3

El Intercambio

Antonio se precipitó de vuelta al balcón, buscando con los ojos entornados entre las sombras de la noche. Un segundo cañonazo, que estalló débilmente cerca del fuerte, le dio la pista para dar con el atacante, un barco que se mecía delante de la bahía y cuya bandera de reconocimiento estaba desdibujada; un sentimiento de ahogo lo invadió, aplastándole el pecho y haciendo que sus manos, aferradas a los bordes del balcón, temblaran y palidecieran.

-María… -dijo por fin cuando un tercer cañonazo iluminaba el camino del mar. -¡María!

Entró de nuevo al salón y buscó a su hija, que encontró junto al gobernador y su hijo con el aturdimiento impreso en su cara.

-¿Padre…? –musitó al ver a su progenitor en tal estado de alarma. Antonio la tomó de la mano y echó a correr, haciendo oídos sordos a las preguntas del gobernador y cruzando rápidamente entre la gente que huía en desbandada. -¿Padre, qué pasa?

-No es seguro permanecer tan cerca de la costa. Volveremos a casa ahora mismo. –le dijo mientras avanzaba a toda prisa entre las carrozas hasta dar con la suya. Abrió la puerta con un golpe sordo que hizo que el nervioso cochero se sobresaltara. –Adentro, María.

-¿Qué no nos vamos a ir juntos? –le preguntó angustiándose.

Antonio torció el cuello en dirección a la bahía, aún le perturbaba la silueta de aquél barco.

-Es mi deber ir a ayudar. Te alcanzaré en cuanto todo esté más tranquilo, ¿de acuerdo?

-¡Padre…!

-Haz lo que te digo. –le cortó, cerrando de nuevo el coche y haciéndole una seña al cochero, que puso en marcha a los caballos tratando de abrirse paso entre la muchedumbre aterrorizada que también buscaba huir.

En el camino del mar se desataba el caos. Grupos enormes de hombres entraban y salían de los negocios, disparando y robándose todo lo que podían mientras emitían alaridos que ponían aún más nerviosas a las personas que buscaban huir; muy pocos les hacían valerosamente frente, pero o se veían forzados a rendirse o perecían en el intento. En el fuerte también se había desatado una pelea febril entre los guardias y los recién llegados mientras, en la torre de vigilancia, los primeros bribones en aparecer observaban ya a sus compañeros, ya al desconcertado Montenegro que abría y cerraba la boca con los ojos como platos, dándole el aspecto de un pez moribundo.

-¡Cómo… imposible… no pueden…! –balbuceaba siguiendo con la mirada la aterradora escena. El último guardia cayó, y los hombres salieron de la torre todavía agitando al asustado administrador como si fuera un muñeco de tela.

-Who is this? –exigió saber uno de los combatientes, apuntando con su sable a Montenegro que luego de varias zarandeadas yacía en el piso encogido de terror.

-He's the man who found the necklace… -le explicó el rubio.

-Oh, really? –una carcajada salvaje brotó de los cenizos labios del otro hombre. –The captain is going to be so happy!

-¿El… el qué… quién? –replicó Montenegro, recibiendo más risas burlonas y un par de puntapiés como única respuesta.

-And where's the captain? –preguntó de nuevo el hombre rubio. Apenas su interlocutor había abierto la boca para contestar cuando una voz burlona, chirriante, habló a sus espaldas y dijo:

-I'm here…

Los hombres del fuerte se apilaron a las esquinas para darle paso al recién llegado, cuya silueta era casi tan oscura como la del barco ofensor en la distancia. Montenegro elevó su cabeza para mirar al recién llegado y sintió un escalofrío.

-…Us… Usted… -susurró en una mezcla de respeto y terror. Una mano blanca se hundió en una casaca roja y, mientras extraía una pistola bellamente ornamentada, la misma voz burlona habló, preguntando:

-El collar… ¿dónde está?

-¿Co… collar? –Montenegro pasó saliva con dificultad y negó desesperado con la cabeza. -¡No lo tengo yo! ¡No sé! ¡Yo no poseo ningún collar!

-Oh, really? –la pistola fue cargada y apuntada a la sudorosa frente del administrador. –Tiene tres oportunidades para decírmelo, señor, o le aseguro que su cabeza reventará como una bella fruta fresca. One…

-¡De verdad no sé! ¡Era una baratija, no me la hubiera quedado ni aunque valiera unas perras para los indios!

-Two… -el seguro del arma fue retirado.

-¡No sé, lo juro! ¡Déjenme ir, soy un buen hombre, mi negocio es fletar navíos y me importa un coño lo que suban en ellos…!

-Three… -el cañón del arma se pegó a la piel del administrador, y éste empezó a sollozar.

-¡No me maten, por favor! ¡No lo tengo yo, lo juro, no quise quedármelo y lo sé…! ¡Carriedo! ¡Está en la casa del señor Carriedo, él debe tenerlo aún!

-¿Carriedo? –el arma se alejó lentamente. Hubo entonces una suave y maligna risita. –Hopkins…

-Yes, captain. –dijo uno de los reunidos.

-Tell to the men we need to make an… assamble on the square…

La gran mayoría de los hombres del fuerte echaron a correr, hablando entre ellos con gritos e improperios. Montenegro estaba al borde del desmayo y dirigió sus ojos suplicantes al capitán de los rufianes.

-Ya… ya le dije lo que que… quería oír… ¿m… me dejará ir?

El capitán acercó su rostro al del hombrecillo, y una sonrisa increíblemente filosa cruzó sus labios.

La orden había sido dada, los hombres del barco corrían por entre las casas, abrían las puertas y sacaban a todos los ciudadanos reunidos para llevarlos a la plaza, un sector concéntrico y circular lo suficientemente grande para mantenerlos ahí. Los más aventurados consiguieron llegar al lugar de la fiesta, y otros tantos transitaron los caminos en busca de una buena presa.

María estaba a punto de llegar a su casa, jugueteaba nerviosa con el lazo del collar y miraba por la ventana siguiendo los destellos de los cañones, preguntándose en dónde exactamente se habría metido su padre. El cochero la miró de reojo y murmuró, tratando de tranquilizarla:

-Quite esa cara, niña María, os aseguro que vuestro padre estará bien. Es un hombre muy fuerte y astuto y se quitará de encima a esos piratas.

-Con que… son eso. –repuso, encogiéndose en su asiento. El coche frenó de repente y el cochero saltó de su asiento, desconcertando a la muchacha que preguntó: -¿Qué pasa?

-¡Ah, creo que di con una víctima de esos filibusteros, niña! No salga, por favor, seguramente está…

Sus palabras se cortaron, ahogadas por un grito sordo y agónico. María, sobresaltada, asomó la cabeza y vio a su cochero tirado a la mitad del camino mientras un hombre de ropas viejas y mugrientas que sostenía un sable sonreía ufano. El hombre se dirigió a la puerta del coche y la abrió, borrándose su sonrisa de golpe al ver que adentro no había nadie.

-What…? –musitó extrañado. Escuchó entonces un golpe sordo y vio cómo el coche se iba hacia adelante; levantó la cabeza y vio que uno de los caballos se alejaba, siendo montado por una figura de vistoso color amarillo. María, sujeta a las riendas del corcel, lo azuzaba para llegar a su casa tratando de no mirar atrás, aunque podía oír gritos coléricos a su espalda. Llegó a la cerca y la empujó tratando de abrirla, pero fue inútil, y comenzó a patearla esperando que los sirvientes la ayudaran.

-Por favor, por favor, abran esta porquería… -gimoteaba en voz baja mientras las voces se hacían más fuertes. Vio un par de luces titilantes en las ventanas, pero al mismo tiempo una mancha oscura corría hacia ella desde el otro lado, con al menos cuatro hombres en su persecución. Desesperada, colocó los pies en los ornamentos de la cerca y empezó a trepar justo cuando los primeros hombres llegaban hasta la entrada; uno la sujetó del tobillo y se vio forzada a patearlo con el otro, dando como resultado una caída de poco más de un metro en el que el vestido se enganchó y desgarró la falda. Cayó en medio de los hombres que la sujetaron de los brazos llevándola a rastras a pesar de sus gritos y protestas, rasguños y patadas, en dirección a la plaza con el resto de los ciudadanos.

-Padre… ¿dónde estás? –se preguntó mientras llegaban a la plaza, donde toda una masa de rostros angustiados la recibieron. Las únicas luces ahora eran las de los cañones y las de unas antorchas improvisadas que los piratas habían colgado alrededor de la plaza. Lejos de ahí, por el camino del mar, varios guardias continuaban luchando desde tierra contra los que quedaban en el barco, entre ellos Antonio que agitaba sobre su cabeza una alabarda prestada con tanta facilidad y certeza que sus enemigos caían a un metro antes de acercársele. La rabia en sus ojos como llamas parecía calcinar a los hombres que luchaban contra él, y al final sujetó uno por el sucio cuello de la camisa y exclamó:

-¡¿Dónde está su capitán?! –al no recibir respuesta puso al desgraciado en la orilla de la plataforma y enarboló su arma con la mano libre. -¡Dime! ¡¿Dónde está?!

El pirata sonrió y sus ojos giraron en dirección a tierra. Antonio miró hacia allá, sintiendo de pronto una mano escarbando entre sus ropas; cuando se volvió, el pirata soltó una carcajada y dijo:

-The captain is waiting… capitán Carriedo.

Frente a él sostuvo una carta de barajas que mostraba al rey de diamantes. Antonio sintió su sangre hervir de rabia y dejó caer la alabarda sobre el cuello del infeliz, arrancándole la carta de las manos antes de que su cadáver se precipitara a las aguas. Con una mano temblorosa, se guardó de nuevo la carta entre las ropas y se puso de pie, echando a andar con paso pesado hacia la plaza.

Las personas en la plaza, arrodilladas, no se atrevían a mirar a sus captores que, como hienas, rondaban entre ellos. María de vez en cuando observaba a su alrededor de soslayo, esperando que apareciera pronto su progenitor.

-Good night, ladies and gentlemen…

María levantó la cabeza. Entre la multitud, paseando con aires majestuosos y una mano sobre el mango de un sable desenfundado que usaba como bastón, estaba un hombre muy distinto a los repugnantes bribones que los rodeaban. Llevaba una impecable casaca roja de puños y cuello azules, un pañuelo níveo sobre el pecho que tenía prendida una esmeralda refulgente, y sobre la cabeza un sombrero adornado por una pluma y un ribete de perlas. Uno de sus ojos iba cubierto por un parche negro y el otro, verde como la misma esmeralda que le adornaba, parecía inundar todo con una luz fantasmal.

-Head down, missy. –gruñó de repente una de las hienas, empujándole la nuca para que se inclinara. De nuevo, el hombre recién llegado habló.

-Lamentamos muchísimo este inconveniente provocado hacia sus personas, pero un asunto muy importante nos ha traído hasta aquí y ustedes pueden solucionarlo rápidamente. Si lo hacen, prometemos marcharnos de aquí sin herir a ninguno, pero si no…

-¡Pardiez! ¡Soltadme, ratas de agua! ¡¿No sabéis con quién se están metiendo?!

De nuevo la joven morena levantó la mirada y vio cómo el gobernador era arrastrado hasta los pies del hombre de la casaca roja. Con gesto aburrido, éste colocó sobre el voluminoso vientre del gobernador la punta de su sable, y continuó:

-¿Alguien aquí desea ver las repulsivas tripas from this bloody git? –preguntó, haciendo girar su sable de modo que se enganchara con las ropas del desconcertado caballero. –O mejor aún, ¿desea sentirlo en carne propia?

No hubo ninguna respuesta, mas que el silencio temeroso del pueblo. De nuevo, habló.

-Well, sólo quiero que me contesten una pregunta… one question, y podrán volver a dormir sin nuestra presencia incomodándolos. ¿Alguien aquí sabe dónde vive un hombre llamado Antonio Fernández Carriedo?

Hubo varios murmullos, pero María levantó la cabeza con tanta brusquedad que atrajo la atención de algunos piratas.

-Hey, captain! –chilló uno de sus captores, señalándola entusiasmado. –This Young girl looks like she knows something!

-Right? –el capitán sonrió. –Bring her to me.

A empellones, María fue llevada en presencia del capitán y forzada a mirarlo cuando la mano de su captor tiró de sus cabellos. Pudo ver debajo del sombrero unos mechones lacios y rubios que cubrían su frente de una manera descuidada, pero atractiva.

-What's your name, missy? –le preguntó, ladeando divertido su cabeza mientras la escudriñaba. María giró la cabeza tratando de no mirarlo; el capitán sonreía divertido paseando su mirada por la joven cuando notó un destello sobre su pecho, opacado por varios mechones de cabello que lo cubrían. Hizo un gesto con la mano para apartarlos y sus fríos dedos rozaron la piel desnuda de María, que exclamó:

-¡No…!

La cara del capitán se contorsionó por varios segundos, con la sorpresa retratada en su mirada. Su ojo estaba fijo en el collar que recién había recibido la chica, y sin pensarlo mucho pasó la punta de su dedo índice sobre éste, acariciándolo, empujándolo y dejando que se balanceara, como péndulo, en el cuello de su dueña.

-¿Dónde lo conseguiste? –preguntó aún anonadado. María, sin embargo, se mordió los labios negándose a contestar. –Tell me… ¿dónde lo conseguiste? –seguía sin recibir respuesta. –Oh, well… deberé averiguarlo por el modo difícil, ¿cierto?

Acercó de nuevo su sable al gobernador, que comenzó a chillar asustado.

-¡No! ¡Bajad eso, por favor! ¡Os entregaré oro, también tengo joyas, joyas muy caras…!

-Answer me, young lady, ¿dónde encontraste ese collar?

-¡Por favor, por favor entréguele el collar ya, señorita Fernánd…!

-¡No! –saltó María de nuevo pero ya el capitán había escuchado lo que quería oír.

-¿Fernández?... Oh dear. –una sonrisa maliciosa cruzó los labios del capitán, que volvió a acercarse a la jovencita, tomando el collar con un par de dedos. –So, tú debes ser pariente de Antonio, is that correct?

María cerró los ojos, con pensamientos de odio dirigidos al gobernador. No sabía cómo salir de esa y por lo visto la llegada de su padre estaba retrasándose. De pronto, sintió un aliento cálido rozar su oreja y notó que el capitán se había inclinado para susurrarle:

-Será mejor que contestes, jovencita… no tengo mucha paciencia.

-Yo… yo… no. –dijo por fin. –Yo… he oído hablar… sobre el señor Antonio Fernández, pero él no es mi pariente.

-Oh… ¿entonces debo entender que él es un mentiroso? –el capitán señaló hacia el templo y todos se volvieron. De súbito, un cuerpo cayó desde el campanario y quedó colgando a un par de metros sobre el suelo. María y varios más lanzaron un grito de horror al reconocer al muerto como el mismo señor Montenegro. –I see… Tengo una propuesta, gobernador. –continuó el capitán volviéndose al tembloroso hombre que estaba sufriendo arcadas ante el macabro espectáculo. –Dejaré su ciudad, los dejaré tranquilos y no robaré más de lo que mis hombres ya consiguieron, a cambio de una sola cosa…

Su dedo señaló a María, directo al collar. El gobernador, con los ojos como platos, parecía no poder pronunciar más de dos palabras seguidas.

-Vosotros no… ustedes no… pero…

-Es justo la razón de que viajara hasta aquí. –replicó el capitán. –Tomaré lo que por derecho me pertenece y luego me iré con la promesa de no regresar jamás.

Hubo un momento de aplastante silencio, en que sólo se oía el crepitar de las antorchas y el murmullo del mar. Finalmente el gobernador, con la boca seca, replicó:

-S… Sí… haga lo que desee pe… pero no lastime a ningún ciudadano.

-Good choice. –le felicitó caminando hacia María y estirando la mano en dirección al collar. Sujetó la pieza con fuerza, y luego, marcando aún más su sonrisa, le soltó y tomó a la joven del brazo, tirando de ella mientras caminaba. –Back to the ship! –ordenó y sus hombres empezaron a dispersarse.

-¡Alto, alto! –exclamó el gobernador. -¡La señorita no era…!

-La señorita será parte del trato ahora, dado que lo que me pertenece es una extensión de ella. –replicó el capitán al pasar por su lado.

-¡Sólo quitadle lo que quiere y ya… ella es la hija del señor Carriedo!

-I know… esa es la segunda razón. –contestó enigmáticamente antes de irse, llevándose casi a rastras a María, quien aún buscaba en la distancia a su padre.

En el borde de la plaza aparecía Antonio, todavía sujetando su alabarda ensangrentada y mirando, extrañado, a la enorme concurrencia que lentamente dejaba su sitio y echaba a andar, todavía temblorosa, de regreso a sus casas. No se atrevió a hacerle el alto a ninguna de ellas, pero había un espectro tan terrible en sus ojos que comprendió, casi de inmediato, que algo muy malo había ocurrido.

-¡Carriedo! ¡Carriedo, por Dios! –gritaba una voz. Antonio se volvió buscando a quien le hablaba y vio avanzar a él con andares de pato al gobernador. -¡Carriedo, ¿dónde habéis estado?!

-Fui a la armería a combatir, señor. –replicó con un dejo de disculpa. -¿Qué ha sucedido, se retiraron?

-¡Sí, pero ese no es el problema! ¡Han pasado dos cosas terribles! ¡La primera… Montenegro, Montenegro está muerto!

El dedo del gobernador señaló al espantoso cadáver que aún pendía del templo, iluminado grotescamente por las antorchas improvisadas. Antonio hizo un gesto de asco.

-¿Y lo segundo? –preguntó.

-¡Es aún peor! –el gobernador se tiró de los cabellos en un lapso de espanto. -¡Los piratas… los piratas se han llevado a vuestra hija!

La alabarda cayó al suelo haciendo un estrépito brutal. Antonio, con el rostro de piedra en una mueca de sorpresa y horror, se abalanzó sobre el gobernador sujetándolo de los hombros tan fuerte que casi podía escucharse el crujir de sus huesos.

-¡Aagh… Carriedo, por Dios…!

-¡¿Cómo pudo permitir eso?! –bramó el español enfurecido, zarandeando al cada vez más aterrorizado hombrecillo. -¡¿Cómo cojones pudieron…?!

Empujó con todas sus fuerzas al gobernador, dejándolo farfullando y temblando en el suelo mientras se deslizaba como un fantasma por las calles. Sus ojos parecían escupir fuego y rabia, sus puños apretados temblaban, pero su cabeza permanecía fría y sabía muy bien lo que debía hacer porque, para empezar, sabía perfectamente bien a quién pertenecía aquél barco luego de haberlo visto más de cerca, desde la armería.

De entre sus ropas extrajo la carta de baraja con la que el rufián lo había reconocido, limpiando con su dedo pulgar una minúscula mancha de sangre que le había caído durante la refriega. Siempre temió que el día en que tuviera que volver a tomar esa carta llegara, porque su significado era demasiado terrible aún para él, pero ahora que la adversidad lo llamaba era el momento justo para seguir adelante.

Guardó de nuevo la carta y continuó su camino hacia casa. La carrera, para él, se había reiniciado.

Wujuju, ya las cosas se pusieron peligrosas, pero no temáis, ya verás porqué. Hay muchas, pero muchas cosas que contar aquí.

Notitas históricas: Oficialmente, a México lo han invadido 3 veces los piratas. La primera fue por error, cuando Francis Drake desembarcó en Veracruz con intenciones de vender esclavos, pero al ser rechazado se inició una pequeña pelea en el mar entre su flota y los barcos novohispanos, allá por 1560. La segunda, fue en 1664 en Campeche también por piratas ingleses, quienes incendiaron la ciudad (ya les había hablado de esta en El Diario de Nueva España) y la tercera, en 1683, fue de nuevo en Veracruz por parte de un pirata llamado Lorenzo Jacome, quien mandó apresar a todos los habitantes de la ciudad y los formó en la plaza principal para poder robarles a gusto (de ahí la escena descrita).

Ahora los comentarios:

Wind und Serebro: Jaja no comas ansias, habrá más personajes invitados n.n aunque la historia básicamente gira entre España, Inglaterra y Francia (con Nueva España, claro).

Flannya: Jaja XD mucho capitán Iggy por ahí. Amm, nop (aunque lo del collar sí se me ocurrió viendo Piratas del Caribe, jojo), pero sí, el collar tiene algo especial. Pues don Montenegro ya pasó a mejor vida u.u el sadismo de Arthur a veces asusta. Ya, ya sigue, más bien tú sigue con Maneater y con el PruMex *-* los extraño.

Ghostpen94: Jaja n.n me alegra mucho. Yep, ya los vi también ;)

Cinthia C: Muchas gracias n.n sí, creo que "La Escarlata" sufrirá muchas modificaciones antes de que oficialmente lo siga como debe (para empezar, más investigación, es increíble lo poco que hablan de la relación entre México y la URSS en los libros). Sí he visto el vodquila XD suena a intento de suicidio.

¿Qué pasará con el capitán sexy DIGO Kirkland? ¿Para qué quieren el collar… y a María? ¿Qué significa la carta de Antonio? Averígüenlo en nuestra siguiente emisión (?) ¡Adiosito!