de esa manera delante de Nina, ni Gian preguntaría nada frente al grandullón. Nina era mi bendita salvación. Si pudiera contarle lo sucedido sin necesidad de temer que cometiera un asesinato hacía Sasuke…

Por eso Nina era mucho mejor para confiarle secretos. Mucho más discreta y te era de mucha más ayuda, al menos, sino querías que alguien saliera herido.

Me senté al lado de Gian, pegándome todo lo posible a él, agarrándole del brazo. Volvía a sentirme mal.

-¿Y esas confianzas, Sakura, cielito? – imitó la voz de mi madre, bromeando. No tenía ganas ni de reír y apoyé la cabeza en su hombro, desganada.

-Tienes mala cara ¿Estás bien? – Nina me tocó la frente con la mano, situándose de rodillas a mi lado. – Tienes fiebre.

-Ya lo sabía.

-Deberías ir a la cama. – me aconsejó.

-¿Te llevo? – El ambiente dio un enorme giro, pasando del cachondeo entre amigos al casi familiar. Estaba acostumbrado a eso, a que me mimaran de esa manera, tanto mi madre, como ellos.

-No quiero. Estoy bien. – tenía miedo de acostarme y de que cuando me despertara, ya no estuvieran a mi lado y Sasuke se aprovechara de mi debilidad para… lo miré de reojo. Él nos observaba con el ceño fruncido, pensativo y mosqueado.

-¿Qué clase de relación tenéis vosotros tres? – preguntó, con recelo y casi asco.

-¿Eh? – las atenciones de los dos se centraron en él y eso, me molestó.

-En mi mundo, si un tío apoya la cabeza en el hombro de otro, puede considerarse hombre muerto.

-Tu mundo es muy raro, tío, aunque supongo que es lo normal. – Gian me revolvió el pelo con cariño, aplastando mi cabeza contra su duro brazo. – Sakura es nuestra mocosa mimada, la mimosín, la gatita perdida, nuestra mascota. Llevamos juntos tanto tiempo cuidando de ella que hasta hace poco, su madre nos llamaba por teléfono para hacer de niñeras cuando salía a comprar pan.

-¿Estáis de coña? – me puse roja recordando aquello. Siempre había estado demasiado sobreprotegida tanto por mi madre como por mis amigos, como si fuera una muñeca de porcelana.

-Sakura es nuestra amiga, nadie, aparte de su madre y nosotros ha estado y estará tan cerca de ella. – eso, sonó como una advertencia hacía mi hermano, tan clara, que me hizo tragar saliva. - Sasuke rozó el cristal de la botella con los labios, clavando su mirada penetrante en mí. Se estaba riendo en silencio.

–Supongo que no. – los dos sabíamos que sí. Que en una sola noche él había estado más cerca que todas mis personas queridas. Dentro de mí y eso, me hizo sentir hasta remordimientos.

-Ayer estuviste en el pub que hay a las afueras ¿verdad? – los ojos casi se me salieron de las órbitas cuando Gian habló de ese tema con total normalidad delante de los tres. El corazón se me aceleró y vi a Sasuke apartarse la botella de cerveza de los labios, tras darle varios sorbos, totalmente tranquilo y casi ausente.

-Sí, ¿Por qué?

-Hasta hace nada me preguntaba quien habría llevado a Sakura a casa después de la fiesta. La última vez que la vi, estaba a tu lado.

-Sí, supongo. Salió conmigo, ¿Qué pasa con eso? – abrí la boca de par en par, observando como Sasuke apoyaba el tobillo sobre su rodilla, sonriente, entretenido, aparentemente divertido por el interrogatorio y al dirigirme una de esas miradas maliciosas, no supe con certeza hasta donde estaba dispuesto a hablar para chincharme. Pero… eso era demasiado…

-Nada. – Gian se encogió de hombros y estiró los brazos. – Me pareció curioso…

-¿El qué? – se picó Sasuke, o, quizás, lo hacía para joderme y aumentar mi tensión.

-Estuve llamándole, nervioso, unos minutos después de veros salir juntos, pero nadie lo cogió hasta, más o menos tres horas después, de camino a casa. En esas horas, me preocupé mucho… - lo dejó en el aire. Su pregunta no formulada era obvia. ¿Qué ocurrió durante esas tres horas que estuve incomunicada Algo se me cruzó por la cabeza entonces.

No oí ningún móvil mientras Sasuke y yo nos dedicábamos a calentarnos en el coche el uno al otro y, de camino a casa, cuando lo cogí, lo encontré apagado, cuando yo siempre lo tenía encendido, por si acaso. Lo había guardado en la chaqueta, lo primero que él me quitó y tiró al suelo. Una de las cosas que desaparecieron de mi vista cuando me metió en el coche, desnuda.

Sería hijo de puta. Lo había tenido todo planeado desde un principio.

-¿Qué mierda estás diciendo, Gian? – gruñó Nina.

-Durante esas tres horas… - mi cara debió ser la misma encarnación del horror cuando Sasuke curvó una sonrisa de las suyas. Lo iba a decir, ¿Lo iba a hacer de verdad?

– Que yo recuerde, durante ese tiempo, Sakura y yo… - cállate, cállate, cállate, cállate por favor. Le supliqué con la mirada, horrorizado. – Hacía mucho que no nos veíamos. Había mucho de qué hablar y, por suerte, nos reconocimos enseguida. Bueno, en realidad, ella tardó un poco más, pero a mí me bastó un par de frases para saber que era mi hermanita y… la emoción fue tanta que decidimos ir a un sitio más silencioso para poder conocernos más… a fondo. – su sonrisa no varió en nada. Mi rostro pasó de pálido como un muerto que había caído de un ataque al corazón tras ver un fantasma a uno de profundo alivio. Suspiré. Gian se relajó un poco, pero seguía sospechando que algo no iba bien.

Había empezado a sudar a chorros por culpa de ese momento tan estresante. Estaba agobiada, necesitaba agua.

-Voy a… por agua… - me levanté desganada, sintiendo las miradas de todos clavadas en mi nuca. Encogí el cuello, sintiendo una pequeña chispa de electricidad recorrerme la columna.

Miré a Sasuke por encima del hombro, disimuladamente. Me observaba con atención y al ver que yo también lo hacía, me vaciló pasándose la lengua por los labios, sonriente. Me quedé tiesa unos segundos y cerré la puerta de la cocina de un portazo, apoyándome en ella una vez hube escapado de su mirada.

El frío desapareció, empezaba a tener calor, empezaba a sudar. Las piernas me temblaban y no por la fiebre. Estaba loco, ¡Estaba loco! ¿Qué me haría en cuanto se fueran y nos quedáramos otra vez a solas? No, no, no por favor. Estaba acorralada de la noche a la mañana. No podía contárselo a nadie porque yo misma lo había empezado todo y ahora, me había convertido en la muñeca de mi hermano. Su muñeca…

Me arrastré por la puerta y me derrumbé sobre el suelo, cubriéndome el cuerpo con las manos. Empecé a llorar. No me convenía. Si Gian o Nina me veían se preocuparían y hasta que no les contara el motivo de mis lágrimas, no me dejarían tranquila. Y no podía contarlo. No veía la salida. Sería la muñeca de Sasuke de por vida, su… juguete sexual. Las lágrimas se incrementaron. Tenía miedo, mucho miedo.

-La verdad es que es un alivio que por fin estés aquí. – oí a Nin claramente tras la puerta, sustituyendo sus risotadas por un tono de voz más claro y tranquilo, incluso dulce. Los sollozos ahogados me hacían difícil poder oírlo más claro. – Sakura te ha estado esperando mucho tiempo ¿sabes?

-¿A mí? – me tapé la boca, conteniendo los sollozos y las ganas de gritar. Esa voz, la que no había dejado de sonar en mi mente toda la maldita noche, la de la persona que se aprovechaba de mí, la que me tenía acorralada, con ese timbre casi maligno…

-Desde que conozco a Sakura ha podido pronunciar tu nombre unas ocho millones de veces. Era realmente irritante que ha cada tema de conversación, de alguna manera, acabara hablando de su hermano mayor. Mi hermano se llama Sasuke, vive en… ahora estará haciendo esto…quizás le guste esto… quizás esto otro… seguro que tiene muchos amigos, seguro que es muy guay, seguro que es muy fuerte y divertido… seguro que cuando vuelva, seremos inseparables…

-Estaba todo el santo día así, no sé cómo lo hacía. Tenía unas ganas de conocerte impresionantes. – mis sollozos se detuvieron. Me los tragué con cada una de esas palabras, deseando escuchar más.

-Recuerdo que… bueno, Sakura siempre ha sido muy torpe y bocazas y se metía a menudo en problemas con matonas. Más de una vez le han atizado bien fuerte o le han hecho rabiar y, cuando nosotros la ayudábamos y la defendíamos, cuando se reían de ella, gritaba "¡Cuando mi hermano mayor vuelva, os meterá una paliza perras!" – oí las risotadas de Gian contra la puerta, de nuevo, al hablar de ese detalle.

Era cierto, lo recordaba bien.

-Supongo que para Sak, el conocerte siempre ha sido su principal sueño. – sí, lo era. Desde siempre. El pensar en mi hermano, en como estaría, como sería, que haría, siempre pensaba en él en los momentos de aburrimiento, me venía a la cabeza mecánicamente. En los momentos tristes, pensaba que él estaba cerca y compartía mi tristeza y eso me hacía sentir mejor. En los momentos alegres, quería pensar que él también estaba contento.

Cuando soplaba las velas de mis tartas de cumpleaños siempre pedía el mismo deseo. Quiero conocer a Sasuke, quiero ver a mi hermanito. El deseo se había cumplido.

-Sakura siempre te ha estado esperando. Cuando no sabía qué hacer, intentaba pensar en ti, en qué harías tú, en que le aconsejarías estando a su lado. Te hacía más caso a ti, una sombra de lo que él recordaba, que a nosotros. Por eso… - me limpié las lágrimas. – No decepciones a tu hermana. Esperaba una especie de cuento de hadas cuando tú aparecieras. Te quería hasta el extremo sin ni siquiera conocerte. Sería un palo tremendo que le hicieras daño y viera que… no eres lo que él cree que eres. – las palabras de Nina me llegaron hondo, me hicieron recapacitar y levantarme del suelo.

Lo había deseado desde pequeño, conocerle y ahora que lo tenía delante, ¿Me daba miedo?

Vale que no fuera un hermano normal, vale que me hubiera utilizado, vale que me acosara y nos hubiéramos acostado juntos, que se hubiera aprovechado de la situación pero… seguía siendo mi hermano, mío. ¿Habría en él algo de lo que había esperado? ¿Algo de amabilidad, cariño fraternal? Eso, me tocaba averiguarlo a mí. De hecho, aún quería conocerle. El que nos hubiéramos acostado juntos no había hecho más que aumentar esa necesidad de saber más de él.

Pero no estaba dispuesta a ser una muñeca.

-¡Sakura, nos vamos ya!

-¡Si te has ahogado en el lavaplatos, no hace falta que vengas! - ¿Ya se iban? Estaba decidida a enfrentarme a Sasuke, ¡Pero no tan pronto! Corrí hasta la puerta de la calle, donde luché para no lanzarme en brazos de Gian y rogarle que se quedara. Sasuke los despedía entre carcajadas, ya incluso planeando el día para quedar todos juntos. Él y Nina parecían llevarse bien, eso me preocupó.

-Esto… ¿Seguro que no queréis quedaros un poco más?

-No quiero que me contagies Sak, mañana tenemos facultad.

-Cierto, la facultad de psicología… - murmuré. Estaba en mi primer año de carrera. Nina ya iba por el tercero y, en ocasiones, me hacía de guía y me prestaba apuntes. Gian iba por el segundo año de informática, como programador o algo parecido. Hacía unas cosas más raras con un ordenador delante…

-¿Y tú, Sasuke? ¿Qué estudias? – le preguntó Nina. Él se lo estuvo pensando unos segundos.

-Telecomunicaciones. No soy tan aplicado como vosotros, sólo estudio mientras busco algún trabajo. – me pregunté si hablaba en serio. Supuse que sí al ver su sonrisa ante nuestras caras atónitas, sin dar más explicaciones.

-Entonces nos veremos mañana por allí. Cuídate Sak. – tragué saliva.

-Claro.

-Cuídamela ehh. – Sasuke sonrió, mirándome de reojo. El corazón retumbó con fuerza sobre mi pecho.

-Descuida. – los vi salir por la puerta. Gian me miró por encima del hombro. No podía sacarse la sospecha de la cabeza y con razón. Aún estaba a tiempo de arrastrarme hasta ellos y rogarles que se quedaran o me llevaran, pero la puerta se cerró de golpe a manos de Sasuke antes de que pudiera decidirme. Retrocedí instintivamente, sin quitarle la mirada de encima. Nos observamos en silencio, intentando averiguar que se le pasaba por la cabeza al otro y, por su siniestra sonrisa, pude averiguar que nada bueno.

– Ya lo has oído. Me han pedido directamente que cuide de ti… - le veía venir, dispuesto a abalanzarse sobre mí como un animal, acorralando a su presa. Empecé a ponerme nerviosa conforme avanzaba y yo me quedé paralizada, sin saber qué hacer, que decir.

El deseo de conocerle desaparecía con el miedo y mi reacción fue darle la espalda y echar a correr hacía mi cuarto, pero ni si quiera pisé el primer escalón cuando sentí como me agarraba del pelo y tiraba de mí hacía atrás, hasta dar con su cuerpo, de un tirón.

-¡Ah! – grité. Otra vez me hacía daño y empezaba a temer cuanto dolor me causaría si me resistía de nuevo. Me agarró de la cintura, pegándome más a su cuerpo duro. Le agarré la mano, clavándole las uñas, intentado evitar que descendiera más de lo que deseaba.

-¡Estate quieta! No voy a dejarte escapar otra vez-.

-¡No puede ser que estés tan loco como para no darte cuenta de lo que haces! ¡Hermanos!¿¡Entiendes esa jodida palabra!? – me hacía daño con tantos tirones de pelo, casi perder el equilibrio. Intentaba introducir algo de sentido común a esa mente demente. Aún no era demasiado tarde para perder a… mi hermano.

-Querías conocerme ¿no? Me han hablado de las ganas que tenías de saber cómo era. Para tu información, yo no siento remordimientos, nunca, ¡Jamás, me arrepiento de lo que hago! – Me gritó al oído – Cuando me mandaron aquí, cuando me hablaban de mi hermana, solo pensaba, otro estorbo, una molestia, por mi como si está muerta. Pero por lo visto… al menos me sirves para algo. – una corriente de fuego me recorrió las venas. Me enfurecí, empujé hacía atrás con todas mis fuerzas, haciendo caso omiso a los tirones de pelo y los dos perdimos el equilibro, cayendo al suelo. Me soltó, me di la vuelta en vez de intentar huir y le agarré del cuello de la camiseta, aguantándome las ganas de pegarle un puñetazo.

-¡Te he estado esperando quince años, mi sueño era conocerte! ¡Conocer a mi hermano, mi perfecto hermano mayor y no separarme nunca de él! ¡Quiero a mi hermano, lo necesito! ¿¡Que has hecho tú con él!? – estaba fuera de mí. Sasuke sonrió, divertido por mis gritos. No podía creerme que existiera alguien tan insensible como él y, cuando me di cuenta, ya le había levantado la mano y le había dado una tremenda bofetada.

Reaccionó enseguida, me cogió del cuello, sentí una fuerte presión en el vientre y empotró mi cara contra el suelo, apoyando la mano sobre mi cabeza para evitar que pudiera levantarme. Él estaba sobre mí, sobre mi espalda.

-Te odio… ¡Te odio, te odio, te odio! – pataleé, intentado soltarme del agarré.

-¿Y qué? Todo el mundo me odia, deja de soltármelo a la cara como si fuera un insulto. – eso le molestó y a mí, me chocó.

-¿Todo el mundo te odia?... No me extraña. – me dio la vuelta con brusquedad, colocándome boca arriba y sentí el escozor de su mano impactando contra mi mejilla. Ahí me di cuenta de lo estúpido de mis actos, de creer que yo sola podría con él. Era mucho más fuerte, mucho más irritable, mucho más violento y no atendía a razones. Lo peor de todo era que me quería a mí y cuando lo entendí, ya era tarde. No quería llorar, no quería darle el placer, pero no pude contenerme, temblando, sollozando, muerto de miedo bajo su cuerpo. Se inclinó sobre mí lentamente, con las manos sobre mi cintura y apoyé las manos sobre sus hombros, negando con la cabeza entre lágrimas de espanto.

– No… no, por favor… no… - mi voz sonó patéticamente suplicante y, ante mi sorpresa, la expresión indiferente de su rostro varió a una llena de incertidumbre.

-Mierda. – murmuró. – ¿Por quién me tomas? No soy un violador. Seré mala persona, un delincuente, alguien de quien no te puedes fiar, pero violador, nunca. Eso es asqueroso. – sus palabras me tranquilizaron. No sé porque, pero sentí que podía confiar en ellas aunque no se apartara aún de encima mía. Aparté los brazos de sus hombros y cubrí con ellos mis ojos, aún con el susto latente en mi cuerpo, aun sollozando. Me dolía la mejilla.

-M-me… me has pegado.

-Hablas como si en tu vida nadie te hubiera tocado un pelo. No esperaba que por eso te pusieras a llorar así, si lo llego a saber, no te hubiera atizado.

-Me has estado acosando… todo el día…

-Te pusiste pesada y yo soy muy fácil de irritar, no digas que no te lo advertí.

-Aún no lo entiendo.

-Oh, por favor, deja de llorar. – pidió, en tono cansado. – No voy a hacerte daño. – aun así, seguía sobre mí y yo, seguía asustada y medio histérica. – Venga, ¿Qué tengo que hacer para que dejes de llorar? Haré todo lo que me pidas. – aparté las manos de mis ojos de inmediato, mirándolo, sorprendido. Recordé esas palabras que había utilizado la noche pasada para tranquilizarme, mientras se situaba desnudo sobre mí y me acariciaba, muy despacio, con incluso algo de ternura… y lo mucho que me había gustado esa faceta suya. ¿Era posible que no hubiera sido todo mentira?

-¿Por qué…? – alzó una ceja, poniendo atención en mis palabras. – Sabías que era tu hermana… ¿Por qué lo hiciste? Si yo lo hubiera sabido…

-No me paré a pensarlo. – me interrumpió. – Estabas ahí. Desde que entré hasta que salí no pude apartar los ojos de ti. No sabía quién eras, de hecho

– tragué saliva. Él suspiró. – Según mis principios, supe que hasta que no me acercara a ti y averiguara que mierda tenías para llamar tanto mi atención, además de ese cabello rosa chicle, no me quedaría tranquilo y, por eso, me acerqué. – se encogió de hombros. – No tiene más historia.

-¡Claro que la tiene! Hasta ahí no sabías quien era…

-Ya, ¿Y? El hecho de que luego me diera cuenta de que eras mi hermana no cambia ese otro hecho. – volví a limpiarme las lágrimas, moqueando.

-¿Qué otro hecho? – mi voz sonaba horriblemente aguda. Era patética.

-El hecho de que ya me habías… ¿Cómo decirlo para que alguien como tú lo entienda sin ser basto? – se tornó pensativo. Mi cabeza volvía a dar vueltas y tirado sobre el suelo, volvía a sentir frío. Mis manos ocultaron mis ojos de los suyos, me sentía bastante débil y presentía que si lo miraba a la cara, me ruborizaría hasta la raíz del pelo. Me ahogaba con mis propios jadeos y tenía la necesidad de desaparecer.

De repente, sentí algo cálido rozarme los labios. Su aliento penetraba por entre mis dientes, descendiendo por mi garganta como una cura para el frío que sentía mi cuerpo. Me estremecí y jadeé quedamente y entonces, sus labios se pegaron a los míos con cuidado, como si temieran romperme. Las lágrimas pararon al instante y entreabrió los labios sobre los míos. Sentí la humedad de su lengua dándome lametones sobre las comisuras y abrí la boca, que encajó a la perfección con la suya. Mis manos se apartaron de mis ojos llorosos enseguida y cayeron inertes sobre el suelo mientras su cuerpo se inclinaba más sobre el mío, empezando a sentir su peso, sus proporciones, su perfecta musculatura la cual empecé a desear volver a tocar en toda su desnudez.

El calor volvía a mí. Sus labios, hasta ese momento quietos, empezaron a moverse y a rozarse contra los míos con su característica brusquedad, deseando tragarse los míos, compartiendo el mismo aliento, mezclando su saliva con la mía, jugueteando con mi lengua y deseando ir más allá… y yo también empezaba a desearlo.

Mis manos se movieron solas, introduciéndose bajo mi camiseta, deseando quitármela, acalorada. El roce de mis dedos sobre mi piel me hizo estremecer mientras me la subía hasta que sus manos, frías, heladas, se posaron sobre mi plano abdomen, provocándome escalofríos. Jadeé y separó sus labios de los míos aun cuando nuestras lenguas seguían unidas. Noté como un hilo de saliva se escurría por mi barbilla y cerré la boca, mordiéndome el labio, avergonzada con su mirada fija en cada detalle de mis movimientos. Su mano helada descendió por mi vientre hasta colarse bajo mis pantalones. El estómago se me encogió, notando el frío de sus dedos sobre mi centro. Temblé bajo su cuerpo y mi mano se posó sobre su nuca, buscando un punto de apoyo al placer que me provocaba sentir sus dedos bruscos moverse, de arriba abajo, con fuerza.

Dejé la boca entreabierta. Los bajos gemidos emanaban a su gusto de mi garganta.

-Tanto quejarte… - le oí decir con voz ronca. Su otra mano la sentía fría sobre mi espalda, bajo mi camiseta, separándome del suelo, alzándome lo suficiente como para que sintiéramos el aliento del otro chocar contra nuestros labios. Sentí el calor de su cuerpo en cuanto la distancia entre nosotros se desvaneció.

– Hermanos… hermanos… tampoco parece importarte a ti si empiezo a tocarte así. – me apretó con casi saña, haciéndome sentir excitación y dolor unidos. Dejé escapar un alarido frente a su rostro y sonrió.

-No… te rías… - apreté entre mis manos su nueva sudadera. Había ocultado entre las sábanas la que me había dejado la noche anterior. Las dos olían a él.

-Es divertido ver tu cara mientras te hago esto. – hundí mi cabeza entre su cuello y cabellos, que me hacían cosquillas en la cara, abochornada, imaginando la expresión de salida que tendría en esos momentos.

– Esa carita me pone muy caliente. – tragué saliva.

-No es justo… - tiré de su sudadera hacía abajo. Quería quitársela, arrancarle la ropa y volver a restregarme bajo su desnudez, pero, de nuevo, con un golpe seco y rápido, la mano con la que me manoseaba, me apartó las manos, agarrándomelas y aplastando mi cuerpo medio desnudo bajo el suyo, inmovilizándome contra el suelo.

-Querías saber más de mí, ¿no? Era lo que has estado esperando mucho tiempo, muñeca. Te diré algo entonces… - se restregó contra mí, ansioso, con fuerza, haciéndome estremecer, ver las estrellas, encogerme de placer y gemir, casi gritar al sentir su miembro tan duro, chocar contra mí. – Odio… que intenten dominarme. Sino domino yo, no tiene gracia el juego. – su lengua recorrió mi barbilla hasta llegar a los labios, dándoles un lametón, seguido de un pequeño mordisco que hizo que mi corazón volviera a acelerarse.

–Recuérdalo para la próxima vez, muñeca. – y se apartó de mí. Se levantó de encima mía y me observó con expresión de superioridad desde arriba. Mi cuerpo tiritaba sobre el suelo una vez desaparecido su calor. Me encogí sobre mí misma, sin poder evitarlo, en posición fetal, llevando mis manos a mis pechos, tratando de taparme.

-Deja… ¡De llamarme así! – y me levanté apresuradamente del suelo, ruborizada, sintiéndome completamente idiota. Me bajé la camiseta hasta que no se pudiera ver ni dos centímetros más de mi piel y salí corriendo hacía el baño, pasando por su lado. No me detuvo, me sonreía con malicia.

Me encerré en el baño y me desnudé rápidamente, vigilando que la puerta estuviera bien cerrada. Me metí en la ducha mientras abría el grifo y dejaba que el agua recorriera mi cuerpo.

Estuve pendiente de la puerta cerrada las dos horas que duró el baño y, a cada segundo, me veía tentada de abrir el pestillo y dejar libre acceso a aquel que quisiera pasar, consciente de que sólo lo haría una persona. La persona que durante dos horas, deseé que me tocara como me estaba imaginando.


Los reviews realmente alimentan el alma y me harían muy feliz con ellos :)