12
Gloria y Venganza
Antonio tropezó al tratar de bajar la escalera, dando de bruces contra el suelo mugriento y viscoso de la galera. Los hombres que estaban ahí lo miraron con desconcierto y lástima, pero no osaron moverse.
-¡Moveos, chaval! –exclamó un sevillano, cogiendo al pequeño por los cabellos y forzándolo a levantarse. Con la misma brusquedad, lo empujó hacia uno de los peldaños donde sólo estaban un hombre de barba mugrienta y ojos apagados, y un muchachito rubio y delgado que soportaba casi todo el peso del remo. –Quedaos aquí para ayudar al viejo, y más vale no intentar escapar o…
El sevillano señaló hacia otro de los peldaños, donde algunos hombres se apilaban con el remo sobre el regazo; dos de ellos, sombríos y con la espalda desnuda marcada por golpes, tenían grilletes en los tobillos. Antonio tragó saliva, desconsolado, no había una forma segura de huir, y si lo intentaba podía ya empezar a temer lo peor.
Mientras el hombre salía de la galera, los ojos del pequeño español se dirigieron a sus compañeros de remo; el hombre anciano parecía estar apagado, y murmuraba solo una canción casi incomprensible. Su compañero tenía el pelo rubio y deslucido largo hasta los hombros; los ojos, de un verde impresionante, relucían debajo de sus tupidas cejas, y el cuerpecillo era tan delgado y frágil que parecía aún más joven de lo que seguramente era. Los dos muchachos se miraron en silencio, igual de desolados, hasta que Antonio inclinó la cabeza hacia el remo, tan grueso que necesitaba de las dos manos para rodearlo, y tan mugriento y astillado que le producía asco siquiera rozarlo.
-Don't worry… -dijo de pronto una voz quebrada y algo gangosa. Antonio levantó la cabeza y notó que el muchacho rubio le sonreía, indulgente. –No es tan malo cuando te acostumbras.
Antonio paseó entonces la vista por las manos débiles y callosas del chico; llevaba éste una camisa tan delgada y raída que podía entrever su piel marcada por golpes y escoriaciones espantosas, y se estremeció. En Barcelona, se había metido en uno que otro pleito callejero, y había visto hombres ir y venir por el puerto con el cuerpo marcado de cicatrices, pero el mismo efecto espantoso en alguien de su edad resultaba aún más devastador.
-¿Duele? –preguntó tímidamente, señalando una escoriación del tamaño de un puño y con forma de disco que se extendía debajo del pecho. El rubio se miró también y sacudió una mano con desinterés mientras replicaba:
-¡No, no! Casi no se siente aunque… da algo de comezón. –agregó en voz baja pero quitándole importancia al asunto. Su famélico estado preocupaba al siempre bien alimentado y mimado español, y notó también que el anciano que canturreaba los miraba de reojo con ojos velados. Aquello le preocupó aún más.
-¿Y a él… qué le pasó? –preguntó señalando con la cabeza al tercer hombre. La indiferencia desapareció de la voz del rubio.
-He… Él está ciego. –explicó en un murmullo. –Los sevillanos le… le quemaron los ojos unos días después de que nos trajeron aquí. Bloody bastards. –agregó con vivo rencor. Antonio estaba tentado en preguntarle si aquél hombre era pariente suyo, cuando éste último lanzó un aullido y cantó en voz más alta:
-Beyond the shore… yes, beyond the shoe… the waves, the sea, the world…
-Captain, please… -susurró el rubio, tocándole tímidamente un hombro y negando con la cabeza, exasperado. Antonio se sorprendió, ¿aquél anciano era un capitán? ¿Habría sufrido el barco de esos dos extranjeros el mismo final que los portugueses iban a correr?
Pero no pudo preguntar más porque el hombre continuó con su cantaleta:
-Two chests in the palm, hidding in the sand… three and four and seven and oh… from the sea, from the sea, three and four and seven and oh…
-Captain, please, enough! –replicó el muchacho con más apremio, pero fue inútil, y el hombre terminó su canción con un mugido:
-The palm with many eyes, the arrow in one-eye… Three and two, as a crab to starboard… And, young lad, you'll see… you'll see… the treasure of the princess you shall see…
-¿Cuánto tiempo llevan aquí? –preguntó Antonio, intrigado por el anciano que de nuevo había enmudecido y acariciaba distraído el mango del remo.
-Almost two months… dos meses. –contestó el muchacho.
-¿Los sevillanos también capturaron su barco?
-Yes. Íbamos de vuelta a Liverpool cuando nos interceptaron… the captain, he… él trató de detenerlos pero ya es muy viejo… and now…
Ambos miraron con honda lástima al capitán caído, cuya cabeza chocaba a cada momento con el casco del barco sin que le importara, tal era su estado de desolación.
-Well, nevermind… -dijo entonces el rubio. -¿Cómo te llamas?
-¿Yo? Soy Antonio… Antonio Carriedo.
-Nice to meet you… -el muchacho inglés le tendió una mano. –Soy Arthur. Arthur Kirkland.
-¡Escoria humana! –rugió de pronto una voz ajena. Todos los remeros levantaron la cabeza y vieron aparecer al capitán de los sevillanos; Antonio notó cómo ese hombre, con su sola presencia, amilanaba a la veintena de almas que se hacinaban en los bancos. El capitán, paseándose despacio con las manos a la espalda, sonrió. -¿Saben qué día es mañana? Es la víspera de nuestro quinto viaje al que la mayoría de ustedes han sobrevivido… y para los recién llegados… -y ahí dirigió su mirada a Antonio –debéis saber que nunca nos hemos amilanado y que nuestras batallas nos han llevado a la gloria, gracias a vosotros. –añadió con voz melosa. –Ahora nuestra presa no está muy lejos, se encuentra viajando hacia las Antillas y le daremos alcance en una o dos semanas si el viento nos favorece, y por el diablo que nos favorecerá, así que por hoy podréis dormir y mañana… mañana comenzarán a romperos de nuevo la espalda, bestiecillas… ¡Ahora, salid de vuestros pútridos bancos y echaros a dormir con las ratas!
Con una sonora y cruel carcajada, el capitán subió y cerró la escotilla con un golpe sordo. Los hombres, al menos aquéllos que no estaban encadenados, se extendieron cuan largos eran por todos sitios, acurrucados encima y debajo de los bancos, sobre el suelo, junto a la plataforma y así sucesivamente sin ningún orden. Antonio se estremeció, pensando en cuánto anhelaba su jergón junto a Joao y, más que nunca, el amor de un lecho caliente en Barcelona.
-C'mon, little boy, seguro estás muerto de cansancio. –le llamó Arthur. Los dos entonces se arremolinaron en la parte trasera, junto a unos retazos de jerga clavados rudimentariamente al suelo y donde, al parecer, el joven inglés había hecho una especie de nido al que podía acceder a través de la escala de madera (aquélla que sostenía el aparejo de la popa) con facilidad debido a su complexión. Ahí se ovilló sin mucha parsimonia y le dejó espacio suficiente a Antonio quien, desconcertado, miró por entre las rendijas al resto de los esclavos.
-¿Cómo pueden vivir así? –preguntó, horrorizado. Arthur soltó una risa sarcástica.
-¿Llamas a esto vida, child? Aún eres muy pequeño… ¿era tu primer viaje?
-Hmm… así es. Queríamos ir a… -de pronto recordó el lío del mapa, y los portugueses, y prefirió guardar silencio. No sabía aún qué tan de fiar sería el inglés y, de todos modos, desde niño había escuchado cosas malas de los pálidos habitantes de la isla de Bretaña, tachándolos de sucios, vagos y ludópatas.
-Yes? –insistió Arthur.
-…A América. –dijo por fin, sin más, dejándose caer en la orilla opuesta de la improvisada manta.
-I see. He ido un par de veces… hacia el norte. –explicó entusiasmado.
-¿Cuántos años tienes tú? No te vez mayor que yo. –preguntó Antonio.
-I'm fourteen.
-¿Qué?
-Oh, my apologizes… tengo catorce años. ¿Tú cuántos tienes, ocho? –preguntó en una suave burla, colocando una mano lisiada sobre sus oscuros cabellos. –Eres demasiado pequeño.
-Tengo diez. –repuso algo ofendido. Arthur rió.
-No te enfades… yo también comencé a viajar a tu edad. –explicó soñador. –Someday… someday I'll find a huge treasure…
-¿El qué?
-Dije que encontraré un tesoro. –contestó bruscamente. –Me escaparé de este bloody barco y me haré rico. Ya verán todos.
Antonio bostezó y se hizo un ovillo entre las mantas. El mar golpeaba con tanta fuerza el casco que temía fuera a romperse y a arrastrarlos a todos, pero el cansancio lo venció y poco a poco se hundió en un aturdidor y angustiante sueño en el que, por primera vez, no encontró paz.
Al día siguiente, lo primero que escuchó al despertar fueron varios quejidos sordos y el restallar de un látigo. Al abrir los ojos, se encontró con un hombre de mediana edad, delgado y nervudo como un árbol moribundo y con una mata mugrienta de pelo grisáceo resbalándole por los hombros. El hombre batía un látigo de grosor anormal y gritaba enardecido:
-¡Levantaos! ¡Levantaos, pedazo de bestias! ¿Qué quieren, un desayuno en la cama y un beso de mujer? ¡Aquí no, así que dejad sus camastros de mierda y poneos a trabajar!
-Move, child… -le apresuró Arthur tomándolo de un brazo y tirando de él hasta los remos. El anciano capitán se frotaba el rostro con una mano, y cuando el joven inglés se sentó a su lado susurró:
-Arthur, my lad… what you were dreaming of?
-The island. –contestó, como un saludo. El capitán asintió y colocó las manos alrededor del remo; los dos muchachos hicieron lo mismo y de nuevo escucharon el restallar del látigo. –Presta atención, child… ese hombre adora despellejar con su látigo a cualquier distraído. –le susurró a Antonio. El español se estremeció y aferró las manos al remo como si en ello se le fuera la vida.
-Ahora, ratitas… ¡moved esas patas! –gritó el sevillano y restalló su arma contra el suelo. Todos a uno, los hombres levantaron los remos, empujándolos de vuelta al mar y comenzaron un vaivén lento y desesperante; Antonio de vio de pronto empujado por el peso de un gigantesco remo que lo forzaba a casi levantarse del asiento para hacerlo girar, antes de volver bruscamente hacia delante de modo que sus narices daban directamente con el banco delantero. El movimiento de tuerca comenzó a exasperarlo y estaba ya a punto de soltarle cuando escuchó a Arthur gruñir, agotado por el esfuerzo:
-No oses hacerlo… ¡ni siquiera lo pienses, child!
El remo seguía y seguía, y el barco se movía pesadamente. A través del hueco de los remos Antonio veía las tranquilas aguas del Atlántico agitarse libres bajo un radiante sol y deseó sentir aunque fuera un poco de brisa fresca que, naturalmente, jamás llegó.
Los minutos parecieron alargarse y, con ellos, llegaron el dolor y la desesperación. Los remos no paraban de moverse, los hombres, mudos, hacían gestos de profunda concentración y casi podían oírse los músculos de las espaldas desgarrarse y los huesos de los brazos crujir ante el peso de sus horribles cargas. Y sólo podía oírse por encima de todo los gruñidos burlones del capataz sevillano. Antonio sentía que el remo se le resbalaba de las manos a cada instante, y que cuando se aferraba a él la piel de las manos se destrozaba, pero no podía soltarlo, pues si lo hacía…
-¡Más rápido, bestias! –gritó el sevillano, y su látigo se descargó sin razón aparente en un hombre de gran estatura y piel oscura que le miró con odio. El sevillano lo notó y le lanzó un puñetazo a la cara; casi todos detuvieron de momento su marcha mirando cómo la sangre del mulato caía a gotas sobre el banco. -¡Ahora ensuciáis el barco de nuestro capitán! ¡Cerdo asqueroso! ¡Esclavo maldito!
Y dando esos gritos atroces el hombre lo pateó hasta que el esclavo, cruelmente encadenado al banco, cayó medio rendido sobre el remo, escupiendo sangre a borbotones. Antonio cerró los ojos y desvió la cara, deseando poder también cubrirse los oídos; Arthur, en cambio, permaneció estoico, mirando fijamente ya al sevillano, ya al mulato herido, con las manos crispadas sobre el remo.
Cuando se sintió satisfecho, el capataz se volvió a la multitud y bramó:
-¡¿Qué estáis mirando, animales de composta?! ¡Seguid! ¡Seguid, os digo!
-C'mon, child… se acabó. –le susurró Arthur, dándole un ligero empujoncito en el hombro a su acompañante. Antonio, tembloroso, siguió su fatigosa faena, mirando sólo sus rodillas y el constante ir y venir del remo, incapaz de arrancarse de la mente la imagen del mulato sangrando.
No hubo manera de detenerse. Los minutos se alargaban y el español sólo veía pasar el mar, siempre igual, a través del hueco. Cuando por fin consiguieron reposo gracias a un favorable viento, se llevó una mano al estómago; no había desayunado nada ni bebido agua, y temía que todo el día transcurriera de esa forma. Miró a su alrededor y notó que todos, a pesar de estar visiblemente cansados no hacían los mismos gestos; quiso volverse a Arthur y preguntarle cuánto podían resistir aquéllos hombres sin comida ni agua cuando les interrumpió el capataz.
-¿Queréis algo de comida, mis ratitas? –preguntó, burlón, y tendió en su mano un redondo pan de centeno. Antonio escuchó con claridad su estómago rugir y notó varios ojos ávidos clavados en la figura. El capataz rió y comenzó a pasar por los lugares cortando minúsculos bocados de pan que pasaban de mano en mano por las filas; Antonio devoró desesperado su porción y descubrió que aquello sólo le daba más hambre. Cuando el capataz terminó y volvió a su sitio se repantigó cómodamente, tomando otro pan de centeno y mordisqueándolo aburrido. Dos, tres, cuatro bocados y el resto lo tiró al piso antes de salir de la galera. Un suspiro hizo estremecer el sitio completo y el pequeño español se acurrucó sobre el remo quieto, temblando.
-No sé si pueda aguantar. –dijo entonces con voz trémula. Arthur, comprensivo, le palmeó la dolorida espalda.
-You have to. –fue lo único que dijo.
La jornada, monótona e infeliz, fue lo único que Antonio consiguió dominar durante los días siguientes. Siempre despertar al alba, mover el pesado y monstruoso barco con los remos hasta que algún viento les aligerara la carga, comer un pedazo de pan viejo y recibir un trago de agua dos veces al día; ir a dormir una hora más tarde que el resto de la tripulación sobre un suelo duro y húmedo que lo hacía temblar de dolor y de frío; para el cuarto día descubrió que en uno de sus costados había aparecido una escoriación pequeña, similar a las que tenía Arthur, y trató de anudarse la camisa alrededor de ésta para evitar golpearse con el remo y hacerse más daño. Su compañero de remo le recomendó en voz baja guardar un poco del pan y remojarlo con saliva para ponerlo sobre la pequeña llaga y así aliviar el dolor, pero no quiso escucharlo; era tal su hambre que casi tragaba entero el mendrugo que recibía para luego enfrentar, angustiado, la sensación de hambre que lo hacía por las noches temblar de dolor. El quinto día tuvo que volver el rostro entre sus piernas para vomitar ácido, y el sexto, pálido y desencajado, notó su piel más pálida que nunca haciendo resaltar los huesos bajo ella. Era necesario escapar, o si no terminaría su vida en la galera en muy poco tiempo.
La noche del séptimo día no pudo dormir; dormitaba, despertando cada poco tiempo sólo para toparse de cara con las escaleras del aparejo. De pronto, en uno de esos lapsos de insomnio, notó que algo se movía a su lado y vio pasar una sombra a través de las escaleras. Lentamente, se incorporó y descubrió que Arthur había salido, y que se movía cuidadosamente, casi como un gato, a través de los esclavos durmientes; desconcertado, el español se levantó también y se asomó por el hueco, viéndolo alcanzar a un bulto de tamaño inusual que estaba en el piso. Escuchó, entonces, hablar a su compañero:
-Don't move, captain… Take this… it's okay…
Un hombre gimoteó, y Antonio sospechó que sería el anciano. Lo comprobó cuando, luego de una breve tos, le escuchó decir:
-It's done, my young lad… This is the end of my world…
-Captain, please…
-Listen… listen, young lad… Take this… -en la penumbra, el español notó que el bulto se revolvía y luego una mano cadavérica se alzaba en dirección del joven inglés. –This is yours now…
-Captain, I… I… -la voz de Arthur, trémula y frágil, mucho más humana de lo normal, parecía temblar.
-Your enemies… your sword… -susurró el capitán. –You shall put your boot on your enemies faces and… you shall get the freedom… You'll live, Arthur… and you shall live as a king someday…
-Captain, I can't take this… You have won this with honor and…
-And now it's yours… No one of my men followed me until this bloody prison for the living dead but you. You, my lad, you are the bravest man of my trip... tripulation and you… shall be… a master of the sea…
De pronto, el bulto se estremeció con más brusquedad, seguido de una tos ahogada y, entonces, se quedó quieto. Antonio se quedó helado, y Arthur aún más; temblando, lentamente, se pasó una mano por los cabellos y susurró:
-How can I be a master if I'm nothing but a slave…
De pronto, se oyeron más ruidos. Varios hombres se despertaban, atraídos tal vez por el escándalo hecho por el anciano capitán; sólo ahí Antonio reaccionó.
-Arthur… ¡Arthur! –el aludido lo miró, aunque no podían ver el rostro de ninguno con claridad. -¡Arthur, por favor!
El inglés reaccionó y volvió corriendo hasta el lugar donde dormían. Antonio vio fugazmente cómo la mano de su compañero se escabullía entre sus ropas y se preguntó qué estaba ocultando; su corazón se aceleró, ¿acaso sería aquello otro mapa? No tuvo tiempo de preguntar siquiera porque los gritos de los hombres ascendieron súbitamente hasta tal grado que, de pronto, la escotilla se abrió dando paso a dos sevillanos armados con puñales y antorchas.
-¡Cállense! ¡Callad, ratas asquerosas! ¡¿Qué estáis…?!
Entonces el cuerpo inerte del capitán se iluminó, y Antonio ahogó un grito de horror. Ahora entendía porqué el anciano jamás se movía de su sitio ni volvía el rostro; la mitad que siempre estaba hacia el casco del barco estaba consumida, posiblemente por golpes en los que se llegó a clavar varias astillas desgastadas. El espanto corrió aún más que antes y los sevillanos, asqueados por la visión, ordenaron a dos de los hombres que estaban ahí que tomaran el cadáver, le ataran lastre y lo echaran; los escoltaron y cerraron la escotilla sin dirigir una sola mirada al resto, que se quedó comentando entre susurros el acontecimiento en tan diversas lenguas que Antonio casi no pudo seguir la conversación.
Arthur, del otro lado, estaba encogido en su sitio, mirando el suelo con furia. Su tupido ceño estaba fruncido y sus labios, apretados.
-Arthur… -susurró Antonio. Tenía cientos de preguntas, ¿qué le había pasado al capitán? ¿Qué fue lo que le entregó? ¿Porqué, entre tantas palabras sueltas de las conversaciones, logró coger al aire "amo", "señor", "mar"? ¿Acaso el capitán había sido uno de esos legendarios señores del mar?
El inglés bufó, apretando los puños.
-This ship was ours… did you know that? ¡Era nuestro! –gruñó. –Esos… bloody sevillians… llegaron y mataron a casi toda la tripulación; a los otros, que dijeron dónde estaba el dinero del capitán, les perdonaron la vida y los dejaron irse… bloody basterds! –agregó descargando un fuerte puñetazo al casco. Antonio retrocedió. –Al capitán y a mí nos encerraron junto con sus otros esclavos y hemos estado aquí desde hace casi dos meses… muriendo en nuestro propio barco…
-Pero... tú…
-Nevermind. ¿Y sabes porqué? Porque me quedaré aquí, me quedaré aquí y entonces…
Los ojos de Arthur se dirigieron al lugar donde había muerto su capitán. Y el resto de la noche permaneció sentado, mirando a la nada, y cantando esa misma canción que su capitán repetía incansable, terminando por quebrar los nervios agotados del español.
Pasaron otros dos días; Arthur apenas y hablaba, parecía haber envejecido en poco tiempo pues su rostro juvenil se marcaba de arrugas por tanto tiempo que duraba con el ceño fruncido, y sus brazos enclenques sujetaban el peso del remo como si fuera una pluma. Antonio sentía la curiosidad carcomerle a cada instante, deseando saber si sus sospechas tenían algo de verdad y si, acaso, había estado cerca de un auténtico señor del mar todo ese tiempo sin saberlo…
La noche del noveno día, los dos muchachos fueron a dormir en el más absoluto mutismo. A su alrededor reinaba la quietud e incluso el mar aparecía plano, aburrido, apenas iluminado por una luna estática.
De pronto, se escuchó; uno, dos, tres campanazos. Los hombres se levantaron de improviso, mirando a su alrededor con duda; Antonio lo hizo tan bruscamente que chocó contra la escalera y tuvo que retroceder. Arthur, a su lado, apretó los puños.
-It can't be…
-¿Qué pasa? –preguntó el español. La escotilla se abrió y vieron descender por ésta al capataz, que daba gritos y patadas mientras movilizaba a los esclavos, exclamando:
-¡Moveos, ratas! ¡Moved esos malditos brazos vuestros! ¡Rápido, moved el barco a babor! ¡A babor!
-C'mon!
Arthur volvió a sacar a Antonio del ensimismamiento y se apostaron en su remo con rapidez, haciéndolo girar sobre sí mismo hasta que el barco, lentamente, viró a la izquierda.
-¿Qué está pasando? –preguntó el niño de nuevo.
-Al parecer o están atacando… o están huyendo. –le explicó Arthur.
La agitación no terminó ahí. Una vez más, debían mover el barco sin ayuda de ningún viento, y el dolor en los miembros entumecidos por el cansancio era tal que más de uno soltó un quejido, recibiendo como respuesta un fuerte latigazo.
-¡Callad, animales, y haced vuestro trabajo!
Antonio soltó el remo, dando un débil grito. Una astilla de tamaño considerable se había clavado en su palma, y comenzaba a sangrar a gotas; Arthur rápidamente lo tomó de la mano.
-Give it to me! –susurró mientras el sevillano rugía, rabioso:
-¡¿Quién ha sido?! –preguntó, paseando por las filas. Arthur extrajo la astilla con un brusco tirón que hizo a Antonio dar un respingo; fue ahí cuando el capataz los vio. -¡Ah! Soltando el remo, ¿eh? ¡Venid acá…!
-¡No… yo no…! –balbuceó el español, pero fue demasiado tarde. Con un empujón, cayó sobre las rodillas, y vio el látigo levantarse sobre él y darle un golpe brutal en la espalda. Otro, y otro más, mientras el capataz gritaba sin control:
-¡Maldito chaval ocioso! ¡Ven y paga por tu holgazanería!
Y entonces, por primera vez, Antonio se volvió encarando al hombre y se lanzó sobre él; el látigo restalló contra el suelo, y el capataz se vio impulsado al suelo por la fuerza de la embestida. Las manos del español, agarrotadas y heridas por aquéllos días de sufrimiento, se asieron al rostro y cuello del sevillano, llenándolo de golpes y rasguños. El valor del pequeño enardeció al resto que, soltando los remos, salieron de sus lugares y se abalanzaron hacia el capataz. Uno de ellos cogió unas pesadas llaves y se deslindó del zafarrancho para ir a liberar a los encadenados, y otros tantos se conformaron con irse a puños y patadas contra el enclenque hombre que no pudo contra la marea humana que lo atacaba.
Una mano delgada y pálida cogió a Antonio por la camisa y lo sacó de un tirón. Se encontró cara a cara con Arthur.
-Let's get out of here! Te has vuelto loco…
Los dos muchachos se lanzaron junto con otros prisioneros que empujaban con todas sus fuerzas la escotilla hasta hacerla saltar de sus goznes. Cuando salió aquélla multitud de fantasmas débiles por la falta de aire, luz y comida, se encontraron con algo desconcertante; la cubierta estaba en medio de una batalla campal; Antonio vio cómo, del lado de babor, se bamboleaba un barco de tamaño descomunal coronado por la bandera del imperio. La presa que seguramente los piratas habían estado siguiendo estaba ahí, mucho más poderosa que la propia, y ahora estaban encarando su posible derrota.
Los esclavos no lo pensaron dos veces y se lanzaron el dirección al otro barco; no muchos llegaron a la orilla, caídos por disparos y las espadas tanto de sevillanos como de los otros, y los pocos que alcanzaron cayeron al mar, debilitados e incapaces de nadar. Antonio y Arthur se quedaron ahí, estáticos, mirando la lucha y buscando alcanzar la orilla sin ser descubiertos.
-¡Basta! ¡Se acabó! –gritó una voz firme y extrañamente melodiosa. Un hombre de porte medio apuntaba con su espada al capitán sevillano, quien levantó las manos temblorosas.
-Capitán Oñate… -comenzó a decir éste, con voz melosa.
-No quiero escuchar vuestra sarta de remilgos. –le cortó el aludido. –No sé qué tan cierto sea, pero he oído rumores de que has dejado el noble negocio del comercio por la piratería de media estampa…
-¡Ah, los chismes van y vienen en la Andalucía! No iréis a creer tal cosa, ¿verdad?
Antonio abrió los ojos como dos esferas. Reconocía ahora el acento del otro español porque ya lo había oído antes; debía ser de las mismas tierras que él y su madre, pues aquélla claridad y fluidez sólo podían pertenecer al sureste del imperio.
-No hago caso de chismes pero vuestras andanzas no me dejan otra opción. –continuó el capitán Oñate, mirando de soslayo a la tripulación. –Ésta vez mis intenciones son otras, y por esta vez me cuidaré de que sea mi mano la que os mate, por los viejos y buenos tiempos que una vez corrimos, pero te lo advierto… si vuelvo a ver tu barco o tu cara buscando emboscarme, no me detendré por nada, ¿lo entiendes?
-Claro que lo entiendo… ah, ¡lo entiendo perfecto! Es más, estoy incluso a favor de… daros una muestra de mi buena voluntad… Necesitáis, ah… muchachos para vuestro barco, ¿no es así? –esperó una respuesta, pero ésta nunca llegó. –Pues bien… tengo algunos mozos muy trabajadores, algo flacuchos sí, pero fuertes y listos que podrían serviros…
-Supongamos que tu oferta de paz me tentara… debes saber que sólo puedo recibir a dos. –repuso el capitán Oñate con frialdad.
-¡Ah, claro! Tengo a los dos perfectos… -el sevillano sonrió con malicia y llamó con gestos a uno de sus hombres que, escoltado por otro del barco enemigo, se acercó. –Ve y busca al barcelonés y al chaval de la galera…
Antonio y Arthur se miraron fijamente; el primero, deseoso de escapar de aquéllos horrores, se lanzó al frente, pero lo detuvo la mano de su compañero y le dijo:
-Wait, no podemos descubrirnos así… espera a que nos busquen…
Tuvieron tiempo suficiente para volver a la galera, pues los dos capitanes continuaban hablando. Abajo, todo lo que quedaba era el capataz desmayado y cubierto de cardenales; Arthur, negando con la cabeza, bajó hasta las filas de remos y empujó a Antonio bajo un banco, metiéndose luego junto a él mientras esperaban.
-¿Qué estamos haciendo? –preguntó Antonio.
-¿Eres tonto? En cuanto vean lo que ha pasado no nos dejarán salir; quedémonos, y cuando bajen finge que estás muy aterrado. Déjame hablar a mi; ah, algo más…
Hubo un tintineo de cadenas, y Antonio descubrió entonces que Arthur acababa de colocarle un grillete.
-¡¿Qué estás…?!
-Quiet! –hubo otro chasquido, y el español notó a su compañero colocándose también un grillete. Así, esperaron juntos en silencio por varios minutos, preguntándose mudos porqué no llegaban aún por ellos, mirándose en la penumbra, dudosos…
Entonces oyeron unos pasos sordos, y vieron descender hasta la galera a uno de los españoles del barco contrario. Al ver al hombre desmayado y a los dos muchachos arrebujados tras los bancos, se desconcertó.
-¡Hey! –les gritó. Los dos rostros pálidos se asomaron por encima de los remos. -¿Qué ha sucedido acá?
-Los remeros… -comenzó Arthur, fingiendo un temblor de voz. –S… Se han vuelto locos… comenzaron a pelear… They… the came and… -agitó entonces un tobillo, haciendo tintinear las cadenas del grillete. –Nos ataron, señor… we need help… las llaves deben estar por aquí…
La argucia de Arthur dio resultado; el español, sin preguntar más, buscó por los rincones hasta dar con las llaves, tiradas sobre otro banco por los prisioneros, y después de liberar a los muchachos los sopesó con la mirada.
-Vaya que son bastante enclenques… -dijo por fin. –Venid acá, el capitán os llama…
La sonrisa de los dos muchachos apareció. La esperanza de libertad, volver a ver la luz, sentir la brisa… nada había que pudiera romper con aquél momento…
Entonces el capitán sevillano les salió al paso y dijo:
-¡Esperad! Quisiera hablar primero con el chaval… ése, el más pequeño.
Antonio fue separado entonces de Arthur, y conducido por el pirata hasta la parte trasera del barco, hacia su cámara. Al entrar, recordó la noche en que él y Joao se metieron por la fuerza en busca del mapa, y su estómago se encogió; si aquél hombre preguntaba otra vez por el paradero de dicho objeto…
-Muchacho, os voy a hacer una recomendación. –dijo el capitán, caminando alrededor de él. –Habéis tenido mucha suerte, tú y el otro chaval, partiréis de aquí hacia el Nuevo Mundo; allá no sé que vaya a pasaros ni me interesa, porque conozco bien al capitán Oñate y os aseguro que sus negocios, aunque más legales que los míos, no por ello son mejores. Ahora, os pregunto… ¿habéis leído el mapa?
-¿El mapa?... No. –dijo por fin, buscando mantenerse en sus cinco. –Yo… sólo lo vi, de paso…
-Ya veo… ya veo… ¿y recordáis algo de él?
-No, capitán. –contestó, esta vez totalmente sincero. El hombre no pudo dejar de mostrar su contrariedad, pero exhaló un profundo suspiro y replicó:
-Vale, te creo… Iros ahora, iros con el capitán…
-¿Ya… ya puedo irme? –preguntó torpemente, con los ojos redondos como platos.
-¿De qué me sirve quedarme contigo ahora? –gruñó. –Si al menos recordaras las indicaciones del mapa podrías serme útil, y si te conservo para las galeras solo me condenaré más. Iros, y dad gracias a Dios por tu buena suerte, chaval.
Antonio, casi flotando, salió corriendo del camarote. La confusión era enorme para él, pues los hombres del barco mercante volvían a sus puestos, y le condujeron hasta el barco. La felicidad era tal que no cabía en sí, y sólo se contentó con mirar cómo iban retomando el curso y el barco de los piratas, poco a poco, quedaba atrás…
Y, en la otra cubierta, un par de ojos esmeraldas miraban desconcertados el barco. Arthur, aún con los sevillanos, estaba horrorizado; no podía quedarse ahí, había escuchado bien claro al capitán decir que se llevarían a él y a Antonio… ¿porqué estaba ahí? ¿Porqué los hombres lo habían apartado hasta la proa hasta que el otro barco zarpó? Vio entonces reaparecer al capitán pirata y sin pensarlo lo encaró.
-Where's the other lad? –gritó. -¡Pensé que me iría en ese barco!
El capitán sonrió ladinamente y, señalando el navío del capitán Oñate, dijo:
-No estáis ahí porque… digamos que el otro chaval hizo un buen trato por vos…
-The other…? –sin pensarlo, Arthur se lanzó hacia la borda, gritando de rabia. Aquello no podía ser, ¿porqué Antonio lo había traicionado? ¿Y con qué? ¿Qué clase de trato podría haber hecho? ¿Le habría contado al capitán lo de la muerte del anciano o… habría visto lo que él le entregó y por eso…?
-¡Alto, ALTO!
Dos hombres le salieron al encuentro, y el rabioso muchacho los golpeó, pero su hazaña le costó cara. Primero, vio el destello plateado de un puñal levantarse sobre su rostro, y luego sintió cómo ésta se hundía en su frente y descendía con un doloroso tirón, cruzándole uno de los ojos. Sangrando y llorando de dolor, cayó al suelo cubriéndose el rostro, y el capitán ordenó secamente:
-Llevadlo abajo, que se arregle como pueda, y todos los demás iros a dormir.
Arthur levantó lentamente el rostro, mirando la silueta cada vez más lejana del otro barco. Silenciosamente, extrajo de entre sus ropas un objeto pequeño y arrugado, aquello que su capitán le había entregado. Una carta de baraja, el As de espadas, lo ensució con la sangre de su mano mientras la estrujaba, y susurró lleno de rencor:
-Someday… someday I shall have my revenge, Antonio Carriedo… My enemy… my sword.
Antonio entonces reaccionó, luego de pasar largos minutos mirando el mar.
-¿Y Arthur? –se volvió a uno de los hombres y preguntó: -Oiga, ¿qué hay del otro muchacho? El que estaba conmigo en el barco…
-Está por allá. –contestó señalando a su espalda. Antonio se guió por su gesto, pero no vio a su compañero; en su lugar había otro muchacho, igual de enclenque que él y con el pelo rubio y platinado sobre el rostro. La silueta le resultaba vagamente familiar, pero no recordaba de dónde… no lo había visto en la galera, así que seguramente era otro prisionero del barco que trabajaba en la cubierta. Pero, ¿porqué? ¿Porqué habían aceptado a aquél chico y no a su compañero?
Pensó entonces que él, que Arthur, seguiría allá trabajando en la galera, y un sentimiento de pesar lo abrumó. No se acercó al chico desconocido para hablarle, sino que pasó por su lado, atribulado, sin escuchar la única palabra que habría de oír de él durante quince largos años:
-Bon nuit…
…
Largo… largo y enredoso capítulo x_x les juro que hice lo posible por acortarlo porque si no habría quedado eterno…
Por fin vimos a Arthur por un ratito y ahora sabemos porqué le choca tanto Antonio u.u pero al menos por fin papá Toño ya tiene el mapa y la libertad para llegar a Nueva España así que es un "yeah" a medias. Ahora, una pequeña aclaración: ¿qué fue lo que sucedió mientras Antonio y Arthur estuvieron escondidos en la galera? Digamos que hubo otro muchacho prisionero ahí que convenció a los dos capitanes de soltarlo porque era… bueno, eso lo averiguarán más tarde, pero el caso es que literalmente fue una oferta que no pudieron resistir, y es por eso que el cejón se tendrá que quedar con los piratas rumiando su ira.
Ahora, los comentarios:
Flannya: Pobre papá Toño u.u ya conoció el infierno, pero no duró mucho en él. Ya en el siguiente cap verás lo que falta n.n
Kayra Isis: Gracias por leer n.n me alegra que te guste. Pues por suerte ya terminó el arco "precuela" y podremos volver con los acontecimientos iniciales (valga la redundancia).
En el siguiente capítulo ya retomaremos la historia donde se quedó (con los disparos al barco francés) y veremos también qué fue de Antonio al llegar al Nuevo Mundo y otras tantas incógnitas más que se irán revelando poco a poco :3 Repito: mil disculpas por lo enredado del capítulo y por dejar en suspenso algo que era vital (digamos que nunca le dediqué espacio porque en este arco estábamos siguiendo a Antonio); seguro ya adivinaron quién fue el traidor que "vendió" la libertad de Arthur por la propia, hon hon hon… Seguiremos en sintonía y espero ya no tardar siglos para escribir x_x ¡adiosito!
Y recuerden que un fic se alimenta de sus comentarios, no le dejen morir de hambre ;D
