-¡Mamá, el busca está aquí! – Mi madre era tan despistada y torpe como yo. Se dejaba todo por medio y luego no encontraba nada. Había perdido las llaves de casa cuatro veces y una de ellas, tuvimos que empercharnos en la casa de Nina porque el cerrajero no podía venir hasta el día siguiente. No podía quejarme, yo era exactamente igual. Ya había perdido dos veces el móvil, digo dos porque a la segunda lo encontré en la lavadora después de un profundo lavado del que no salió con vida.

-Oh, gracias cielo, no sé qué haría sin ti. – mi madre me dio un beso en la mejilla y corrió al baño de nuevo a terminar de maquillarse, mientras yo llevaba el desayuno a la mesa, me sentaba y empezaba a comer tranquilamente.

-Vas a salir hoy con Gordon, ¿no? – medio grité para que me oyera.

-¿Cómo lo…

-Mamá, vas emperifollada perdida. Tú no vas así a un tribunal.

-Cómo me conoces, cariño.

-Hum…

-¿Te cae bien Gordon, cielo? – me encogí de hombros. No había que darle muchas vueltas a esa pregunta, tampoco es que lo viera a menudo, pero era un buen tío.

-¡Si, es genial!

-Me alegro mucho. Sabes que tu opinión es imprescindible para mí, tesoro. – me llevé el vaso de zumo de naranja a los labios.

-¿Y cómo te llevas con Sasuke? – lo poco que me había bebido acabó siendo devuelto al vaso, provocándome un repentino ataque de tos. Mi madre se asomó por la puerta, poniéndose unos pendientes de oro blanco que brillaban como diamantes a la luz de sol, cegadores. - ¿Cielo?

-Estoy bien… - respiré, intentando controlarme. – Sasuke y yo nos… llevamos bien por ahora. – era la mentira más grande que había soltado en toda mi vida. ¿Cómo iba a llevarme bien con ese macarra que me tenía entre la espada y la pared? Acorralada como el gato al ratón, había cambiado mi vida de la noche a la mañana y, de la manera más humillante posible, me había utilizado como se utilizaba a una puta.

Sólo faltaba que me pagara y oficialmente, sería una. ¡Que humillante! Y aún más patético e inexplicable era que me había dejado hacer de nuevo, una vez supe quién era y cómo era y, por encima de todo, la forma tan cruel con la que me utilizaba y, aun siendo plenamente consciente de eso, dejé que volviera a tocarme, a besarme, ¡Otra vez! Tenía unas ojeras de infarto, no había pegado ojo. Después de la ducha me encerré en mi habitación y no salí en toda la noche ni siquiera para cenar o preparar la cena.

Sasuke tocó a mi puerta. Yo me acurruqué en la cama, abrazando la almohada y escondiéndome entre las sábanas, enrolladas alrededor de mi cuerpo como enredaderas.

-Eh, muñeca. – no contesté y cerré los ojos con fuerza. ¡Mierda, quería un pestillo para mi cuarto! - ¿Estás ahí? – me mordí el labio. No pensaba contestar, no, no. - ¿Cómo te ha ido el baño? ¿Te has enfriado lo suficiente? Si tienes demasiado frío, ya sabes que yo puedo ayudarte a entrar en calor.

-¡Vete a la mierda! – Sasuke se rió. Hice rechinar los dientes. Realmente no quería contestarle.

-Vale, vale. Sólo quería decirte que tu madre me dio permiso para pedir una pizza y ya está aquí. ¿Te gusta la carbonara?

-¡Déjame en paz!

-¿No te gusta? Menos mal, porque la he pedido con extra de queso. – gruñí entre dientes.- Si no quieres, dilo. Mejor para mí. Me da igual que te mueras de inanición. – me mordí la lengua. Ahora sí que no hablaría.

– Eh, muñeca… eh… - se hizo el silencio unos segundos, cada vez era más tenso. – Esta bien, esto… Sakura… - hinché las mejillas. Aunque me llamara por mi nombre, no pensaba contestarle. – Sakura, odio que me ignoren. –

¿Y a mí que me importa? Le oí suspirar y, de repente, haciéndome salar de la cama de un bote y situarme en la otra punta de la habitación, la puerta se abrió y él entró, con las manos ocupadas con la caja cuadricular y aplanada que contenía una pizza. Olía incluso a tres metros. Se me hizo agua la boca.

- ¿Quieres? – abrió la caja frente a mis narices, ofreciéndome. Yo giré la cara, evitando la tentación. No quería verla.

– Oh, sí mamá se entera de que te dejo sin cenar se va a cabrear mucho conmigo.

-¿Mamá? – entrecerré los ojos, molesta. Llamar mamá a mi madre, ¡Ja! ¿Con que derecho? Él no era hijo suyo… técnicamente sí, pero no lo aceptaba ni como hermano ni como hijo de mi madre. No era nada mío, salvo un incordio.

-También es mi madre.

-¡Bah! – estuve a punto de escupirle a la cara. Él frunció el ceño y agarró un trozo de pizza que, de nuevo, puso delante de mí. Olía tan bien…

-¿Quieres o no? – tragué saliva.

-No.

-¿Segura? No la he envenenado si eso te preocupa.

-No quiero.

-Mira, ¿Cómo decírtelo? Hum… o te la comes o te la meto por el culo, entiendes? retrocedí. – La pizza, en tu culo, y si te pones burra, otra cosa también. – me estaba amenazando, de nuevo. No quería dar mi brazo a torcer, bastante orgullo me había destrozado ya como para volver a dejarlo pasar.

Observé el trozo de pizza detenidamente y, tras coger aire, le escupí encima. Sonreí, triunfante, ante la expresión de sorpresa de Sasuke, pero enseguida la preocupación volvió a mi rostro al ver como él ponía los ojos en blanco y me dedicaba una mirada furibunda.

-¿Alguna vez te han reventado las napias? Porque estás muy cerca de que eso suceda. – me agarró de improvisto del pelo y tiró de mí hacía él. Apreté los dientes, intentando quitármelo de encima. Me dolía.

– Intento ser un buen hermano mayor para ti, intento cuidarte y ser bueno, incluso te he traído la comida. – tiró la caja con la pizza al suelo y le dio una patada, apartándola de nosotros, deslizándose hasta acabar bajo la cama. Volvió a tirar de mi pelo. - ¡No me hinches los huevos! – gritó en mi oído. Por un momento, me temblaron las piernas y las lágrimas me inundaron los ojos. Me soltó y, en silencio me dio la espalda, saliendo por la puerta.

Estaba furiosa con él, pero sobretodo conmigo misma. ¿Cómo iba a poder con él sino podía con un par de gritos suyos y un simple tirón de pelo? No me había considerado tan débil hasta haberlo conocido. No tenía derecho a hacerme esto. Era mi casa, mi madre era mi familia, mis amigos eran míos, él sólo estaba aquí de paso y no tenía ningún derecho a considerarse superior a mí.

Me limpié las lágrimas, fui hacía la cama, cogí la caja con la pizza y crucé el pasillo hasta su habitación, (la mía de hacía cuatro años). Él estaba tumbado sobre la cama, con los cascos puestos y los ojos cerrados. Ni siquiera se dio cuenta de mi presencia. Tomé aire de nuevo, reuniendo el valor suficiente e intentando no pensar en lo que me haría después, caminé hacía él. Le miré fijamente, abriendo la caja de la pizza. Casi parecía haberse quedado dormido y… ahora, tranquilo, con los ojos cerrados, sin la gorra, parecía hasta bueno.

Parecía la misma persona que esa noche me había hecho sentir tan especial.

Las dos veces que nos habíamos tocado, había mostrado su cara más dulce, la más tierna. ¿Por qué no podía ser siempre así? ¿Por qué solo cuando me besaba veía más allá de ese carácter tan violento? Apreté la caja entre mis manos. No tenía sentido pensar en eso y, sin darle más vueltas, arrojé el contenido de la caja en su cara. La pizza cayó sobre él e, instintivamente, retrocedí en cuanto le vi pegar un bote de la cama, quitándose los cascos y la pizza de la cara y de la ropa, tirándola al suelo, limpiándose con las manos los restos que le quedaron en el rostro.

-Hija… ¡De puta!

-¡Cállate! – le grité, haciendo acopio de valor para que la voz no me temblara - ¡Ahora vas a escucharme! ¡Esta es mi casa, no la tuya, mi madre es mi familia, no es la tuya y mis amigos, son míos, no tuyos! ¡Tú no tienes nada en esta ciudad, absolutamente nada, estás sólo, así que deja de hacerte el chulo y de intentar dominar algo que no te pertenece ni te mereces! – en ese momento, me quedé paralizada en su puerta. Él me miraba fijamente, no con odio o rabia, simplemente me miraba. Hizo un extraño ruidito con la boca que tomé como aviso de que fuera a saltar, por lo que salí corriendo de su habitación y me metí en la mía, cerrándola de un portazo. Suspiré y apoyé la espalda en ella, esperando que viniera a degollarme viva, pero no vino. Me dejé caer al suelo de rodillas, alerta durante casi una hora, pero seguía sin venir y no oí nada a través de la puerta.

Así pasé la noche, acurrucada en la puerta, esperando y pensando. ¿Quizás me habría pasado? Le estuve dando vueltas horas y horas, cambiando de postura varias veces y dando vueltas alrededor de mi cuarto. Finalmente, me dejé caer a los pies del escritorio y ahí, me dormí un par de horas.

Me desperté de madrugada, encogida sobre el suelo, acurrucada al oír el ruido de un coche salir de nuestra cochera, muy sigilosamente. Normalmente, no me hubiera despertado por eso. Mi madre entraba y salía constantemente de la cochera de madrugada y yo ni me enteraba, pero… ese no era su coche. Estaba seguro por el suave sonido al arrancar.

Me levanté. Tenía sobre el cuerpo la sudadera que me había prestado aquella noche después de… hacerlo. Yo no me la había puesto, estaba seguro. Hacía frío.

Miré mi cama. La almohada estaba a los pies de esta y tragué saliva. ¿Habría sido él? Si había sido él, se habría dado cuenta de que dormía con su sudadera. ¡Qué vergüenza!. Corrí hasta su habitación y abrí la puerta de su cuarto lentamente. No estaba. El del coche había sido él, estaba seguro y lo primero que se me pasó por la cabeza era que había vuelto a casa, que lo que le dije le había hecho sentir culpable y se había ido.

Genial, mejor para mí.

Eso habría pensado, pero no se me cruzó por la cabeza ni un momento. Estaba preocupada, me sentía culpable y cruel. Sí, me había pasado.

Momentos después, llegó mi madre dispuesta a irse tras haberse retocado un poco y yo, me vestí y arreglé cabizbaja para ir a la facultad.

-¿Sasuke no se ha ido muy temprano a la universidad, cielo? Pensaba que iría contigo. – suspiré.

-No lo sé, no me ha dicho nada antes de irse. – abría y cerraba el móvil con los dedos, pendiente por si recibía una llamada en cualquier momento, pero nada. No llamaba. Él no llamaba. Al menos podría hacerlo para avisar de que estaba bien y se piraba a Stuttgart otra vez.

Llamaron al timbre. Me levanté de un salto de la silla, haciéndola caer en el proceso y corrí hasta la puerta.

-¿Listo para ir al infierno, enana? – Gian. Suspiré. – Joder, ya te vale. Ya veo que no te alegras mucho de verme.

-No es eso, Giani. – él entrecerró los ojos. Odiaba que le llamara Giani.

-Estás poniendo en peligro ese frágil y delicado cuello tuyo, Sak. – sólo consiguió salirme un puchero. – Vale tía, ¿Qué pasa? Me estás preocupando, ¿Aún tienes fiebre?

-No.

-¿Te duele algo?

-No.

-Vale, ya se lo que te pasa. Te dije que moderaras el uso de la laca. No puede ser bueno esnifarse dos botes al día.

-Vete a la mierda.

-Me encantan tus pelos todos rosaditos y esponjosos, Sak. – soltó, conteniendo una sonrisita. Puse los ojos en blanco.

-¿Tan mal están?

-No, si lo que quieres es hacerle la competencia a una erizo de mar.

-Vale, vámonos antes de que me arrepienta entonces. – la universidad estaba a unos cuantos kilómetros de mi casa y aún más lejos estaba para Gian y Nina. Por suerte para mí, ellos tenían carné de conducir y coches, unos bastante impresionantes, aunque no tanto como ese enorme Cadillac de Sasuke …mierda, otra vez pensando en él.

Ellos me recogían ya que mi casa les pillaba de paso, bueno, a Gian, a Nina le pillaba al otro lado de la ciudad, pero siempre venía cuando Gian no acudía. Se tomaban tantas molestias por mí… mis queridos dos hermanos mayores. Así los veía yo.

-Sak, no es por joderte, pero tienes una cara de muerta que no puedes con ella.

-Déjame en paz. – mi mirada se clavó en las afueras de la ventana del asiento del copiloto, pensativa.

-¿Tu hermano ya se ha ido a la facultad?

-¡Otra vez Sasuke, deja de hablar de él!

-¡Pero si no he hablado de él en la vida, eres tú la que siempre habla de él!

-¡Eso es mentira! ¡Yo nunca he hablado de Sasuke, le odio!

-Entiendo. No os lleváis muy bien.

-¡Ju! ¡Pues no!

-Pero si es muy majo ¿no? Y tenías unas ganas increíbles de conocerle.

-¡Mentira! ¡Yo nunca he querido conocerle, por mí como si se muere!

-Vale, vale, es imposible hablar contigo así. Me callaré y esperaré a que se te pase la mala hostia de buena mañana antes de que me muerdas. – me crucé de brazos sobre el asiento, mosqueada. Es que… es que… ¡Sasuke se había ido, como si nada! No era que me importara pero al menos podría haber dicho adiós o avisar a mamá, no irse así después de joderme la existencia, después de acostarse conmigo y tratarme como una vulgar muñeca.

Mierda, aún seguía siendo su maldita muñeca.

De repente, sentí el móvil vibrar en el bolsillo de mi pantalón. El humor de perros desapareció de golpe y agarré el móvil con tanta ansia que casi se me cae de las manos, abriéndolo entre pequeños temblores.

Un mensaje nuevo de… él.

Mostrar, mostrar.

Tragué saliva.

Lo siento…

¿Lo siento? ¿¡Lo siento!? ¿¡Cómo que lo siento!? ¿¡Que quería decir con eso!?

¿Por qué?

Lo envié.

-¿Quién es? – preguntó Gian a mi lado.

-Nadie importante. – mi mirada estaba fija en el móvil. Era incapaz de apartarla de él en ese momento aunque el tiempo se me hiciera eterno esperando su respuesta.

Un mensaje nuevo.

Mostrar.

Me pasé y tenías razón. Es tu vida, no la mía. Tampoco quería hacerte daño.

Claro que tenía razón pero…

Yo tampoco quería hacerte daño a ti. También me pasé con lo último que dije.

-Pues para no ser nadie, te veo muy entretenida.

-¡Gian, esto es muy importante!

-¡Joder Sakura, que somos amigos! ¿No puedes decírmelo?

-¡No!

-¡Venga ya!

Un mensaje nuevo.

¡Mostrar!

Pero tenías razón. No soy nadie para meterme en tu vida y echarte en cara con quien pasaste la noche el sábado.

Ya, bueno, sí. Yo tenía razón y él no.

Lo sé. Me molesta que lo hagas, lo odio.

-Gian, deja de mirar. – intentaba ver que escribía de reojo y a ese paso acabaríamos estrellándonos.

-No estarás hablando con el bastardo de Jason¿no?

-No, ni hablar… y no es un bastardo porque cortáramos. Las cosas no salieron bien.

-¡Siempre la misma excusa!

Un mensaje nuevo.

¡Mostrar!

¿Me odias a mí?

Esa pregunta me dejó descolocada unos segundos. ¿Qué si lo odiaba? ¡Pues claro que sí!

Pero… ¿Por qué le enviaba mensajes entonces? ¿Por qué me preocupaba por si se había ido o no?

Era una buena pregunta. En realidad… no quería que se fuera.

No te odio. Das miedo cuando te enfadas.

-Jason no era trigo limpio Sakura, deja de engañarte.

-No estoy hablando con él, Gian. Déjalo ya.

Un mensaje nuevo.

Mostrar.

No quiero que me tengas miedo. No quiero que me odies.

Suspiré. No pude evitar que una sonrisa se dibujara en mis labios mientras escribía las palabras.

Y yo no quiero que te vayas. Quédate.

A los veinte segundos exactos llegó un mensaje nuevo.

¿Por qué quieres que me quede después de todo?

No creo que seas tan malo y yo aún quiero conocerte.

¿Quieres psicoanalizarme, aspirante a loquero?

Si me dejas…

Solo si me dejas analizarte a ti.

Tú no eres un aspirante a loquero.

No. Pero te quiero para mí.

Esas palabras me pusieron nerviosa y las manos empezaron a temblarme compulsivamente.

¿En qué sentido?

¿En qué sentido quieres verlo tú?

-Sak ¿Estás bien? Tienes pulso de abuela.

-Gian, estoy concentrada y, por favor…

-Sí, sí, lo sé. Ya me callo.

Otro mensaje nuevo. Ni siquiera me había dado tiempo a contestar.

Seré un buen hermano mayor a partir de ahora, lo prometo.

Confiaba en su palabra aunque fuera escrita, aunque no estuviera cara a cara frente a mí.

Quizás era que deseaba creerlo más que nada en el mundo.

Gracias por lo de esta mañana.

Fueron mis últimas palabras y relajé el cuerpo.

De nada.

Sonreí. Sasuke no era tan malo después de todo.

-¡Gian! – una de las manos de Gian se cerraron sobre mi móvil, tirando hacía él, intentando quitármelo.

-¡Dámelo!

-¡Imbécil, que nos la pegamos! – la bocina de un camión hizo a Gian soltar mi móvil y, en un volantazo, esquivó al enorme camión que casi se nos echa encima. Mi cuerpo salió disparado hacía la izquierda y, de no ser por mis manos hubiera roto el cristal de la ventana con la cabeza. Gian frenó el coche en mitad de la autopista. Cuando separé la cabeza de la ventana, mi cuerpo temblaba. Gian seguía mirando al frente con los ojos muy abiertos, apretando el volante con fuerza.

Nos miramos.

-Gi-Gian…

-¿Qué?

-Creo que mañana… cogeré el autobús. – el asintió lentamente con la cabeza y arrancó despacio. Mi móvil había caído a mis pies y me agaché, cogiéndolo como si fuera una enferma de parkinson.

Un mensaje nuevo.

Pulsé el botón muy lentamente.

Tienes el cuerpo tan helado como un muerto por la mañana ¿lo sabías? Tenías los labios como cubitos de nieve y, como buen hermano mayor, debía calentártelos. Creo que lo hice bien, ni siquiera te diste cuenta cuando te calenté los pechos. Pensé en llegar a más, pero como ahora soy un buen hermano mayor... No hace falta que me des las gracias, de nada, no hay de qué, muñeca. Un beso.

Fue entonces cuando el cuerpo se me deshizo como si fuera de barro. Miré de reojo a Gian, con cuidado, por si miraba en el momento menos apropiado y al percatarme que ahora, después de estar a punto de desparramar nuestros sesos por la carretera, sólo tenía ojos para ella, me levanté la camiseta.

Me ruboricé, acariciándome los pequeños puntos rojos que tenía repartidos por los pechos. ¿Cómo no me había despertado mientras me lo hacía? Mientras me acariciaba con sus labios, succionaba mi piel con su boca y me besaba mientras yo dormía profundamente, me besaba y recorría mis labios con su lengua, me mordía los senos. También tenía suaves marcas de mordiscos alrededor de los pezones.

¡Oh, Dios, no podía imaginarlo! ¡Me estaba calentando de sólo pensarlo!

Los puntos rojos acababan en una parte medio oculta de mi ingle y, de repente, vi unas palabras justo encima de mi estrella, de mi tatuaje con forma de estrella del que mi madre no sabía nada y hacía casi tres años que me lo había hecho, junto con el de la nuca y el del brazo, y más valía que no lo viera.

Intenté leer el mensaje a través de retrovisor.

Propiedad de Sasuke Uchiha.

El nombre del dueño de la muñeca.

Me bajé la camiseta, totalmente abochornada, deseando llegar a un lugar privado, encerrarme en un baño, y tratar desesperadamente de borrar esas palabras antes de que alguien pudiera notar siquiera su existencia.

.

También deseaba que él me tocara por atreverse a plasmar algo así en mi piel.

Ahora sí que era su maldito muñeco oficialmente y… no estaba segura de que me disgustara del todo.