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Velas Extrañas

Antes de que cayera la tarde el puerto quedaba solo, únicamente los vigías rondaban por los atracaderos cuidando de las cargas prestas a partir mientras, por encima de éstos, otros vigilantes observaban desde la muralla las tranquilas olas que parecían volverse cuna para el sol que se ocultaba. Los barcos, a su suerte, se mecían tímidamente empujados por el agua, con sus velas sujetas y sus escotillas cerradas sin la presencia de los marineros y pescadores que les insuflaban vida, en un cuadro de melancolía y paz que en tierra era sólo un sueño.

Entre las cajas de carga correteaban algunos niños, la mayoría indígenas o mulatos que usaban esas horas de sosiego para entretenerse pasando alrededor de los barcos y soñando con juegos de aventura alimentados por los rumores y las historias que los marineros traían desde allende el mar, mientras sus parientes hacían las veces de porteros, procurando que sus vástagos no fueran a poner un pie en las embarcaciones. Aquélla tarde, la calma era tangible, podía atraparse entre los dedos y respirarse con su fuerte olor salino y con la caricia de la brisa en la cara, era uno de esos días de verdadera tranquilidad en el puerto.

Cerca de la bahía, donde los barcos eran más pequeños y se amontonaban quedando casi estribor con babor, rondaban dos individuos vestidos de forma muy corriente, con prendas viejas y raídas y rostros hoscos quemados por el sol; quienes se los topaban recibían una mirada torva por el de mayor edad, pero no les hacían preguntas, a veces con los barcos mercantes llegaban extranjeros que esperaban sólo un barco nuevo para zarpar. Sin embargo, los dos marineros desconocidos parecían rondar, en círculos, por la bahía hasta llegar al puerto, donde espantaron con un vistazo a los pequeñines que jugaban cerca de los muelles; luego, con paso pesado, casi tímido, continuaron calle arriba.

-¿Se perdieron, señores? –preguntó uno de los vigilantes que, repantigado en una caja colosal, fumaba tabaco barato. El mayor quiso continuar pero su compañero más joven, hablando con la mayor amabilidad posible, replicó:

-Buscamos "La Sirena".

El vigía echó a reír, y los desconocidos le respondieron con una sonrisa lóbrega.

-Siempre es bueno dar un traguito antes de echarse al mar… Suban por este camino, y sigan por las casas de los pesqueros, ahí verán el letrero en rojo.

-Gracias. –dijo el extranjero antes de empujar a su altivo acompañante.

-¡No agradezcan, señores! ¡Que viva la alegría y la mar! –exclamó emocionado el hombre de la caja, balanceándose antes de llevarse de nuevo la tosca pipa a los labios. Cuando estuvieron a prudente distancia, el extranjero más viejo gruñó:

-Are you an idiot? You could reveal us!

Como respuesta, el más joven sonrió, mostrando su sonrisa repugnante y amarillenta y contestó:

-Shut up, old bones sack, the captain was very clever with our duty…

El viejo torció la nariz y continuó, renqueando lo más rápido posible, por el empinado camino hacia las casas de los pesqueros. Al terminar la colina pedregosa se detuvo y extrajo de su fajo un reloj de oro, bastante mugriento pese a verse nuevo, lo examinó y dijo en clara voz:

-It's almost the time…

Sus ojos vidriosos se dirigieron al alegre letrero pintado en rojo que, como un escudo medieval, tenía en el centro una silueta de sirena, y por fin él y su compañero entraron ahí, recibiendo como un golpe el barullo y el aroma fuerte del licor que tanto añoraban.

En otro sector de la ciudad, María estaba sentada frente a la ventana, hojeando un pequeño libro de hojas delgadas y grisáceas mientras, entre frase y frase, echaba un vistazo rápido a la puerta con premura. Pasó una página y continuó, esta vez no era una historia romántica y venenosa sino unas crónicas, escritas todas en letra de imprenta, que hablaban sobre un tema prohibido y temido. Con cada nuevo párrafo, en su cara se dibujaba la mayor de las sorpresas y desconcertado horror, pero no podía despegar la vista y más se apasionaba entre relato y relato, tanto así que mientras repasaba uno de los más horribles no notó que la puerta se abría y desde el resquicio la voz de su padre decía:

-María, ¿ya estás lista para…? ¡Ahhh!

-¡Padre! –de la impresión, el libro resbaló de sus manos que rebotó en el suelo, cayendo desparramado. Antonio se dio media vuelta sujeto al arco de la puerta, y María aprovechó para tirar el libro debajo de la cama y echar a correr tras el biombo. Estaba tan distraída con la lectura que olvidó vestirse, y llevaba encima sólo las prendas interiores y las medias. -¡Lo siento, padre!

-Ah… está bien… sólo dime si ya estás visible. –gruñó Antonio.

-Estoy tras el biombo, no pasa nada.

Recuperando la compostura, el español entró cerrando con cuidado la puerta tras de sí; llevaba sus mejores galas, todas ellas piezas de gran valor y a las que habían engarzado, para más opulencia, piezas de joyería que resaltaban al contacto con la luz.

-Pensé que estabas ya lista para la tertulia. –continuó un poco en tono de reproche.

-Perdón… es que Margarita me pidió que le avisara cuando saliera del baño y se me olvidó…

-Sí, ya veo. –continuó tratando de refrenar su enfado. –Bien… ¿dónde está tu vestido?

-Margarita lo dejó en la cama.

Antonio tomó el vestido, uno bastante amplio de color blanco y amarillo que no hacía mucho había regalado a su hija. Con nerviosismo, lo puso por encima del biombo y por el rabillo del ojo alcanzó a notar que la prenda desaparecía. Buscando distraerse mientras la joven terminaba de vestirse, dio una vuelta por el tocador en el que las alhajas y los listones para el cabello caían desparramados en gran desorden; encontró entre estos una arracada diminuta, de oro, que tomó entre sus dedos con cuidado y la examinó sonriendo melancólico, recordando la primera vez que su hija la había lucido siendo apenas una infante que caminaba sujeta a los faldones de su casaca. Dejó con cuidado la joya sobre el tocador y revolvió las demás piezas, perlas, piedras semipreciosas, turquesas, zafiros, diminutos rubíes, cristales… todo lo que había comprado para agasajar a la criatura que más adoraba en el mundo.

-Ya estoy lista, padre. –dijo una voz a sus espaldas. María se retorcía ansiosa las manos, lo que Antonio interpretó como una emoción intolerable dentro de ella relacionada con la fiesta, cuando en realidad sólo tenía temor a que su progenitor encontrara el librito.

-Te ves preciosa, hija. –le felicitó tomando las manos morenas entre las suyas, inclinándose para besar la mejilla de la joven. –Ven, se hará tarde si no nos vamos de una vez.

-Claro, claro. –repuso distraída mientras echaba un último vistazo a la cama. Al ver que sólo se apreciaba una esquina arrugada del libro suspiró aliviada y lo olvidó.

Anochecía, y en la taberna próxima al puerto con su evocador nombre bebían juntos, apartados de la algarabía local, cinco hombres, todos con los mismos rostros hostiles, ropas viejas y cabellos enredados. Sus sendos vasos de ron chocaban con la pulcra pero desaliñada mesa, y no dejaban de mirar a la puerta con el rabillo del ojo. Uno de ellos, bastante alto y de sucia melena rubia, murmuró en voz baja:

-It's late. We must go to the bay.

-Not get. –le detuvo otro con un gesto de la mano. –The captain said "in the sunset".

-It's almost the sunset. We must go.

-No, it is not yet!

Hubo una serie de protestas en la mesa que atrajo la atención de los otros bebedores, incluso algunas mozas se asomaron, muertas de curiosidad, viendo a los extranjeros gesticular agresivamente; la pelea llegó a su cenit cuando uno de ellos, el mismo viejo que caminara por el puerto, se levantara agitando su vaso y exclamara:

-Sunset! To the hell with the sunset and with the captain! Let's take a ship… and travel to find that treassure!

Otros dos hombres exclamaron animados con aprobación, pero los otros dos, el que deseaba esperar y el que había llegado a la taberna con el anciano, protestaron más vivamente hasta que se hizo silencio en todo el lugar para presenciar el gracioso espectáculo. El viejo se puso de pie de nuevo, tambaleándose, y le lanzó su vaso a la cabeza a uno de sus opositores, con tan mala puntería que el vaso se estrelló contra una viga y dio inicio a una pelea desenfrenada a la que, en pocos segundos, se unió la taberna entera. Uno de los extranjeros se subió a la mesa, desparramando su contenido por el piso y agitando las manos.

-Shut up, you rats! The guards will come if you don't control yourself!

El jaleo era demasiado y su voz apenas se alcanzaba a percibir, pero un alegre trino puertas afuera los detuvo, y con el fin de la lucha se hizo silencio. Era la señal de cambio de guardia en el puerto, justo al atardecer. Todavía mallugados, manchados de ron y desorientados, los hombres salieron de la taberna en tropel ante las miradas extrañadas de los demás.

A esas horas, había ya pocas personas a pie por las calles, y uno de ellos era Montenegro. Acababa de cerrar con llave su caseta y se dirigía amparado por las últimas luces del día a través de las calles, todavía mareado por el enigma de los galeones; a lo lejos, de pronto, notó a una cuadrilla de hombres que cruzaban como podían por el frente en dirección al puerto. El sentido común no formaba parte de sus virtudes, y sin pensarlo mucho elevó la voz llamándoles.

-¡Caballeros, por favor…!

Los extranjeros detuvieron su marcha, viendo aproximarse al ingenuo administrador. Se miraron por un momento entre sí y luego, como tiburones hacia una presa indefensa, se abalanzaron sobre él sin darle tiempo de pedir socorro. Mientras cuatro de ellos lo sujetaban un quinto, el rubio, se echó a reír.

-This is the man! I recognize him! This is the man of the galeons!

-¡Pe… pero disculpen… ¿qué dicen?! –el inglés que Montenegro hablaba era muy básico, pero al escuchar "galeones" su corazón se aceleró. El líder temporal de la banda sacó su espada y, colocándola contra el pecho del desdichado administrador, dijo en un tosco español:

-Usted… tiene el signo de los galeones, los galeones de Saint Domingo. –y con la punta de su arma golpeteó una medalla que el hombrecillo llevaba medio oculta bajo su casaca.

-¿San… Santo Domingo? ¿Son… ustedes los que…? –Montenegro no se atrevió a formular completa la pregunta, su terror hacia su teoría sobre el hundimiento comenzaban a maniatarlo mentalmente.

-Tell me, buen señor… ¿Dónde está?

-¿Dónde está qué? ¿La… la carga? No lo sé, os lo aseguro, sólo supe que los galeones tuvieron un ac… accidente y que ya no… volvieron…

-Preguntaré una vez más. –replicó el extranjero, acercándose hasta que su rostro quedó a pocos palmos del de Montenegro. -¿Dónde está?

-¡No sé de qué me habla, os lo juro! –gimió aterrorizado.

-The necklace! ¡El collar! ¡Un collar que estaba con…!

-Shut up! –exclamaron sus compañeros en tono de advertencia.

-¿El co… collar de conchas? –a pesar de ser ingenuo, Montenegro no era tan idiota como para ofrecerle lo que querían a hombres como ellos. -¡No sé de qué hablan, no he visto nunca un collar como ese!

-Nosotros… Nosotros no mencionamos que era de conchas… -musitó emocionado el extranjero, y una sonrisa lúgubre cruzó su rostro. El administrador se dio cuenta de su error y palideció.

-Yo… yo no…

-Let's go, my hearties!

Los hombres se llevaron a rastras al asustado hombrecillo hasta la bahía, el cual no dejaba de protestar y lanzar débiles patadas mientras se preguntaba, cada vez más hundido en el horror, cuál sería el pago de su indiscreción. Fue conducido hasta la muralla del puerto, el sitio donde la guardia acababa de hacer su cambio y donde aún los jóvenes patrulleros charlaban, indiferentes a lo que sucedía a pocos metros de distancia. Montenegro intentó gritar para pedir socorro, pero sus astutos captores lo amordazaron mientras tres de ellos, discretamente y ocultos por la sombra de la muralla, se abalanzaban hacia una de las torres de vigilancia. Uno de ellos subió, los otros dos se quedaron afuera ocultos en el resquicio, desenfundando sus armas.

Un silbido agudo producido por una flauta cortó el aire, atrayendo la atención de los guardias y de Montenegro, pero duró apenas un instante antes de apagarse del mismo modo que surgió. Hubo un momento casi eterno de expectación, en que guardias y criminales miraron hacia el mar con rostros ansiosos y manos temblorosas.

Entonces apareció, cruzando de lado por la isla de San Juan, la imponente figura de un barco que a simple vista podía ser un bergantín o una balandra. Sus velas hinchadas cubrían los últimos rayos de sol, oscureciendo el mar a sus pies con su aterradora sombra mientras se aproximaba, bastante rápido, al puerto.

-¿Qué es eso? –murmuró uno de los guardias, tomando un catalejo pequeño. –No tiene ninguna bandera…

-¿Estás seguro? –preguntó su compañero, quitándole el catalejo para mirar también.

-¿Será una nave extraviada?

-No, es muy grande, deberíamos avisar…

Montenegro, a pesar de seguir oculto, forzó la vista mientras el barco misterioso se acercaba más. Había algo en su figura, elegante y monstruosa que la destacaba de los navíos vecinos; todo estaba pulcro en él pero había en su aura algo de desolación, de brutalidad… de maldad que hizo estremecer al desafortunado administrador.

No muy lejos de ahí, la agradable tertulia parecía emborronar los temibles sucesos del puerto. La gente más rica de la ciudad y otros tantos que habían viajado sólo para esa fiesta estaban juntos, luciendo sus impecables galas y paseándose entre las fuentes de guindas deliciosas, algunos bailando al compás de la música, conversando, riendo y criticando como sólo en las reuniones de la alta sociedad se acostumbra a hacer. El gobernador en persona hablaba ahora con Antonio, riendo divertido y señalando a un punto distante.

-¡Cómo pasa el tiempo, señor mío! –dijo animado. –Han pasado ya nuestros tiempos de gloria, o al menos el mío pues vos es aún muy joven, cuando podíamos pasearnos galantes entre las doncellas y hablarles dulcemente para ver sus ojitos relucir. Ahora sólo podemos quedarnos sentados viendo cómo los mancebos de ahora se aproximan a las bellezas del reino y les tratan de conquistar con palabrerías ridículas y poemas mal aprendidos, ¡qué tiempos, Carriedo, que tiempos!

-Sí, la verdad a mí también me molesta mucho, señor gobernador… -masculló. No muy lejos de ellos el joven Fernando intentaba hablar con María, pero la jovencita parecía más distraída que nunca y sólo se volvía a su interlocutor para sonreírle antes de ignorarlo de nuevo. El gobernador rió al darse cuenta de ello.

-Hermosa estampa, señor Carriedo, la juventud ahora es tan arrebatada que parecieran más incivilizados. Pero aquí entre nos… vuestra hija tiene una discreción casi sacra, se nota que le habéis educado con rigidez.

-Es muy poco charlatana. –explicó. –Habla poco de sí misma con los desconocidos.

-¡Y esa es una virtud excelente, señor mío! Pero dudo mucho que mi hijo sea tan desconocido a estas alturas. –hubo un breve instante de silencio, en que vieron a Fernando señalar la pista del salón con gesto animado. -¿Cree vos que a vuestra hija llegara a agradarle mi Fernando?

Antonio fingió una sonrisa, sabía que darle una negativa al gobernador era de lo más peligroso pero tampoco quería darle falsas esperanzas; aún a distancia, notaba el desinterés de María en su necio pretendiente.

-Mi hija seguro encuentra atento y magnífico al joven Fernando, pero ay… Las muchachitas como usted mismo ha dicho son tan extrañas hoy en día, tal vez por culpa de los libros de amor que tanto devoran…

-Bueno, eso está muy bien. –inquirió el hombre con impaciencia. –Sin embargo pensadlo bien, señor Carriedo… no hay muchos pretendientes de tal valía en Nueva España, a menos que desee enviar a su hija al extranjero…

-¡Eso jamás! –exclamó vivamente, y al notar la sorpresa del gobernador carraspeó, agachando la cabeza. –Perdone, gobernador, sucede que hace mucho que no viajo por mar y no deseo que mi hija lo haga sin… sin mi presencia. Y no tengo motivos para ir a España, siendo que mis negocios están todos aquí.

-Comprensible, realmente comprensible. Ese amor que le profesa a vuestra pequeña María es una de las grandes virtudes de los hijos de la madre patria. –le halagó. –Entonces, ¿qué pensáis hacer?

-Bien… María es aún muy pequeña, en mi opinión sería prudente a que madurara un año… dos cuando mucho… y entonces ya los muchachos decidirán.

-Los jovencitos no saben nada, y aún cuando su hija es más joven que Fernando ya está en edad… ¿cuántos años tiene, dieciocho?

-Diecisiete, señor gobernador.

-¡Ah, la edad idónea para el primer amor! Y esos amores pueden llegar a ser para siempre mientras estén bien encaminados. Una buena dote, dos pretendientes ideales, tres meses de preparación y… ¡ah, una boda! El mismo virrey asistiría, y después de eso un viaje de bodas al paraíso. Recomiendo ampliamente Córcega…

-Mi hija no viaja en barco. –respondió Antonio tratando de suavizar la rudeza de su voz.

-Vamos hombre, no seáis pesimista. Además no están casándose ahora, ¿eh? –el gobernador rió, pero Antonio no pudo hacerle eco. La insistencia de aquél hombre lo perturbaba, maldecía el día que decidió viajar a Veracruz cuando pudo quedarse en casa lejos de viejos tercos y administradores estúpidos; ahora debía buscar un modo de librar a su hija de un matrimonio a todas luces forzado. –Perdone mi indiscreción, señor Carriedo pero… ¿Y vuestra esposa? ¿Está en la capital?

De pronto la mirada del español se ensombreció.

-No… ella murió… hace muchos años cuando… cuando María estaba recién nacida.

-¡Oh, qué horrible pena! –exclamó el gobernador con pesar. –Yo también soy viudo, mi bendita esposa, que Nuestro Señor la tenga en su santa gloria, murió cuando mi pobre Fernando apenas había comenzado a hablar. ¡Cómo lloró el pobrecito el día del funeral! No hay nada en este mundo que reemplace a una esposa devota ni a una madre amorosa… pero hay cosas que pueden suavizar su pérdida.

Volvió a mirar a la pareja. Fernando era igual de insistente que su padre, y en un momento de atrevimiento tomó a María del brazo dispuesto a llevarla al centro del salón, pero con un gesto más rudo de lo socialmente aceptable la joven se deshizo de él y echó a andar entre la multitud. Antonio sonrió por dentro, pero buscó un modo rápido de evitar tornar el incidente en un peligro.

-¡Pero vaya…! ¿Qué habrá pasado con vuestra hija? –preguntó, mirando a Antonio con ferocidad disfrazada.

-Debe haberse sentido mal, es todo. Con su permiso, señor gobernador, iré a buscar a mi hija. –contestó antes de escabullirse, aliviado de que María le diera la excusa perfecta para escaparse del interrogatorio.

Dio con ella al verla torcer por uno de los pasillos más vacíos del salón hasta un ventanal en el que se detuvo bruscamente. Antonio se le acercó y, tímidamente, le puso una mano en el hombro haciéndola dar un respingo.

-¡Ah!... Eres tú, padre. –sonrió ella aliviada. –Pensé que era el mequetrefe ese.

-Espero que no le hayas dicho así en su cara, el gobernador es muy sensible a esos temas. –al ver que su hija torcía la nariz con altivez, sonrió de nuevo. –Ven, hablemos en otro lado, ¿quieres?

María y Antonio caminaron hasta uno de los balcones del salón, desde donde el mar en su esplendor nocturno dominaba la vista. La joven se soltó de su progenitor y clavó los codos en la roca fría del barandal, mirando embelesada las figuras de los barcos a su derecha y el mar abierto, libre, glorioso, del otro lado. Antonio se dio cuenta y trató de llamar su atención con un carraspeo.

-Perdón. –repuso dándole la espalda de mala gana al paisaje. –Es que me gusta el mar.

-Ya veo, aunque es gracioso porque pensé que no te habías acostumbrado aún a sus sonidos.

-¡Oh! Así es. –la jovencita soltó una risa cristalina. –Es que son únicos, parecen invitarte a acercarte más, a tocarlo y a… acariciarlo. Pero no me molesta, creo que… me gusta mucho más que el sonido de casa.

-Hmm… bueno, comprendo. Y… dime, hija, ¿de qué tanto hablabas con Fernando?

-Ah. Con ése. –de nuevo hizo su gesto de repulsión. –Estaba platicándome sobre la hacienda de su padre, y de los caballos… fui una tonta por decirle que me gustaban los caballos pero, bueno… Luego quiso que bailáramos pero me negué, entonces insistió y…

-Y te diste media vuelta marchándote dejando al hijo del gobernador plantado.

-Me cae mal, ¿bueno? Cuando va de visita a casa es tan soso y fastidioso que… agh, no quiero hablar de ello, padre, por favor. –le rogó mientras se apoyaba en el barandal.

-Ni yo, querida, pero debemos tomar una decisión, es algo importante para tu vida. Ya eres una mujercita y es por tu bien que debes aprender a tomar el curso de tu vida, y una de las cosas más importantes que decidirás jamás es con quién quieres pasar el resto de tu vida.

María sonrió triste.

-Yo quiero pasar mi vida libre. Es todo lo que deseo.

-Todos decimos eso a tu edad, pero cuando creces y ves las cosas diferentes… empiezas a cuidar lo que es importante, y no los sueños vanos de la juventud. –repuso, pero notó cómo su hija le ignoraba todavía clavando sus ojos en el océano. De pronto recordó el incidente de la mañana y metió la mano en su casaca. –Sabes, acabo de acordarme… encontré algo, tal vez no sea de tu agrado pero… pensé regalártelo.

La joven desvió su mirada hacia su padre, que sostenía el collar de conchas frente a ella; sus ojos se iluminaron pletóricos de dicha, y tomó la delicada pieza entre sus manos, sopesándola.

-¡Es… tan bonita! –dijo emocionada. -¡Oh, padre, es preciosa! ¿Cómo la conseguiste?

-Un mago nunca revela sus trucos. –se excusó sonriente; María tomó los cordones y se anudó el collar, todavía embelesada por su belleza.

-Es maravilloso, padre, gracias. –musitó abrazándolo con fuerza. Antonio la tomó en sus brazos estrechándola posesivo, pensando en algún modo fácil de librarla a ella, su única felicidad en el mundo, de los horrores que la esperaban en el salón.

La velada transcurrió sin ninguna alteración; María, decidida a no poner un pie cerca del hijo del gobernador, se quedó en el balcón observando el mar. Los barcos le llamaban la atención, puestos todos en elegante fila y meciéndose entre las olas que llegaban a los pies del muelle.

Fue entonces que notó que uno de ellos no estaba en fila, y que se movía de manera extraña como si estuviera a la deriva. Entornó los ojos preguntándose si ese era algún navío recién llegado. Una ráfaga de viento le azotó el rostro, revolviéndole los cabellos y haciendo que su collar se agitara produciendo un extraño tintineo que la distrajo. El reloj del salón marcó la medianoche, y Antonio reapareció en el balcón.

-Ya debemos irnos, hija… ¿hija?

María levantó la vista hacia él y sonrió, todavía extrañada por el sonido del collar.

-Ah… bueno, ¿terminó tan pronto?

-Llevas casi media hora aquí, María.

-¡Oh! Vaya… entonces vámonos. –dijo por fin, tendiéndole una mano a su padre para sujetarse a él. -¿Padre?

-Dime, querida.

-¿Acaba de llegar un barco al puerto?

-Ya no llega ningún barco después de la puesta de sol.

-Hmm… -miró de reojo al balcón, algo dentro de ella estaba preocupándola, pero no sabía bien qué era.

-¿Y porqué lo preguntas, María? –continuó Antonio.

-Porque juraría haber visto a un barco flotando cerca del muelle.

-Como cualquier otro barco, todos atracan ahí.

-Sí pero no estaba atracado, parecía flotar junto a la bahía como si… como si acabara de detenerse.

Pasaron junto al gobernador, que hablaba a toda prisa con un guardia.

-…un barco sin bandera, señor.

-¿Un barco sin bandera? ¿Y que recién llegó? ¿Cómo se les ha ocurrido…? –dijo el gobernador, pero su voz se ahogó por un repentino disparo que hizo cimbrar el suelo. Todos miraron a su alrededor, confundidos, pero Antonio tenía la vista ahora clavada en el barandal; su corazón se detuvo al darse cuenta que eso había sido el disparo de un cañón.

Jojojo, como soy mala los dejo en la parte emocionante de la historia. Ya en el próximo capítulo comenzarán los verdaderos problemas.

Notitas históricas: En la Veracruz de la colonia, era costumbre dejar a los negros y mulatos a cargo de los trabajos más pesados del puerto. Al ser el destino principal de salida hacia España y las otras tierras de la corona era un lugar de tránsito para todo tipo de personas, incluyendo a aquéllos que traficaban con esclavos. Existe una anécdota donde se relata que Francis Drake (otro pirata muy famoso) llegó a San Juan de Ulúa con la intención de vender esclavos negros en el puerto, pero que al ser comercio ilegal duró diez días ahí sin sacar nada por las buenas, por lo que tuvo que sacarlas por… las malas.

*El libro que María estaba leyendo es considerado una de las primeras obras dedicadas al estudio histórico de los piratas, llamado "Historia General de los Robos y Asesinatos de los más famosos Piratas" de Daniel Defoe, que lo escribió con el seudónimo de Capitán Charles Johnson (Daniel Defoe Daniel Defoe, porqué no eres un escritor normal (8)), un libro bastante completo y dividido en dos cómodos volúmenes. NOTA: es cierto que el libro apareció en 1724 cuando el auge de los piratas iba en declive, pero ¿recuerdan mi advertencia de hechos anacrónicos?

Ahora los felices comentarios:

Horus100: Hmm… no, creo que no. Si acaso (creo) habrá insinuaciones de FrUK pero… ya verás más adelante.

Wind und Serebro: Pues claro ;D con tantos piratas pululando sería imposible.

Ghostpen94: ¬.¬ deja a la pareja principal… ¡Concéntrate en Antonio tomatoso fusososo! (?)

Sca777: Sí u.u la verdad no me gustó cómo estaba quedando, espero un día poder escribir un RusMex decente. Qué bueno que te guste :3 espero que siga siendo de tu agrado.

¿Quiénes serán esos tipos misteriosos de la taberna? ¿Porqué les interesa tanto el collar? ¿Qué pasará con el menso de Montenegro? ¿De dónde habrá salido ese barco? Todas las respuestas en un próximo capítulo… ¡adiosito!