Disclaimer: los personajes que se presentan en esta historia son propiedad y autoría de Masami Kuromada y Toei Animation.
Disclaimer 2: El presente trabajo está basado en "La última esperanza", cuya propiedad intelectual es de la autora La Dama de las Estrellas, y publicado bajo su consentimiento.
Capítulo 4: "La dama en el bosque"
El pequeño hizo un mohín con la boca, a la vez que luchaba con las lágrimas a punto de resbalar de sus ojos. Miró a su alrededor, y no encontró ni un solo indicio del camino a seguir para regresar al palacio, o siquiera a los jardines donde hacía poco más de media hora caminaba cerca de sus hermanos. Estaba consciente de que se había aventurado demasiado, y ahora, solo entre los árboles, el miedo comenzaba a hacerse presente, al igual que el ocaso, pues los rayos del sol como cortinas luminosas entre las hojas, se volvían cobrizos y menguantes. Con la amenaza de la noche, y a sabiendas de estar errante en el bosque élfico, el príncipe continuó su camino, esperanzado de volver por su cuenta. Apretujó los dedos alrededor de la empuñadura de su espada de madera, como si el simple hecho le infundara valor suficiente para caminar.
El suelo comenzó a llenarse de flores, también de hojas secas que siempre caían de los árboles, como si Lemuria se encontrara en un eterno otoño. Ralentizó el paso sólo para llenarse la vista con aquel santuario en el que las Elanor crecían en abundancia, y aguzando el oído, pudo distinguir el correr de un riachuelo, quizá muy cercano. Se apresuró a su cauce, recordando la corriente que desembocaba al gran lago del palacio, a poca distancia de los jardines. Sin embargo, el camino no parecía conducirle de vuelta, sino a un lugar desconocido, donde los álamos y sauces parecían más vivos, a media vigilia entre observar el camino y sumirse en el sueño profundo. Le sorprendió escuchar un canto, entonado por una voz triste, al otro lado del gran sauce frente a él. Se acercó curioso, olvidándose del temor que le abrumaba anteriormente; rodeó la corteza, gruesa y vieja, y encontró las aguas del riachuelo poco profundo, brillantes como oro líquido a la luz del atardecer. Una mirada le paralizó, y la canción se detuvo, pues los labios ejecutores pararon en seco, apenas abiertos. Fue como si el lugar se volviera más silencioso, más irreal, pues ella, la mujer sentada sobre una gruesa raíz del sauce, era hermosa y luminosa, como sólo un elfo podría serlo en aquellas tierras imperecederas; su vestido era larguísimo y vaporoso, de un inmaculado blanco que brillaba donde los hilos de plata se entretejían, y de su cabeza pendían en cascada las gemas de una tiara élfica. Incapaz de moverse o articular palabra, se mantuvo en su lugar.
-Milo...-
El niño arrugó el entrecejo en marcado desconcierto, avivando una corta sonrisa en el rostro femenino, eclipsada sin embargo por aquella aura de nostalgia que la envolvía. Ella le observó incansablemente con aquellos ojos matizados de índigo, causando que Milo se retrajera sobre sí mismo, encogiéndose ligeramente de hombros.
-No temas, no te haré daño- se apresuró a decir, alargando el silencio, absorta en la imagen del menor- realmente eres tú…- dijo, apenas audible.
-Usted… ¿Es una reina elfa?- preguntó, dudoso e intimidado. La joven sonrió un poco más.
-No lo soy- contestó, levantando a la vez su delicado fleco- no tengo lunares élficos, ¿Ves?-
-Oh…-
Milo sintió perder su desbordante energía, aquella que hacía difícil a la mayoría seguirle el paso en el día a día, y la misma que causaba dolores de cabeza a sus mayores cuando se proponía cualquier "aventura" dentro o fuera del castillo, allá en su lejano hogar. Siempre encontraba algo qué decir, mas en ese momento se encontró escaso de palabras.
-¿Qué haces aquí solo? ¿Te has perdido?-
Un asentimiento con la cabeza fue su respuesta.
-Ven, acércate- pidió ella, amable.
Dudoso e inquieto, el peliazul lo pensó unos segundos desde su lugar, para finalmente acortar distancia hasta la joven a paso cauteloso. Y no era desconfianza lo que sentía, sino la extraña sensación de encontrarse con alguien como ella, completamente solo, pues nunca había estado por su cuenta sin la presencia de cualquiera de sus hermanos cerca, vigilándole sobreprotectoramente desde el incidente de Asgard.
La dama pudo contemplarle de cerca. Los ojos azules del príncipe eran sin duda preciosos, al igual que su desordenada melena azul, y del aún infantil contorno de su rostro pudo distinguir la casta a la que pertenecía, provocándole un estremecimiento que amenazaba con desbordar lágrimas. Estiró el brazo derecho, y sus dedos delgados se posaron delicadamente sobre la tez de Milo, quien al igual que antes, no movió ni un músculo, ensimismado en la imagen de la bella doncella.
-Has crecido mucho…- mencionó quedamente, más para ella misma.
-¿Cómo… cómo sabe mi nombre?- se atrevió a preguntar.
-Es bien sabido el nombre de Milo, príncipe de Alcanor- contestó, sonriendo a la vez que acariciaba su rostro- te reconocería en cualquier lugar del mundo, joven príncipe- dijo y apretujó levemente la mejilla izquierda del menor.
Milo se talló la zona carente de dolor, sin embargo, inundada de una tibia sensación hasta entonces desconocida para él. Bajó la mirada, apenado de pronto, sin encontrar todavía palabras.
-¿Te gustaría sentarte a mi lado?-
Él asintió automáticamente, sin saber bien el porqué. Se aproximó al grueso tronco torcido, que casi rozaba el caudal del pequeño río, y en silencio se sentó a la diestra de la mujer, olvidando enteramente su apuro inicial de regresar al palacio. Miró fugazmente a la dama y en seguida apartó la vista, nervioso. Durante unos minutos estuvieron en silencio, escuchando atentos a la corriente risueña a sus pies, acompañada por el leve canto del viento, colándose entre las largas ramas del sauce que se mecían libres y ligeras.
-Por cierto… si no es una elfa, ¿Qué hace aquí?, ¿Viene a visitar al rey Sage?- preguntó Milo, deshaciendo el silencio.
-Yo vivo aquí- aseguró la joven.
-¿En serio?, pero los elfos viven en bosques para elfos, ¿Cómo la dejan estar aquí?- dijo Milo, recuperando de pronto su confianza y curiosidad innatas- además no hay personas aparte de… ¡Elfos!-
-Bueno, eso es porque el rey Sage me ha dado su permiso para quedarme el tiempo que quiera-
-¿De verdad?-
-De verdad-
-No entiendo, ¡Usted no es elfa!- soltó ladeando la cabeza en confusión. La dama no pudo evitar reír divertida: Milo era curioso por demás.
-Los amigos del rey siempre son bienvenidos a sus tierras; así como ustedes que han venido por primera vez a Lemuria, ya que el rey de Alcanor es su gran aliado- explicó tranquilamente.
-¡Ya veo!- gritó él, pintando una sonrisa en el rostro- pero, ¿No se siente sola?-
-No. Los elfos son maravillosas criaturas, llenos de luz y armonía, siempre en movimiento, a pesar de que los años pasen lentos sobre ellos- aseguró tranquilamente, mirando las copas de los árboles lejanos- aquí me hallo en compañía de buenos amigos-
-¿Y su hogar?, ¿No lo extraña?- cuestionó de nuevo.
-Yo…-
La pregunta le tomó desprevenida, no sabiendo qué responder en primera instancia. Ella suavizó aún más la expresión, luchando por deshacerse del nudo en su garganta y le miró, desarmada.
-Yo lo extraño muchísimo, pero…- hizo una pausa, buscando la manera de continuar- no puedo volver, mi hogar está muy lejos, y ya no queda nadie que me espere en él. Sin embargo, quizá en el futuro, cuando él pueda comprender demasiadas cosas, pueda reunirme con una persona, alguien demasiado importante para mí-
-¿Quién es esa persona?-
-Él es… mi más grande tesoro-
El heredero no comprendió del todo las palabras de la joven, pues su mente infantil no podía asimilar su significado; calló otra vez, contemplando la sonrisa corta en los labios femeninos, y aun así era imposible para él ignorar ese hado de melancolía y tristeza que lo hacía estremecer, como si la luz que desprendía estuviera destinada a extinguirse, tal como el día llegado el atardecer. Milo torció los labios, sintiéndose abatido y entonces volvió a sonreír, con una idea en mente.
-¡Ya sé!- exclamó de nuevo, agitando los brazos escandalosamente- ¿Por qué no viene conmigo a Alcanor?, ¡Es un lugar genial!- propuso con un brillo en los iris azules- le mostraré todo el reino y haremos cosas divertidas, ¡Alcanor puede ser su nuevo hogar!, y cuando sea un montaraz, buscaré a esa persona importante para usted y así ya no estará triste nunca más-
Sin notarlo Milo al principio, en medio de su exaltación, la joven comenzó a llorar, dejando que las lágrimas surcaran aquel rostro blanco y hermoso, donde una triste sonrisa se instaló en sus labios, incapaces de detener el temblor que parecía extenderse por todo su cuerpo. El príncipe continuó hablando y sonriendo ampliamente, planeado demasiadas cosas, pero cuando volteó y se encontró con aquel semblante, se detuvo al instante, preocupado.
-¿He hecho algo malo?- preguntó, cohibido.
-No, no- se apresuró a contestar ella, limpiando las lágrimas de sus ojos- no es tu culpa. Es sólo que… que no podré acompañarte, Milo, no ahora- dijo, acariciando nuevamente la mejilla del menor.
El hizo una mueca de desilusión y bajó la mirada.
-Espero poder hacerlo un día, entonces podrás mostrarme todo el reino- insistió, sin tener éxito en cambiar la expresión del príncipe. Levantó su pequeña barbilla, descubriendo que sus ojos se habían inundado de lágrimas- no llores-
-Yo no lloro- aseguró, limpiándose bruscamente- eso sólo lo hacen los bebés, y yo no soy un bebé-
-No hay nada de malo en llorar abiertamente- Dijo ella. Milo negó efusivamente.
-Kanon dice que un niño llorón no podrá ser un montaraz. ¡Yo quiero ser un montaraz!, como mis hermanos…-
-Estoy segura que serás un excelente caballero, un digno Montaraz de Alcanor-
-¿De verdad lo cree?- preguntó, recobrando la ilusión infantil.
-Por supuesto que sí- contestó, apartando una mecha rebelde de su rostro- serás de los mejores montaraces que Alcanor pueda tener-
Milo sonrió enormemente feliz.
-¡Lo seré!-
-Bien dicho-
-¡Milo!-
El grito lejano, aunque claro, alcanzó los oídos de ambos. El príncipe arrugó el ceño por enésima vez, y tras una adorable expresión que sugería concentración, se levantó de un salto de su asiento, trastabillando sobre el tronco de sauce, a punto de caer al agua. La dama le ayudó a sostenerse, aterrada de que fuera a lastimarse, sin embargo, la sonrisa cargada de emoción en Milo, le sugirió que él se encontraba bien.
-Ese es... ¡Mi hermano!- alegó el príncipe avivando su emoción, al reconocer la voz de Saga llamándolo por segunda vez; bajó del árbol y se adelantó unos pasos, buscando con la mirada al adolescente.
La joven se vio presa de una ansiedad terrible, removiéndose inquieta, consciente de que pronto llegarían por él, y ella no debía ser vista junto a él por nadie, mucho menos los herederos mayores de Alcanor, de ninguna manera se podía permitir que los gemelos la mirasen. Tampoco estaba segura si ella podría soportar enfrentarlos. Se fijó en el cielo, ya más oscuro, pues no había reparado en el flujo del tiempo que había transcurrido junto al pequeño.
-Creo que es momento de despedirnos- dijo de pronto. Milo se volvió hacia ella, con expresión exaltada.
-¿Por qué?- sus ojos se mostraron angustiados súbitamente.
-Tus hermanos te buscan. Han de estar terriblemente preocupados en el palacio, debes volver-
-Pero… puede volver conmigo- insistió. Ella negó sutilmente.
-No puedo. Debo tomar mi camino- se excusó, y ante la mirada insistente, continuó- Siempre estaré aquí para ti, Milo- dijo ella, levantándose igualmente, arrodillándose frente a él- cuando me necesites puedes buscarme, y yo vendré a verte, como ahora que nos hemos encontrado-
-¿Prometido?- inquirió con apenas un hilo de voz. Algo en aquella despedida le ponía realmente afligido.
-Sí, lo prometo-
-Entonces… esto es para usted-
Se llevó las manos a su chaqueta, a la altura del cuello, donde un broche cuidadosamente trabajado en plata formaba el escudo de armas de la familia real; lo deshizo de su ropa rápidamente y lo colocó en la mano de la doncella, mirándola fijamente.
-No podría, esto es…-
-Es un obsequio, y también una promesa: me convertiré en un montaraz y encontraré a la persona que tanto atesora-
No había duda ni vacilación en aquella voz infantil, mucho menos en sus ojos añiles, que a ella le parecieron por un instante los de un adulto y no los de un pequeño de escasos diez años. Su rostro se invadió de dolor y sin poder contenerse más, atrajo al príncipe en un apretado abrazo, dejando que escaparan lágrimas inoportunas. Lo asió con fuerza, deseosa de no separarse jamás de él, pero las voces cada vez más cercanas le recordaron que no podía ser así. Escuchó los gritos llamando por el heredero y supo que su tiempo se agotaba. Se separó un poco, encontrando su expresión confundida de lo más adorable que hubiera visto. Besó su frente con devoción y sin ocultar sus lágrimas, le sonrió una última vez.
-¿Prometido?- repitió en un hilo de voz.
-Prometido- dijo él con una sonrisa.
-Gracias, Milo… muchas gracias- susurró, mientras rozaba su mejilla una vez más- sé un buen niño… haz caso de Shion y Dohko siempre, y sobretodo… nunca te separes de tus hermanos, ¿De acuerdo?-
Él asintió. Se levantó presurosa, dedicándole una última mirada, dispuesta a marcharse.
-Ahora debo irme. Hasta nuestro próximo encuentro, príncipe de Alcanor- dijo, comenzando a caminar.
-¡Espere!, ¿Cuál es su nombre?-
-Yo… yo soy…- las pisadas se volvían más fuertes, más cercanas, los gritos no cesaban de pronunciar el nombre del peliazul- mi nombre es Aranel Lómë…- dijo en apenas un susurro. Milo sonrió.
-¡No me olvide, lady Aranel Lómë!-
Y tan pronto dijo eso, el chiquillo salió corriendo en dirección opuesta. La joven le vio marcharse, y después observó la joya entre las manos, la estrechó contra su pecho sin lograr reprimir un llanto, esta vez más doloroso que el primero.
-No me olvides… Milo-
Se dio la media vuelta, desapareciendo entre las cortezas rodeadas de Elanor.
...
-¡Hora de levantarse, su alteza!-
La voz de Aioria, estruendosa y clara, le despertó por completo. El menor abrió apenas los ojos con cansancio, y cuando divisó la figura del rubio en el marco de la puerta, decidió hundir nuevamente el rostro entre las almohadas. Ni siquiera había luz suficiente que evidenciara la salida del sol, por lo que intuyó era demasiado temprano aún.
-¡Vamos!, no hay tiempo- le apuró, acercándose para despojarle de sus cobijas.
-Aioria, ¿Por qué vienes a despertarme?-
-¿El torneo?- dijo con tono de obviedad.
-Creí que los viejos habían dejado clara su opinión al respecto-
Aioria izó una ceja, desconcertado, al notar el tono sin expresión de su hermano menor. El evento siempre había emocionado a todos, y Milo no era la excepción.
-¿Te has caído de la cama o algo así?-
-No- contestó con el ceño fruncido- ya vete y dame cinco minutos, en el nombre del rey, para que pueda vestirme-
El mayor sonrió cuando reconoció el usual tono exagerado de Milo cuando fingía molestia. Se alejó, recordándole se apresurara, para después perderse por el pasillo.
-¿Estás de malas, enano?-
La nueva voz, hizo que Milo volteara dirección a su puerta todavía abierta, por la que Kanon entraba despreocupadamente.
-Oye, soy tu hermano menor, pero no menos alto… sólo un poco- acusó frunciendo el ceño.
-Ya, ya- dijo Kanon, rodando los ojos- ¿Y bien?- preguntó, plantándose frente al menor.
-Nada, Aioria ha venido a molestar, ¿Tú qué haces aquí?-
-Desde el pasillo pude escucharte, no pareces de buen ánimo-
-Dije que no es nada-
-No es normal que te cargues ese humor… de hecho, es rara la vez cuando logras callarte más de dos segundos-
-Gracias por referirlo, eres un grandioso hermano mayor, Kanon-
-Ya lo sabía- contestó con una corta sonrisa- en fin, nos esperan para el maravilloso torneo- comentó con ironía, suspirando ruidosamente- no tardes…- se despidió, dando unos pasos.
-Tuve un sueño- soltó pensativo, logrando que el gemelo se detuviera- aunque… me dio la impresión de que no fue un sueño del todo, sino un recuerdo-
-¿Un recuerdo?, ¿Sobre qué?-
-El bosque de Lemuria, y…-
-¿Y…?-
-Y mi prendedor de plata-
-¿No eres un poco mayor para esas cosas?- dijo Kanon, sonriendo malicioso- de hecho, eres un chico mayor que se preocupa por un prendedor. Deja esos asuntos a las doncellas del palacio-
-Idiota…- murmuró rodando los ojos con gesto idéntico a Kanon- me refiero al prendedor del escudo de armas que Saga me regaló-
-Oh… eso- el gemelo guardó silencio unos segundos, inquieto- ¿Por qué te has acordado de esa cosa, de todos modos?-
-No lo sé- admitió levantando los hombros- tengo la impresión de que lo dejé en algún lado, pero no logro recordar dónde-
-¿No recuerdas qué pasó con él?-
El menor negó con la cabeza.
-Ya no tiene importancia, lo perdiste hace mucho.
-Sí, es verdad- contestó haciendo una mueca.
-Oye, no vas a llorar por él ahora, ¿Cierto?, al pueblo no le gustará saber que su príncipe es un gran bebé llorón-
-¡Kanon!-
-Andando, nos esperan, su alteza llorona-
-¡Arg! ¡Largo!-
El peliazul mayor rio con ganas al ver la cara de enfado que se plantó en el rostro de Milo, y esquivando una almohada voladora mientras era echado de la habitación, cerró la puerta. Su sonrisa se esfumó instantáneamente. Volteó a la derecha, encontrando a su gemelo recargado sobre la pared del pasillo, con los brazos cruzados en el pecho. Kanon suspiró y se peinó el flequillo.
-¿Has escuchado?-
-Sí-
-¿Crees que haya sido aquella vez cuando…?-
-Posiblemente-
El gemelo no dijo más. Saga se despegó de la pared y comenzó a andar. Al instante Kanon le siguió, caminando a su lado.
-Aún no, Kanon- dijo Saga de pronto, apesadumbrado- aún no podemos decírselo-
Su par asintió, convencido de que por el momento era la mejor decisión, y aunque consciente de que no estaban siendo justos con él, era su forma de protegerlo de daños que ni ellos querían imaginar.
Siempre lo harían.
...
Hola, ¿Qué tal?
Con todo el descaro del mundo, vengo aquí, después de cuatro años, a continuar algo que malamente dejé inconcluso. Sé que en el resumen de la historia dije que eran historias de orden cronológico, pero a raíz de este capítulo, he decidido no hacerlo estrictamente de esa manera. ¡Espero que les haya gustado!, esperaré ansiosa sus comentarios : )
Como aclaración en la linea temporal, la primera parte la ubiqué un día después de la celebración de Aioros y Yuzuriha, es decir por ahí del capítulo 14 en "La última esperanza" y la parte final el mismo día del torneo de justas (cap. 26).
Dedicado a una vez más a La Dama de las Estrellas y Sunrise Spirit: gracias por tantas cosas!
Sin más, me despido, y nuevamente espero sus opiniones. Nos vemos en otro capítulo! ; )
Silent.
