9
El As de Corazones
Los hombres no habían parado de reír mientras cargaban su precioso botín en el barco, guiados por los secos gritos de Hawkins y seguidos por la mirada de su capitán, repantigado en uno de los baúles que, a fuerza de nado, habían conseguido sacar ya vacío del fondo del mar. A su lado, María continuaba con la vista perdida en el océano; ¿qué sería de ella? No habían hablado ni el uno ni el otro de su destino, y algo le hacía sospechar que Arthur no pensaba fondear de nuevo en las tierras novohispanas.
¿Y su padre? ¿Qué podía decir ahora de su padre? Él siempre la había cuidado, adorándola y mimándola como todo padre amoroso hacía, y siempre lo había tenido por un hombre justo y bondadoso, ¿cómo podía seguir con esa imagen límpida en su cabeza si tenía ante sí la prueba viviente de que Antonio no era así? Aunque, ahora que lo pensaba mientras jugaba con los jirones de los largos de su fondo, la verdad es que no sabía gran cosa del pasado del hombre castaño. Apenas y sabía que había vivido sus primeros años en España, que había asentado su hogar en el nuevo mundo y… ¿la fortuna? Tampoco se le había ocurrido preguntar sobre su inmenso caudal porque no le parecía importante… ¿pero y si aquéllos dineros venían directamente de la sangre y el suplicio de otros? ¿Qué si los lujosos vestidos, los crepés y las joyas que ella lucía se pagaron con el dolor del capitán? Entonces, ¿era ella menos culpable que Antonio por haber aceptado, pasiva, esos atropellos?
Sintió de pronto una mano apretar su hombro derecho y dio la vuelta; Arthur, que se había vuelto a poner el parche sobre el ojo lacerado, le sonreía descarado, como siempre.
-Estás muy callada, little countess. ¿Puedo saber porqué?
De nuevo, los ojos de María se dejaron ir al horizonte.
-Estoy despidiéndome. –contestó simplemente. Arthur también miró; siempre había pensado que los mares recios y fríos del norte eran una condenación, pero ahora, que había aprendido a vivir de él, le tenía un afecto casi paternal.
-El mar es un lugar muy grande; puede que algún día encuentres en él tu camino.
-No sé qué hacer. –la muchacha ladeó la cabeza. -¿A dónde iremos si…?
-Captain! –el grito de Hawkins hizo estremecer a María, que enmudeció. –The ship is full. Time to go.
-Great! –contestó Arthur, volviéndose a la morena. –Vamos, little countess, el camino aguarda.
Resignada, todavía con cientos de preguntas agolpadas en su garganta, María siguió a Arthur hasta la escala del barco, por la que ascendieron y se quedaron, después, en la cubierta mientras a su alrededor los piratas se descolgaban de las cuerdas liberando las velas para iniciar su viaje.
El capitán, atento a las labores de sus marineros, no dejaba sin embargo de echar ojeadas a la callada morena, apoyada sobre los codos junto a la cubierta mirando el mar abierto.
-Little countess… -le llamó plantándose a su lado, luego de ver las últimas velas hincharse con la brisa vespertina. La muchacha ladeó la cabeza, impasible. –Ni siquiera has preguntado a dónde nos dirigimos.
-¿Qué más da? –musitó dándole la espalda y echando a andar por la cubierta. –Es obvio que no regresaré a casa, ¿o sí?
A casa… ¿de verdad ella deseaba todavía volver? ¿Realmente se sentía capaz de ir, pisar tierra y abrazar a un padre que tantos años le había ocultado su secreto más siniestro? Y, de ser así, cuando le gritara en la cara sus mentiras, ¿qué pasaría? No podían seguir como antes porque… ya nada era como antes. Simplemente, su pequeño mundo de cristal acababa de desvanecerse y seguía de cara a una realidad horrorosa, intolerable.
Él lo percibió, notó el desánimo y la duda rondando por la mente de su presa, y de nuevo la culpa y la rabia lo invadieron; debió haber sido más fuerte, debió matarla y no solo por el pago de sangre que exigía sino por… compasión, compasión por una criatura que ahora viviría el resto de sus días con la incertidumbre y el dolor de haberse destruido todo en lo que creía. Igual que él, y, sin embargo…
Arthur miró el mar, sereno, precioso, coloreado por el rojo del cielo del ocaso y más allá el islote donde su gran fortuna le había llegado a las manos. El mar lo había sanado a él de sus heridas, el mar le había proporcionado las armas para vengarse y ahora, también le daba riquezas. Tal vez, sólo tal vez, el mismo método que lo salvó a él de la locura y la agonía podrían funcionar con alguien más.
-María… -le llamó, haciendo que la aludida detuviera su paseo justo frente a él. Lo miraba expectante, ¿acaso sabía lo que pensaba decirle? –I… I have a proposal to you… Tú dijiste que… el mar… -señaló con un gesto imperioso de la mano fuera del barco –era de tu agrado, ¿no es así?
Los ojos de la muchacha miraron el horizonte antes de volverse a su interlocutor.
-Sí. Eso dije. –afirmó casi sin voz.
-Well, estaba pensando que… tal vez te gustaría pasar un poco… más de tiempo en él. I mean… en el mar… navegando and… stuff… -Arthur se irguió cuan alto era y miró desdeñoso a María. –No es que me interesen tus caprichos, pero ya que no pienso que sea prudente tocar tierra de nuevo en Nueva España y ya que… al fin y al cabo sigues siendo mi prisionera, but… I…
-¿Quiere que me quede aquí con usted y su tripulación… como parte de ellos? –preguntó con simpleza, abriendo desmesuradamente sus ojos. Era una locura, se dijo… un peligro… pero era, acaso, mejor que otros riesgos por los que ya había pasado y sobrevivido.
-Ya te dije, no es que tú quieras pero si quisieras… well… Bloody hell! Te ordeno que te quedes aquí con nosotros y seas parte de la tripulación and… cuando lleguemos a algún puerto si quieres quedarte, te quedas… aunque no sería conveniente pero ¡qué más da! No me interesa lo que hagas. Podrías saltar por la borda y me daría igual.
Arthur, en todo su revuelto discurso, no había dejado de caminar de un lado a otro agitando los brazos y con la cara enrojecida, cosa que le provocó una risita divertida a María que no dejaba de verlo andar, de aquí a allá, buscando explicarse.
-¡Oh, por Dios! –chilló ella abrazándose el estómago mientras con la otra mano se tapaba la boca.
-Why are you laughing? ¡Detente, bloody…! –pero las risas se redoblaron y el capitán empezó a salirse de sus casillas. -¡Te digo que hagas silencio o te ataré al ancla! ¡Deja de reírte!
-¡Es que… jajaja… eso fue tan divertido…!
-¡No es divertido… yo no soy divertido! –exasperado, Arthur sujetó a María por los hombros, viendo que la joven lejos de asustarse, se desternillaba de risa. -¡Calla ahora, little countess, o te juro que…!
María había hecho un alto para tomar aire; estaba también sonrojada y unas pequeñas lágrimas se adherían a sus mejillas, pero el fantasma de su risa continuaba en los labios y, por primera vez en todo el viaje, parecía volver a ser la misma muchacha alegre y despreocupada que fue en tierra antes de todo aquél embrollo. El capitán estaba contrariado, acaso su presa le había perdido el miedo y se daba el lujo de burlarse de él, y eso… ¿no debía molestarlo? ¿Entonces porqué estaba plantado frente a ella sin decir nada?
La jovencita levantó una mano y se secó las lágrimas, guardando la compostura otra vez.
-Oh… -susurró. –Lo siento tanto, es que… no sé qué me ha pasado pero de pronto sentí ganas de reírme.
Por fin, Arthur recuperó la compostura.
-Y te ha parecido excelente reírte de mí, ¿no?
-No, no. –María negó con la cabeza, aún sonriendo. ¿Porqué demonios sonreía? –Llevaba tantos días sin reír que, por un momento me he propasado… lo lamento.
-Nevermind. –gruñó el inglés. –Solo contéstame si te quedarás aquí o te irás en el primer banco de arena que encontremos.
-Oh, sí… me quedaré. En realidad siempre he querido conocer el mar y hasta ahora no había podido porque mi…
La sonrisa desapareció; de nuevo, su mente había llegado hasta el recuerdo de Antonio y la breve alegría se vio suplida por la misma dolorosa pregunta que por horas había hecho mella en su pecho. "¿Porqué?"
Arthur lo notó, y le sorprendía íntimamente que el pesar de la hija de su enemigo no le satisfacía en lo más mínimo. Algo iba mal, él había hundido naves y asesinado gente sin ningún remordimiento… ¡había colgado muchachos del ancla y degollado mujeres, todo riéndose sin sentir culpa! ¿Porqué precisamente ahora tenía que… ser tan blando?
Miró a su alrededor y notó que algunos de sus marinos estaban a la expectativa. Su cara se endureció.
-Move out, bloody roaches! Get out of here or I'll swear to devil I'll hang you upside down on the bow!
Como ratas, los hombres en cubierta fueron a ponerse a resguardo en la panza del barco. Apenas verse solos, Arthur volvió su atención a María, que continuaba con la mirada perdida en el agua. Despacio, con gran delicadeza, la sujetó de la barbilla y la forzó a mirarlo, hablando de nuevo con voz queda, más humana que los gritos que siempre le dirigía a su tripulación:
-Look… no debes pensar en eso, ¿me escuchas? Las malas memorias siempre quedarán, pero revivirlas sin ningún motivo es una forma muy lenta de morir. Yo lo sé… -agregó, y recordó de pronto a un muchachito acurrucado en la popa de un barco mercante, sollozando, atendiendo las múltiples llagas de sus hombros. La memoria le provocó un estremecimiento. –Si piensas salir de esta con la cabeza en alto debes dejar de lamentarte, little countess, en el mar las leyes de los hombres no tienen ningún valor, excepto aquéllas que los hombres del mar han creado. Aquí no hay niñeras ni oropeles, tendrás que defenderte sola, solo tú. ¿Me has entendido?
-Es solo que… no puedo creer… después de todos estos años…
-Yes… han sido muchos años, más de los que yo quisiera recordar. –añadió en un murmullo. –Pero estamos ahora aquí, y el mar es libre, libre para todos los que se vuelven uno con él. And now, María… ¿quieres ser uno con el mar?
El mar… Arthur le invitaba a echar al mar sus dudas, su miedo, su rencor… ¿Sería capaz de hacerlo? Miró de nuevo al capitán quien, expectante, la observaba… de nuevo con un solo ojo. Una sonrisita burlona y triste apareció en los labios de la joven.
-Si primero nos deshacemos de esto… -contestó y le desató el parche del rostro a Arthur.
-No! what are you doing?! –saltó el capitán muy alterado, cubriéndose el ojo herido con una mano. -¡Devuélveme eso!
-Quítate la mano de la cara. –le ordenó.
-Of course not.
-Quítatela.
-But I…
-¡Que te la quites!
Cada vez de peor humor, Arthur accedió preguntándose qué treta ridícula había planeado María. Sin embargo, todo lo que vio fue que ella esbozó una sonrisa noble, bondadosa.
-¿Lo ves? –dijo por fin. –No lo necesitas. No es tan malo.
-No es por la apariencia. Es por el recuerdo. –explicó el inglés, bajando la mirada. Ahora fue ella quien lo forzó a levantar el rostro.
-Le das tanta importancia a los recuerdos malos que no le das tiempo a los buenos de llegar. –susurró con calma, pasando un dedo sobre la cicatriz. Arthur tembló, no porque le doliera sino por… ¿porqué? Tomó la mano de María, sin apretarla, y justo la yema del dedo con que lo había tocado se la llevó a los labios y la besó. La joven tembló y se sonrojó, pero no parecía querer apartarse, y el pirata que tanta fama de cruel tenía en el Atlántico continuó besando, con los ojos cerrados, la pequeña mano morena que su presa le ofrecía. Fue cuando se dio cuenta realmente de cuánto tiempo llevaba sin sentir junto a él el calor humano, ni la sensación de ser aceptado por alguien, o querido…
Soltó su mano, y a continuación tomó los oscuros cabellos enredados de María, como sopesándolos; deslizó entonces sus dedos por ellos hasta llegar a la altura del cuello de la joven, desnudo por completo al no tener más que la camisa para proteger sus hombros, y de nuevo vino el estremecimiento mutuo. Buenos recuerdos, le había dicho ella… ¿y si comenzaba a fabricarlos?
Arthur tomó de nuevo el mentón de María con una mano, haciendo que alzara más su cara mientras él se inclinaba, cerrando los ojos. Pudo sentir su temblor, su ansiedad, escuchar su respiración agitada y ver su pecho subir y bajar lento pero fuerte entre más se acercaban, y eso le gustaba. "¿Alguna vez te han besado?", hubiera deseado preguntar, pero no lo necesitaba, no quería saberlo, todo lo que quería era poder tener, por fin, un buen recuerdo.
Primero, el suave roce, y luego la presión ansiosa. Los labios de la joven, sorprendida, se entreabrieron y el capitán aprovechó para tomarla, sin ningún tipo de consideración, y hacer que su tímido beso se volviera en el torrente desesperado de angustia, y anhelo que tenía guardados en su interior. Las manos de la joven se apoyaron en sus mejillas atrayéndolo más, y él se dedicó a jugar con sus cabellos, disfrutando del momento delicioso sólo con las olas repicando contra el barco como fondo, y como testigo de lo que nadie, jamás, debería saber.
Ambos se separaron, las mejillas de María estaban encendidas pero Arthur había palidecido. Sus ojos continuaban viéndose, preguntándose en silencio qué pasaría, que paso debían seguir ahora. Cuando miraron de nuevo al mar, las primeras estrellas ya estaban frente a ellos, y también la luna se deslizaba entre las últimas sombras sanguinolentas de las nubes.
-Ya es tarde. –comentó María.
-Yes… too late. –repuso Arthur, aunque él no hablaba precisamente de la hora. –So…
-Yo…
-…Yes, deberías bajar a… al camarote. Ya te alcanzaré. –replicó por fin.
-Está bien… -la muchacha pasó por su lado, deteniéndose el tiempo suficiente para decir, con los labios curvados en un mohín casi seductor –Te esperaré.
Arthur siguió con la mirada a la muchacha que desaparecía bajo cubierta, y solo hasta que ya no la vio se atrevió a dejar salir todo el aire de sus pulmones. Aquél momento le parecía ahora tan irreal, tan extraño… y sin embargo aún sentía su presencia junto a él, su beso, su cuerpo pegado al suyo, y cientos de ideas y deseos confusos se apilaron en su mente. Deseo, éste era el más fuerte, y el que le insinuaba con poco tacto lo que debía hacer a continuación, al fin y al cabo había pasado ya mucho tiempo solo, solo con el mar como única compañía… y su odio.
Miró de nuevo la puerta que bajaba al camarote, ¿se atrevería? La insinuación de la joven tal vez no había sido a propósito, pero rondaba su cabeza como un zumbido molesto y, quizá, con algo de tacto, pudiera conseguir algo verdaderamente bueno. Además, pensó mientras una sonrisa maliciosa aparecía en sus labios y se dirigía a la puerta, él era un hombre atractivo todavía, y si dejaba de lado la horrenda apariencia de su cicatriz podía fungir como seductor y, quién sabe, tal vez a ella le gustara de verdad y entonces él no volvería a pasar tiempo en altamar tan solo.
Apenas había apoyado la mano en la manija cuando un llamado desgarró el aire.
-Captain! Captain!
-Now what? –gruñó volviéndose al vigía, que colgaba sujeto a una de las cuerdas del mástil principal.
-Captain, ship ahoy!
Arthur desvió su mirada a babor, escudriñando entre las sombras del anochecer la distancia. Efectivamente, no muy lejos de ellos se deslizaba la figura de un barco. Le parecía, aún tan lejos, demasiado pequeño para ser mercante y un nuevo pánico le inundó el pecho; ¿y si acaso eran…?
-Hawkins! HAWKINS! –llamó alterado, olvidándose de que sus hombres estaban al cubierto en la panza del barco. Abrió la escotilla con una patada y saltó, sin siquiera sujetarse del pasamanos sorprendiendo a sus hombres. –Move, bloody roaches, move!
Desorientados, los hombres saltaron de todas partes a cubierta, mientras Hawkins llegaba al lado de su capitán.
-What's on new?
-Ship ahoy, and doesn't seems like a merchant ship.
Arriba, los marineros se aprestaban a armarse, dispuestos en cada costado del barco sin saber qué hacer, mirando hipnotizados el barco que se aproximaba. Arthur, desde la toldilla, usaba su catalejo para atisbar la cubierta ajena. Hawkins, a su lado, esperaba órdenes, con las manos apretadas en el timón.
-Captain, what it is?
-I don't know… -el capitán escudriñaba, ansioso, pasando de las caras indiferentes de los marineros vecinos que también parecían esperar en cubierta y luego buscó su insignia. –This is weird…
Un estruendo rasgó el aire, y el barco pirata se sacudió. Del otro lado, una espesa humareda cubría un costado de la nave vecina.
-They attacked! –gritó Hawkins, que se había tambaleado por el impacto.
-Canyons! –exclamó entonces Arthur. Si el otro se había atrevido a atacar, les contestaría de mejor manera. –And… FIRE!
Al menos tres cañonazos fueron a estrellarse contra la nave enemiga, que rápidamente contestó al fuego acercándose más. Arthur, enardecido, tomó su espada y se acercó a babor seguido por varios marineros suyos.
-Captain…! –llamó uno, alterado.
-Prepare for aboard. –susurró el aludido, y su advertencia pasó de boca en boca al mismo tiempo que varios desenvainaban sus armas, listos para verse cara a cara con sus enemigos.
La proa de la nave casi rozaba el costado lacerado, los piratas temblaban ansiosos al ver del otro lado a un nutrido grupo de marineros que agitaban sobre sus cabezas sendas espadas. En cualquier momento, alguno de los dos habría de saltar al barco del otro…
-NOW! –chilló Arthur, y sus hombres lanzaron los arpones al otro lado, provocando una gran confusión. En un momento, hombres de un lado y de otro se abalanzaban trabados sólo por las sogas del barco inglés y una pelea en el medio se libraba, encarnecida, haciendo restallar espadas y tronar balas a todas direcciones, rompiendo cuerdas y lanzando hombres al mar.
En medio del caos, algo largo, curvo y afilado se alzó entre las llamas de los cañones, y cayó sobre la cabeza de Arthur; ésta la esquivó rodando por el suelo, y cuando se incorporó vio que se trataba de una alabarda y, con ésta, apareció su dueño. Antonio, de pie junto a él, estaba enardecido por una violencia que no habría creído capaz en él, y sus ojos escupían llamas de odio hacia el inglés que seguía de cuclillas en la cubierta.
-¡Arthur, maldito pirata… ladrón! –exclamó enardecido volviendo a levantar su arma. -¡Devuélveme lo que me robaste!
Una sonrisa sardónica fue toda la respuesta que obtuvo.
-¿Y qué hay de lo que me robaste tú, Carriedo? Quince años de agonía contra los primaverales quince años de felicidad de tu pequeña hija… I think it's fair enough…
La alabarda cayó y Arthur tuvo que girar de nuevo, esta vez poniéndose de pie y enarbolando su espada. Antonio soltó una carcajada burlona.
-¿Crees que podrás contra mí con eso, estúpido? La partiré en dos apenas te acerques.
-Yes, tu alabarda es mucho más fuerte… pero pesada, y lenta…
-Se nota que no me conoces…
La alabarda giró, al igual que la espada de Arthur, y una batalla desesperada entre ambos comenzó; los dos contrincantes pasaban de largo entre los marineros que batallaban ya sobre cubierta, ya por aire colgados de las cuerdas, haciendo caso omiso de los disparos de los cañones y esquivando balas y mandobles ajenos, hasta llegar al castillo de proa donde Arthur consiguió acorralar a Antonio contra el bauprés.
-Surrender! –exigió el pirata.
-¡No!
-Surrender!
-¡Que no!
-Then die!
Arthur dirigió su espada recta a su contrincante, pero el mango de la alabarda lo detuvo; Antonio, propinándole una patada, logró quitárselo de encima y de nuevo hizo girar el arma sobre su cabeza, aprestándose de nuevo para la pelea. Ambos estaban tan enzarzados que no notaron que se dirigían al castillo de popa, y solo lo hicieron cuando Arthur, esquivando de nuevo la alabarda, vio que ésta se hundía en la puerta del camarote haciendo un gran agujero.
-Bloody idiot! –gritó. -¡Esta madera es muy cara!
-¡No tan cara como te costará la vida de mi hija si le hiciste daño!
Una carita asustada se asomó por el agujero de la puerta, y Antonio la notó de refilón, palideciendo. Arthur, desconcertado, miró también.
-Little countess… ¡agh!
Su distracción fue aprovechada por el español que le propinó un buen puñetazo, haciéndolo caer para apartarlo de la puerta. Ésta última la abrió sin problemas y miró, aún sorprendido, a María. No pudo dejar de notar lo revuelto de su cabello y lo desgarrado de las prendas que aún le quedaban, pero no le importaba ya que, por fin, volvía a tenerla junto a él, y una sonrisa de sincero alivio le endulzó los rasgos.
-María… hija…
Había ansiado tantas veces volver a los brazos de su padre… pero ahora se retrajo, alejándose de él, mirándolo con una mezcla de impresión y de miedo. Aquél gesto no hizo sino preocupar más a Antonio.
-¿María, qué…?
-No… -susurró.
-Hija mía… -volvió a acercarse, pero esta vez lo rechazó con más violencia.
-¡No! –chilló. -¡No quiero que te acerques! No hasta… que me digas la verdad.
-¿La verdad de qué?
María vio de refilón a Arthur, que estaba quieto en su sitio escuchando la conversación. Aquello era imposible, ¿acaso la jovencita estaba tomando partido por él?
-Tú… -la voz de María tembló, deseosa de no tener que preguntar ni enfrentarse a su progenitor. –Tú… ¿tú tuviste la culpa… de que él se volviera… así?
La mano temblorosa de la muchacha señaló a Arthur, y la sorpresa de los dos hombres creció.
-¿De qué hablas? –preguntó Antonio, totalmente desorientado.
-¡No sigas fingiendo! –saltó la joven, haciéndolo retroceder por la furia de su voz. -¡Él me lo dijo todo! ¡Dijo que tú… y él… coincidieron en un barco y que tú lo intercambiaste por su libertad y tuvo que ser… estar… esclavo…! ¡¿Lo hiciste, papá, lo hiciste?!
Antonio miraba con rabia a Arthur; eso era, le había mentido a su hija para ponerla en su contra, aunque no sabía el porqué.
-No… María, yo no…
-¡Dime la verdad! –saltó saliendo del camarote y encarándolo. No había en ella ningún rastro de su ingenuidad ni dulzura, era solo un mar de furia encendida. -¡¿Porqué lo hiciste, papá, porqué?!
-Non… él no fue, petite… -ronroneó una voz divertida y relajada. Antonio miró a sus espaldas y Arthur hizo lo mismo.
-That voice… -murmuró.
-Hon hon hon~… -una silueta saltó de arriba del castillo y cayó al lado de María, haciéndola dar un respingo. Los otros dos hombres se volvieron y Arthur enrojeció.
-You…!
-Bon soir, Kirkland, qué gusto volver a encontrarnos. –saludó Francis, poniendo una mano sobre el hombro de la desconcertada muchacha. –Pero ahora me atañe otro asunto. Petite Marie, cherié… no debes pensar así de tu padre. Él es… un hombre bueno, bueno y tonto, incapaz de hacer lo que dices que hizo.
Los ojos de María se iluminaron desesperados. Una señal de que todo era un error y de que su padre no era tan maligno como Arthur se lo pintaba… eso era todo lo que deseaba.
-¿Ah, no? –preguntó ilusionada.
-Non, cherié.
-Of course he did it! ¡El capitán de ese bloody slaver me dijo que…! –comenzó Arthur enardecido.
-Non, Arthur, Antoinne no te vendió. –continuó el francés acentuando su sonrisa. –Fui yo.
El silencio entre los cuatro era aplastante. Arthur se llevó una mano a la frente, acosado por las memorias atropelladas de su cabeza… él era solo un niño, un muchachito de apenas doce años que comenzaba a vivir y… El capitán le había señalado a la borda del otro barco, riendo, diciéndole divertido "¡Allá va, él es quien te cambió… por un par de sacos de patatas!" y en ese momento sólo había visto a Antonio, enclenque, tembloroso pero feliz… y todos esos años…
-No… it's impossible… It's impossible! –gritó.
-No me hice famoso ni importante con buenas obras, Arthur. Por algo soy… el rey de corazones.
Francis escurrió una mano dentro de su casaca y sacó una carta de baraja inglesa, un as con un corazón al que le había dibujado, además, una flechita cruzándolo. Antonio parpadeó sorprendido, en todo el viaje Francis no le había revelado que era también un señor del mar, pero Arthur parecía enloquecido, sus ojos pasaban de la carta de Francis a la cara del español, sin poder procesar la información y todavía exprimiéndose los sesos…
Luego recordó. Antonio no estaba solo en esa borda, había muchos más, jóvenes y adultos, y entre ellos destacaba el vuelo de una casaca celeste…
-No way… NO BLOODY WAY! –bramó, mesándose los cabellos con las manos. –Francis, you bloody…!
-Deja de maldecir, Arthur, mon ami, te ves bastante mal. –le inquirió Francis. –Antoinne, aquí tienes tu venganza, et moi, por mi parte, tomaré algo a cambio…
-Haz lo que quieras. –le espetó el español.
-¡No! –soltó María, por fin había recuperado la voz.
-Silencio, María, no es momento para…
-¡¿Cómo pudiste aliarte con éste…?!
-¿Este qué, cherié? –inquirió Francis, tomándola de los dos hombros y acercando su rostro al ajeno. María hizo un gesto de desagrado y trató de soltarse de él. –Vamos, dímelo… ¿este qué? ¿Villano, acaso? Oooh, cherié… -rió. –No tienes idea ni de la mitad… no tienes idea…
-Bloody spaniard! ¡Eres un idiota! ¿No sabes quién es? –Arthur se había vuelto a poner de pie, cada vez más enfurecido que antes. Todos esos años había cazado a la presa equivocada, y no iba a permitir que se le escapara otra vez.
-¿De qué hablas? –saltó Antonio.
-Oui, veo que no conoces a François Bonnefoy, mejor conocido como… -el francés soltó una carcajada. –Le fantôme de le mer.
Haciendo caso omiso de los forcejeos de María, Francis se precipitó a la borda para alcanzar su barco. Arthur y Antonio, a la vez, fueron sobre de él, pero sólo el capitán se atrevió a exclamar en medio de su furor:
-FIRE!
-¡NO! –Antonio vio, horrorizado, cómo varios cañonazos destrozaban el barco de Francis, llevándose con él a su hija. Los restos de la nave saltaron por todos lados en una columna de humo, fuego y agua.
…
Hoy les traje un capítulo más largo, espero que les guste n.n pero oooh Dios, el barco de Francis voló a pedazos O_O ¿qué pasará ahora?
Ahora… los comentarios n.n
Natsumipantoja: Puros feels con el capitán Artie, y en este cap sólo empeoraron n.n
Flannya (alias guest): Es que es sabroso y lo sabes XD jajaja no mal pienses… aún ;D todavía faltan algunas cosas. Oooh tranqui, como dije aún falta y habrá más invitados especiales n.n como… bueno, ya verás. Jajaja no sé si loguinear sea verbo, pero funciona bien xD
Ghostpen94: Holi (?) no odies el UKMex, deja que te embriague con su pirata amor n.n
Cinthia C: Pues ya ves que en este cap pasó de todo XD siento que fue rápido pero bueno, ocupábamos ya más acción. Ahorita mismo Toño se estará muriendo pero por otra cosa X'D muajajaja.
¿Qué pasará en el siguiente cap? Hay muchos huecos aún en la historia de Toño, ¿se aclararán? ¿Dónde están María y Francis? ¿A Arthur se le quitará lo tsundere algún día? Bueno eso lo dudo n.n
Lamento haberme tardado tanto en actualizar x_x pero es un fic pesado y manejar tantos personajes a la vez sin uso de comedia es, puff… además con mi fic de 5 de mayo tuve que hacer investigación y eso toma tiempo, jaja. ¡Adiosito!
