8
Por Mar y por Tierra
-Land in sight!
-Land in sight!
Los llamados se repetían por toda la cubierta y los hombres, haciéndoles eco con sus vítores y sus quejidos de alivio, se apilaban en los bordes del navío mirando hacia estribor, donde a menos de una legua se distinguía el cúmulo de un islote. Su forma adivinaba que estaba toda hecha de arena, con algunas extraviadas palmeras coronando el centro; no era una gran maravilla, pero esos hombres que habían durado tanto tiempo en altamar era un paraíso deseado.
Abajo, en el camarote, María dio un respingo. Habíase quedado dormida, arrodillada, delante de la cama, con la cabeza sobre un costado; le dolía el cuello, y al enderezarse echó la cabeza hacia atrás escuchando un crujido al que le sucedió un alivio tenue. Estaba tratando de recordar qué hacía ahí cuando volvió a clavar la vista en el lecho y vio al capitán sobre éste, tranquilamente dormido; entonces recordó el asunto de la tormenta.
Los gritos de los piratas terminaron de despertarla; hubiera deseado tener cerca alguna ventana para ver a qué venía tanto alboroto, y la idea de subir a cubierta así como así se le antojaba peligrosa. Algo en su interior le avisaba que Phil o cualquier otro de los de abordo estarían vigilándola, temiendo quizá que por la noche hubiera dado cuenta de su capitán.
Desilusionada, regresó a sentarse a los pies de la cama, hecha un revoltijo. Había vuelto a perder la cuenta de cuántos días llevaba en el mar, la debilidad de su cuerpo debida a la mala alimentación y también a las múltiples peleas que había tenido con Arthur no le ayudaban, y aunado a eso su aspecto exterior era espantoso. Con un bufido, terminó por deshacerse el peinado, ya de por sí arruinado, tirando con los dedos y separando los cabellos con las uñas hasta que la mata de cabellos castaños resbalaron libres por sus hombros, revueltos y desaliñados.
La cama crujió. Arthur, con dificultad, enfocó su ojo en el techo, también reconstruyendo en su mente los hechos de la noche anterior. Se incorporó con dificultad, abrazándose el abdomen, hasta quedar sentado en el lecho y notando, a sus pies, una matita color chocolate que le recordaba a un nido de pájaros.
-What…? –musitó, haciendo que María diera otro respingo y, por inercia, se echara hacia atrás mirándolo con la ferocidad de costumbre.
-Yo no fui. –dijo.
-Oh, well, veo que le asalta una grave culpa, little countess… -se mofó estirando los miembros y mirando burlón a su presa. –Me sorprende que no hayas decidido atacarme mientras dormía.
-¿Y de qué me sirve? –protestó, molesta al verlo retomar su actitud engreída. –¿Lo mato y luego me aviento de la borda, o qué?
-Podría funcionar… si los tiburones o las olas no dan cuenta de ti primero. –agregó divertido. –So… ¿qué haces aquí tan tranquila?
-Me encerraron con usted. Sus hombres.
-Qué curioso… ¿y nadie bajó a ver cómo estaba su capitán?
-Pos claro, un tipo altote que me ordenó que lo curara… -al decir eso, de inmediato, cerró la boca y miró a otro sitio. Arthur parpadeó, incapaz de decidirse por alguna emoción de las varias que se habían acumulado en su pecho en ese instante.
-Do… you… -comenzó, balbuceando en voz baja para disimular su sorpresa. No quería creerlo, era una infamia, un insulto a la lógica y a la moralidad, ¿porqué iba ella a curarlo? ¿No le habría sido más fácil dejarlo ahí morir y fingir que había trabajado en vano? Aunque, en fin, sus heridas no eran de importancia, apenas y un golpe… pero aún así… -Why? ¿Porqué…?
-¡Pos… porque me ordenaron! –se defendió, enrojeciendo de enfado y volviéndose para no tener que darle la cara al capitán. Era una verdad a medias, ella lo sabía y él lo sospechaba… no era "sólo" porque se lo ordenaran, había sentido miedo. Miedo por alguien.
Arthur se levantó pesadamente del lecho, mirando a la muchachita encogida cerca de la puerta. Seguía sin entenderlo, ella no tenía razones verdaderas para atenderlo por las buenas… a no ser…
-And… ¿alguien te vigiló mientras…?
-No. –bufó antes de hundir más la cara entre las rodillas. Hasta ahí llegaban las excusas que Arthur se había imaginado, lo había hecho por su cuenta, por su propia mano. ¿Porqué? ¿Porqué tenía que ser justamente ella? ¿Es que acaso no entendía la pequeña idiota que no podía… o más bien no debía tener hacia él otra cosa que una malsana animosidad? Había hecho de su vida un infierno flotante en poco tiempo, negándole la comida, forzándola a anda a rastras por un camarote, burlándose de ella, golpeándola, quitándole todo medio de defensa y amenazándola, pero ella estaba ahí… siendo buena con él… un maldito error de cálculo, una sorpresa inesperada e indeseada, una falta a la moral…
-My enemy… my sword… -susurró en voz tan baja que María no lo escuchó. Eso era, tenía que evitar que las cosas se salieran de control, tenía que cortar de golpe con aquélla grave desgracia y pronto. No iba a ser él quien se rindiera, no iba a ser él quien se entregara de nuevo al verdugo, no iba a ser él el débil.
La puerta resonó con fuertes llamados. María se apartó, y Arthur avanzó hacia ésta, todavía ofuscado, para abrirla. Apareció el rostro iluminado de Hawkins, sonriendo.
-Captain! You're fine… excelent!
-What do you want, Hawkins? –preguntó volviendo a su estoicismo de siempre.
-Captain, land! The island is right in front of us!
El ojo descubierto de Arthur se abrió, conmocionado. Olvidándose de María salió a gran carrera tras Hawkins y se asomó por cubierta, mirando el gran montículo de arena y palmeras al que los piratas silbaban como si estuvieran delante de una mujer hermosa; menos de diez metros los separaban de la costa, y el corazón el inglés se inflamó de emoción. Por fin, sus largos años de penurias iban a dar frutos.
-Hawkins, aim the bow toards the east coast, quick! –ordenó a su acompañante, que echó a andar pesadamente de vuelta al timón. –And the rest of you, prepare the ladder, you nasty roaches!
-Yes, captain! –rugieron los hombres, dispersándose por la cubierta. Arthur, casi colgado del castillo de la proa, le sonreía al alegre horizonte matutino. El tesoro estaba gloriosamente cerca, tanto que podía sentirlo, duro y helado, entre sus manos; solo le faltaba una cosa por arreglar, y con una sonrisa de maligno triunfo, regresó al camarote.
María se había asomado tímidamente por la puerta, sin atreverse a salir por el miedo renovado a los piratas, de ahí que sus ojos se abrieran angustiados al ver al capitán dirigirse a ella. Arthur, divertido con el espanto que volvía a dominar a su presa, le tendió una mano.
-¿Desea salir, my lady? –se burló. La jovencita, tímidamente, posó su mano morena en la de él, y se vio jalada fuera del salón hasta la cubierta. Arthur colocó su mano hacia adelante y la otra a su espalda, del modo elegante en que los hombres conducían a sus compañeras por un salón de baile, lo cual no pasó inadvertido a los ojos de María. No imaginó que aquél hombre tan burdo pudiera saber esto.
Subieron ambos al castillo, y Arthur con gesto galante la dejó mirar el islote. El alivio de la muchacha al ver tierra firme era tal que el capitán sonrió con una excitada malicia; le divertía hacerle eso a su presa, ilusionarla, dejarla ser antes de que su verdadera labor concluyera.
-No hay gran cosa ahí, salvo un pequeño brote de agua para reabastecernos; no hay ni caminos, ni sombra suficiente. Es apenas una mancha en el mapa, si alguien serio se le ocurriera dibujarla.
-¿Cómo es que no está en ningún mapa? –preguntó.
-Todos lo tomaron como un banco de arena, yo mismo lo hice una vez… y cuando lo hice, descubrí que era mucho, mucho más que eso… -susurró, y su mirada volvió a tomar ese brillo especial.
María abrió la boca, muerta de curiosidad, queriendo saber qué era entonces esa isla, pero el grito de Hopkins y la sacudida del barco al chocar contra la costa la enmudeció.
-Captain! It's done!
-I know, I know, I'm not a bloody blind. –gruñó con su característica amargura, volviéndose de nuevo a María. –Now, little countess… hora de desembarcar.
Volvió a ofrecerle su mano, y ambos se dirigieron a estribor para descolgarse por la escala. Arthur, al ser capitán, bajó primero, y ya con los pies en la arena le hizo un gesto a María para que se aproximara; con cuidado, la joven bajó hasta su lado, y tras ella se abalanzaron varios otros hombres de la tripulación, riendo y dando voces contentos de volver a pisar tierra.
-Be careful and watch the ocean. –les advirtió secamente el capitán. –Little countess, tú vienes conmigo.
La joven asintió, siguiéndolo en silencio y recogiéndose el fondo para evitar que arrastrara con la arena. Le aliviaba también dejar de sentir la madera reseca cortándole las plantas, por lo que brevemente se olvidó de sus preocupaciones, admirando el paisaje a su alrededor; al fin y al cabo, hasta ese día, nunca había visto el mar abierto. Sus tribulaciones hicieron que se detuviera y Arthur llamó su atención con un gruñido:
-¿Ahora qué diablos haces?
-Lo siento, es que… nunca había visto el océano… ni una isla. –admitió con un murmullo. Arthur levantó una ceja, incrédulo, ¿acaso era posible que Antonio…? Luego se dijo a sí mismo que no era solo posible, sino probable, el español jamás habría aceptado que su hija pusiera un pie en la arena si… acaso sospechaba que él estaba por ahí…
-Never mind… apresúrate, tenemos muchas cosas que hacer aún. –le ordenó, y María volvió a andar tras él, dejando el idílico paisaje atrás.
Los dos caminaron por uno de los costados del islote, subiendo, vagando por el perímetro hasta la otra cara donde alcanzaron la primera palmera, suavemente inclinada por acción de quién sabe qué mala suerte. El pirata la pasó de largo con gesto aburrido, y continuó subiendo hasta dar con una palma pequeña, torcida, que el hombre escudriñó cuidadosamente. María, a su lado, seguía distraída.
-¿Qué hacemos aquí? –preguntó.
-Los hombres, reabastecerse de agua, nosotros… -la sonrisa de alegría que exhibiera en el barco regresó. –encontrar el tesoro.
-Pero… ¿dónde está el mapa? ¿Cómo pretende…?
-No me subestimes, little countess, he visto ese mapa tantas veces durante tantas noches que lo tengo todo bien grabado en mi mente. El mapa original aún existe, por supuesto, en caso de necesidad…
Arthur le dio un seco golpecito al nudoso tronco de la palma, con desencanto, repitiendo la acción en varios de sus retorcidos puntos hasta que, de súbito, su cara se iluminó.
-Here it is… -dijo sonriente, y dio tres pasos hacia adelante. María lo siguió, sin imitarlo.
-¿Qué…?
-Decía el mapa "la tercera palmera, con sus muchos ojos, aquél que está hueco como el ojo de un tuerto tiene la flecha"… no tenía mucho sentido hasta que lo noté. –dijo, más para sí mismo que para ella. –"Tres pasos de frente, dos… como un cangrejo hacia estribor…"- y al decir esto se corrió dos pasos a su costado derecho. –"…y verás…" ¡Ajá!
Entre las múltiples palmeras que se apilaban frente a ellos, una cuantas formaban un hueco apenas visible desde la posición de Arthur. El capitán dio una palmada y se dirigió al hueco, seguido por María en silencio, y se detuvo frente a él.
-¿Y ahora? –preguntó la jovencita, sin entender qué clase de ridiculeces eran esas.
-Now… "gira hacia noventa grados babor, con cincuenta grados del horizonte…" –el capitán sacó entonces lo que parecía una medalla hueca, enorme, posicionando su aguja y volviendo poco a poco hacia la izquierda. –No.. it's not enough… no… oh, no… No! bloody hell! –gritó rabioso.
-¿Qué?
-The sea! ¡El maldito tesoro, a noventa grados, está en el mar… hacia allá! –gritó señalando un punto ciego sobre las tranquilas y azuladas aguas. Lidiando con su enfado, miró de reojo a María. -¿Sabes nadar, little countess?
Sin esperar respuesta, giró de nuevo la medalla, pasó por el hueco y tiró de la mano de María, haciéndola ir junto con él bajando por el islote hasta el agua. Ahí, volvió a mirar a través de la aguja y asintió luego de un silencioso rato. –Ocho metros… no es demasiado, en cuanto a la profundidad… -se guardó el objeto en la casaca y luego se deshizo de la prenda, dejándola caer. –Iremos hacia allá.
-¿Cómo dice? –saltó la joven, incrédula.
-Digo que vamos a nadar hacia allá. No es tan lejos. And later… -la mano de Arthur rozó el collar de María, indicándole con una mirada maliciosa qué era lo que pasaría a continuación. –Stay…
-¿Qué piensa…? –la joven dio un respingo cuando Arthur volvió a sacar su puñal y lo acercó a su cuello, pero todo lo que hizo fue hundir el filo en el borde de la concha, tirando de ésta como quien fuerza una cerradura. María vio el tiempo suficiente el puñal para notar que, en el mango plateado, habían grabado el símbolo de la espada de la baraja inglesa, idéntico al de la carta que había visto la noche anterior.
El puñal cedió y, con éste, la concha, que se partió a la mitad. De ésta, salió una llave minúscula, ya gastada por el tiempo pero brillante, dorada, hecha toda de oro macizo.
-Yo me quedo con esto. –dijo Arthur, guardándose el puñal junto con la llave. –Now, let's go.
María acarició el collar. La otra mitad de la concha permaneció intacta, pero lo sentía tan vacío que esa misma nostalgia le invadió por un instante, pero no podía permanecer más tiempo en tierra. Se acercó, temerosa, al agua, no muy segura de qué fuera a pasar en cuanto metiera los pies, y al hacerlo dio un respingo. Arthur, tomándola de la mano, la hizo entrar más y más, hasta que sus pies dejaron de sentir la suave plancha de arena bajo ellos y quedó flotando cabeza arriba, dando un gritito de sorpresa.
-Are you afraid? –preguntó Arthur.
-No… no sé si pueda nadar tanto. –admitió.
-Just… keep swiming. –le aconsejó, empezando a moverse boca abajo por el agua. María, tragando saliva, lo siguió. La mano de Arthur aún aprisionaba la suya, por lo que no vio ni escapatoria de su travesía a nado ni tampoco sintió tanta ansiedad como temía. Poco a poco, aunque por momentos se hundía, pudo seguirle el camino, hasta que la tierra se le antojó ya muy lejana y los dos se detuvieron. –Now… abajo.
-¿Qué…? –María dio un grito al sentir que el pirata la jalaba mar adentro. Cerró los ojos, asustada y aguantando la respiración, yendo cada vez más y más abajo, manoteando sin saber con qué se toparía.
Sintió una sacudida y se vio forzada a abrir los ojos. Arthur, junto a ella, señalaba a sus pies; al volverse, vio un arrecife pequeño, por el que nadaban pececillos de colores ajenos a la presencia de los dos humanos, y también… dos grandes cofres cubiertos de mugre y coral, peligrosamente cerca de un abismo.
Arthur descendió hasta ellos, apoyando los pies en el arrecife y acuclillándose mientras sacaba la llave de su pantalón. Introdujo ésta en la pequeña y casi invisible cerradura y la hizo girar; María, ignorando la loca necesidad de volver a la superficie, miró expectante mientras el cofre cedía y Arthur empujaba la tapa. Lo que ambos vieron los sorprendió como nada.
Oro macizo, todo en pedazos, barras y piezas de diversas formas; algunas piedras preciosas como el jade que aún resplandecía, las turquesas acumuladas en el fondo, y un amplio pectoral decorado que debió pertenecer a un noble, todo en conjunto lucía tal y como el primer día que fueron mostrados al mundo, protegidos de los siglos de abandono por su claustro. Arthur tomó unas cuantas piezas entre sus manos y comenzó el ascenso.
Cuando ambos quebraron las olas con la cabeza, dieron un jadeo de alivio, respirando a bocanadas el tibio aire del mediodía.
-No… no lo creo… -balbuceó María. –No pensé…
-Two chests… es suficiente para toda la tripulación y aún más. –se regocijó el pirata, sacando la mano con que sostenía aún las monedas toscas de oro fundido. –It shines like the sun… Llevemos esto a tierra y volvamos por más.
La excitación de María aumentaba entre más pasaba el tiempo. Ya no le aterrorizaba el nadar en esas aguas oscuras en tanto pudiera emerger cargada con el tesoro. Poco a poco los dos cofres se vaciaron, y montículos de oro y piedras preciosas se apilaban en la playa magníficamente brillantes al sol. Cuando por fin terminaron, Arthur y María se sentaron en la costa, mirando el mar, con el tesoro a un lado.
-Llamaré a mis hombres para que saquen el oro y lo lleven todo al barco. –dijo Arthur, ufano, tomando un anillo de oro y colocándoselo en la mano, sonriendo orgulloso de sí mismo. –Finalmente mis problemas han terminado… almost…
Miró a María; ésta, divertida, se entretenía revisando las piezas del tesoro, dejando de lado el oro y concentrándose en las turquesas y el jade, resplandecientes con sus colores espectaculares. Arthur dejó el anillo y contempló a la encantada jovencita, saboreando aquél momento que, en brevedad, iba a concluir. Aquélla criatura, ingenua, olvidada de sus sinsabores y penurias sufridas, disfrutaba de nuevo de la libertad, y la gozaba jugando inocente, indefensa… tal y como quería que estuviera.
-Little countess… -le llamó de pronto, poniendo las manos tras su espalda. María soltó un brazalete de turquesas que había estado examinando y lo miró.
-¿Sí?
-Debes estar muy contenta. –comentó el capitán, poniéndose de pie. –Por fin tu deber ha terminado, eres… libre de mi poder.
La joven enarcó las cejas.
-¿Qué, eso es todo? ¿Sólo quería que…?
-Espero que no hayas olvidado mis explicaciones, my lovely lady. Tu viaje era forzoso, aunque me hubiera resultado más fácil venir por mi cuenta, con el collar… Well, that's done. Y debido a que tu deber aquí ha concluido, pienso que es un buen momento para ponerle fin…
-¿Ponerle fin? –preguntó ella, ladeando la cabeza desconcertada. Arthur aumentó su sonrisa, la suavidad de los rasgos de María le divertían aún más.
-Es una bella vista. –comentó entonces, mirando hacia el océano, notando cómo la joven hacía lo mismo por inercia. –No muchos pueden tener la dicha de contemplar un cuadro así.
-No, imagino que no. –repuso.
-Pienso… -agregó, poniéndose tras ella y volviendo las manos de nuevo a sus costados. –que es una de esas pocas vistas que uno desearía tener antes de…
-…Antes de… -musitó María, mirándolo de soslayo.
-Antes de morir.
La mano derecha de Arthur se alzó, descubriendo en él el destello plateado de su puñal, dirigiéndose hacia el pecho de María que, con un grito desgarrador, alcanzó a esquivarlo rodando por el suelo. Mientras Arthur se volvía contra ella, se puso de pie y echó a correr, haciendo que el capitán soltara una fuerte carcajada.
-Where are you going, little countess? ¡Esto es un islote, no puedes escapar a ningún lado!
María lo ignoró y siguió corriendo, aunque sabía que era cierto lo que le había dicho. Arthur, tras ella, logró acorralarla cuando se disponía a cruzar entre las palmeras, pero cuando le asestó un golpe con el puñal erró y clavó la punta en el tronco de una de éstas, dándole tiempo a la muchacha de correr en dirección contraria, de vuelta a la playa y hacia el tesoro. Tenía que defenderse, tenía que pelear, seguramente entre los bellos lingotes y anillos habría algo que le sirviera como arma…
La mano de Arthur se cerró y la alcanzó de los cabellos, haciéndola caer de espaldas. Los dos forcejearon brevemente hasta que el capitán se colocó sobre ella, aprisionándole las piernas con las rodillas y el cuello con la mano libre, apretándolo con fuerza. Un destello asesino en su ojo y una sonrisa demencial desfiguraban sus rasgos.
-Look at me… -le ordenó, guardándose el puñal y quitándose, despacio, el parche dejando descubierto su ojo herido. –Quiero que mires antes que nada el rostro del hombre al que tu maldito padre destruyó… Now you see me… now you know…
-No… no… -jadeó ella, negando con la cabeza y con el horror retratado en sus pupilas.
-Yes! Fue tu padre a quien yo conocí hace años en un barco mercante que iba rumbo al Nuevo Mundo; fue tu padre quien para salvar su maldito pellejo me vendió como esclavo a un barco que nos interceptó. ¡Fue por su culpa que pasé cinco años en una galera, encadenado, golpeado, mal alimentado y maltratado, yendo y viniendo a los puertos tesoro como un vil criminal! ¡Sufrí hambre y sed y dolor porque él me intercambió! ¡Él… sólo él es responsable de que mi vida se tornara un infierno! ¡Y cuando por fin me libré dediqué mi vida a buscarlo, decidido a devolverle todo el mal que me había causado en carne propia! Así fue… y así es como hoy mismo completaré mi venganza.
María boqueaba, asustada, mirando con gran terror los ojos de Arthur, que volvió a sacar de su cinto el puñal y lo levantó en el aire, volviendo a sonreír con esa expresión asesina que había visto antes.
-Sé que no fue tu culpa, little countess, pero resulta que en este mundo los justos y honrados son quienes derraman su sangre, ¿no es así? Yo dejé la mía en el suelo mohoso de una galera, tú ahora la dejarás en esta bonita playa que tanto te ha seducido… al menos seré piadoso y no dejaré que sufras ni un minuto más… para que el único sufrimiento eterno sea el de ese bloody spaniard… y el mío… -añadió solemne.
Apretó el mango del puñal, listo para atestarle el golpe. Veía subir y bajar a toda prisa su pecho, casi podía escuchar los molestos latidos de su corazón aterrorizado y deseó más que nunca hundir el filo del arma en éste para ponerle fin; ya estaba listo, todo concluiría, su venganza al fin estaría consumada…
María cerró los ojos, gimiendo; Arthur pudo ver cómo, por uno de sus ojos, brotaba una lágrima, y eso lo enardeció más. Cuánto le gustaba verla así, suplicando, retorciéndose angustiada ante la inminente destrucción que iba sobre ella. Se entretuvo un poco más, fantaseando con el asesinato, soñando despierto con la sangre que saldría a borbotones y mancharía su blanca ropa y su moreno pecho.
Y… ¿porqué aún no lo hacía? ¿Qué señal estaba esperando? era imposible que opusiera resistencia, estaba agotada y la presión en su cuello le dificultaba respirar; sería él el misericordioso, el justo, un dios de venganza que libraría a esa pobre criatura de los padecimientos que ya había sentido y le otorgaría un justo fin a la vida corrupta de su padre. Solo necesitaba bajar la mano…
-Arthur… por favor… -susurró María casi sin fuerzas, abriendo los ojos y mirándolo fijamente. La mano que sostenía el puñal tembló, el capitán dejó de sonreír. Aquéllos ojos preciosos y desesperados le rogaban con las pocas energías que le quedaban, le llamaban desde el abismo profundo del corazón que él quería desgarrar, se clavaban en los suyos con la intensidad de un fierro al rojo vivo y lo quemaban, lo reblandecían, lo hacían débil…
Cerró los ojos y lanzó un bramido de furia, dejando caer su mano con el puñal en éste, y clavándolo en la arena hasta el mango. Su mano soltó el cuello de María y se apartó de ella, cubriéndose la cara con ambas manos, gimoteando como un niño pequeño.
-Why? –rezongó, desesperado. –Why can't I kill her?... Why are You doing this to me?! –agregó, mirando el cielo enfurecido. –WHY?!
María, lentamente, se incorporó, respirando entrecortadamente. No se atrevía en primera instancia a aproximarse a él, pero al ver el puñal en tierra se acercó, tímidamente, hasta poner una de sus manos en el hombro del pirata, temblando. Jamás había visto a un hombre llorar, ni siquiera a su padre, pero ahí tenía a éste que se había presentado como la persona más vil y desalmada que había conocido jamás derramando grandes lágrimas pesarosas, y sintió lástima y un arrebato de cariño, igual al que había sentido la noche anterior al verlo yacer indefenso.
-Arthur… -susurró, pero no recibió respuesta. Lo tomó de una mano y él, instintivamente, la miró con los ojos aún acuosos, angustiados, más humanos que nunca.
-Why the bloody hell are you still here? –le reclamó a media voz. –Lárgate, ¿qué no ves que soy el hombre que quiso matarte?
-No… -María miró atrás y tomó el parche, que había quedado a pocos pasos del puñal, mostrándoselo. –El hombre que llevaba esto es el que quería matarme, tú… no sé qué quieras, pero… pero no voy a dejarte solo… al menos, no ahora.
-No. You won't. –musitó, tomando el parche con una mano, mirándolo como hipnotizado antes de soltarlo. Las manos de la joven lo sostuvieron de la cara, acariciándolo con languidez, y él por primera vez en tantos años de mal contenido odio se sintió en paz, tranquilo, a salvo de algo desconocido que cada noche lo acosaba sin fin.
Ahora, había algo más que deseaba hacer…
…
Como soy mala los dejo en la parte emocionante XD muajajaja. ¿Qué, se pensaron que de veras el capitán se iba a echar a María? neeel… aún hay cabos que atar, y algo más…
Notitas históricas: El "medallón" con aguja que usa Arthur es un astrolabio marinero, invento usado por los marinos desde el siglo XV para orientarse en su curso por el mar.
Ahora los comentarios:
Ghostpen94: Si tú escribes cualquiera de esas cosas… lo pagarás ¬.¬ por cierto, lamento el UKMex evidente de este cap n.n
Mari: ¿Qué tal? Bueno, por aquí ya hay muchos fanfics con México, pero todavía son escasos en variedad, supongo que ese es un problema. Todos aman a Arthur pirata, es tan… *-* no sé, hay tantas formas de describirlo. Bueno, aquí está la continuación, muchas gracias por leer n.n
Cinthia C: De Francis aún hay mucho que ver, pero todo a su tiempo ;D lo de la carta quedó más o menos explicado en el capítulo 5, si te fijas, porque Antonio tiene una también. Espero que te haya gustado el cap y de a poco se aclaren las dudas n.n
Flannya: muajaja, nada mejor que conflictuar damiselas inocentes con piratas sabrososos como Arthur y lo sabes ;D ¡Jajaja! Tu resumen del capítulo me encantó n.n espero te guste este también.
Y ahora, ¿qué pasará con el capitán y María, la que no quería? Y repito, ¿a dónde carajos se metieron Antonio y Francis? Todo esto y más lo sabrán en el próximo capítulo… ¡adiosito!
