TERCERA PARTE:
AMOS DEL MAR
10
Allende los Mares
Sobre los lindes de la Plaça Palau, ahí donde terminaban las casas de mercadeo y comenzaba la franja blancuzca de la playa, un niño esperaba sentado la llegada de los navíos. Naos, cocas, esquifes, leños, bergantines, galeones… un ballenero que recién llegaba se abría paso con dificultad en medio de sus hermanos más pequeños, y algunas góndolas ya habían arribado a la playa cargadas con las minucias diarias a las que los pescadores locales recurrían.
A lo largo de la playa también, poco a poco, se acercaron los curiosos, los mercaderes y los bastaixos prestos a descargar las mercancías de allende el Mediterráneo europeo; fue ahí cuando el niño se levantó, acercándose a éstos últimos y sacudiéndose los pantalones raídos para quitar los granos de arena.
El niño tenía una cabellera castaña, los ojos verdes como esmeraldas y las mejillas sonrosadas, llenas; a pesar de la delgadez de su cuerpo se notaba sano y satisfecho, y tenía tal fuerza que no le costó librar casi diez metros en unos pocos segundos hasta plantarse junto al grupo de bastaixos que ya se aprestaban a recibir una coca. Uno de los hombres se volvió y le acarició los cabellos, sonriéndole.
-Así que al final sí has podido venir, ¿eh, Antonio?
-Madre ha terminado temprano y me permitió venir. –explicó, entusiasta. Algunas sonrisas indulgentes cruzaron los rostros duros y curtidos de la comitiva, sin que el muchachito las notara.
-Entonces preparaos, criatura, porque durante los siguientes días vuestra espaldita dolerá mucho al final del día.
-¡Eso no importa! –saltó. Una sonrisa de oreja a oreja, luminosa e inocente, era su regalo diario para cada persona que se encontrara en Barcelona. Antonio había pasado toda su vida ahí, o por lo menos toda la que recordaba, y sus primeras memorias llegaban hasta el mercado de la Plaça Nova, donde su madre arrastraba una carretita cargada de tomates y los pregonaba calle tras calle hasta la entrada del Trentaclaus, con el diminuto bulto de su hijo sentado en una cesta de mimbre y cubierto con un sombrero de paja demasiado grande para él, haciendo que muchos pensaran que la cesta estaba vacía y que, al salir los dos ojos verdes bajo el sombrero, estallaran en carcajadas.
La coca tocó puerto y de inmediato todos en la playa se lanzaron a ésta. Había tantos productos y objetos preciosos que pasaban por las manos de los descargadores que Antonio apenas y lograba memorizarlos: vino, aceites, sal, especias… aquéllos barcos de mayor tamaño cargaban con oro y maderas, piedras preciosas y esclavos, telas costosas y ricos galones provenientes de los lejanos territorios catalanes a los que la Corona había accedido tantas décadas atrás, en un frenesí de locura de conquista donde no quedó una sola parte del mundo sin registrarse, hasta el momento.
Eso era con lo que Antonio soñaba siempre que corría a socorrer a los bastaixos en la ribera; las tierras más allá del inmenso mar azul que todos los días con sus noches lamía la playa, como si quisiera tirar de la tierra y llevarla consigo; todos los productos del hombre y de la tierra varaban ahí, se vendían y revendían por todo el reino, aunque en Barcelona apenas y era una cantidad mínima, pues la gran receptora del reciente tesoro estaba lejos de ahí, indeciblemente lejos.
-¡Barco sevillano! ¿Qué querrán acá?
Los ojos del niño se iluminaron cuando un bergantín, bien pintado y con su estandarte sobre lo alto del mástil se acercaba, arrastrándose por las aguas hasta encallar a pocos pasos de la coca. No pudo mirar mucho rato porque en ese instante le dejaron caer sobre los hombros un costal de trigo que casi lo llevó boca abajo.
-¡Despabilad, niño! –le gritó un carguero, dándole un empujón. Antonio, movido más por el peso del trigo que por sus propias fuerzas, echó a andar lentamente. Su camino no era demasiado, tenía que dejar todo en la plaza próxima y regresar, un poco mallugado, a la playa para recibir ahora costales de lo menos pesado; trigo, avena, especias varias y a veces sus favoritos, los tomates. En tiempos recientes y por la explotación comercial, los tomates se cultivaban en varias partes de España, mucho más lejos que de su sitio de procedencia, pero Antonio siempre tenía la nostalgia de los tomates que su madre, por su cuenta, había plantado cuando era un niño; su desgracia fue haber tenido que abandonar el campo para unirse al bramido de la ciudad y tener que revender los mismos productos que habían obtenido con su esfuerzo.
Cuando por fin los primeros sacos llegaron a la plaza, Antonio hizo un paro y corrió hasta el bergantín sevillano, donde varios hombres barbudos conversaban con un mercader local y otros tantos, sentados en la playa, se pasaban de mano en mano monedas y habanos gruesos y oscuros. Uno de ellos, tocado con un sombrero de ala ancha y en cuyo hombro reposaba un ave de brillante plumaje verdoso, atrajo la atención del pequeño. Al notar la mirada sobre él, el hombre se volvió y le sonrió, enigmático.
-Tú, chaval, venid acá. –le dijo, levantando una mano para hacerle gestos. Antonio, sintiendo un escalofrío misterioso en su corazón, acudió a su lado; notó entonces que la mayoría de los del círculo llevaban ropas desgastadas y pañuelos mal anudados sobre la frente, extraña visión si los comparaba con el caballero que hablaba con el mercader.
-¿Qué necesita, señor? –dijo pronto Antonio. Para su respuesta, el hombre levantó delante de él una exquisita moneda de plata, marcada por una distintiva cruz.
-¿Sabéis lo que es esto? –el niño negó, no recordaba haber visto una moneda así en Barcelona. –Se trata de un pequeño tesoro. Y esto… -agregó, y desenfundó de su cinto un puñal mugriento, que hizo retroceder instintivamente a Antonio –es lo que recibirá cualquier ladronzuelo que ose arrebatarme lo primero.
Antonio asintió dócilmente, con los ojos como platos y más fijos en el puñal que en la moneda; había estado tentado a preguntarle al hombre de dónde provenía tan curioso tesoro, pero le amedrentó más el arma y salió disparado de ahí, oyendo tras él las carcajadas divertidas de los sevillanos.
La mañana siguiente, tuvo buen cuidado de no acercarse mucho al navío de Sevilla, y lo hizo bastante bien hasta mediodía cuando, por regla general, los descargadores detenían su labor para aliviar la sed y el hambre a la sombra de la plaza, junto a su fuente, y con el rostro vuelto hacia la iglesia de Santa María de la Mar. Antonio mismo lo hacía, pensando divertido y orgulloso que su madre, varias calles más arriba, no tenía que sufrir de ése calor brutal gracias al toldo improvisado con el que dos meses atrás lograron hacerse.
Fue entonces que oyeron el repicar de unas campanas en el mar, y todos se volvieron, extrañados. Los gritos eran muchos y confusos y aumentaban cada vez, hasta que a lo lejos lograron ver un mástil colgado en precaria posición sobre el delantero, con la bandera desgarrada de arriba abajo.
-¡Piratas! –gritó alguien, y las voces le hicieron eco.
-¡Piratas! ¡Piratas! ¡Ayuda!
La nave era nada menos que un galeón, cuyo casco estaba arañado en varias partes y su mástil de mesana colgaba, fracturado, sobre el principal. Algún milagro había conseguido que la nave tan dañada lograra tocar puerto, y cuando lo hizo algunos de sus tripulantes no esperaron más y se lanzaron a las aguas para llegar a tierra lo más pronto posible; Antonio, junto con muchos otros niños, fueron a presenciar el triste espectáculo.
Del bote saltaron, primero, algunos hombres de tez oscura, negros esclavos que llevaban sobre sus camisas amplias y arremangadas la señal de su pertenencia, y que con ayuda de los trabajadores de la playa arriaron el barco hasta buena posición. Otros hombres, colgando de la proa y con rostros desolados, comenzaron a gritar casi sin voz:
-¡Médico! ¡Un médico!
El vocerío hizo eco de sus súplicas, y en poco rato apareció uno de los médicos de la ciudad al que los negros encaramaron sin dificultad alguna al galeón. El barullo fue tal que sólo Antonio, de reojo, pudo ver cómo los sevillanos que hasta entonces habían disfrutado un alegre día en la playa, bebiendo y charlando, se deslizaron en silencio a su navío.
Lo segundo que vio fue, de repente, asomarse una cabeza significativamente pequeña, enmarañada, de cabellos castaños más oscuros que los propios. Luego, un rostro delgado, infantil aún pero tan serio y frío que parecía el de un hombre pegado al cuerpo de un niño; el desconocido saltó a la playa, y cuando los esclavos le llamaron les contestó en su misma lengua, secamente, antes de ir cabizbajo a reunirse con los miembros de la tripulación que habían echado a andar a la plaza. Al pasar por el lado de Antonio, los dos se miraron fijamente, Antonio con curiosidad, el muchacho desconocido con hostilidad.
Poco a poco la calma volvió al puerto y los hombres del dañado galeón se desperdigaron, a excepción de los esclavos que continuaron sentados delante del barco sin dirigirle la palabra a nadie. Antonio, que se había olvidado hasta del saco de aceitunas que hacía media hora debió dejar en la plaza, estaba ahí hipnotizado por los desconocidos, notando que sólo unos cuantos de ellos hablaban español, el resto se entendían a gritos en un idioma que no estaba seguro de reconocer.
El muchacho regresó, llevando una hogaza de pan oscuro que mordisqueaba sin mucho entusiasmo, con los ojos fijos en el galeón. Se plantó sin darse cuenta del lado de Antonio y permaneció en silencio hasta que sintió sobre él la mirada indiscreta del más pequeño.
-O que voçê está procurando? –saltó por fin, mirando con fiereza a Antonio. El aludido tartamudeó, contestándole en catalán:
-Res, res… ¿Parles catalá? –el otro, como única respuesta, alzó una ceja. –Ho sento… ¿hablas español?
-Sí… algo. –añadió desinteresado. Antonio sonrió, ignorando la clara aversión del desconocido.
-Yo soy Antonio. Tú llegaste en ese barco. –agregó, señalando el galeón.
-Qué listo. –gruñó el otro, sarcástico.
-Así es… y he visto a esos hombres negros, tú les hablaste… ¿sabes hablar su idioma? ¿Cuál es el idioma que hablas tú? ¿De dónde eres… son?
Viendo que no iba a poder librarse del muchachito, el desconocido suspiró.
-Meu nome… é João. –contestó. –Yo soy de Portugal.
-Con que Joao, ¿eh? –la sonrisa de Antonio se ensanchó. -¿Y has viajado antes? ¿En ese barco? ¿Vienen de Portugal?
-Sí, sí… Haces muchas preguntas, niño. –repuso.
-No soy ningún niño, tengo diez años. –le soltó Antonio. Por primera vez vio sonreír al portugués.
-Você é un fihlo, un niño… yo tengo trece años. –contestó, inflando el pecho orgullosamente. –Yo ya soy un hombre.
-Entonces si eres un hombre, ¿cuánto ganas por trabajar? Madre me dice que sólo los hombres reciben pagas por trabajar, a nosotros los más pequeños nos toca trabajar gratuitamente… aunque siempre recibo algo, una hogaza de pan, pescado salado…
-No recibo pago. Mi padre trabaja ahí. –Joao señaló el barco. –Los Da Silva siempre hemos trabajado en el mar.
Aquello llamó aún más a Antonio. "Los Da Silva siempre hemos trabajado en el mar".
-¿Son navegantes? ¿Comerciantes? ¿Qué son?
-No te lo puedo explicar tan fácil, no entenderías. –se burló Joao, esta vez con mayor suavidad que al principio. Antonio, sin embargo, insistió tanto que al final los dos se sentaron en la playa hasta que el ocaso los sorprendió, hablando de barcos y viajes, de puertos, de peleas y de tantas historias de ultramar que cuando por fin el pequeño volvió a los brazos angustiados de su madre, soñó con todas las palabras de su nuevo amigo.
Día tras día, en la playa, Joao y Antonio se reunían a platicar sobre los mares más allá de las costas españolas; Joao había visto con sus ojos Lisboa, Cádiz, Sevilla y aún más allá, en Córcega, en Sicilia, pero nunca fue más allá de las costas europeas del Mediterráneo, por lo que cuando Antonio le preguntó sobre las tierras moras el portugués arrugó el gesto.
-Mi padre no me deja viajar si es hacia África. –explicó, y su amiguito pudo notar la desesperanza de su voz. –Dice que es peligroso, muito perigoso. Dice que ahí hay feras do mar y… -hizo una pausa, torciendo la boca; le costaba todavía hablar español de corrido –y muitos piratas.
-Oí a tu gente gritar esa palabra cuando llegaron. ¿De verdad fueron piratas quienes los atacaron?
-Eso creemos. –Joao se encogió de hombros. –Os piratas navegan por todo el mar océano y según padre atacan a las naves españolas por seu ouro.
-¿Has visto ese oro?
-Sí, muchas veces. Oro… e prata. Los llaman… como foi… piezas de a ocho.
En ese momento oyeron una tos furiosa y se volvieron, desconcertados. Un hombre salió caminando a toda prisa al otro lado de la playa, y Antonio alzó una ceja.
-Era uno de los sevillanos. Llevan muchos días aquí, no sé porqué…
-No habrán vendido sus mercancías. Padre dice que si los barcos no venden, deben quedarse o el viaje estropearía todo. –contestó Joao sin inmutarse.
-Ni siquiera los vi descargar… -el pequeño español se mordió los labios, perdido en esas inquietantes ideas, pero luego sonrió y se puso de pie. –Eh, Joao, ¿quieres ver Barcelona? Llevamos muchos días aquí y no hemos dado una vuelta.
-¿Qué? Eu não posso, debo quedarme si mi padre…
-Seguro que lo entenderá, no creo que vayan a dejarte. ¡Venga! –Antonio lo jaló de la mano y lo llevó corriendo, pese a las protestas en portugués de su amigo, calle arriba por el camino del mar. Cruzaron a Encants y desde ahí más y más al oeste, dejando atrás la muralla que protegía a Barcelona desde siglos inmemoriales, subiendo por las calles de los alfareros. Joao, a pesar de su renuencia, no pudo evitar sorprenderse al ver las cientos y cientos de piezas que se secaban al sol a las afueras de sus talleres, todas de tan diversas formas y colores que parecía una pintura, una estampa magnífica que sólo zumbaba en algún sueño remoto. Antonio lo dejó fisgonear hasta que los propios dueños y aprendices los echaban con manotazos, y entonces subían de vuelta hacia la plaza de Sant Jaume, donde se quedaban divertidos viendo el ir y venir de toda la ciudad. Barcelona respiraba vida propia, y los dos chicos disfrutaban de aquélla aplastante y alegre visión.
Al final de la correría se sentaron junto a una fuente, jugando con las hojas que el viento arrastraba y depositaba sobre el agua cristalina.
-Siempre estás hablándome de tu padre pero no me has dicho nada de tu madre. –dijo Antonio. -¿Dónde está ella?
-Minha mãe murió cuando era un niño. –explicó Joao. –Era muy joven cuando me tuvo y no resistió… muito tempo. Casi no la recuerdo. –agregó, pensativo; era la primera vez que Antonio lo veía tan tranquilo y abandonado de sí mismo, pero la impresión no duró mucho. -¿Y tu padre?
Antonio se encogió de hombros, y un gesto de desconcierto cruzó su cara. Él no sabía nada sobre su padre, pues su madre apenas y le decía que él había muerto mucho tiempo atrás.
La realidad, claro, era otra. Lejos de ahí, en los campos de la Alhambra, la madre de Antonio había vivido en la mayor de las miserias y asolada por la soledad al haber perdido, de la noche a la mañana, todos sus bienes en manos de otros ricos abusivos que aún sembraban el terror lejos de la mano de los reyes, y tuvo que mendigar primero, prostituirse después. Aquello último su hijo no lo sabía, pero durante casi dos años el viejo pueblito vio ir y venir a una muchacha de cabellos castaños y sonrisa triste, cubierta por un sencillo vestido rojo de hombros desnudos, que se ofrecía calladamente a los viajeros y algunos campesinos que le pagaban pobremente. La tristeza se le borró un día que conoció a un hombre de cabellos azabaches y ojos como esmeraldas cuyo nombre nunca conoció, pero que estaba bien segura era el padre de su único hijo, pues tenía los mismos ojos redondos como nuez, limpios como el cielo, verdes como los campos.
Fue entonces que la mujer se volcó a una vida más decente, comprando una choza de apenas dos cuartos que tenía la deliciosa ventaja de quedar junto a un campo sin dueño donde cultivó, por idea de un vecino y ex amante suyo, algunas plantas de tomate que prosperaron y le dieron de comer bien hasta los primeros meses de edad de su pequeño. Para que no llevara la deshonra de su pasado, la madre lo bautizó con el improvisado apellido de Fernández Carriedo con el socorro de unas monedas en un pueblo condal donde su reputación no la alcanzaba y se juró a sí misma protegerlo de la miseria que la arrastró al lodazal.
El resto, era historia bien conocida por su hijo: cuando él tenía dos años se mudaron, según le dijo por la carencia de compradores, aunque la realidad era que la mujer tenía un miedo atroz a que a su pequeño le contaran cuál era la verdadera vocación de su madre y les arruinaran la vida, por lo que se marcharon bien lejos hasta llegar a Cataluña, y a Barcelona, donde por fin el futuro les sonrió a pesar de que se mantenían sólo de las verduras que la madre de Antonio vendía hasta que él, a los nueve años, se cruzó con la improvisada labor de cargador y se hacía, a diario, con algo más para comer.
En ésas estaban él y Joao cuando volvieron a la playa y vieron salir, a toda prisa, a los sevillanos. Aquello desconcertó a ambos chicos.
-¿Porqué estarán corriendo así? –musitó Antonio. –Como si no quisieran ser vistos.
-Ten por seguro que así es. –contestó Joao, más curtido en eso que el español, entrecerrando los ojos inquisitivamente. –Ahora vuelvo, debo ir a ver a mi padre.
-Y yo a mi madre. ¿Os gustaría venir a mi casa más tarde?
-No sé dónde vives.
-Estoy por Carders, cerca de la Plaça de la Llana. Pregunta por los Carriedo, te habrán de decir.
Los dos se despidieron y Antonio llegó a tiempo para ver a su madre doblando el toldo y recibiéndolo con una sonrisa dulce y luminosa, idéntica a la de su hijo.
Cuando llegó la noche, los relámpagos que anunciaban tormenta acallaron todo movimiento en Barcelona; Antonio, arrebujado en su cama, planeaba en silencio la nueva correría con Joao. Lo llevaría hasta el palacio más grande de la ciudad, y luego a Montcada, y si les quedaba tiempo irían hasta los lindes orientales, ahí donde la Cataluña se abría en un abanico de campos y árboles salvajes que conducían hasta más allá.
Pero no lo pensó mucho porque entonces oyó unos golpecitos en la ventana y se volvió, asustado. Vio entonces asomarse el rostro delgado de Joao por la ventana.
-Joao… lograste dar conmigo… -musitó, soñoliento.
-Antonio, ven conmigo. Rápido. Por favor.
Notó un temblor en la voz del mayor.
-Joao… es muy noche…
-Eso ya lo sé, pero escuché… Seguí a los sevillanos, você sabe, y los vi entrar a una posada… Todos salieron, hablando, y yo los escuché y he descubierto… ¡ven! ¡Por favor! –insistió.
Vencido por la curiosidad, Antonio accedió, saltando de la cama y poniéndose a toda prisa los pantalones y los zapatos. Echó un vistazo a la puertecita de su alcoba y suspiró, dándose ánimos, pensando en su madre que dormía plácidamente al otro lado de la casa. No sería una excursión muy larga, pensó, ella no habría de darse cuenta nunca.
Los dos niños se lanzaron a la calle oscura, y a su más grandiosa, peligrosa y terrible aventura.
…
¡Volví! ¡En forma de fichas! Bueno no, me tardé mucho en escribir y lo siento muchísimo u.u pero he aquí el nuevo capítulo.
Ya sé qué me diran… "WTF? ¿Qué está pasando acá?" Les explico. Antes de continuar con el hilo histórico normal, hice un salto de veinte años para mostrar los orígenes de los protagonistas (Antonio, Arthur, Francis y claro, Joao); el salto durará, según mis cálculos, unos tres capítulos más (espero no me odien por ello ) y entonces retomaremos el contexto inicial.
Ahora, los comentarios:
Wind und Serebro: Entonces no se le quitará nunca XD jaja.
Natsumipantoja: Neeel, nada de noches de pasión para el Cejotas hasta que aprenda a comportarse ¬u¬ Déjate de que el barco explotó, Antonio ahora tendrá que hacer algo que no quiere pero eso será… más adelante.
Cinthia C: Francis es simplemente un villano encantador n.n y desgraciado, pero encantador.
Flannya: :D sabía que te gustaría el plot twist. Buaaa y tú continúa con el PruMex, lo extraño demasiado a pesar de lo mucho que odié el último capítulo ;D;
Hameru801: Ama el UKMex, ¡es hermoso! (a su modo claro XD). Jaja… debo de dejar de hacerle bashing a Francis u.u lo sé, pero como dije arriba es un villano que simplemente no puedes odiar. Gracias por comentar :3
FernyVA: Gracias por comentar n.n y me alegra mucho que te esté gustando el fic, espero no decepcionarte. D: No, dame el chocolate, ¡lo quiero! (?) ok ya. Aquí está la continuación luego de tanto tiempo n.n gracias de nuevo.
Olvidémonos por un rato de Arthur, María, Francis y el barco explosivo, ¿qué cosa vio Joao? ¿En qué lío se habrán de meter los dos pequeños ibéricos? Averígüenlo en el siguiente capítulo/precuela. ¡Adiosito!
P.D Ah, otra cosa, deseo saber su opinión. ¿De qué quieren que sea mi siguiente fanfic hetaliano?
a) Una Mexicana en Manhattan (como imaginarán, es una parodia/adaptación de Maid in Manhattan y por lo tanto, USMex)
b) Escarlata (sí, ese fic maldito que nunca he podido concluir…)
Y para los fans de My Little Pony o en su defecto la saga Fate, les traigo… Kirei vs La Magia de la Amistad. Si desean echarle un vistazo y comentarlo o recomendárselo a algún amigo que sea fan se los agradeceré muchísimo. Ahora sí, ¡adiosito!
