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Interludio en una Mansión
Salvador de Bahía era en esa época una ciudad próspera, ser una doble cabeza por nombrarse capital y puerto tesoro constituía la joya de la corona del Imperio Portugués. Cargadas sus naves de productos exóticos que enriquecían a Portugal y con plantaciones extendidas de caña de azúcar por toda la capitanía, el Brasil conservaba aún su faz inhóspita mientras emergían de cuando en cuando los techos colorados de los palacios de los ricos. No había en esa parte del mundo nadie que la igualara, excepto tal vez el vecino virreinato del Perú.
Un pequeño barco procedente de Maracaibo acababa de arribar, y de éste descendieron juntos el joven Arnau y el silencioso Antonio; el más joven miraba Bahía con los ojos casi fuera de sus órbitas y una sonrisa de sorpresa infinita en sus cansados labios.
-¿De verdad esto es… así es…? ¡Senyor, creo que me desmayo!
-Si te desmayas en tierra es comprensible que hayas decidido convertirte en marinero. –replicó Antonio mientras se ajustaba bien un sombrero de paja ya tan viejo que no podía calárselo bien en la cabeza.
-No fue solo por eso, senyor, mi padre era un baxtaixo y toda su vida quiso que yo tuviera un mejor trabajo que aquél. Debe saber, la vida de alguien así es dura…
-Lo sé. –dijo rápidamente, y en su semblante pasó una sombra de nostalgia terrible mientras miraba cómo, en el puerto, hombres de piel negra subían y bajaban sus pesadas cargas en la espalda, resollando ante la vista de los colonos que los manejaban. Arnau no dejó de notar su gesto, y preguntó con timidez luego de haber guardado un silencio supremo de Veracruz a Maracaibo y de ahí a Bahía:
-Senyor, ¿puede decirme porqué usted no… habla mucho?
Antonio recordó de golpe, luego de pasar buen rato mirando al puerto, que no estaba solo. Metió mecánicamente una mano en su bolsa de viaje, sacó un real y se lo entregó a su compañero de viaje, murmurando:
-Vés al mercat i compra't alguna cosa per menjar. (Ve al mercado y cómprate alguna cosa para comer).
Al barcelonés le hizo tanta ilusión ver ese hermoso real, pesado y brillante en su pequeña mano que salió corriendo por el camino del mar gritando en su lengua materna:
-¡Gràcies senyor Mamontón, ens veurem de tornada a l'ocàs! (¡Gracias, señor Mamontón, nos veremos de vuelta al ocaso!)
En cuanto el muchachito desapareció de su vista, Antonio echó a andar con paso firme y seco cruzando la ciudad y la plaza, llevando a cuestas como condenado su extraño paquete y buscando, con la mirada fija en las casas de mayor tamaño, una señal en cierta puerta que él debía visitar. Por fin, cuando empezaba a temer haberse equivocado de sitio pudo ver, entre las casas más antiguas y, por lo tanto, próximas a la zona no transitada del mar, una casa toda blanca de tejado liso protegida sólo por un camino de arbustos y en cuya puerta estaba dibujado un diamante con las letras "Da S" dentro de él.
Cruzó con el semblante más aliviado el camino de arbustos y llamó a la puerta todavía mirando el tallado del diamante sobre la lisa superficie. Una criada negra abrió y le interrogó con la mirada.
-Estou à procura de senhor Da Silva. (Estoy buscando al señor Da Silva).
Visiblemente intrigada, la criada no tuvo más remedio que dejarlo pasar y Antonio dejó su pesado fardo junto con su capa en el corredor. La casa, por dentro, no se diferenciaba casi nada de la que él tenía en la capital, excepto tal vez porque era un poco más estrecha y olía toda a selva y algo dulzón que no pudo identificar. Una vez más la criada le señaló el pasillo, que atravesaba dos salones diferentes y lo condujo hasta un portón abierto de par en par que llevaba hasta un jardín bellamente arreglado y que contaba con una sola mesita y unas pocas butacas.
En una de ellas descansaba un hombre, apenas unos años mayor que Antonio, que se entretenía leyendo una gaceta y tomando café. El calor era sorprendente y por eso no le extrañó verlo usando sólo una camisa inmaculada y sin más adorno que unos gemelos de diamantes en el pecho; el hombre tenía el rostro tostado, pero se apreciaba su tez clara sin ninguna dificultad, sus ojos eran fieros y parecían estar permanentemente entrecerrados, siendo casi del mismo color que los de Antonio, y el cabello castaño oscuro le caía graciosamente en un hombro sujeto a una coleta.
Antonio se descubrió la cabeza y echó a andar hacia la mesa, llamando:
-¡João… João!
El hombre de la coleta levantó la cabeza y sus ojos destellaron al ver al recién llegado.
-Antonio… ¡Antonio! –saltando de su butaca se acercó y lo abrazó con fuerza, todavía con la misma expresión de astucia de su rostro pero con sincera alegría que al recién llegado no le pasó desapercibida. Luego, en voz baja, murmuró: -Bienvenido, Su Alteza.
-No empieces con eso. –le cortó tratando de mantener la jovialidad. João sacudió la cabeza con una sonrisita indulgente en los labios y, con un gesto de la mano, invitó a Antonio a tomar asiento junto a él antes de hundirse de vuelta en su butaca, tomando de nuevo la gaceta. -¿Y qué trae a mi olvidadizo irmão hasta Bahía?
-Verás…
-Espera. –el hombre de cabello largo se dirigió a la tímida sirvienta que todo ese tiempo estuvo en el umbral del patio con las manos juntas, mirando con curiosidad al recién llegado. –Você, trazer algo para comer para o meu irmão (tú, trae algo de comer para mi hermano).
Apenas irse la muchacha, Antonio se volvió a João con una expresión de gravedad en el rostro.
-Bien, como te decía… he venido aquí porque necesito ayuda.
Para su desconcierto y ligero hartazgo, João soltó una carcajada un tanto maliciosa.
-Meu querido Antonio, por un momento pensé que sólo querías venir a ver cómo le sonreía la vida a tu abandonado irmão pero ya veo que… que dejaste de ser el niño asustado por las gaviotas que conocí hace tanto.
-Desearía decirte que aún lo soy, pero por el momento la sola idea de distraerme me parece insoportable. –el español dirigió un vistazo rápido al umbral, esperando que no apareciera de un momento a otro. Luego de cerciorarse, extrajo de entre sus ropas la misma carta vieja que el pirata le hubiera tratado de quitar la noche de la pelea, mostrándola al mayor. –Necesito saber quiénes tienen las otras dos. Yo tengo al rey de diamantes, y tú al rey de tréboles…
-Oh, não, yo ya no tengo el rey de tréboles. –le interrumpió João. Antonio sintió un frío brutal correrle por el cuerpo, y la mano con que sostenía la carta tembló.
-¿Qué? Pe… pero tú… yo creí…
-La tuve por un buen tiempo como te expliqué, pero alguien más… fuerte logró arrebatármela, y ya conoces tú como son las reglas. –en ese momento la criada reapareció y Antonio guardó a toda prisa su carta, sintiéndose abandonado. Miró abatido el plato de arroz y plátano que le ponían adelante y lo pinchó sintiendo que el hambre lo abandonaba. –Pero lo que quisiera saber es porqué te interesa tanto rastrear las otras cartas.
-Porque… esperaba que los otros Señores me ayudaran. Yo… sufrí un ataque pirata hace unas semanas… es decir, el sitio en el que estaba, y dos veces. –explicó.
-Eso não tiene nada de sorprendente. –le cortó aburrido Da Silva. –Hay muchos puertos que sufren ataques de piratas en este continente, incluso mis plantaciones en África corren el riesgo de que os corsários nos ataquen de pronto.
-Sí pero se llevaron algo de mucho valor para mí. Ellos… -el español tragó saliva con dificultad, se sentía repugnante por estar ahí, en Bahía, disfrutando del tibio sol temprano con un plato de buena comida delante cuando su hija podía estar languideciendo en las galeras del barco inglés. –… se llevaron a mi niña, a María.
-¿Porqué harían algo así?
-No lo sé, pero se trataba de ese… hijo de puta… de Kirkland.
João movió la cabeza con pesar de un lado a otro, ante el horror de Antonio.
-O Maldição de Mar es uno de los barcos más violentos del Atlántico, meu irmão. Lleva ya bastante tiempo atacando a diestra y siniestra navíos de todo tipo, incluso de su propia patria y los pocos que sobreviven dicen que su capitán está loco. Mais eso no es lo peor para ti… -añadió levantando un dedo.
-¿Qué podría ser peor? Mi hija está a merced de esos cerdos malditos y podrían hacerle… -Antonio se interrumpió, no quería ni pensarlo siquiera, había demasiadas barbaridades que podrían hacerle a una jovencita inocente.
-Bueno… es que el capitán Kirkland también es… o rei de espadas.
-¡¿Qué?! –saltó el español poniéndose de pie y derribando la butaca. -¡¿Kirkland?! ¡¿Un pirata?! ¡¿Rey de Espadas?! ¡Tiene que der una mala broma, por amor de…!
-Não, no es broma. O capitán Kirkland es uno de los cuatro Señores del Mar, e não creo que se vea bien a dos de ellos pelear por…
-Me da igual, sabiendo lo que es seguro asesinó al dueño anterior de la carta y sólo la tiene por mero… trofeo. –Antonio levantó la butaca y se sentó, dando grandes bocados de arroz sólo por hacer algo, la náusea que sentía era cada vez peor. –Maldito Kirkland… bastardo asqueroso… no puedo creer…
-El destino de las cartas es un designio contra el que no se debe replicar. –le recordó João. –Tal vez merezca esa carta, aunque no sepamos el porqué.
-¿Y… el rey de corazones? ¿Tienes idea de quién es?
-Não, pero escuché que el anterior dueño había fallecido y que le había heredado la carta a alguien más… -João se encogió de hombros y volvió a clavar los ojos en su gaceta. Antonio comía su rabia en forma de arroz y plátano. Tenía que encontrar a cualquiera de los otros dos Señores del Mar y esperar que al menos uno fuera su aliado; no soportaba la idea de que su hija siguiera en manos de Kirkland y su tripulación del averno un día más.
Levantó, de repente, los ojos al cielo cavilando. Día y noche había dedicado sus pensamientos y sus rezos a María pero realmente no había pensado en ella. ¿Estaría bien? ¿podría comer y dormir sin sufrir vejaciones de ningún tipo? ¿estaría pensando en él? ¿le perdonaría por haberla abandonado a su merced? Cada vez que llegaba a esa última pregunta sentía un nudo en la garganta y unas ganas de llorar que hacía años no sentía. Lo único que deseaba, lo que realmente le importaba, era tener a su niña de vuelta en sus brazos.
De pronto, sintió sobre su hombro una mano, y vio que João estaba de pie junto a él. Ya no había indiferencia ni sequedad en su rostro sino una expresión más dulce y humana, una señal de empatía que no recordaba haber visto antes, y por primera vez en tantos años sintió que realmente era su hermano.
-Entiendo lo que tienes. –dijo con calma. –Eu también tengo un niño, y si me lo arrebataran tampoco sabría cómo reaccionar. Mais tú eres fuerte, Mamontón, y estoy seguro que tu hija estará a salvo y que tú la rescatarás.
-¿Pero cómo? No sé dónde está Kirkland, ni siquiera sé porqué se la llevó… si al menos entendiera un poco de lo que pasa por su mente…
-Não es necesario verlo desde ese lado. Por las aguas del Caribe siempre marchan barcos, e más de uno debió haberlo visto. Tienes el océano a tu merced, úsalo a tu favor aunque te cueste.
Antonio asintió, pensando… había muchas incoherencias entre lo que estaba pasando, y al mismo tiempo le parecía que algo terrible unía todo en una red oscura. Primero, atacaban sus barcos, de los cuales alguien, sin ninguna razón, había salvado un collar; luego llegaban los piratas precisamente al sitio en que se encontraban y se llevaban a su hija. El collar… ¿qué interés tendrían en hacer tanto alboroto unos piratas sólo por un collar? No encajaba en lo que había sucedido antes, ni sucedería después con los ataques de ese tipo, había algo que se le estaba escapando…
-João… -los ojos de los hermanos se encontraron. -¿Tú alguna vez has oído de un collar… un collar bastante extraño que alguien tendría interés en robar? Y debo añadir que no es joya de ningún tipo, tiene forma de concha, común y corriente.
Esperaba que el portugués se encogiera de hombros, o se excusara diciéndole que esas cosas no le interesaban, pero para su sorpresa los ojos de su interlocutor se abrieron de par en par, horrorizados, y los labios serios temblaron de emoción.
-¿Entonces, você… encontraste… o collar?
-Yo… lo siento, no entiendo…
-¿Cómo era o collar? ¿Cómo?
-Muy corriente, pero de aspecto bonito, como una tenaza de cangrejo que…
-¿Que llevaba o manchas e unas parecidas pero más pequeñas?
-Bueno, sí… ¿cómo es que…?
-¡Mamontón idiota! –saltó João. –Ese collar eu lo había encontrado do camino hacia acá, por el mar Caribe, mais… no me pareció interesante y además, estaba fuera de mi lugar, así que le pedí a un carguero nativo que había fondeado cerca que lo llevara a Nova Espahna para você.
-Evidentemente no llegó a tiempo. –replicó Antonio. –Pero eso no me ayuda en nada, a todas luces Kirkland se había arriesgado al atraco del puerto para llevarse el collar, pero no entiendo porqué. No era la gran cosa.
-Bueno, no sé si tenga algo que ver, mais os nativos decían que ese era el collar de una diosa.
-¿Y eso qué? No creo que Kirkland lo quiera por eso… a menos que sea un supersticioso sin remedio.
-Sí, eso podría ser verdad. –murmuró João antes de mirar a Antonio con la seriedad de siempre. -¿Y bien, qué harás?
-Haré un comunicado, cada puerto del imperio deberá estar atento a la aparición del Maldición del Mar, también todos los barcos mercantes que crucen el Atlántico y especialmente el centro. No pienso dejar que Kirkland se salga con la suya, sea la que sea. –contestó, apretando los puños.
-Una buena idea… ¿pero cómo lo enfrentarás, Antonio?
Por toda respuesta, el aludido tomó el cuchillo que le habían llevado junto con la comida y lo agitó en el aire, haciendo que João sonriera.
-Ah, ya veo… -añadió. –Sua alabarda. Siempre me pareció un arma muy pesada.
-Sí, pero funciona de maravilla para mí. –contestó sonriendo antes de dejar el cuchillo en su sitio.
-¿E cómo, si puedo saber, viajarás hasta el Caribe, irmão?
-Iré a Maracaibo, fletaré un barco… no, una flota, y entonces me veré la cara con Kirkland apenas me lo tope.
-Sigues siendo un soñador, Mamontón, pero no me sorprende. –explicó João antes de enfrascarse, por tercera vez, en su lectura dejando a Antonio con sus revueltos pensamientos.
-Y a propósito… -le saltó de repente, haciendo que João bajara un poco su gaceta para mirar a los ojos a su interlocutor. -¿Quién es el rey de tréboles ahora?
-Si te lo dijera, seguramente no lo creerías. –dijo el portugués ahogando una risita burlona.
-Vamos, dímelo… -le suplicó.
-Bueno, si tanto quieres saberlo… Lars Vanderhoeven.
-¿Lars? ¿Lars? –repitió Antonio. –Me suena ese nombre pero, no recuerdo… de dónde…
-Se ha vuelto muy popular en Europa. –explicó João. –Es nada menos que el dueño de la venta de tulipanes.
-¿Tulipanes? ¿Se hizo Señor del Mar vendiendo tulipanes? –Antonio echó a reír a carcajadas mientras João, algo dolido, respondía:
-No sabía que te divirtiera que alguien se volviera rico gracias a las plantas.
Al notar su falta, Antonio dejó de reír.
-Lo siento, João, no quise… bueno, tú me entiendes.
-A veces no, pero lo intento. –contestó encogiéndose de hombros. –Hace mucho que dejamos de ser crianças, pero a veces aún veo al niño asustado de la cabaña abrazándose a mi cintura, preguntándome cuándo podríamos tener una mamá.
-Oh, es cierto… a veces desearía que esos días volvieran, ¿tú no? –preguntó Antonio con una sonrisita nostálgica.
-Cállate, Mamontón. –le respondió João, pero Antonio sabía, aunque el portugués se había vuelto a ocultar tras su gaceta, que también estaba sonriendo.
…
Aaaaww, puro amor tsundere entre hermanos ibéricos… ok not. Ya sé que me salí de la trama de UK y México pero era necesario :3 Oh, y un aplauso por el personaje invitado de hoy: ¡Portugal! *clap clap clap*
Notitas históricas: Los baxtaix eran los cargueros de los barcos en Barcelona durante la edad media. Anteriormente eran simples esclavos, pero su labor conforme al paso del tiempo llegó a ser también parte de los hombres libre de Cataluña.
*Salvador de Bahía era uno de los puertos más ricos del Brasil. También tenían puertos tesoro en sus colonias africanas, de donde extraían sobre todo, caña de azúcar, piedras y maderas preciosas y esclavos.
*La riqueza de Holanda en el siglo XVII se vio muy beneficiada por la importación de tulipanes, que proporcionaron durante cierto tiempo una cantidad de dinero enorme a los hombres de Ámsterdam.
Ahora los comentarios:
Ghostpen94: Oooh claro que se la romperá, pero aún no. Amarás el UKMex, de eso me encargaré yo OuO jijiji… sí, soy muy avara con los comentarios.
Flannya: El UKMex es como tu PruMex, pasión revoltosa ;D ya verás cómo avanzan los negocios turbios entre estos dos, pero por lo pronto la historia del ojo de Artie aún debe contarse, no comas ansias.
Wind und Serebro: Ya verás todo este rollo de la baraja pero aún no… aún no ;D
Cinthia C: Entre más malos son más sexys (especialmente Ludwig coffcoffnazicoff) Oooh aún falta algo para que salga Fran, y ya tendrán que juzgar si es un villano o sólo un loco incomprendido. *o* wooooah, qué genial lo de la campana y el galeón… además me diste una idea genial n.n Jajaja vodquila es eso que pasa cuando Rusia y México toman juntos (?) Ya tengo ideas para el GerMex, pero debo acomodarlas bien :3
¿Qué pasará con María y Arthur y Antonio? ¿Qué es todo ese rollo de los Señores del Mar? ¿Para qué ching… carambas quiere el capitán Kirkland el collar? Averígüenlo en su fanfic favorito (¿soberbia, dónde?) ¡Adiosito!
