6
Los Desencuentros
Un golpecito, otro, un crujido… parecía imposible que la cerradura aún no cediera a pesar de que llevaba horas forzándola con la lima, pero ahí continuaba y por más que golpeara y tirara ésta seguía tan estoica como en un principio. Se pasó una mano por la frente limpiándose el sudor y volvió a golpear, haciendo entrar y salir la lima escuchando el sordo y seco ruido del metal rozando metal, preguntándose nerviosa qué horas serían, cuándo se acordarían de ella y qué tanto les faltaba para llegar a su destino.
De pronto, escuchó un suave "clic" y sonrió feliz, ¡había cedido! Todo lo que tenía que hacer era salir, buscar algún bote de remos y…
Pero no pasó ni un segundo cuando la puerta se fue contra ella, haciéndola rodar por el piso aún con la lima en la mano. Levantó la cabeza y palideció, viendo frente a sí al capitán Kirkland que jugaba con una llave en la mano y le miraba con una mueca desagradable.
-Good morning, little countess… -saludó entrando con paso firme. María se retrajo, ocultando la lima en su vestido. -¿Qué hacías tan cerca de la puerta? ¿Acaso… -añadió y su sonrisa maliciosa aumentó. –buscabas un modo de huir?
-Yo… yo… no… -balbuceó, pero sabía bien que acababa de perderse. Arthur asintió despacio con gesto indulgente.
-Una mala idea, una estúpida idea de hecho… y con eso ya llevas al menos dos ideas estúpidas acumuladas en este viaje, no es un muy buen número, don't you think? –con una patada, Arthur cerró la puerta y dejó de sonreír; María dio un respingo y continuó retrocediendo hasta que su espalda chocó contra los pies de la cama. –Mi hospitalidad no parece suficiente para la necia hija de Carriedo, así que sería bueno que dejáramos de lado los modales and… aprendiéramos de otro modo…
Arthur se inclinó sobre ella, pasando su ojo primero por el rostro asustado de la joven y luego por el collar que aún colgaba de su cuello. Este último lo acarició con un dedo largo y pálido, de manera tan tierna que parecía irreal, para luego llevar ambas manos a los hombros de María, apretándolos. Fue ahí cuando ella reaccionó y apenas pudo preguntar:
-¿Qué… que piensa…?
Arthur dibujó una sonrisa torcida con sus labios; luego, sin ninguna consideración, atrapó la tela del vestido entre sus manos y jaló de ella, haciendo que las mangas se desprendieran dejando desnudos los brazos de la prisionera. María gritó y trató de cubrirse, pero entonces las manos del capitán se dirigieron a su torso y la sujetaron, impidiéndole escapar.
-Pensaste que podrías pasar la vida haciendo tus caprichos, ¿verdad, my little countess? Pero en el mar las reglas son diferentes y yo… soy su rey…
La mano derecha del pirata sacó de entre sus ropas un pequeño puñal que sostuvo delante de la cara horrorizada de María. Luego, lo dejó caer con un mandoble seco sobre el pecho de ella, haciéndola gritar de horror antes de descubrir que el filo sólo había atravesado la tela del vestido; Arthur hizo bajar el puñal abriendo la prenda desde el pecho hasta el talle, tirando con fuerza para sacarlo y de paso desgarrar el cinto de la falda. Enardecido, soltó el arma y empujó a María al suelo, boca arriba, y apretó las rodillas alrededor de su cintura para evitar que se moviera mientras con sus manos rasgaba la falda, haciendo caso omiso de los chillidos de la joven.
-¡Déjeme… suélteme… no se atreva…!
-What? ¿Qué no me atreva? Look at me! –bramó estirando los brazos mientras lo que quedaba del vestido caía hecho jirones a su alrededor. Apartó los restos de tela y se detuvo para contemplar el resultado; bajo éste, María sólo llevaba una camiseta aprisionada, como su talle, bajo un corpiño, y un fondo largo hasta las pantorrillas de tela casi transparente eran lo único que cubría su cuerpo. Hubo un momento en que el capitán paseó su mirada con hambre sobre las piernas temblorosas y mal cubiertas de la muchacha, preguntándose qué tan lejos sería capaz de llegar ahora.
Acompañado por un gritito asustado por parte de su presa, Arthur aprisionó las muñecas de María en una mano y la forzó a levantar los brazos, dejándola indefensa; inclinó su rostro, quedando éste a pocos centímetros del de ella, y sonrió ladino.
-Well, ya no eres tan valiente, ¿verdad? –se mofó mientras la joven temblaba. Sonriendo, Arthur se inclinó aún más y hundió la nariz en los cabellos de María, aspirando fuerte y escuchando, divertido, la respiración agitada de su víctima. Podía hacerlo, nadie iba a impedírselo… podía hacerle cuanto daño quisiera y pudiera antes de llegar a su puerto, al fin y al cabo ya había decidido ponerle fin a su vida, no había nada que lo detuviera… tan sólo la pena de no tener a Carriedo ahí, atado, sufriendo mientras lo veía mancillar a su tan adorada hija…
Se había decidido. Si iba a vengarse, también su ira alcanzaría a la muchacha. Todo su dolor y su desesperación la sentiría ella en su carne, lloraría las mismas lágrimas amargas que él y vería correr su propia sangre, indefensa, abandonada…
Sonrió bien seguro y miró a los ojos de su víctima, decidido a guardar para siempre en su memoria aquél infame momento… Miró en esos ojos profundos, tristes, asustados y suplicantes, llenos de aquélla luz nerviosa y sin embargo aún inocente, aquéllos ojos límpidos que no comprendían porqué estaban ahí languideciendo, soportando tantas humillaciones y vejaciones…
Dejó de sonreír. Liberó las muñecas de María y despacio, muy despacio, se puso de pie. Su presa continuaba en el piso, pero lentamente se apoyó en los codos para incorporarse, casi tan desconcertada como él. El capitán adoptó una expresión seria, vacía, y se guardó con cuidado el puñal en su cinto, mirando de soslayo a la aún contrariada jovencita.
-What? –espetó de mal modo. -¿Esperabas alguna otra cosa? Que esto te sirva de lección de humildad, little countess, and… -miró los revoltijos del vestido y se inclinó en ellos, revisándolos hasta dar con la lima, que también guardó. –No vuelvas a hacer algo estúpido, no falta mucho para llegar.
Se dio media vuelta y echó a andar, poniendo una mano sobre la perilla listo para salir; entonces la voz de María lo retuvo con solo dos palabras:
-¿Capitán Kirkland…?
Estuvo tentado a volverse, preguntarle aunque no fuera de la mejor manera qué quería… pero no lo hizo, ya había tenido bastante con su momento de debilidad y no iba a permitir que sucediera de nuevo. Salió y cerró la puerta con cuidado, quedándose afuera apoyado de espaldas contra ésta, mirando el techo con desencanto y una angustia que hacía años no sentía.
El mar, quieto esa mañana, transportaba a más de un decaído.
-¿Senyor?... Senyor Mamontón…
Le costó varios segundos recordar que ése era su nombre; Antonio se volvió para encarar a Arnau quien, colgado del bauprés, había estado disfrutando de la vista de las olas que se quebraban contra la proa del barco.
-Perdóname… ¿me decías? –preguntó Antonio ante la mirada inquisitiva del muchacho.
-Senyor, mire adelante…
El dedo de Arnau señalaba al horizonte, justo por donde se asomaba el sol matutino. Ahí, una silueta de tamaño irregular se agitaba lentamente, mecido por el vaivén del océano; el español entrecerró los ojos buscando enfocar bien el objeto.
-¿Qué es, senyor?
-Un barco, sin duda alguna… tal vez una balandra, o un bergantín… es un barco bastante pequeño para ser mercante…
-Y si no es mercante, senyor, ¿qué es?
-Podría ser cualquier cosa, quizás un… -de pronto, las facciones de Antonio se endurecieron. Un barco pequeño navegando a la deriva… él sabía bien, porque había visto barcos en esas circunstancias, lo que podía ser. ¿Y si acaso ese barco era…? –Arnau, avísales a los demás que hay unan nave sospechosa hacia el noreste de nosotros… ¡rápido!
-Sí, senyor, ahora mismo, senyor. –el muchacho bajó corriendo del bauprés y desapareció de la vista de su compañero de viaje. Antonio se volvió buscando con la mirada su alforja, y al ver la punta de su alabarda asomando por debajo de su disfraz sintió que las manos le ardían. Deseaba como nadie tomar el arma y abalanzarse sobre aquél barco apenas se acercara, y si acaso era la nave de aquél maldito inglés…
La advertencia de Arnau hizo que la gran mayoría de los hombres, que aún permanecían ociosos en cubierta o en las galeras subieran a toda prisa, buscando ver bien el barco vecino encaramándose a los bordes de la proa.
-¿Lo ves?
-¡Está muy lejos!
-No tiene bandera, ¿a que no?
-¡Apartad, apartad! –el capitán, un hombre de mediana edad y que cojeaba de manera irregular haciendo de su andar un contoneo, forzó a los hombres a retroceder. -¡Tú, muchacho! –exclamó, señalando a Antonio que seguía como roca en su lugar. -¿Qué habéis visto?
-El barco, señor… Demasiado pequeño para una nave mercante, ¿y quién más pues viajaría tan lejos?
-Ya veo… ¡Vigía! ¡VIGÍA!
Un hombrecillo macilento y de piel oscura se asomó por el cesto de la gavia.
-¡Es un bergantín, capitán, y está a dos grados proa! –explicó atropelladamente.
-¿Y bien? ¿Qué tan lejos está?
-¡No sé bien, capitán, unas dos leguas cuando mucho, capitán!
-Joder, que solo a mí se me ocurre contratar de vigía a un miope iletrado. –se lamentó el capitán mesándose los cabellos. –Bueno, ¡preparen los cañones, alístense pero no disparen a no ser que os dé la orden! ¡Vigía, haz algo de provecho y busca la bandera del bergantín!
Antonio, silencioso, se deslizó junto con el resto hasta llegar a su alforja, apretando el mango de la alabarda aún oculta. Esperaría, esperaría a escuchar las palabras del vigía y solo entonces…
-Mamontón, ¿qué hace? –preguntó Arnau, sacando de su ensimismamiento a Antonio de mala manera. Bruscamente, el mayor se volvió a él.
-Vete con los demás, Arnau.
-Pero senyor Mam…
-¡Te digo que vayas!
Desconcertado por la agresividad de Antonio, el catalán retrocedió tímidamente con la vista en el suelo y echó a andar lejos de él. De nuevo, la mano que descansaba en el mango se apretó con fuerza, esperando…
-¿Cuánto falta, vigía? –gritaba el capitán.
-¡Estamos cerca, capitán, menos de una legua!
-¿Y la bandera?
-¡No tiene ninguna!
Aquélla era la señal que Antonio esperaba. Sin pensarlo, extrajo de un tirón su alabarda, y el filo del arma destelló glorioso en el sol; nadie le prestaba atención, por lo que se deslizó hasta babor con el arma en su mano esperando que se aproximaran un poco más. Ya podía ver bien el barco, cada vez más cerca, imaginando que los piratas recién descubiertos echarían a correr para prepararse pero sería tarde ya… muy tarde...
-¡Capitán! –gritó el vigía. -¡Capitán, no me crea mucho, pero… parece que sólo nosotros estamos moviéndonos!
-Ala, ¿ociosos en medio del océano? Serán malandrines entonces… ¡preparaos para disparar! –ordenó el hombre, y Antonio escuchó los chillidos de excitación de las lombardas. Antonio, ya convencido, levantó el arma de modo que el filo descansara sobre el borde. Ya faltaba menos, casi podía sentir los pasos de los piratas sobre la cubierta correteando como ratas que buscan huir… y, sin embargo, las figuras del bergantín parecían algo desconcertadas, aliviadas de cierto modo al ver acercarse al gran barco mercante.
-¡A estribor! –ordenó el capitán, y el barco viró bruscamente. Iban a embestirlo de lado, una manera de evitar un ataque sorpresa en caso de que los esperaran armados, y el español lo sabía. Se acercaron más, expectantes, viendo a la multitud de marinos que se apilaban en la proa para verlos acercarse… ¿y porqué nadie parecía especialmente asustado? Algo, pensó Antonio tratando de ignorar el temblor de sus manos, no iba del todo bien…
Luego cayó en la cuenta que ese ni siquiera el barco de los piratas. Los hombres de a bordo vestían, si bien no con elegancia, sí con gran pulcritud, como lo hacían los marinos de los barcos oficiales; sus caras, menudas y algo mal hechas, estaban ligeramente tostadas y mostraban una grata sorpresa frente al barco que se aproximaba, y uno de ellos empezó a agitar una mano gritando con voz grave:
-Aide, si vous plait! Nous alons perdue…!
Y de pronto, varias voces gritaban del mismo modo. La confusión en el barco mercante creció.
-¿Qué es todo esto? ¿Alguna especie de trampa? –murmuró el capitán.
-Podría ser. –replicó Antonio, quien seguía clavado en su sitio con una mueca de frustración.
-Hmm… sería bueno investigar… pero debería alguien abordar el barco y no creo que nadie se atreviera a…
-Yo lo haré. –contestó, decidido.
-Hijo mío… -el capitán lo observaba contrariado. -¿entiendes que si lo haces y hay un motín, podrías…?
-Lo sé perfectamente, capitán. –gruñó. –Por eso mismo pido vuestro permiso para ir… armado, por si acaso.
El capitán resopló, la idea no le convencía del todo pero accedió. Ordenó que dejaran acercarse más al barco y cuando estuvieron cada cual de su lado, colocaron una plancha entre ambos navíos.
-Sé prudente, hijo, pregunta sólo lo que debamos saber y… -Antonio sintió una manaza golpeando su hombro. –Que Dios os proteja y guíe.
Con el corazón vibrando angustiado en su pecho, Antonio echó a andar por la plancha, mirando cómo los marinos retrocedían, nerviosos, ante la vista de su alabarda. Apenas cruzar al otro barco, los miró con ferocidad y preguntó en voz alta:
-¿Quién es su capitán? –no hubo respuesta, los hombres se miraron entre sí murmurando extrañados, haciendo enardecer el ya inestable humor del español. -¡El capitán!
-Calma, calma monsieur, no es un buen momento para gritar cuando aún se tiene el estómago vacío…
Una voz extraña, sedosa e insidiosa, se elevó en la nerviosa multitud. De pronto, un hombre bien vestido con una larga casaca celeste llena de finos ornamentos y de largos cabellos rubios sujetos por un lazo se plantó delante del recién llegado, exhibiendo una sonrisita burlona. Antonio frunció el ceño, tratando de mantenerse estoico a pesar de lo exagerado del vestuario del desconocido.
-Et bien? –preguntó, volviendo a sonreír. -¿Qué clase de ropas feas son esas? ¿Dónde las compró, en Le Meson de les Miserábles?
Ante la gracia, los marinos echaron a reír, haciendo que el español se pusiera más irritable.
-Somos un barco español mercante, honrado y bien armado, y nos preguntábamos qué hacía un barco sin bandera en la deriva del océano. –dijo tratando de mantener la calma.
-¡Ah! Es una larga historia… -y la cara del francés (no había duda de que eso era) pasó a dibujar un gesto de pesar. –Bástele saber, chevallier, que mi barco fue atracado por unos piratas… ¡ah, malditos sean! Saquearon mis galeras, se llevaron mi hermosa bandera… y desde ese día vagamos sin rumbo, buscando alejarnos de las Antillas para no volver a caer en su trampa… ¡oh, monsieur, qué pesar el mío y el de mi pobre tripulación, llevamos aquí varados tres días! –gimoteó sacando de su puño un pañuelo rosa que empezó a mordisquear. Antonio pensó que se veía idiota, pero recordó la mención a los piratas.
-¿Y quiénes eran?
-¡Ahh, ni me los recuerde! –exclamó. –Ese maldito de Kirkland et sus hombres endemoniados que…
-¿Kirkland? –el corazón de Antonio se aceleró de nuevo. -¿Hace cuánto fue eso?
-¡Ah, ya bastantes días… semanas, mon ami! ¿En qué mundo vivimos cuando ni siquiera un barco oficial puede circunnavegar a casa seguro? Por cierto… -añadió volviendo a la normalidad de manera tan repentina que el español se sintió aturdido. –soy chevallier François Jean Bonnefoy De La Fontaine.
-Antonio Fe… Mamontón. –se corrigió enseguida. –Si necesitan ayuda nuestra, podemos proporcionarles lo que les falte.
-¿De verdad? Merci beaucop, monsieur Antoinne! –Francis se inclinó y le besó efusivamente ambas mejillas, ante el desconcierto del español. –Es usted tan amable, tan… comment on dit… considerado y honrado y justo…
-Sí… gracias, pero no gracias. –apenas pudo, se apartó de él. El francés era demasiado meloso para su gusto.
Llegó el mediodía; en el océano abierto, el barco mercante había terminado de hacer su descarga, pasando una pequeña porción de víveres al bergantín francés, suficientes para unos días de viaje hasta la costa más próxima. Antonio, firme como estatua en su sitio, sentía su sangre hervir; había estado tan cerca, y todo había resultado en una falsa alarma.
-Te ves angustiado, mon ami. –dijo Francis, que se había acercado de pronto. –Algo muy triste debe haber en tu alma para que guardes ese silencio tan profundo.
Antonio suspiró. Nadie, ni siquiera Arnau, había escuchado sobre su historia en todo el viaje, y ahora precisamente no quería soltarlo todo con el francés amanerado.
-Da igual. –refunfuñó apartándose de él. Para su enfado, Francis insistió.
-Recuerdo tu cara cuando mencioné el hombre del… capitán Kirkland. ¿Lo conoces?
-No dudo que haya muchos en estas aguas que conozcan su nombre. –contestó con evasivas.
-Oui, eso es verdad, pero tus ojos… mon Dieu, tus ojos cuando lo mencioné… quemaban como mil infiernos. Y me pregunto, ¿porqué un hombre sencillo, marino de un barco mercante tan pequeño como el tuyo, podría molestarse ante la mención de un pirata como ése de tal forma?
-Se trata de algo que no importa, ¿de acuerdo?
-Oh… ¿no importa, mon ami? –susurró. -¿Qué te pudo haber hecho ese filibustero de tan mal gusto que le odies así? ¿Hundió algún barco? ¿Lastimó a alguien que amabas? ¿Acaso… lo asesinó?
-Ni siquiera digas eso. –dijo alarmado, haciendo que la sonrisa de Francis aumentara.
-Así que es eso… ¿a quién fue?
Antonio miró de reojo, mal encarado, al francés. Aquella insistencia le molestaba, pero sus palabras también lo habían puesto en alerta; si conocía al capitán Kirkland, sabía también de sus alcances, y sus insinuaciones parecían gritarle que quedaba poco tiempo para su pobre hija.
-A mi hija. –dijo por fin en un murmullo. –Él la… secuestró…
-Oooh, qué horror… la pérdida de una belle fleur es siempre lamentable, no importa la situación. –replicó Francis, dramatizando del mismo modo que al describir las penurias de su tripulación. –Et bien, ¿qué pasó con ella?
-No lo sé… he estado buscando ayuda para poder interceptar a Kirkland, pero… no he logrado nada. –explicó, frustrado.
-Oui, conozco esa sensación. Hace mucho tiempo, cuando yo era apenas un muchachito que jugaba entre los barcos pesqueros, había oído una leyenda sobre un especie de cofradía que se encargaba de hacer pericias en el mar y que a veces ayudaban a sus amigos en problemas… pero eso son solo cuentos, ¿no es así, Antoinne? Si conociéramos el rumbo del barco de Kirkland… aaah, aunque ahora que recuerdo… -soltó de pronto. –ese pillo tiene algunos escondites, no muy lejos de aquí.
-¿Cómo, en mar abierto? –preguntó con escepticismo pero sinceramente interesado.
-Mon ami, el mundo es grande, y a veces los espacios supuestamente vacíos tienen secretos. Et moi, te aseguro, conozco algunos de ellos… como un islote misterioso en el que según he escuchado de lenguas más o menos honorables, se esconde ese truhán inglés cuando no está aterrorizando las Antillas.
-¿Sabes qué tan lejos queda? ¿Cómo llegar?
-Oui… pero yo creo que es peligroso ir allá solo, aún cuando no esté ninguno de ellos…
-Eso no importa, iré en un bote de remos si es preciso. –replicó con ojos febriles. –Señor Bonnefoy… dígame dónde está.
-Non, no te lo diré. Pero… -añadió al ver que iba a protestar, acentuando su sonrisa. –puedo llevarte hasta allá si tanto te interesa.
-Sí, sí me interesa, ¡claro que me interesa! Pagaré lo que sea, en efectivo. –añadió rápidamente, bien sabía que esas cosas no eran gratis jamás. –Pero… por favor…
-Tranquilo, Antoinne, comprendo tu dolor y procuraré mitigarlo lo más pronto posible. –le aseguró Francis colocando un mano sobre el hombro del español. –Ya lo creo que será así…
…
Seee, me tardé mucho perdonen, pero no había tenido inspiración suficiente. Hoy… hoy no tenemos notitas históricas, siéntanse aliviados de eso jaja.
Ahora los comentarios:
Wind und Serebro: el amor de Lars por los tulipanes es una historia de amor mejor que Crepusculo (?)
Flannya: Salvaje es el término correcto, my dear ;D y no solo Arthur se va a quedar de a seis. Jojo, Lars merece mucho amor en esta vida n.n tenia que mencionarlo… además es históricamente correcto, Holanda fue un país muy próspero durante esa época.
Cinthia C: GOD, mencionaste a mis cuatro serios favoritos *-* creo que te amo (?) A la hora de la verdad adelanté la aparición de Fran XD disfrútala; yaaaay, esos los había leído *-* a Mari la han tratado de invadir desde chibi x'D
Ghostpen94: Ama el UKMex… ÁMALO DIJE!
Jojo, hoy tuvimos de todo un poco: suspenso, misterio, Arthur pirata siendo semoso y sensual… ¿y qué viene a continuación? No se los diré, pero les gustará, muajajaja… ¡adiosito!
