Disclaimer: Los personajes que se presentan en esta historia son propiedad de la autoría de Masami Kuromada y Toei Animation. La historia que se presenta es ficción ya que nunca ocurre en la serie original, y su fin es meramente de entretenimiento sin intención de ofender o plagiar a alguien.
Disclaimer: El presente trabajo está basado en la historia "La última esperanza", cuya propiedad intelectual es de la autora La Dama de las Estrellas.
"Born of Hope"
Segundo Capítulo: "Lecciones"
Naur despertaba de nuevo. Los cálidos rayos del sol en aquella mañana hacían relucir los estandartes sobre las torres del castillo, que se apreciaban a la distancia gracias a su gran tamaño y el sutil movimiento en el aire de los emblemas bordados. Las actividades de la ciudadela habían comenzado a primera hora, como de costumbre. La calle principal estaba rebosante de personas yendo de un lugar a otro entre los múltiples puestos del mercadillo. Los diferentes aromas se mezclaban en el ambiente: pan recién horneado, especias, el perfume de las flores, todo era una fusión perfecta que cualquiera podía percibir con tan sólo una caminata por el lugar.
Los niños corrían entre risas, preocupados solamente por conseguir los primeros frutos de la colecta, disfrutando de la inigualable paz que la ciudad brindaba a todos. Había algunos soldados por las calles, atentos a la seguridad de los habitantes y del reino mismo. Los centinelas caminaban a lo largo de la enorme muralla que protegía la entrada, ataviados con las pulidas armaduras y la capa blanca, atentos al más leve movimiento fuera de orden en los territorios del bosque y las montañas cercanas. Simplemente Naur era un lugar de ensueño…
Además de todo, la enorme estatua de piedra negra, que representaba al Señor de los Dragones, permanecía imponente sobre su base en la entrada al corazón del reino, con el misterioso y etéreo halo que le rodeaba siempre. Parecía observar con detenimiento a través de los preciosos orbes de ónix, vigilante a cualquier amenaza que pudiera caer sobre su gente. Y si el poblado de Naur era ciegamente fiel a dos cosas, esas eran a su rey y al dragón.
Más arriba, sobre la elevación que sostenía la morada real, el ajetreo de la corte y los patios de entrenamiento no se quedaban atrás en cuanto a movimiento y pendientes por hacer. El numeroso conjunto de caballeros se extendía por lo largo y ancho de los campos de armas y caballeriza, con los intensos entrenamientos a los que era sometido cualquier miembro parte del ejército. Pero de entre todos, siempre resaltaba un conjunto en especial, aquel que era conformado por solamente los mejores hombres del reino y mirados con fascinación a su paso; capitanes entre capitanes, de quienes la sangre de valientes guerreros corría por sus venas… Los Naurilors, los hijos del Fuego.
Los conjuntos de soldados estaban concentrados en sus tareas, escuchando atentamente cada una de las instrucciones que los superiores les daban. Era todo un deleite contemplar los adiestramientos a cargo de los caballeros, pues sus múltiples destrezas y el inigualable intelecto estratégico componían la perfecta guía para los jóvenes que estaban a su cargo. Ellos formaban a los mejores jinetes, los mejores arqueros y espadachines. Tan sólo bastaba contemplar sus rostros orgullosos y sonrisas cargadas de seguridad para seguirles en cualquier empresa.
-¡Cinco minutos!- anunció Shion a sus hombres.
El escuadrón inmediatamente inclinó la cabeza a su capitán, agradeciendo el descanso después de pasar horas en la práctica. Se replegaron presurosos en busca de agua o sombra, mientras el elfo limpiaba diligentemente su espada. El metal resplandeció con el toque del sol, forzándole a entrecerrar los ojos un instante, después la guardó en su vaina con un ágil movimiento; era mortal en el manejo de aquella arma, pero al igual que Sísifo, sus habilidades eran más notables con un arco entre las manos. Cruzó los brazos y permaneció en el mismo lugar, aunque mirando alrededor. Sonrió de inmediato al notar la cara de descontento que tenía Kardia ante su escuadrón, metros más adelante. El Naurilor peliazul era conocido por su poca paciencia y el constante perfeccionismo del combate; no era piadoso en cuanto a errores mínimos se refería. Shion negó sutilmente, aún divertido, y recorrió los territorios de práctica, deteniéndose en los escalones que daban entrada a los pasillos del castillo, desde donde venía una conocida silueta para él. Levantó los lunares, curioso.
La joven dama se acercó hasta el Naurilor a toda prisa. Esquivando graciosamente las armas regadas por el pasto y los hombres que entorpecían su camino. Lo alcanzó rápidamente, respirando con agitación en un intento por recuperar el aliento. El elfo posó una mano en su hombro, intentando tranquilizarla.
-¿Estás bien?, ¿Qué haces aquí?- preguntó extrañado ante su repentina presencia.
-Los príncipes…- alcanzó a decir entre jadeos. Shion arrugó el ceño de inmediato.
-¿Qué sucede con ellos?-
-Sólo fueron unos momentos… ¡No puedo hallarlos por ninguna parte!- exclamó aún agitada.
-Eh, tranquila- pidió el caballero- no comprendo, ¿Dónde están los príncipes?- inquirió con seriedad.
-Querían jugar en los jardines, así que los llevé. Sólo desvié la mirada cinco segundos ¡Y ya no estaban!, no sabía a quién más acudir, mi señor- explicó con rapidez la nana de los gemelos, a punto de romper en lágrimas; llevó ambas manos a la cara- el rey va a matarme…-
Shion suspiró sin contestar a aquello. Afirmarlo no mejoraría el estado de la muchacha, porque a pesar de que Deuteros era piadoso, estaba seguro de que si algo había ocurrido a los niños, él realmente la mataría.
-Los buscaré, no deben estar lejos-
Sin esperar respuesta, el Naurilor corrió a través del campo, dirigiéndose a los extensos pasillos.
…
-¿Falta mucho?- preguntó el menor de los gemelos, ligeramente impaciente.
-Debe estar por aquí- aseguró Saga.
El infante peliazul continuó avanzando por el denso follaje de sauces que componía el fondo del patio trasero del palacio, el cual era enorme. Ahí crecían bellísimas flores en múltiples áreas, acompañadas de las enredaderas que se arraigaban a la fuente central con su eterno flujo de límpidas aguas. Todo sobre el intenso forraje verde de hierba que crecía brillante. Los gemelos se habían adentrado a la arboleda, que si bien no era comparable a un bosque, para ellos sí resultaba enorme.
-¡Ahí está!- exclamó el mayor con entusiasmo.
Ambos niños corrieron hacia un agujero en la tierra, desde donde asomaba la cabeza un conejo blanco, pero al ver a los gemelos acercarse, el animalillo se adentró a su guarida. Kanon llegó primero hasta el lugar, y posando las manitas sobre sus rodillas, examinó cuidadosamente el lugar, dibujando un mohín de molestia.
-Se metió ahí- le informó a su hermano con un dedo- ¿Qué hacemos?-
-Lo sacaré- afirmó su igual, levantando las mangas de su camisa.
Saga se arrodilló, posando las manos en la húmeda tierra, aspirando el intenso aroma que desprendía ésta. Bajó un poco la cabeza, para mirar mejor dentro del agujero en el que cabía perfectamente. Inclinó el cuerpo hacia adelante, comenzando a entrar despacio. Se arrastró por el túnel, tratando de llegar más al fondo, sin embargo no veía con claridad. Continuó un poco más, hasta que por fin lo vio, arrinconado y tembloroso, mirándolo con los ojos brillantes. El príncipe estiró un brazo para alcanzarlo, y a pesar de que el conejo intentó zafarse, finalmente se vio atrapado entre las pequeñas manos del peliazul. Saga retrocedió entonces, sin soltar al suave animal, hasta llegar a la entrada.
De a poco, el gemelo salió de la brecha. Kanon lo sujetó para ayudarle a ponerse de pie. Ambos miraron entonces a la criatura que permanecía asustada. El menor acarició su cabeza con intención de tranquilizarlo, comprobando que funcionaba.
-Mira- indicó Kanon a su hermano, apuntando a una de las patas traseras del conejo, con una herida abierta.
-Por eso se escapó de nosotros. Debe dolerle mucho- aseguró Saga.
Nuevamente, el animalillo se removió incómodo en su lucha por huir. Saga intentó sostenerlo, pero era escurridizo. En un momento quedó libre en el suelo mas permaneció estático unos segundos, moviendo nerviosamente los bigotes en su nariz. Los niños no se atrevieron a moverse tampoco en ese instante, sin embargo la liebre, presurosa, se echó a correr. Kanon intentó detenerla tirándose al suelo, logrando solamente caer de lleno. Se levantó de inmediato, y seguido por su hermano corrieron tras él.
Las largas ramas de los árboles, que formaban cortinas a su paso, dificultaban la visión de los niños. A lo lejos podían ver el bulto blanco moverse con agilidad a pesar de su herida. Kanon mantenía su atención en el camino por donde iba el conejo pero no en el de él; tropezó con una piedra que lo hizo perder el balance. Cayó al suelo, raspando la palma de sus manos. Sintió dolor en su pecho al impactar contra la dura tierra, pero no se quejó.
-¡Levántate! ¡Se escapa!- exclamó Saga, corriendo a su lado.
Kanon, con ardor en las manos, hizo como le pidió su gemelo y emprendió la carrera otra vez. Vio a su hermano unos metros adelante, mirando hacia todas partes.
-¿Dónde está?- preguntó el menor.
-¡No lo sé!-
-¡Saga! ¡Kanon!-
Los niños voltearon a sus espaldas ante el fuerte llamado. Shion corrió hasta ellos y se arrodilló de inmediato, asegurándose de que estuvieran bien. Abrió los ojos y levantó los lunares sobre la frente que lo marcaban como hijo del linaje élfico. Sin duda había visto muchas cosas a lo largo de su vida, tan llena de diferentes paisajes y experiencias, pero nada parecido a lo que se presentaba en ese momento. La ropa, que tanto esmero ponía la nana de los príncipes en mantener limpia y en perfectas condiciones, ahora no eran más que arruinadas piezas cubiertas de tierra y pasto, sin rastro del pulcro blanco que alguna vez tuvieron. Sus manos y rostros estaban igual de sucios, con ligeros rasguños. El elfo suspiró, aún sin salir de su asombro. Al menos no estaban heridos.
-¿Qué hacen aquí? es peligroso que estén solos- dijo tomando los hombros de Saga. Pero el gemelo no respondió, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas que intentaba retener- ¿Ha pasado algo?-
-No podemos encontrarlo…- sollozó.
-¿A quién?-
-Al conejo, Shion. Está herido- anunció Kanon con la misma tristeza que Saga- Ayúdanos a encontrarlo-
El peliverde abrió los ojos, sin comprender. No entendía para qué querían los príncipes a un conejo, o de dónde lo habían visto. Suspiró de nuevo, encontrando aquello demasiado confuso.
-Lo siento, niños, pero debemos volver al palacio- anunció el elfo con calma. Vio como los gemelos negaban de un modo idéntico.
-Tienes que ayudarnos a encontrarlo, Shion- sentenció decidido Kanon.
-¡Por favor!- suplicó Saga.
Una mueca adornó los labios del caballero. Sus deberes eran demasiados, y ya había retrasado la práctica de mediodía, y sin embargo ahí estaba, al fondo de la arboleda con los príncipes de Naur, intentando hacerlos regresar. ¿Desde cuándo los dos pequeños controlaban su voluntad?, sonrió divertido, tal vez ni se dio cuenta. Revolvió los ya desordenados cabellos de Saga con una sonrisa renovada.
-Está bien, vamos por él-
Una sonrisa apareció en los rostros infantiles y sus ojos brillaron con ilusión. El Naurilor se irguió y buscó con la mirada indicios del susodicho conejo, no sería difícil para él, estaba acostumbrado a analizar su alrededor y con la prodigiosa vista que tenían los elfos, seguramente encontraría lo que los gemelos buscaban.
-Se fue por ahí- indicó Saga, comenzando a caminar.
Buscaron entre los arbustos, las ramas y hojas, pero no parecía estar por ahí. Aquello resultó ser una caza furtiva y Shion realmente esperó que estuviera lejos y en buen estado, porque él comprendía la naturaleza y respetaba su curso, pero, por sobretodo, estaba seguro que si los gemelos querían una mascota para entretenerse, no era seguro para el conejo estar en sus manos. Vio cómo Kanon se arrodillaba a las raíces de un tronco y escondía la cabeza en el hueco que tenía el árbol.
-¡Aquí está!- exclamó de pronto- ¡Vengan!- pidió con movimientos de su mano.
Shion se acercó seguido por Saga, curioso de lo que su hermano veía. El mayor llevó las manos al cinto de donde colgaba su larga espada, negando con el rostro. Un niño de tres años había superado sus habilidades élficas…
-No lo alcanzo- interrumpió el menor, estirando todo lo que podía su bracito.
-Déjame a mí- pidió el peliverde, apartando con cuidado al gemelo.
Se posó en cuclillas, mirando a través de la enredadera que formaban las raíces salidas. Al fondo estaba la pequeña liebre, con miedo. Shion se acercó un poco más e intentó meter un brazo. Le tomó cierta dificultad traspasar, pues era más grande. Finalmente la mitad de su extremidad entró, suficiente para alcanzar al animalito, lo que no esperaba el elfo era que éste lo mordiera en un dedo tan fuerte que casi suelta una maldición de no ser porque estaban los gemelos tras él. Lo cogió con cuidado, a sabiendas de que lo había hecho por defenderse. Se hizo para atrás, retirando el brazo. Finalmente lo vio. Estaba temblando, escondiendo la cabeza entre sus patas. Shion se sentó sobre el pasto, sosteniendo al conejo entre sus brazos. Los hermanos se acercaron, procediendo a acariciarlo despacio.
-Tú eres un elfo, Shion. Puedes curarlo, ¿Cierto?- preguntó Saga con una mirada interrogante a la vez que le mostraba al caballero la herida que tenía.
-Puedo intentarlo…- susurró- vamos, tenemos que volver de una vez- anunció mientras se levantaba.
…
-Creo que es mejor si lo hacemos de esa manera, alteza-
-Estoy de acuerdo, Sísifo- respondió Deuteros.
El dúo caminaba por uno de los pasillos abiertos, cercanos a los patios. El rey y su caballero dieron vuelta en uno de los corredores, mientras se dirigían a los campos, cuando se detuvieron ante lo que vieron. Cruzaron miradas fugazmente y después volvieron sus ojos al frente, intentando no reír, pues Shion estaba ante ellos, con su uniforme sucio a pesar de que siempre lucía impecable, mas no sólo él sino también los gemelos, quiénes lucían peor que el Naurilor con aquellas ropas rotas y manchadas. Lo que más llamó la atención del monarca fue la bola blanca que sostenía Saga con sumo cuidado en sus brazos. El elfo abrió los ojos, avergonzado de encontrarse así con su señor, pensando rápidamente en alguna explicación.
-¡Papi!- gritaron a coro los niños, corriendo hacia él.
-¿Qué ha… pasado?- preguntó desconcertado por lo que veía, mientras recibía a ambos.
-Majestad- respondió Shion inclinando la cabeza- le explicaré…-
-¡Mira, papi!- interrumpió Kanon- es nuestro nuevo amigo. Shion lo curó- habló rápidamente el menor, mostrando a su padre el vendaje que el elfo había hecho- ¿Podemos quedárnoslo?-
-¿Para qué quieren un conejo?- preguntó el rey con curiosidad.
-Nos necesita- aseguró el peliazul mayor.
-Saga…- susurró Deuteros, acariciando su cabeza- lo siento, hijo, pero no pueden tenerlo- les dijo a ambos, contemplando sus caras abatidas ante sus palabras- él no es un juguete-
-Pero…- intentó replicar Kanon.
-Es nuestro amigo- completó Saga. Deuteros suspiró.
-Les diré algo, lo cuidarán hasta que esté mejor, y si no quiere irse después de eso, entonces podrán tenerlo- propuso el rey con una sonrisa, observando la felicidad inundar las caras sucias de sus gemelos- ¿Podrán hacerlo mis príncipes?- preguntó colocando una mano en la cabeza de cada pequeño.
-¡Claro!- respondieron al unísono. El rey asintió y les dejó marchar.
-Insistieron en buscarlo- aseguró el elfo- le doy mis disculpas por importunarlo de esta forma- inclinó el rostro. El peliazul negó con una de sus escasas sonrisas.
-Tranquilo, Shion. Sé que te han arrastrado a esto. Era imposible que te negaras ¿No es cierto?-
-Son difíciles de contradecir, majestad- concordó.
-Lo sé-
-Realmente querían ayudarlo. Sabían que estaba herido y fueron en su búsqueda. A pesar de ser tan pequeños…-
-Tienen un gran corazón- completó Sísifo esta vez, mirando al par a lo lejos.
Deuteros no respondió. Sólo sonrió ligeramente, observando cómo sus hijos estaban más que concentrados en cuidar del animalillo. Deseaba poder mirarlos así por siempre, sentir a todo momento aquello que le llenaba el alma con tan sólo contemplar a las dos traviesas siluetas hechas a su imagen y semejanza, porque eran sus hijos, y él jamás podía negarse a algo que los hiciera felices, porque eran lo más importante de su vida.
Fin 2do. Capítulo.
Notas de la autora:
De nuevo con un cap más de esta historia. Me sorprende el hecho de que hace unos días que lo comencé y hoy lo publico, creo que la inspiración estaba de mi lado XD. En fin, espero que les haya gustado. Como ya dije este fic está basado en "La última esperanza", por La Dama de las Estrellas, si no lo han leído, háganlo ya!
Como siempre, para: Damis y Sunrise ; )
