ACTO III: Contra viento y mareas.

E

l enorme Trasantlántico ya alcanzaba la bota de Italia. Había dado la vuelta completa a la península ibérica y había penetrado de rondón en las cálidas aguas del mediterráneo. El buen clima acompañaba a los turistas, que disfrutaban del sol, la buena comida y las diversiones organizadas por la tripulación. Pero para una muchacha que llevaba un par de días casi sin salir de su habitación, cada día era igual de gris y monótono.

Su prometido, luego de intentar varias veces que saliera y tomara un poco del magnífico calor, que bronceaba a turistas ricos y viajeros de clase media por igual, había terminado por dejarla en paz. Tal vez ya había encontrado algo o alguien con quien entretenerse.

Finalmente… una noche, Serena se rindió a la evidencia de que debía continuar con su vida, y Darien no tenía la culpa de no ser ese ser especial que había iluminado por unos segundos su corazón, dejándolo luego entre tinieblas.

Pálida y ojerosa, se esmeró por arreglarse un poco para que su prometido no advirtiera lo mucho que había sollozado mordiendo la almohada, lo mucho que había navega su razón, devanándose para adivinar qué clase de criatura mágica podía ser Seiya y por qué no podían estar juntos. Lo ignoraría. Eso sería lo que haría. Debía sacar fuerzas de flaqueza y demostrarle que ya lo había superado.

Pero su prometido no tocó a su puerta para invitarla a cenar, acostumbrado a sus rechazos y que terminara por pedir una bandeja de comida al cuarto, de la que apenas degustaba la mitad, y con desgano. Consternada, decidió abrir la puerta y salir por su propio pie.

Recorrió pasillos iluminados, y medrosamente penetró en el Gran Salón. La música, suave y cadenciosa invitaba al vals.

Y justo en medio, donde la luz de los candelabros entretejía una finísima filigrana de luz, sonriente y confiado, confidente y destilando alegría… estaba Darien, traidor entre los traidores, bailando con la hermana de Seiya. Se restregó los ojos, sin poder darle crédito. Así es como honra nuestro compromiso – se dijo – y su noviazgo se le hizo tan llevadero como una pesada cadena al cuello, coronada su traílla por una pesada roca.

Decidió dejar el Salón en perfecto anonimato. Pero antes que pudiera dar más de dos pasos, se chocó de improviso con un señor.

-Disculpe Ud. – dijo, con la vista aún baja.

-¡Serena! - El hombre cogió su mano para evitar que tropezara.

Esa voz… Al alzar la vista vio los ojos de su adorado atormentador.

-Seiya…- Ella quiso soltarse de inmediato… pero algo en los ojos del joven le transmitió que estos días separados también habían sido una prueba dolorosa para él. Su faz otrora alegre parecía deslavada, y su mirar, entristecido, la conmovió a pesar del enojo - ¿Qué quieres?

-Necesito hablar contigo, por favor, acompáñame…

A regañadientes lo siguió a una de las terrazas laterales que circundaban el acristalado Salón. Salieron presurosos como una exhalación y nadie los vio, tan ocupadas estaban las parejas en evolucionar al hipnótico compás de la orquesta.

Ella tenía la respiración agitada, pero intentaba calmarla, segundos después, apoyando su diestra sobre el doliente corazón. Contempló el mar, en calmada semi penumbra, que parecía reflejar las miríadas de estrellas que poblaban el firmamento. Habría sido un bello espectáculo para disfrutar en compañía en otras circunstancias. Se volvió hacia él, impaciente:

-Está bien, ¿qué era lo que querías decirme?

-Serena… - los ojos de él se detuvieron a contemplar, extásicos, su belleza, si es que acaso era la última vez que cruzaría palabra con la mujer que le había robado el corazón, entonces tenía el derecho, al menos, de guardar el recuerdo de su efigie esculpido en el pensamiento – Tu novio es un príncipe, ¿cierto?

-Sí, es el Príncipe de las hadas de nuestro Bosque.

-Yo también soy un Príncipe- confesó Seiya, casi en un susurro – Y como tal, me debo a mi pueblo… Soy un príncipe Tritón.

Ella movió la cabeza con incredulidad ¡Qué idiota había sido! ¡Si los apellidos "Detritonis" y "Desirenis" los decían todo!

-¿No me crees?

Seiya lo sintió venir… ¡Lo sintió venir! ¡Naciendo desde su alma y recorriendo su cuerpo para salir en su garganta! Se arrojó a sus plantas, y abrazó con pasión el ruedo de su vestido, y levantando el rostro hacia ella, musitó-

- Sólo escúchame por favor:

"Dulce Princesa del Cielo,

no tengo nada que ofrecer.

Tan sólo mi abrazo tibio,

y el reguardo de mi piel.

En tu ojos que dormían,

mi alma siento respirar,

y aunque cielo y mar se opongan

por siempre te voy a amar…

No importan las tormentas

No importa el vendaval,

Si tú y yo estamos juntos,

Todo podré enfrentar.

No te vayas de mi lado

necesito tu calor…

y tu hechizo de ternura

Dulce hada de mi amor"

¡Dioses de la Selva! Se dijo Serena, Qué hermosa voz tenía Seiya, su canción había sido sencilla, pero tenía la delicadeza y suavidad salvaje de las orquídeas que crecían entre el musgo umbrío y los helechos. Todavía la sentía enroscarse y latir en su alma, y comprendía sus significados profundos e intrínsecos, porque era una llamada directa a su corazón. Con asombro, vio que el océano brillaba con pequeños brillos color arcoíris y las aletas de muchos peces y algunos delfines, que parecían danzar entre las olas, circundaban al Barco. ¡Era un canto mágico!

-¡Yo también te quiero, Seiya! – Dijo sin aliento, abrazándose a él y entregándole sus labios, no pudiendo resistirse más al impulso casi doloroso de su corazón.

En otra terraza opuesta del Trasatlántico…

Rei y Darien habían estado dando rienda suelta a sus sentimientos desatados, intercambiando miles de besos y abrazos, merced a la oscuridad de la noche. Por fin él, Darien, se había permitido a sí mismo, reconocer que la adoraba, y hada o no hada, bien podía, si era su deseo, elegir como su consorte a una humana, pero de pronto, la sintió languidecer entre sus brazos.

-¿Rei? ¿Qué te sucede?

Su amada cayó de rodillas sobre la cubierta del barco, y abundantes lágrimas manaban de sus ojos.

-¡No! Seiya, ¡Oh no! - había podido sentirlo. ¡La poderosa oleada del canto mágico de su hermano, al fin había surgido! – Pero… ¿porqué por ella? - murmuró, acaso ahora estuviera condenado a un amor imposible, que sólo traería dolor a su espíritu, igual que el suyo propio, por Darien.

-Rei…

-No he sido sincera contigo. Supongo que cuando sepas la verdad, me odiarás de ahora en más. Pero debes saberlo… Mi hermano se enamoró de tu prometida.

-No te preocupes por eso- le dijo él, conciliatoriamente, acariciando su mejilla delicada – Ya me di cuenta que Serena no es la mujer que yo necesito, necesito alguien como tú, Rei – agregó, haciéndole entrega oficial de sus sentimientos.

-Una mujer dices… ¡Ojalá fuera yo una mujer! Maldigo el día que nací…

-¿Por Dios, que quieres decir? ¡Vuelve en ti!

Por toda respuesta, la muchacha se vació una botella de Agua "EVIAN" que habían dejado olvidada sobre una mesilla, empapándose las piernas y el bajo del vestido. De inmediato, una magnífica cola carmesí asomó bajo la tela empapada, y batió el aire sobre la cubierta.

-Pero… pero… ¡No eres humana! – exclamó el joven, peligrosamente al borde de la locura.

-No – murmuró Rei entre sollozos – No lo soy y jamás dije que lo fuera. Soy una Sirena.

Apenas se había apagado el eco de su voz, cuando vio que se encontraba sola. Se acomodó en una silla como pudo, tapándose con recato, a la espera de que secara el agua mineral y su cola volviera a convertirse en piernas. Tendría minutos de sobra para recriminarse y contemplar desde todos los ángulos lo sucedido.

En otro lugar del barco…

Ebrios de amor, Serena y Seiya habían llegado a los aposentos de él. Mucho más modestos que los camarotes que había incluido Darien en sus pasajes, pero contenían todo lo esencial. Y en ese momento, lo único que les apetecía en sus mentes febriles y enamoradas era nada más que un lecho.

Con manos temblorosas, él liberó cada uno de los diminutos botoncitos de perlas del vestido color crema pálido de la muchacha, mientras su boca era empleada en llenar de besos húmedos y salvajes la boca de ella.

Ella también estaba hambrienta. Sentía la lengua sedosa de Seiya, acariciando la suya y adueñándose de cada milímetro de su boca, haciéndola estremecer de placer. El perfume de sal y la esencia natural y viril de su cuerpo masculino la mesmerizaban, confundían y sumergían en una vorágine de sensaciones, todas y cada una, nuevas y deliciosas. Sus dedos abrieron la camisa y la arrancaron, y se deslizaron por el torso suave del joven, donde podía percibir el poderoso latido de su corazón.

El vestido revoloteó al caer sobre la alfombra, y Seiya pareció, ante la verdad desnuda de los hechos, recuperar en parte el sentido.

-¿Estás segura de esto, Serena? Aún puedes arrepentirte – dijo mirándola a los ojos, intentando reprimirse e ignorar la poderosa erección que sentía crecer en sus pantalones.

Ella… adorable en sus calzones abombados y su brasière, con el cabello dorado cayendo como una cascada sobre sus hombros, lo miró fijamente, con los ojos azul celeste perdidos en los ojos azul mar profundo antes de responder a media voz:

-Soy tuya, Seiya, ¡ámame! Seamos sólo un hombre y una mujer, que esta noche sea nuestra, el mañana… aún no sabemos a quién pertenecerá – culminó, intentando reprimir las lágrimas emocionadas.

Él le comenzó a quitar las medias suavemente, bajándoselas con sus labios, terminando por deslizar su lengua por los delicados piececitos. Se había acostumbrado a caminar entre los humanos, pero nunca había tocado esas sensibles extremidades en otra persona. Serena sintió espasmos de cosquilleo al sentir como le mordisqueaba los dedos del pie uno por uno.

Luego, ella tomó la iniciativa, besando con deleite todo su torso desnudo. Seiya podía sentir su cuerpo encendiéndose y respondiendo a las caricias, mordidas y besos que ella depositaba sobre él, con sus dedos rasguñando suavemente su espalda, mientras él hundía sus dedos en la gloria sedosa de esos cabellos dorados…

-Mi hada hermosa - Sus manos ya no podían quedarse quietas, se deslizaban sobre el brassière de Serena hasta abrirlo con dedos expertos. Adoró sus curvos y suaves pechos, besándolos y lamiéndolos con frenesí… para cuando comenzó a succionarlos, la sintió temblar y retorcerse bajo su peso.

-Seiya… - las manos de la muchacha exploraron el pantalón, recorriendo explorando… hasta que se quedó muda de asombro, cuando acertó a encontrar un obstáculo pétreo y punzante bajo la tela, que despertó su curiosidad. Se separó de él a desgano, para desatarle los pantalones, que cayeron al suelo. Los calzones, amplios y largos hasta la rodilla, eran la última frontera para complacer sus feroces y recónditos deseos de amor.

Él la tendió sobre la cama, sujetando las finas muñecas de ella con una de sus manos sobre su cabeza. Sus besos y caricias arreciaron sobre su cuerpo como una tormenta apasionada. Ahora los dedos de su mano libre, estaban descubriendo el pequeño e inexplorado paraíso bajo el calzón de Serena, y podía sentir recompensados sus oídos con los gemidos y suspiros que le arrancaba al frotar y hundirse en su sima suave y húmeda. Se detuvo unos segundos para quitarle y quitarse los últimos obstáculos que los separaban…

Como en un sueño, ella contempló la magnífica masculinidad con la que había dotado el Divino Hacedor al Príncipe de los Tritones, una orgullosa, fuerte y pétrea alabarda que pretendía rendir su fortaleza, aún incólume… Los suaves embates primigenios cosquilleaban su portal de placer, se mezclaba la humedad de ambos y producía una fricción deliciosa.

-¡Ah! ¡Seiya! - gimió, cuando lo sintió penetrar profundamente en su interior, plenándola por completo. Cuando él comenzó a balancearse sobre ella, con el mismo vaivén de las olas, ora quietas, ora embravecidas por la tormenta, simplemente ya no podía articular palabra, ni siquiera pensar, sólo sumirse en las sensaciones, sensaciones que la hacían arquear la columna, buscando un acomodo más perfecto para sus cuerpos fusionados, meciéndose también al compás de sus embates poderosos. Sentía sus manos, aprisionando sus caderas, haciéndola sentir prisionera, pero felizmente cautiva…

-¡Seiya, Seiya, Seiya….! – ella mordió la almohada para dejar de repetir su nombre amado como si fuera una mantra.

El ritmo de su amor se volvió salvaje y desenfrenado, la sensación de placer, que parecía crecer en su interior, simplemente explotó, y una salva de gimoteos se escapó de sus labios, inflamados de tanto ser besados y mordidos; segundos después, un gemido ronco escapó de la garganta del joven tritón, mientras dejaba ir toda su pasión en una micción volcánica dentro de ella.

Luego, vino la calma feliz después de la tormenta. Seiya la arropó con ternura, apegada a él, mientras la abrazaba, aferrándola entre sus brazos, como si nunca fuera a dejarla ir y depositaba besos suaves sobre su cabecita húmeda.

-¡Te amo tanto, hada traviesa y glotona! No sé que hacer para conseguirlo, pero nunca podrás zafarte de mí. Si quisieras escapar, ¡te seguiría por todo el mundo!

-¡Soy tan feliz! – Respondió ella – si al menos pudiera morir ahora, mi vida habría sido perfecta.

-No digas eso, hermosa, buscaremos una forma, pero quiero que seas mía para siempre.

Entre esos y otros diálogos se durmieron con el cansancio y la inocencia de los que no han cometido pecado alguno y sólo han actuado por amor puro.

En el cuarto de Darien…

Se sentía infame. Había dejado sola a la mujer que amaba.

¿Qué más podía hacer? ¿Amor o deber? Aceptaría su pueblo a esa muchacha? ¿Y si les decía que era humana? No. El engaño jamás triunfaba sobre la verdad. Tal vez debía ser honesto. Pedirle al Consejo la autorización para desposarla. ¿Pero, no añoraría ella el mar? ¡Qué horror, su cabeza era un lío! Sus pensamientos organizados y coherentes, no le servían, cuando su corazón estaba martirizado y no le dejaba pensar con lógica.

Lo primero, sería disculparse. Eso haría. Se forzó a abrir la puerta con decisión. Su sorpresa fue mayúscula, al encontrarse con Rei, que estaba a punto de golpear y se quedó con la mano empuñada en el aire, así que la hizo pasar al interior.

-No vengo a humillarme- comenzó ella – sólo a decirte que no te podía contar mis secretos porque debo proteger a mi raza también, y también quería despedirme de ti, ya que tocando Puerto no nos veremos nunca más. No siento que te haya mentido, sólo omití mi condición, porque no creí que sería algo serio – sus ojos comenzaron a humedecerse – sólo un poco de conversación trivial, para variar un poco… yo…

No pudo continuar. La remecían los sollozos.

Pero de pronto, se vio envuelta en un abrazo cálido.

-Tú no tienes toda la culpa, Princesa de las Sirenas - murmuró Darien en su oído – yo también tengo un secreto inconfesable y no fui totalmente sincero contigo…- luego se separó de la muchacha y exclamó en alemán: -"¡Götter des Schwarzwaldes, ihm zeigen, ihr meine wahre Form!"(9)

Una segunda forma translúcida revistió al joven por completo. Una corona, un báculo con una enorme piedra negra brillante en la cúspide y unas alas transparentes azul pálido brillaron sobre él.

-¡Darien! ¿También eres una criatura mágica? – Rei no podía creer lo que veían sus ojos. Su Príncipe soñado, no sólo era un verdadero Príncipe sino que tampoco era humano, como ella… el asombro la dejó muda. Cuando la visión de su verdadera forma se esfumó de nuevo, él se acercó a ella de nuevo y cayó de rodillas.

-Perdóname mi bella Sirena, aunque tenga que cambiar las leyes, o invocar a un plebiscito, ya que no quiero imponer mi voluntad, lograré que mi pueblo te acepte a mi lado, ¡Te quiero como mi esposa!

-Pero… ¿y tu compromiso? ¿Qué ocurrirá con Serena?

-Creo que Serena también ama a tu hermano. Ha estado muy distraída y melancólica los últimos días, al principio estaba molesto, porque veía nacer en ella nuevos sentimientos y su corazón no latía por mí, pero… Entonces llegaste a mi vida y me hiciste darme cuenta de que el Destino no está escrito a fuego en la piedra.

No será problema convencer a ambas familias, sé que a la larga lo entenderán – culminó, ofreciéndole su mano.

-Yo podría renunciar a mi cola – reflexionó ella en voz alta – tal vez hacer un Pacto con la Bruja del Mar para que me dé piernas definitivas, o la cambie por unas alas…

-No es necesario- replicó Darien, con inusitada ternura en sus ojos – Nuestro Bosque encantado, que está protegido por Magia Ancestral y poderosa, tiene un estanque lleno de criaturas mágicas donde podrás nadar a tu antojo cuando te apetezca.

Y… cuando eches de menos a tu familia, viajaremos encubiertos a Italia y podrás visitar a tus seres queridos. Estoy dispuesto a todo con tal de que funcione – culminó, con voz emocionada.

-¡Darien, soy tan feliz! –exclamó la joven, permitiéndose arrojarse en los brazos del hombre a quien amaba... Éste también se permitió un momento de risueña expansión, rodéandola con sus brazos, acariciando su melena azabache y besándola con toda la pasión de que era capaz.

Por la noche

Durante la cena de gala, tímidamente al principio, con más naturalidad después, las parejas, los cuatro sentados a la mesa, pudieron sincerarse e ir, poco a poco destejiendo y rearmando sus planes para el futuro.

Serena se quedaría en Italia, con Seiya. Él prometió mostrarle y darle a probar toda la belleza y sabores de Italia, y construirle una hermosa casa a la orilla del mar.

Apenas el Consejo de Ancianos diera su aprobación, se casaría con ella, y aunque pasara el día dentro del agua, haciéndose cargo de sus funciones de Rey de los Tritones, las tardes y las noches serían de su amada hada. Estaba convencido que no se negarían, porque gracias a ella, había nacido en él su "Canto mágico" de Tritón, aquél que permitía brindar fecundidad y lozanía a todas las especies marinas de su arrecife.

Darien y Rei, tomarían un nuevo Crucero para volver a Alemania, él estaba ansioso por mostrarle cada rincón del Bosque, y la belleza agreste y bucólica de los pueblos de los alrededores. Esperaba poder hacerla su esposa apenas su tío Regente y si era necesario, el sufragio de las hadas lo permitieran.

Finalmente, podían reír de lo sucedido y brindar por lo que les deparara el futuro.

El Día que el enorme barco llegó al Puerto de Venecia y comenzó el desembarco…

Las últimas noches, las habían pasado durmiendo en partes diferentes del barco, así que Rei sintió una profunda emoción cuando abrazó a su hermano. No sería la última vez que vería a Seiya, lo daba por sentado, pero era primera vez que se separarían por tanto tiempo, y echaría de menos sus locuras, su apetito y su apoyo incondicional.

Se marcharía lejos, con Darien… pero era el hombre que había elegido su corazón, y que seguramente sería capaz de despertar su Canto Mágico. Realmente, ya pocas cosas le importaban, mientras estuviera cerca del Príncipe que amaba.

Cuando Su hermana y su nuevo novio se marcharon en busca de alojamiento y una agencia de Viajes, Seiya miró a Serena con expresión cómplice y le hizo una reverencia.

-¿Le apetece a la Signorina un tour por Venecia? Le mostraré los lugares más románticos, comeremos en una legítima tratoría y luego descansaremos para mañana partir a mi "tierra" – culminó guiñándole un ojo.

Ella aún tenía algo de miedo. Era un paso gigante hacia lo desconocido, un hogar nuevo, gente que tal vez no la aceptaría en un principio, nuevas costumbres, pero mientras tuviera a Seiya a su lado, ya bien podía decir, como siempre quiso:

-"¡Que gran aventura!"

Él la miró. Quería como siempre, llenarse los ojos de su belleza, alegría y candidez… tenía en sí misma toda la magia, la energía y la disposición de estar a su lado.

E, hicieran lo que hicieran, fueran donde fueran, si iban juntos, serían inmensamente felices. El destino los había reunido y ya nada podría separarlos, aunque hubieran nacido en el fondo del Mar Itálico o en medio de la espesura de la Selva Negra.

FIN.-

Glosario:

9.-"¡Götter des Schwarzwaldes, ihm zeigen, ihr meine wahre Form!" =Traducido del alemán: "Dioses de la Selva Negra, muéstrenle a ella mi verdadera forma"