SEGUNDA PARTE:

TESORO

4

Rumbo sin Mapa

La densa niebla matutina se arrastraba, lastimera, cabalgando sobre las olas y recubriendo el casco del barco, de tal suerte que éste parecía navegar sobre la nada; en la cubierta los pasos lastimeros y pesados de la tripulación eran lo único que se escuchaba en ese silencio sepulcral, pasos que se dirigían, a ciegas, sobre las tablas tirando de sogas y esperando avistar, en la distancia, alguna señal de buen tiempo que parecía no llegar.

El que en tierra había respondido al nombre de Hopkins subió hasta la altura del timón, donde su capitán con su ojo cerrado canturreaba, mientras con una mano giraba despacio la gran rueca y con la otra sostenía una pequeña brújula.

-Yo ho ho and a bottle of rum… Fifteen men on a dead man's chest, yo ho ho and a bottle of rum, drink and the devil had done with the rest…

-Captain, sir… -murmuró Hopkins. El aludido Salió de su hipnótico ensimismamiento y lo miró con contrariedad. –Los hombres están algo nerviosos, se preguntan si…

-Ya sé lo que se preguntan, maestre Hopkins. –le cortó fríamente. –Luego de todo lo que hemos pasado ¿le tienen miedo a un poco de neblina? ¡Ja! –le despidió con un gesto brusco de la mano, y mientras el azorado Hopkins bajaba de la quilla volvió a canturrear entre dientes, con los ojos fijos en la brújula con impaciencia:

-The mate was fixed by the bosun's pike, the bosun brained with a marlinspike, and cookey's throat was marked belike…

Un rayo de sol rompió la niebla, cayendo sobre la cubierta y extendiéndose, lentamente, hasta la proa dejando ver un retazo de mar azul. Varios gritos de alivio y júbilo se escucharon en el barco, y algunos hombres replicaron emocionados, vociferando más que cantando:

-Yo ho ho and a bottle of rum! Fifteen men of the whole ship's list… yo ho ho and a bottle of rum! Dead and be damned and the rest gone whist… Yo ho ho and a bottle of rum!

-¡Silence, ratas asquerosas! –bramó el capitán inclinándose sobre el timón. Los hombres hicieron silencio casi de inmediato. -¡Hopkins!

-Yes, sir! –replicó el hombre levantando la mano desde el castillo del barco.

-Ven aquí y mantén fijo el rumbo. Tengo que ir a atender unos asuntos.

-It is about… the Little countess? –le preguntó en un susurro maligno cuando estuvo junto a él en el timón. El capitán respondió con una seca cabeceada, sin ninguna expresión en el rostro. –Captain, permítame que insista, pero algunos de nuestros compañeros opinan que es mala idea llevar a una mujer, sobre todo en un viaje desconocido…

-Seguro les incomodaría menos si la condesita estuviera a su disposición, ¿o me equivoco? –replicó, haciendo la pregunta en voz alta de modo que toda la tripulación lo escuchara. Hubo sonrisas y algunos asentimientos en respuesta, a los que el capitán hizo eco por unos segundos antes de golpear el suelo con una patada seca y añadir, de mal talante: -Pues se equivocan, la condesita no va a pasar por la mano de nadie y cuando todo esto termine… ya seré yo quien decida su destino… did you understand, roaches?!

-Yes captain. –contestaron un poco desanimados antes de continuar con sus labores. El capitán, con la nariz arrugada, echó a andar hasta la puertecita que comunicaba directamente con su camarote, haciendo sonar animado sus botas pero con un silencio sepulcral en el resto de sus movimientos. Aligeró su andar antes de abrir la puerta, escuchando atento con el oído casi pegado esperando saber si su "invitada" estaba dormida aún o despierta; esperó varios segundos, en los que sólo escuchaba un ligero tintineo de cadenas y decidió abrir.

El camarote del capitán era bastante amplio, cómodo incluso tomando en cuenta que estaba apostado en un barco pirata tripulado por hombres toscos y sucios. Un vitral dominaba la popa con un marco bellamente tallado y a un lado reposaba una mesa bien pulida cubierta de papeles y cajitas de madera, mientras del otro lado una puerta más pequeña conducía al dormitorio, aunque no podía llamársele así en concreto porque sólo consistía en una cama y algunos cofres que podían usarse a guisa de butacas.

Llegado a esta puerta lateral, el capitán la abrió más bruscamente y entornó su ojo en busca de su presa. La joven dormitaba hecha un ovillo a un lado de la cama, encadenada por las muñecas al casco del barco y con los tobillos sujetos por cuerdas; se notaba que no había dormido precisamente bien a juzgar por la expresión de incomodidad en su rostro, pero a pesar de ello su respiración lenta y acompasada anunciaba que, por el momento, disfrutaba de un rato de descanso reparador. Vista desde ese ángulo el capitán tuvo un arrebato de piedad por ella, al fin y al cabo según sus cálculos no habría de pasar de los quince o dieciséis años; se inclinó aún más posando su ojo en el collar, que se movía cada vez que la jovencita respiraba.

Estiró una mano, atraído por el brillo nacarado de la concha que reposaba sobre el seno izquierdo de la durmiente y la rozó con las yemas de los dedos, sintiendo su frío tacto de porcelana, tamborileando en su superficie con suavidad; deslizó sus dedos por sobre la concha y de pronto descubrió que estaba tocando era la piel de María.

Dando un respingo, la joven abrió los ojos con aturdimiento, mirando al capitán antes de moverse tratando de alejarse del capitán. Éste al ver su reacción soltó una risita divertida.

-Good morning. –saludó inclinándose con una mano sobre el pecho. –Parece algo incómoda en su estadía, condesita, ¿cómo pasó la noche?

María arrugó la nariz y desvió la mirada, claramente ofendida. De nuevo el capitán se echó a reír y recuperó su postura habitual, añadiendo:

-Veo que sigue sin querer hablarme… What a pety, porque será un viaje largo y aburrido para ambos. ¿Porqué no quita esa cara de niña malcriada y se digna a dirigirme aunque sea un saludo? Pareciera que ese bloody spaniard no le enseñó modales.

Sin mirarlo, María replicó con voz ronca:

-¿Qué pasa con mi padre? Preguntó por él y de pronto…

-¡Ah, la dama habla! Es algo que no le atañen a las damas, little countess. –contestó encogiéndose de hombros y quitándole importancia. –Dejando de lado eso, creo que no nos hemos presentado como es debido. My name is captain Arthur Kirkland, o para usted simplemente capitán Kirkland, en tanto no tengamos familiaridades de ninguna clase. And you, young miss…

-Creí que con saber que era hija de Antonio le bastaba. –replicó. Arthur sonrió ufano.

-Qué lengua tan afilada, condesita, debería suavizarla un poco. But yes, no sabía que Carriedo se hubiera casado y mucho menos que tuviera una hija.

-¿Conoce a mi padre? ¿De dónde?

-Ya dije que son asuntos sin importancia.

-¿Y yo? –replicó rápidamente. -¿Para qué me trajo aquí? Me preguntó por el collar, dijo que se lo llevaría…

-Dije que me llevaría algo que era importante para mí, jamás dije en qué consistía. –explicó torciendo los labios en una mueca orgullosa. María volvió a torcer su cabeza, agitándose incómoda por culpa de las cadenas.

-¿Y piensa… tenerme atada todo el viaje? –gruñó tirando de los grilletes de sus manos.

-Todo depende de su comportamiento, condesita. –dijo Arthur. –Mientras tanto sería bueno que se relajara y tomara un buen desayuno… ¿piensa acompañarme a…?

-¡De ninguna manera! –le cortó con brusquedad. Arthur se acercó, tentado a darle una bofetada por insolente pero se contuvo, volvió a sonreír y contestó, mientras se arrancaba el sombrero de la cabeza para hacer un saludo final:

-Como usted desee, señorita Fernández… -haciendo otra reverencia, dio media vuelta y salió cerrando de un portazo. Ya buscaría el modo de vengarse por los modos tan alzados de esa criatura, por lo pronto, lo ideal era poner en buen rumbo su barco; algo le decía que Carriedo no iba a quedarse mucho tiempo más en tierra ahora que las cartas jugaban en su contra.

Aquélla misma mañana, un barco zarpaba con dirección al sur. Grandes velas blancas se agitaban mecidas por el viento y su voluminoso casco cortaba las olas que se revolvían bajo él, impulsándolo en su camino incierto. Se trataba de un bergantín mercante que se dirigía a Maracaibo, el ultima thule de los puertos españoles en el Atlántico, donde una travesía aún más penosa le esperaba en el transcurso de días próximos a los hombres que viajaban en él esperando obtener buenos frutos de su travesía.

Uno de los de a bordo levantó la cabeza cuando el sol del mediodía le calentó la nuca, forzándolo a quitarse la larga capa oscura que llevaba atada al cuello y dejarla sobre un fardo, única pertenencia suya en el barco. El fardo era de tamaño irregular, pues le atravesaba en la parte superior algo envuelto en sendas vendas de lino y que parecía una estaca delgada como las usadas para atar los brazos de los reos y que el viajero, de hecho, utilizó a guisa de correa para subir al barco sin que nadie hiciera preguntas luego del tan necesario soborno al capitán y al segundo al mando.

Uno de los marineros pasó por su lado con un rollo de cuerda que se aprestó a usar atando una lombarda lo más cerca posible de la orilla. El polizón levantó su cabeza y murmuró en un gruñido aburrido:

-Esa cuerda es muy pequeña, la lombarda se soltará al primer empujón.

El marinero se volvió a él, con la cuerda enredada en los brazos y con intenciones de pasarla ya por la panza del cañón. Parecía interesado en las palabras del otro, y por su rostro moreno y pecoso por acción del sol se reflejó la torpeza de los muchachos que recién empiezan su dura carrera en el mar.

El polizón continuó, desviando la mirada al notar la insistencia del muchacho.

-Busca una cuerda más gruesa… que sea tanto como tu muñeca.

El muchacho asintió y soltó la cuerda, volviendo a enrollarla antes de mirar de nuevo al desconocido y preguntar:

-¿Es usted marino?

-Lo fui. –repuso, y su voz se tornó más torva.

-¿En qué barcos navegó, senyor?

El hombre entreabrió los labios en un gesto de sorpresa al reconocer el acento del muchacho, y recordó vagamente cómo, años atrás, mucho antes de que la fortuna le sonriera, había vivido en una ciudad gloriosa con sus grandes puertos, sus catedrales de cantera y sus casas de tejados colorados.

-Fueron muchos barcos, jove amic. –contestó con vaguedad, notando la dicha de su interlocutor al escuchar lo último en su lengua –Toqué puerto muchas veces en… Lisboa, Cádiz, Sevilla, Barcelona…

Olvidándose de su tarea, el joven marino se dejó caer sentado frente a él, escuchando con los ojos luminosos.

-¡Qué sorpresa! Debió haber visto mucho del mundo, senyor.

-Sí… -de pronto, una sonrisa nostálgica cruzó los labios del hombre. Volvió, de súbito, a sumirse en su mutismo y desvió la mirada al mar. Había visto el mundo de una manera que ningún ser humano, se decía continuamente, debía ver.

-¿Y cuál es su nombre, senyor? –le preguntó el muchacho. Los ojos del hombre, como dos magníficas esmeraldas, se volvieron brevemente a él y replicó, antes de volver a perderse en el océano:

-Mamontón. Antonio Mamontón.

El chico ladeó su cabeza, extrañado por el apellido.

-Bueno, yo soy Arnau Puig, senyor, de Barcelona e hijo del orgulloso Marco Puig, para servirle, senyor.

Y con estas palabras, el marino catalán se despidió y echó a correr en busca de la cuerda mientras el orgulloso Antonio Fernández Carriedo, amparado por ese único nombre que le suponía tantas desdichas, echaba a volar su mente entre las olas, a aguas desconocidas, buscando la esencia de su hija y rezando al tiempo que la arrullaba, incesantemente, deseando librarla en su corazón de cualquier pesar que estuviera sufriendo.

Del otro lado del mar, y no tan lejos como temía, María estaba durmiendo acurrucada contra el suelo del camarote. Sus sueños la transportaban lejos de esa prisión de agua y madera, dejándola flotar en un abismo de gozo al que solo acceden los inocentes en pleno estado onírico, y escuchando la voz de su padre cantando su eterno arrullo, como si su voz pudiera cruzar leguas tempestuosas para susurrar en su corazón devolviéndole la paz.

-Tajtli… -susurró adormilada. Y Antonio, mientras contemplaba caer las primeras luces del ocaso, creyó oírlas y suspiró, anegado en dolor, antes de levantarse de su puesto y marchar a la cámara para dormir.

Cuando la puerta del camarote se abrió de nuevo, la joven saltó de su sitio arrebujándose de nuevo contra el muro y atisbando en la oscuridad, en busca del perturbador de su sueño. No tardó mucho en identificarlo cuando escuchó la misma voz burlona del capitán Kirkland diciéndole:

-Good evening, little countess… veo que has tenido por fin tu sueño reparador.

-¿Qué quiere? –preguntó sin mucha educación, propiciando una risotada por parte del pirata.

-Veo que no te decidiste a comer, a pesar de mi invitación por la mañana y otra más por parte de mi segundo al mediodía. Debe tener hambre, ¿o me equivoco?

María no respondió, pero instintivamente se encogió aplastándose el estómago con las rodillas como si eso bastara para silenciarlo, la verdad era que se moría de ganas por comer, aunque fueran unos mendrugos de pan o verduras crudas, lo que fuera en tanto el dolor brutal de su interior se apagara un poco. Ello bastó para que el capitán, comprendiendo su gesto, acrecentara aún más su sonrisa y le tendiera una mano, añadiendo:

-No debería tener tantos malos ánimos contra mí, condesita, no es mi intención hacerle ningún daño y creo que deberíamos cesar nuestras hostilidades con una amistosa charla acompañada, por supuesto, de una exquisita cena.

Los ojos de la joven miraron primero la mano que el capitán le tendía, y se sorprendió de ver lo limpia que era en comparación con la del resto de la tripulación. De hecho todo él iba más pulcro que los demás y eso, ahora que lo pensaba bien, era una característica desconcertante.

-¿Porqué hace esto? –preguntó.

-Para evitar que se muera de inanición y porque sinceramente no pienso pasar el viaje con usted aquí abajo atada.

-No. ¿Porqué sigue teniéndome aquí sin decirme nada, ni sobre el collar ni mi padre ni…?

-Ni… ¿porqué está usted aquí? –concluyó el capitán, ladeando su cabeza para mirar mejor la expresión del rostro de la joven. Había algo de fiero en ella que no podía identificar y que le recordaba vagamente al propio Carriedo, aquél fuego en sus ojos que destilaba odio puro no debió sorprenderle pero, también, tenía la sensación de que ella era hasta cierto punto ajena al acaudalado peninsular por quien había preguntado. –I will tell you. –dijo por fin. –Se lo contaré todo… si accede a cenar conmigo esta noche.

-¿Es todo? –preguntó ella con suspicacia. Arthur, llevándose una mano al pecho, contestó:

-I promise you, miss Fernández… o Carriedo, como prefiera que le llame.

En contra de sus deseos pero con la esperanza de saber por fin qué pasaba, María asintió una sola vez. Arthur se acercó y desató sus tobillos hábilmente, pero para sorpresa de su cautiva puso una mano sobre sus ojos dejándola en penumbras.

-¡Eh! ¿Pero qué…?

-I'm sorry, miss, pero es por seguridad. –de entre sus ropas Arthur extrajo una pequeña llave y la usó para liberar sus muñecas. Guardó de nuevo el objeto y se puso de pie, tomando de las manos a María para ayudarla a levantarse y quedando materialmente unidos el uno al otro; esto no pasó desapercibido para el capitán, que desvió su mirada a la cara desconcertada de la muchacha y luego, lentamente, al collar que subía y bajaba al compás de la agitación de su pecho. Al notar esto, María bajó la cabeza en una mezcla de vergüenza y rabia. –Oh, vamos… -le dijo, sonriendo divertido. –No es ninguna novicia ni monja para sonrojarse así por la mirada de un caballero.

-Tal vez serían correctas sus palabras –saltó. –si acaso usted fuera realmente un caballero.

-¿Lo dudas? –preguntó con una voz que sonaba sardónica, pero con una mirada que destilaba sincera duda, enigmática e insinuante, que María notó provocándole un nuevo y más fuerte estremecimiento. –Let's go.

La muchacha fue conducida hasta el cuarto de mayor tamaño, donde la mesa había sido desalojada de sus papeles para colocarse en el medio y con una comida bastante más suntuosa de la que María, o cualquiera, hubiese esperado encontrar en un barco pirata. Lechón asado, pechuga dorada, pan salado, vino y frutas varias conformaban el exquisito cuadro que el capitán había ordenado y que ahora provocaban un deseo casi irrefrenable en el estómago de la cautiva.

Arthur soltó a su presa para hacer atrás una silla que ofreció amablemente con un gesto de la mano. María, recuperando la compostura, se sentó agradeciendo con una gélida mirada y tratando de seguir impasible hasta que el capitán tomó su asiento al lado de ella y comenzó a servirse lechón. Entonces, al darse cuenta que ella seguía sin tocar nada, dijo:

-¿Espera la condesita que entre un sirviente y le llene su plato?

-No. –dijo por fin, mordiéndose los labios para calmar su ansiedad.

-Remember, young miss, que prometió cenar conmigo, y cenar es lo que hará. –le recriminó con un tono casi paternal en la voz. –Además, ¿no tiene hambre?

María tenía los puños bien cerrados sobre el regazo, había pasado horas desde la última vez que comió, el estómago le gruñía con fuerza tal que temía que todo el barco la escuchara, y además estaba entumecida por tanto tiempo atada, dolorida, cansada y con frío, y su prudencia estaba llegando a su límite. Finalmente, rendida, se levantó y comenzó a servirse de todo en su escudilla de plata y a devorar sin siquiera usar los cubiertos, arrancándole trozos irreales a las carnes y terminar llenándose la boca con bollos salados mientras una mueca de alivio le devolvía la suavidad a sus facciones.

Satisfecho con ello, Arthur continuó atacando su cena con más decoro, pero echaba ojeadas a su presa y al collar con un brillo anhelante en los ojos. Se llevó a los labios su copa de vino y la apuró antes de preguntar, con un aire de indiferencia que disfrazaba mal sus intenciones:

-¿Alguna vez ha jugado cartas, little countess?

María tragó con dificultad su tercer bollo y contestó:

-Son cosas de hombres, además a mí no me gustan.

-Entonces desconoce las barajas.

-Claro que no. Conozco la baraja española, mi padre a veces juega con ellas unas partidas de…

-Spaniard? –interrumpió Arthur con sequedad. -¿No… baraja inglesa? ¿Cómo es la baraja de su padre?

-¿Porqué le importa eso? –le cortó. El capitán se replegó, juntando sus dedos mientras atisbaba a su interlocutora. "Es astuta", pensó.

-Los juegos de cartas no son de hombres de bien, little countess. –se redujo a contestar. –Es curioso como su padre tiene una… baraja en su casa siendo que esos juegos, según tenía entendido, estaban prohibidos.

-No apuesta con ellas. Sólo las usa para sus juegos personales. Creo que… eran un obsequio.

-¿De quién?

Los ojos de la joven chisporrotearon.

-Eso, con todo respeto, no creo que le incumba.

La insolencia de la muchacha estuvo a punto de sacar de quicio al pirata, y se pensó mucho el darle o no una bofetada para empezar a educarle la lengua, pero se contuvo y aceptó amistosamente:

-That is true, no debo inmiscuirme en asuntos de otros. Y es por eso justamente que me siento tan ofendido ahora. Pero, sigue interesándome, ¿qué palos tiene esa baraja?

Al no encontrar ningún doblez en la pregunta, María repuso mientras elegía una manzana apetitosa de la fuente:

-Tiene bastos, monedas, copas…

-Oh… ¿alguna vez ha visto esa baraja de cerca?

-Varias veces… me parece bella, sobre todo los caballeros de los palos. Sus trajes son… bueno, mi padre me habló alguna vez de los carnavales italianos, y me dijo que las ropas que usaba la gente ahí se parecían mucho a las de la baraja.

Arthur volvió a asentir, pensando con reservas en las palabras de la muchacha por tanto largo que no reaccionó sino cuando ella carraspeó.

-Yes? –preguntó todavía meditando en la historia de la baraja.

-Usted me dijo que me contaría todo si yo cenaba con usted. –le recordó.

-Of course. –Arthur sonrió, poniéndose de pie y caminando hacia María, con los labios tensos pero sonrientes mientras miraba directamente al collar. -¿Sabe qué es eso que lleva en el cuello, little countess?

-Es un collar de conchas. Mi padre me lo regaló. –explicó.

-¿Sabe de dónde lo sacó?

-Yo… no. –admitió, cayendo en la cuenta de que no había ahondado en ese pequeño detalle. Se llevó una mano a los labios, acariciándolos con aire infantil mientras Arthur procedía a dar vueltas alrededor de la mesa.

-Well, no debe preocuparse mucho por eso, por supuesto, pero apelando a su honradez y… -soltó una risotada baja que María no pudo escuchar y que, de hecho, confundió con toz. –moralidad tan bien inculcada por su padre, le diré qué es realmente. Pero antes, ¿alguna vez ha escuchado la historia del oro de Cortés?

Una vez más, María levantó la cabeza y negó.

-Es una historia tan vieja que se ha vuelto casi una leyenda. Casi. –puntualizó Arthur. –Hace ya mucho tiempo atrás, los conquistadores españoles llegaron a un reino desconocido en busca de riquezas para su imperio en crecimiento. Pero ese reino ya tenía un jefe, el hombre más acaudalado de este lado del mar y, tal vez, de todos los mares… Well, el caso fue que el líder de la expedición, Cortés, se hizo con mucho oro de las arcas de ese rey, y decidió enviarlas a España para complacer a los reyes y también, seguramente, para convencerlos de financiar más expediciones gloriosas como aquella y nombrarlo gobernador del mundo conquistado. Pero en su travesía, los galeones cargados con el oro se toparon con un barco más pequeño, perteneciente a un pirata que los saqueó.

-No me sorprende. –contestó María ahogando un bufido.

-Será como usted piense, little countess, pero en un mundo como este pocos son los negocios honestos que prosperan. De todos modos y si le queda de consuelo ningún inglés puso sus manos en ese tesoro, pero pienso cambiar eso. De los cofres que fueron hurtados algunos de ellos se… extraviaron, lo que significa que están por ahí, en algún sitio, esperando por alguien que los rescate.

-Pues suerte para ellos, si ni siquiera saben dónde está.

-Well, la cosa es que alguien lo sabía, y ese alguien fue lo suficientemente listo como para dejar un mapa. Un mapa que tiene la ubicación precisa del tesoro y que, por supuesto, ahora está en mi poder luego de varias… penurias necesarias.

Al decir esto, una mano temblorosa se dirigió a su rostro, tocando ligeramente uno de los cordones del parche. Pero el capitán fingió no haber hecho nada y siguió caminando. María, que comenzaba a pensar que eso era una historia inventada pensada para marearla tuvo de repente una idea descabellada y ridícula, pero que decidió poner en práctica por si acaso, así que con la mayor discreción posible tomó un cuchillo de la mesa y lo ocultó en su regazo antes de preguntar:

-¿Y qué tengo que ver yo o mi collar con todo esto?

Arthur salió de su ensimismamiento y contestó:

-Eso no es un collar cualquiera. Fue también un obsequio del emperador del nuevo mundo a Cortés, y que lució en el cuello una de las princesas nativas que fue enviada a España junto con el tesoro. Por supuesto, el emperador no era ingenuo, y para evitar que toda la riqueza fuera a parar a manos de los hombres invasores puso un mecanismo de cerradura en varios de ellos y le entregó la llave, por llamarla así, encerrada en una hermosa concha a la princesa. El collar se dio por perdido y por eso nos planteamos la idea de buscar el tesoro y forzar los cofres, of course, pero luego una noche de buena suerte y no hace muchos días atrás nos topamos con dos galeones cargados de tesoros y, al asaltarlo, mi segundo a bordo descubrió el collar en manos de un… -soltó una risa burlona y cruel. –nativo estúpido.

María agachó la cabeza, acariciando su frío collar. ¿Realmente era ella poseedora de la última clave para recuperar un tesoro fabuloso que por tanto tiempo se creyó perdido? ¿Y ahora tendría que entregarlo para ver cómo una banda de piratas despreciables ponían sus manos sobre él?

-Fue un saqueo rápido, sin duda, y no sacamos tanto provecho de él. –continuó el capitán. –Pero dos galeones navegando sin vigía a la mitad de la noche… well, iban de regreso aquí y así fue como dimos con su ruta… y con el nombre de la compañía a quien pertenecían… ¡y qué sorpresa me llevé al leer el nombre de Carriedo en la lista del galeón principal!

Aquí fue cuando María realmente prestó atención a las palabras del capitán, mirándolo con ojos consternados.

-¿Mi padre?... –de pronto recordó su pesadilla, los dos galeones que colapsaban en medio del agua y el barco pirata sobre sus restos, y ésa risa… ésa risa horrible que ahora había vuelto a escuchar de labios de su dueño.

-Yes. Entonces entendí que era bueno ir a buscar a Carriedo y pedirle como todo un caballero que me devolviera el collar, ya que seguramente él conocía su significado y lo habría recuperado cuando los restos de los galeones fueron… rescatados. –explicó tranquilamente. –Nuestra llegada no fue un error, sino todo lo contrario, y lo aprovechamos bien, don't you think? Ahora tengo la llave del tesoro glorioso de Cortés, y todo lo que siempre debió ser mío volverá a mis manos… muy pronto…

María apretó con fuerza el mango del cuchillo.

-¿Y qué hay de mí? ¿Porqué me trajo si sólo pudo haberse llevado el collar?

-¿Y renunciar así al pago de una deuda? No, little countess. Un pirata jamás hace un intercambio a no ser que le beneficie a él, y por supuesto que me benefició. Pude haber sacado todo el tesoro del puerto si quería, la resistencia no era tan feroz como temí, but… la ganancia del oro es tan fría como el metal mismo, en tanto que el calor de las emociones humanas son más potentes y más terribles.

-¿Qué… sentimientos?

Los labios del capitán sonrieron con sadismo y lascivia.

-Revenge. –concluyó, inclinándose hacia María con su único ojo refulgiendo ansioso. –Su padre cometió un error terrible y ese error me costó muy caro, así que todo lo que exijo es una satisfacción. Y qué mejor satisfacción que pagarle con la misma moneda, arrebatándole de una sola vez lo único que le queda en esta vida…

María sintió cómo la mano del capitán acariciaba su mejilla. La mirada de ambos se encontró, la de él maliciosa, la de ella desesperada, y a continuación ocurrió un destello rápido y plateado que se frenó con brusquedad.

Arthur sujetaba la muñeca de la joven, mientras ella seguía sosteniendo el cuchillo.

-¿Qué, pensabas matarme, little countess? ¿Y luego de eso qué pensabas hacer? –preguntó ladino.

Con un brusco tirón, María se soltó del capitán y se puso de pie, comenzando una carrera entre ambos que sólo se detenía cuando la joven le arrojaba lo que encontrara a su paso al pirata y éste, gozando de lo lindo, se dedicaba a esquivarlo y continuar. La muchacha se estampó contra la puerta del camarote e intentó abrirla sin éxito, por lo que corrió en dirección al gran vitral de la popa con intenciones de lanzarse por él, pero Arthur la detuvo cogiéndola al vuelo por la cintura y acorralándola contra la pared, neutralizando sus asustados puñetazos y puntapiés sin mucha dificultad.

-¡Déjeme, suélteme! –chillaba antes de que el capitán, ya harto de aquél juego, le pusiera una mano en la boca.

-No me gusta su actitud, little countess, y si usted fuera parte de mi tripulación habría terminado con el pescuezo retorcido entre mis manos apenas me hubiera embestido, pero por otro lado aprecio mucho su falta de cobardía al atacarme de frente y no cuando estuviera distraído por lo que esta vez su castigo será menor. Ahora, cuando lleguemos por fin junto al tesoro haré dos cosas, primero, dejarle admirarlo y tomar todo lo que le guste para su ajuar como recompensa por su inusitada valentía y luego, para acallar el dolor de su pobre alma y como pena por su atrevimiento, le daré el tiro de gracia y dejaré su precioso cuerpo en la playa, a ver si cuando Carriedo logra dar con usted no enloquece de dolor al ver sólo sus tiernos huesos…

La rabia y la desesperación de la joven se reflejaron en sus ojos. Arthur, sin ninguna piedad, la empujó de vuelta al camarote y cerró la puerta antes de volver a la mesa y sentarse para terminar de cenar, canturreando en voz baja como hiciera durante la mañana:

- Yo ho ho and a bottle of rum… Fifteen men on a dead man's chest, yo ho ho and a bottle of rum, drink and the devil had done with the rest…

El capitán no tiene mucha paciencia que digamos o.o pero bueno, ella se la buscó.

Notas históricas (bueno, culturales en realidad): La canción que Arthur y su tripulación cantan al principio es la canción pirata mencionada en el libro "La isla del tesoro" de R.L Stevenson (si quieren oírla pueden buscarla en youtube n.n).

*El apodo de little countess (condesita) lo saqué de "Corazón Salvaje", que es como se refiere Juan del Diablo a Aimeé despectivamente (pausa para decir… quien no vio a su madre fangirlear por Juan del Diablo no tuvo infancia).

*Mamontón es una palabra del extremeño (una lengua que se habla en España) que significa "ternero sin madre", es decir, huérfano. Ojo con esto porque es una pista muy importante.

*Lo del tesoro de Cortés es un relato real. De los muchos cofres enviados a España varios se perdieron por un ataque pirata perpetrado entre 1521 y 1522 por… bueno, no les diré más porque la historia en sí contiene un mega spoiler ;D

Ahora los comentarios, ¡oooh sí!

Ghostpen94: Jajaja XD todos se la secuestran… bueno, Francis no, pero el gringo… ;D tranqui, el UKMex es apenas un fragmento del relato, por eso no lo clasifiqué como "romance".

Wind und Serebro: Dame palomitas D:

Flannya: Nyajaja pensé que nadie notaría lo del vestido (en realidad no es muy importante para la historia pero… detallitos n.n) Seee, el capitán anda de maldito mugroso :/ como debe ser, pero pobrecito, tiene sus razones.

Hoy hubo pocos comentarios… jejeje… *llora en un rincón porque es una pinche avara* pero bueno, ya tienen un nuevo emocionante episodio n.n ¿a dónde va Toño tomatoso taaan escondido? ¿Qué planes retorcidos (y sensuales OK NO) trae el capitán contra María la-que-no-quería? Averígüenlo en la siguiente emisión. Recuerden que un fanfic se alimenta de sus lindos comentarios, no le dejen volverse anoréxico (?) ¡Adiosito!