7

Tormenta

En cubierta, reinaba la calma. Algunos hombres habían usado una vieja caja de madera de provisiones a guisa de mesa para jugar cartas, el vigía colgaba del carajo de la nave con una pierna fuera del cesto rasgando su mandora, y más abajo, algunos otros se apilaban junto al mástil principal cuchicheando entre ellos, mirando de reojo a Hopkins, que estaba materialmente acurrucado contra el timón con los ojos entrecerrados. La calma chicha del mar los tenía vueltos locos desde media tarde, pero el capitán no les había dirigido la palabra en todo el día y dudaban que eso fuera a cambiar con ese clima tan deprimente.

-Ha! Three queens! –saltó uno en la mesa improvisada. –I won, gentlemen!

Uno de los jugadores tomó las cartas y las revisó con gesto hosco, aprestándose a lanzarlas a la cara de su alegre compañero.

-These are not three queens, it's two queens and a joker!

-You, liar! –exclamó un tercero, propiciando una pequeña riña entre lo que se decidían si las deslucidas cartas eran o no como alegaban. Uno de los hombres del mástil tomó una galleta, la mordisqueó y luego la escupió asqueado.

-Almost four weeks in the ocean… no prey, no food… what the bloody hell is the captain thinking? –se quejó amargamente. Otro de ellos, uno de los hombres que había participado en la refriega del puerto, sonrió burlón señalando la puerta que daba al camarote.

-It's for the woman.

-The little countess? –preguntó de vuelta, y su rostro se volvió más rabioso. –No women on board, that's our rules… why is she here? Why did the captain brought her? –su interlocutor se encogió de hombros, volviendo a apoyar la espalda contra el mástil, mirando el cielo extrañamente grisáceo. –I think… do you wanna know what I'm thinking, Phil?

-Not really…

-Well… -la sonrisa del hombre reveló sus dientes repugnantes en una mueca espantosa. –I think the women must be a… common property for the crew… The treassure must be divided in equality, right?

El llamado Phil abrió la boca, asintió y echó a reír junto con su lascivo compañero. Pero la risa no les duró mucho ya que, de pronto, un disparo fue a dar muy cerca de donde estaba la cabeza del que había hablado primero, dejando un agujero humeante en el mástil y haciéndolo enmudecer de golpe; ambos miraron al frente y creyeron morir al ver al capitán Kirkland de pie frente a ellos con el arma desenfundada y la rabia irradiando en su ojo. Seguramente los había escuchado.

-C… cap… captain… -tartamudearon los dos graciosos, apartándose del mástil a toda prisa. Acto seguido, el hombre se volvió a los que habían estado peleando por el lío de las cartas y se acercó a ellos, viendo cómo se soltaban y retrocedían a prudente distancia.

-So… are you having a good time? –preguntó con falsa voz calmada. –Mister Hopkins… Mister Hopkins!

El hombre que había estado dormitando sobre el timón viró con brusquedad, golpeándose la cara contra los volantes y por fin se sacudió volviendo en sí.

-Yes, captain!

-Can you please remind us the rules about gambling?

-"Gambling is not allowed during the navigation", captain. –repitió casi en automático. El capitán sonrió más pronunciadamente.

-Thank you, Hopkins. So? –preguntó de vuelta. Los hombres se apresuraron a recoger las cartas y los restos de madera de la caja (en el barullo la habían roto) y echaron a correr lo más lejos posible del pirata. –Hopkins… what's with our route?

-Not as good as we wanted, captain. –se disculpó Hopkins, quien luego de volver de su letargo buscaba el rumbo desesperado, brújula en mano. –The wáter is calmed and the fog isn't helping us. Captain… should we cast anchor?

-Of course not. –repuso Kirkland, echando a andar hacia la puerta del camarote. –Stay on the course.

Puerta abajo, María estaba recargada sobre un cofre pequeño, jugueteando con la aldaba. Había pasado todo el día sola, nadie se había dignado a bajarle de comer y sospechó que el capitán había tenido algo que ver con eso; el caso era que le dolía el estómago y estaba tan mareada que hubiera aceptado de buena gana que le arrojaran un pedazo de pan seco por la rendija. Golpeteaba la aldaba de arriba abajo, no muy segura de que fuera a abrir, el capitán seguramente la había cerrado con llave…

Sin embargo, la aldaba se levantó y con un seco "clic" lo mismo hizo la tapa, forzando a María a cambiar de posición. El cofre se había abierto; sabía que no debía, pero la curiosidad pudo más en el corazón de la muchacha y empujó hacia arriba la tapa, preguntándose qué podría contener el cofre para que estuviera tan a la mano. Lo primero que notó fue el aroma seco y dulzón del papel y la tinta viejos, y luego el refulgir de un par de joyas y algunas cadenas de perlas, y por fin, abajo, un género grueso, rojo, viejo y refinado que tenía una desgarradura. Con la punta de los dedos alcanzó el fondo del cofre, acariciando la cosa roja y notando que era tergal, por lo tanto debía ser alguna prenda en desuso.

Echó un vistazo rápido a las demás cosas; había, como sospechó, un tintero roto, una carta sellada con lacra roja que también estaba rota, colgando apenas de un centímetro de papel que evitaba su separación, y había varios papeles deslucidos cosidos a una carpeta sencilla de cuero roído que apestaba a orín. Dejando eso de lado junto con las joyas (las cadenas de perlas a todas luces habían sido parte de un collar, y en cuanto a las otras descubrió que eran anillos) continuó su búsqueda y dio con algo que parecía muy fuera de lugar: una carta de baraja inglesa, con los bordes deslucidos y una mancha reseca de sangre. Era el As de Espadas, pero del resto de la baraja no había rastro.

María dio varias veces vueltas a la carta, preguntándose porqué el capitán habría guardado algo así. Entre vuelta y vuelta, descubrió que con una caligrafía torpe alguien había escrito una sola palabra en el dorso: "vindicta".

-Vindicta… -repitió en voz baja.

Una mano la alcanzó de los cabellos, tirando de ella hacia atrás y alejándola casi un metro del cofre. De pronto se vio de frente con el capitán, más furioso que en la mañana.

-What the bloody hell are you doing?! –exclamó. Estaba enardecido, pero también… ¿asustado? Su ojo se dirigió a la mano con que María apretaba la carta, y la forzó a soltarla para luego guardarla con cuidado bajo su casaca. –Veo, little countess, que no has aprendido que no debes husmear donde no debes ni abusar de la hospitalidad ajena, ¿me equivoco?

Arthur volvió a embestirla, pero esta vez María, en un arranque de valentía que no había mostrado desde la vez que intentó apuñalarlo, fue a su encuentro. Los dos cayeron al piso, con la joven encima del pirata, y forcejearon la una por librarse, el otro por sujetarla, y el cariz se volvió tan violento que Arthur intentó sostenerla del fondo y éste se desgarró, dejando al descubierto su pierna derecha hasta la altura del muslo; María no se amilanó, y continuó con su desesperada carrera antes de verse boca arriba en el piso, con Arthur buscando apartarle las manos para que dejara de dar puños al aire.

-¡Suéltame… SUÉLTAME! –bramó ella, llevando una de sus manos al rostro del inglés con intención de arañarlo. La maniobra resultó, pues sintió la fría piel de la mejilla de su enemigo bajo su uña, pero no fue por mucho, ya que algo más grueso parecía haberse enredado en su mano y la retrajo. El capitán se levantó de golpe, caminando hacia atrás y cubriéndose el lado derecho de la cara con una mano, bufando como un gato molesto hasta que chocó contra la puerta y tuvo que detenerse, respirando entrecortadamente y temblando.

María se puso de pie, mirando primero a su mano y luego al capitán, cada vez más desconcertada y nerviosa. Lo que había hecho fue simplemente arrancarle el parche del ojo, más allá no parecía haberle hecho daño, y sin embargo él continuaba clavado contra la puerta, tan horrorizado como si lo hubiera dejado tuerto. Las manos de María temblaron, incapaces de soltar aquélla cosa repugnante, pero seguía mirando al capitán con aires de confusión.

Lentamente, la mano de Arthur descendió, dejando ver un rostro intacto… o al menos eso parecía hasta que María notó, dando un fuerte respingo y llevándose las manos a la boca, que estaba desfigurado por una larga cicatriz que llegaba desde la sien, ahí donde caía el cabello, hasta casi el tabique de la nariz, cruzando el ojo de tal manera que su ceja estaba también partida a la mitad. El ojo, tan esmeralda como el otro, tenía sin embargo pequeñas líneas oscuras, como venas rotas, que lo cruzaban en las orillas, prueba de que había recibido también daño al momento de hacerse la cicatriz.

-Ca… capitán… -susurró la joven conmovida ante la visión de la marca, apretando el parche con nerviosismo y espanto. Poco a poco, la cara de Arthur se normalizó y volvió a ser la misma máscara seca y estoica de siempre.

-Dame el maldito parche. –le ordenó, acercándose unos pasos y estirando la mano. María obedeció tímidamente, y Arthur le arrebató el objeto apresurándose a darle la espalda mientras lo acomodaba en su sitio, en silencio. La joven, sin embargo, tenía ahora más dudas que nunca.

-Capitán… ¿porqué… cómo…?

-No te incumbe en lo más mínimo, little countess. –le cortó enfadado. En cuanto ajustó el parche volvió a encararla y caminó hacia ella, pero la pasó de largo y se inclinó para acomodar dentro del cofre, en su sitio, todas las cosas que de éste habían salido. María insisitó.

-Capitán, por favor… amablemente le pido que me…

-What? ¿Quieres saber cómo me hice esto? –una sonrisa torcida, burlona y cruel, desdibujó los labios del inglés. –La vida no es un lecho de rosas, my little countess, en realidad se parece más a un paraje lleno de niebla en el que no puedes ver nada y andas descalzo buscando la luz, y cuando crees que la encuentras te topas con un agujero lleno de porquería en el que te hundes, y solo puedes salir de él ensuciándote lo más que puedas.

-O sea que, usted hace todo esto porque… ¿busca escapar?

-Oh dear, tienes cerebro al fin y al cabo. –se mofó sorprendido. –Cuando crees que las cosas están bien pasan esta clase de porquerías. Hace unas semanas tú dormías en tu cómoda y tibia cama y ahora lo haces en el piso mohoso de un barco pirata dirigiéndote a la muerta… But no… no tiene comparación tu… pequeño sufrimiento con lo que yo pasé. –Arthur rió, esta vez con tanta tristeza que la joven se sintió angustiada, no recordaba haberlo visto expresar emociones de ese tipo. –He sufrido hambre, frío, enfermedad… he sentido la pesadez del hierro en mis miembros y la sed quemante en mi boca… sufrí la agonía de la sangre corriendo por mi cuerpo… my own blood, my own body… Y tú te atreves a lamentarte por un vestido roto y un día sin pan.. HA!

Arthur se puso de pie al terminar de sellar el cofre, caminando hacia la puerta sin intenciones de mirar a su presa, que continuaba encogida en su sitio.

-Capitán… ¿quién fue el que le hizo todo eso? –preguntó con dificultad, la voz débil, las manos temblorosas. Esto, de reojo, fue notado por Arthur. Arrepentimiento, eso era lo que podía percibir en aquéllas acciones, un sincero e inocente arrepentimiento por un crimen desconocido de un tiempo incierto, un delito que no cometió pero por el que él gozaba hacerla pagar durante esos días de infierno.

-Do you wanna know? –preguntó, divertido, saboreando el momento que se venía, dando la vuelta sólo para sentir el placer de ver su reacción. –Tenía nombre, sí… y ese era…

El nombre nunca lo llegó a escuchar, porque el barco viró con violencia y los dos fueron al suelo. Arthur escuchó un rugido profundo, como si las entrañas de la Tierra se quejaran.

-Stay here. –le ordenó a María antes de lanzarse escaleras arriba, sin molestarse siquiera en cerrar las puertas. Afuera, el clima calmado había desaparecido, y las olas se agitaban e inflaban furiosas alrededor del barco, hinchando las velas y moviendo la nave sin rumbo fijo; un relámpago iluminó al cielo, dejando ver de momento las caras asustadas de la tripulación. –What the bloody hell is going on?! –exigió saber.

-Storm, captain! –exclamó Hopkins, que estaba de nuevo colgado del timón intentando dominarlo. –We almost collided against a sandbar!

-Bloody idiots… -masculló Arthur. –Keep the course, Hopkins!

-It's imposible! –replicó el otro, haciendo que las últimas gotas de paciencia del capitán se evaporaran. Sin pedir opinión, cruzó de unas cuantas zancadas la cubierta librándose por poco del vaivén del barco y empujó a Hopkins del timón. –Get out the way, bloody moron!

Arthur sujetó el timón, haciéndolo virar con fuerza de vuelta al lado correcto, ignorando la débil llovizna que caía y lo revuelto de las oscuras aguas a sus pies, con la mirada fija en el frente a pesar de que era imposible vislumbrar algo en esa negrura. Los hombres buscaban no caerse por las bordas, ya que a cada instante la tormenta hacía que la nave se balanceara de un lado a otro, cada vez con más violencia.

-Captain! –exclamó Hopkins. –The sails!

-I bloody know! –se quejó Arthur, tirando del timón para librar una ola que se estrelló en estribor, haciendo que el barco se ladeara aún más. –Ensure the sails!

-Yes, captain! –respondieron varias voces, y una docena de hombres treparon por los mástiles para atar las velas que comenzaban a cerrarse desde abajo. El relajo iba en aumento y las voces trataban de sobreponerse al rugido del océano, y entonces lo peor sucedió. Un grito desgarrador, y el vigía anunció desde su cesto:

-Man overboard! Man overboard!

Arthur cerró el ojo con un gesto de frustración. Acababa de perder un hombre, y en esas circunstancias no podía darse el lujo ni de rescatarlo ni de perder a otro. Colocó en postura recta el timón y lo sujetó como si su vida dependiera de ello para evitar que virara, esperando que las olas que parecían irse sobre ellos terminaran pronto; entre tanto, la lluvia había empeorado.

-Ensured sails, captain! –anunció Hopkins.

-Right! Now… stay away from the border! –ordenó, tirando como podía del timón. Ahora, el barco sólo se movía mecido por las olas, que se estrellaban contra la cubierta haciendo saltar algunos peces sin suerte que se retorcían en el piso hasta que alguien los atrapaba o el oleaje los devolvía al mar con un segundo golpe.

A pesar del miedo persistente, Arthur no cedía, estaba seguro de que su barco podría sobrevivir en cuanto remontara alguna ola lo suficientemente grande como para no estrellarse contra éste, si es que tal cosa era posible; pero sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando vio, de pronto, una melena oscura abrirse como abanico a pocos pasos del mástil principal. Era María.

-Little countess, watch out! –exclamó, pero la advertencia llegó tarde. Una nueva ola embistió el barco, haciéndolo ladearse sobre babor de modo tan brutal que el barco quedó casi de costado, haciendo saltar a otras dos siluetas por la borda. –¡NO!

María, tambaleándose, se había salvado de milagro al abrazarse al mástil antes de volver a su camino.

-¡Capitán! –gritó entre paso y paso.

-¡Te dije que no te movieras, bloody quim! ¡¿No puedes seguir una simple indicación como esa o…?!

-Captain, the wave! –chilló el vigía con evidente terror, señalando al frente. Todos lo hicieron, y vieron ir hacia ellos una ola enorme, rápida, pero que a todas luces iba a estrellarse sobre el barco.

-Everybody, cover yourself! –ordenó el capitán, inclinándose sin soltar el timón. Todos a una se echaron al suelo, abrazándose a lo que podían para evitar salir volando, y María se colgó a la caña del timón cerrando los ojos, asustada. La ola llegó, y con un rugido impotente se dejó ir sobre la proa, desviando la cebadera y haciendo saltar un par de tablas del castillo antes de regarse por toda la cubierta. Los piratas levantaron la cabeza, esperando ver pasar el peligro, y se pusieron de pie antes de lanzar un débil grito de júbilo.

-SHUT UP, ROACHES! –gritó Arthur, de nuevo de pie. –GO AND ACCOMMODATE THE SAIL!

-Yes, captain! –replicaron los que estaban más cerca del castillo, y treparon a éste para sujetar la cebadera de vuelta en su posición.

-Captain! –volvió a gritar el vigía.

-Now what?!

-Captain… there's an island!

Arthur soltó por fin el timón, importándole poco que se diera vuelta en vaivén para tomar su catalejo y buscar en la proa. Adelante había una espesa negrura, y una silueta extraña sobresaliendo de las aguas; un relámpago iluminó el cielo y entonces pudo ver que la silueta era, a todas luces, tierra firme.

-It's not an island… -susurró emocionado, guardando de nuevo su catalejo. –It is the island…

La figura de la isla se nubló. Una nueva ola había surgido y se dirigía al barco de nuevo. Los hombres fueron a sus puestos de seguridad y María, que había alcanzado al fin la escalera del timón, se abrazó al pasamanos. La ola siguió a toda prisa, pero no se estrelló contra el barco; de manera casi milagrosa, se mezcló con las aguas bajo el casco y lo elevó por casi cuatro metros, empujándolo hacia adelante y haciéndolo caer de proa contra el mar. Fue entonces que Arthur, impulsado hacia abajo, se soltó del timón y cayó.

-¡CAPITÁN! –gritó María al verlo salir volando del timón. El hombre fue y chocó contra el mástil, rodando unos cuantos metros casi hasta el castillo de proa, donde quedó colgando como si fuera de tela. Sin pensarlo mucho, María se soltó del pasamanos y fue tras él, ignorando el grito del vigía que advertía sobre otra ola que amenazaba con lanzarlos del mismo modo. Tres metros… la ola se plantó frente a ellos en toda su monstruosa magnificencia… dos metros… la ola devoró el mar bajo ella, yendo contra el casco de la nave… un metro… el hinchado océano parecía haberse vuelto un hueco que devoraba el barco en su centro, pero era sólo el preludio para lo que seguía…

María cayó sobre Arthur, el barco se elevó aún más alto que la primera vez, casi llegando a su propia altura, y se deslizó limpiamente sobre las aguas con la proa casi en picada…

La burbuja marina se rompió con un estruendo espantoso, y el oleaje se dispersó. Las aguas seguían agitadas, pero incluso la lluvia se había tornado llovizna y el expectante silencio era todo lo que dominaba el barco. Arriba, los hombres seguían bien aferrados a todo lo que podían, el vigía colgaba cabeza abajo de su cesto. Estaban vivos, habían sobrevivido a la tormenta.

Despacio, María se quitó de encima de Arthur; éste seguía inconsciente, pero completo. Al verlo así sintió un arrebato de compasión, de repente ya no le parecía tan despiadado como antes y, sin embargo, no entendía el porqué.

-Oigan… ¡oigan! –dijo por fin, poniéndose de pie y mirando a los piratas, que reían y daban palmas aliviados. -¡El capitán está herido!

Hopkins, menos propenso a esos desmanes, cruzó a toda prisa hasta el castillo y se inclinó para revisar a Arthur. Con señas llamó a otros dos hombres para que lo cargaran hasta su camarote, todos seguidos por María en silencio. Luego de depositarlo en la cama, uno de los hombres preguntó:

-Where is our doctor?

-He was the first to fall. –se lamentó Hopkins.

-And now what?

-¿Qué pasa? ¿Ocurre algo? –preguntó María. Hopkins se volvió a ella, gruñendo en su mal español.

-Capitán necesitar un doctor… no tenemos on board… cayó.

-Ni que curar fuera la gran cosa. –se quejó la joven. –Necesitamos vendas, agua caliente…

-Phil, go tho the kitchen and order hot water. –le dijo a uno de los hombres. -¿Sabe curar, little countess? –preguntó ceñudo.

-No mucho, pero…

-Fine, curar al capitán… y bien. –replicó en una especie de orden mal dada. María oba a protestar, pero en ese momento la dejaron sola y se quedó plantada delante de Arthur.

Suspiró, tenía sueño y le dolía el cuerpo por el hambre y las sacudidas del barco, pero no le quedó más remedio y se ocupó de aflojar las ropas del pirata. Abrió la casaca y desabotonó la camisa antes de darse cuenta, con un gran sonrojo, que era la primera vez que veía a un hombre desnudo. Antonio se negaba a dejarla estar presente cuando se cambiaba de ropa y viceversa, por lo que se sintió asustada y curiosa delante de tal visión. Atraída por las múltiples marcas de su piel, la joven pasó una mano tímidamente sobre el torso del inglés, rozando aquí y allá blancas cicatrices sobre el pecho y los costados, los golpes que recién se diera por la tormenta y… siguió así sin darse cuenta de que estaba acariciando más de lo debido, palpando aquél cuerpo esbelto y fuerte y su pecho que subía y bajaba lentamente, sintiendo el débil pero insistente latido de su corazón bajo los dedos.

-Here's the water… -Phil acababa de volver, y María apartó la mano a tiempo. Tomó el agua y la colocó sobre la mesa junto con algunos paños que el mismo marino le había traído, sumergiéndolos y usándolos de compresas para limpiar los rasguños y aminorar la inflamación de los golpes, todo con un aire tan suave y concentrado que parecía uno de esos cuadros renacentistas de vírgenes, donde los ojos que se dirigen a su espectador se nublan con la más alta bondad. Continuó su labor por largo rato, escuchando el clamor de las aguas que se aligeraban y los pasos cada vez más mudos de los marineros sobre su cabeza, mientras la luna se asomaba e iluminaba con su plateada luz el camarote, sobre el rostro complacido de Arthur.

Hacía falta algo de acción por estos lares, hue hue hue~

Notitas históricas (o culturales en este caso): El código pirata (del que seguro ya han oído hablar) constaba de una serie de reglas simples que tenían el fin de mantener el orden en los barcos. Entre sus reglas más importantes estaban las de la prohibición de los juegos de azar abordo, porque esto podía llevar a conflictos (los conflictos, a su vez, debían resolverse en tierra, normalmente a punta de pistola o de espada); tampoco se permitían mujeres abordo por la creencia de que traían mala suerte, sin embargo las crónicas indican que varias veces se secuestraron mujeres que luego eran, digamos, canjeadas entre los marineros para cosas que ya se imaginarán (1313).

Ahora los comentarios:

Guest: Aquí lo tienes, disfrútalo n.n

Ghostpen94: Jiji, ama el UKMex, sabes que en el fondo de tu corazón lo amas xD y esperemos que papá Toño logre su hazaña.

Flannya: Jajaja, lemon frustrado de nuevo ¿eh? Pero aún hay mucho fanfic, ya verás como se ponen las cosas ahora que Mari ya no le tiene tan mala idea al capitán. Jojojo, Francis y Toño son un primor *-* …pero la gente cambia, y más en estas circunstancias así que estate atenta, muajaja.

¿Qué pasará con Arthur y María? ¿Dónde chingaos está Antonio? ¿Qué pasa con la isla que encontraron? ¿Qué hay de la carta de Arthur? Todo esto y mucho más en su siguiente emisión… ¡adiosito!