13

Cambio de Planes

-¡Eres un grandísimo idiota! ¡Bastardo inglés de…!

-Shut that mouth! –le cortó Arthur, apretando con fuerza las manos mientras las últimas volutas de humo desaparecían en medio de la noche. A su lado Antonio, desolado, trataba de adelantarse y buscaba, casi colgando de la borda, el rastro de su hija que recién había sido arrastrada al navío; nada, a excepción del alto mástil principal que se tambaleaba peligrosamente a causa de los cañonazos parecía haber quedado del otro lado.

-Bastardos… -susurró fuera de sí, cerrando los puños contra la férrea madera del barco. –Son todos unos bastardos… mi hija… ¡tú! –gritó, volviéndose de nuevo a Arthur y lanzándose sobre él. -¡Mataste a mi hija! ¡La mataste, maldito…!

El forcejeo entre ambos duró apenas unos segundos antes de que una voz (la de Hawkins) interrumpiera con un:

-Captain, I can't believe this!

Arthur se desembarazó del español con un empujón y fue al encuentro de su segundo, encaramado a la proa del barco y con los ojos abiertos en desconcierto.

-What now, Hawkins?

Por toda respuesta, el pirata señaló algún punto en medio de las tablas rotas del navío atacado. Ahí, como si fuera una silueta fantasmal, se arrastraba penosamente algo pequeño, revoloteando por decirlo así sobre las aguas y, sobre éste, iban al menos tres figuras. Al capitán le tardó unos segundos en entender pero, cuando lo logró, sintió por dentro un inmenso alivio.

-Sobrevivieron… of course…

Volvió entonces su cara al aún enloquecido Antonio, rodeado por la tripulación del barco y que trataban de calmarlo por todos los medios recibiendo, a cambio, sendos puñetazos y patadas.

-Enough! –ordenó Arthur. -¡Deja de lloriquear, bloody spaniard, y compórtate como hombre!

-¡Tú, decirme que me comporte como hombre! –replicó. -¡Has matado a mi hija! ¡Debería hacerte lo mismo… colgarte como los perros rabiosos!

-¡Tu hija está viva, estúpido! –el blanco dedo de Arthur señaló las turbias aguas, por las cuales la silueta del bote estaba cada vez más distante. –Ese francés no es tan idiota como nos hizo pensar… nunca lo ha sido… -añadió en un susurro lleno de rencor.

-¿Qué? –como pudo, Antonio logró franquear a los piratas y se acercó a la proa. El bote ya no era tan visible, pero notó algo moviéndose a lo lejos y lo supuso. –Voy por ella… ¡María! ¡María!

Fue tan rápido que los hombres apenas y pudieron reaccionar. Antonio, ni lento ni perezoso, se había decidido a saltar al agua, pero las manos de Hawkins y de otros tres (el capitán entre éstos) lo detuvieron y arrastraron lejos de la orilla. Sus pataleos eran tales que muchos optaron por alejarse de su camino.

-¡Déjenme! –berreaba. -¡Déjenme de una vez, imbéciles! ¡Mi hija…!

-¿Se puede saber qué piensas hacer, bloody wanker? ¿Nadarás al bote, pelearás con dos hombres armados y te llevarás a tu hija como si nada? Are you an idiot? –gruñó Arthur, aún sosteniendo la mitad del peso del español entre sus brazos. -¿O prefieres que bombardeemos también ese bote?

-¡No! ¡No lo hagas de nuevo o te juro…!

-Entonces cállate y piensa. –con brusquedad, Arthur tiró al español al suelo y volvió a adoptar una postura más imponente. –Un bote así no puede navegar muy lejos, deberán tocar tierra pronto si quieren salvarse así que lo único que haremos será seguirlos… ¿me has entendido?

Los ojos de Antonio, sombríos, miraron al pirata con indecible enojo.

-A ti no te importa en nada porque no es tu hija, ¿eh? ¿Alguna vez acaso te ha importado algo? Tú no tienes derecho… ella no te pertenece… ella no te interesa…

El capitán entrecerró los ojos. Luego, en silencio, le dio la espalda y se dirigió a su camarote; al paso le salieron sus hombres preguntando qué hacer y sólo murmuró:

-Keep the course and follow that boat.

-What about the spaniard?

-Lock him.

Fue todo. No se dignó a escuchar ni las protestas ni las dudas de sus hombres; antes que tarde cerró la puerta del camarote y se dirigió a la habitación, donde estuvo largo tiempo, horas quizá, meditando a la luz mortecina de una sola vela.

A él no le importaba porque no era suya… sí, en eso tenía razón, y ahora, justo ahora que sabía que su padre jamás había sido el causante de su sufrimiento… ¿qué podía hacer? Los Fernández Carriedo no eran más su asunto, pero Bonnefoy sí... Y, sin embargo, dudaba.

"-Le das tanta importancia a los recuerdos malos que no le das tiempo a los buenos de llegar."

La voz de María había sonado en su cabeza, tan dulce y tan firme como cuando le dijo eso, esa misma tarde… ¡Cuántas cosas horribles habían pasado hasta aquél momento! Toda la verdad era que se había equivocado, que había pasado quince años buscando la ruina de un hombre al pensarlo culpable de su sufrimiento para que, al final, su verdadero enemigo huyera como si nada con una presa que…

-Forget it. –se ordenó luego de un rato, estirando la mano para apagar la vela apretando la mechita. –Forget her…

La mañana siguiente trajo la visita del capitán a la galera. Ahí, entre barriles y cañones, habían dejado tirado a Antonio con una cuerda en los tobillos; cuando los dos hombres se encararon, Antonio arrugó el ceño.

-Veo que pasaste una noche especialmente inquieta. –susurró Arthur en modo de saludo matinal.

-No he podido dormir como se debe desde que te llevaste a mi hija. –contestó.

-Y yo no he podido dormir bien en quince años luego de tantas desgracias vividas, Carriedo, y aunque sé que no fuiste tú el verdadero culpable admite que en parte tú fuiste un desagradecido, don't you think? –el aludido simplemente lo observó en silencio, con temible ferocidad. –Well, veo que hoy no tendremos una conversación civilizada, aunque jamás lo hemos sido… so…

Apenas Arthur había dado unos pasos lejos de los barriles cuando la voz de Antonio lo detuvo.

-¿Vas a salvar a mi hija?

-Lo que haré… -explicó con calma –será matar a Bonnefoy y colgar sus pútridos intestinos de la proa de mi nave. That's the only that matters to me.

-¿Y María? ¿Qué hay con ella? –no hubo respuesta. La verdad era que Arthur aún no conseguía responderse a sí mismo justamente la misma interrogante. -¡No puedes dejar que…!

-¿No puedo qué? ¿Dejarla? Tú lo dijiste, ¿no? No me importa ella… ¿porqué habría de importarme?

-¡Porque puedo hacerte un favor y darte una recompensa! Aún soy rico, ¿recuerdas? –Antonio se revolvía entre los barriles, intentando acercarse al capitán. –Puedo… puedo conseguirte un perdón de la Corona… puedo darte mucho dinero, el suficiente para que compres un barco mercante y una casa… puedo hacer muchas cosas, ¿sabes? Sólo dime qué es lo que quieres y te lo daré.

Arthur sonrió sarcástico.

-What I want? –una risotada amarga acompañó sus palabras. –Lo único que quiero es venganza.

-¿Hay algo más? ¿Hay en este mundo alguna cosa que anheles tanto como eso?

La sonrisa del capitán, de súbito, comenzó a resbalar. Estaba ahí, delante de Antonio, el hombre que durante tantos años odió sin motivo, casi arrastrándose frente a él para suplicarle… Él, un hombre rico al que la vida le sonrió con ganas mientras él había padecido un infierno en la Tierra desde muy joven, estaba a sus pies y dispuesto a hacer lo que fuera con tal de recuperar lo que más quería. Y, qué casualidad tan grande, había algo que Arthur deseaba tanto como vengarse…

-Yes… hay algo. –dijo por fin, casi sin pensarlo. Y a su memoria acudió el recuerdo de unos cabellos castaños enredándose entre sus dedos y unos ojos destellantes como el oro.

-Bien, dímelo y te lo entregaré. Lo juro por mi honor. –protestó Antonio, expectante, angustiado.

Podía decírselo, podía decírselo y sería muy fácil. Al fin y al cabo él debería cumplir, no le quedaría otra opción que entregar la preciosa prenda que el inglés pensaba exigirle a cambio de su auxilio. Sonrió de nuevo, viéndose victorioso en el medio de la desgracia de su vida, emergiendo cubierto de gloria en el torbellino de una existencia maldita, de trasteo permanente por los mares haciendo y deshaciendo buscando en la sangre inocente la sed que sólo una garganta cercenada podía saciar…

Y, entonces, abrió la boca listo para anunciar su precio…

-Lo que yo quiero…

Hizo una pausa, disfrutando de la exasperación del español que no le quitaba los ojos de encima. Aquello, se dijo, era divertidísimo como nada, y ya fantaseaba con la expresión de aquél hombre cuando le dijera qué era aquello que su negro corazón exigía, aquello que su devastador deseo pensaba apropiarse de un modo u otro.

-Captain! –gritaron varias voces sobre ellos. –Captain Kirkland!

Molesto, Arthur dio media vuelta, dejando a Antonio solo y desconcertado a la par que enfadado. Llegó a cubierta y comenzó desquitándose con los que tenía cerca.

-What the bloody hell do you want, rats? –saltó, mirando con ferocidad a sus tripulantes. Fue Hawkins quien se atrevió a salirle al encuentro.

-Captain, I… I am so sorry…

-What now? –protestó cada vez más enfadado.

-The boat… we found it but…

Lo último que hizo fue señalar con vaguedad al estribor de la nave, donde una multitud se apilaba alrededor de algo. El capitán fue a toda prisa a su encuentro y una expresión de terrible contrariedad cruzó su rostro; ahí, un pequeño bote de remos descansaba abandonado… o casi, porque al inclinarse topó con algo pequeño y húmedo de color blanco que, al examinarlo, le hizo llegar una oleada de furia.

-Debí saberlo… ¡debí saberlo! –exclamó, agitando en su mano una pequeña carta de baraja con el As de corazones marcado en él. –BLOODY FRANCIS BONNEFOY!

Lo que había sucedido, sin embargo, poco tenía que ver con los horrores que imaginaba el pirata, por fortuna. La noche y la neblina habían sido los accidentales aliados de su enemigo quien, en marcha sobre el bote junto a uno solo de sus marineros, buscaba desesperadamente un sitio para ocultarse de la vista de Arthur; a su lado, conmocionada por las explosiones, reposaba María quien, con ojos desenfocados, buscaba en la nada una forma de escapar.

-Mon capitain… -susurró el hombre que, a fuerza de arrastrar el remo contra las negras aguas, hacía avanzar pesadamente el bote. Francis chistó.

-¡Calla! Idiota, si nos escuchan… -la mano del pirata se paseó por los oscuros cabellos de la aún silenciosa María, y sonrió. Era su tesoro, se dijo, su tesoro arrebatado a la muy noble forma a sus enemigos y que ahora… ahora, como su pertenencia, sólo podría obedecerlo a él.

-Mon capitain… -volvió a susurrar su marinero. Francis, en un murmullo, explotó contra él.

-¡He dicho que te calles, idio…!

Por toda respuesta, el pálido marinero señaló una sombra que se aproximaba a ellos rápidamente. Por un momento, el pirata palideció, ¿acaso el barco de Kirkland había conseguido darle alcance? Luego notó que aquélla silueta monstruosa era mucho más grande que el barco del inglés y, extrañado, permaneció en silencio, con los ojos entrecerrados, esperando…

El barco por poco y arrastra tras su estela el pequeño bote, chapoteando ruidosamente, extendiendo sus gigantescas velas creando sombras de aún mayor tamaño mientras seguía tranquilamente su curso hacia el oeste. Los franceses estaban casi repantigados dentro del bote, pero el pirata entendió pronto que ese plan no iba a darle resultado; echó un veloz vistazo primero a María, luego al marino, y fraguó un plan.

-Non! –gritó de súbito, rompiendo la calma. –Vous ne fair pas…!

Antes de que su desconcertado marinero pudiera entender qué hacía, vio entre sus cejas el cañón de la pistola de Francis, quien la activó a toda prisa volándole el cráneo. En su lugar, María volvió en sí y dio un respingo de horror mientras escondía el rostro entre las rodillas; Francis, satisfecho, echó la pistola y al hombre al agua y continuó gritando en francés y agitando los brazos.

Su plan dio resultado. De repente, una figura medio esquelética se asomó por el borde del barco y gritó en un idioma que no pudo reconocer.

-Si vous plait! –continuó Francis, farfullando en un franco-español terrible. –Mon… marinero… se ha suicidado… nous avons perdue! ¡Hay una mujer en este bote!

-¿Vrouw? –replicó el hombre del barco, y desapareció para ser reemplazado por un agudo silbido cortante y, después, por un estertor grumoso, como si docenas de pies corretearan sobre sus cabezas. Una escala fue lanzada por el costado de la nave, y de nuevo el primer hombre gritó:

-¡Stijgen! ¡Stijgen!

Contento con su trampa, Francis levantó a su cautiva por la cintura, empujándola hacia la escala; María, sin embargo, intentó soltarse de él. Unas renovadas fuerzas intentaban hacerla volver hacia el bote.

-¡Quieta, mon petite! No querrás terminar como ese pobre diablo, ¿eh? –le amenazó señalando con la cabeza los manchones de sangre.

-¡Déjeme! ¡Suélteme! –protestó la joven, empujándolo con ambas manos. Los marineros del gigantesco navío los alentaron, exasperados.

-Stijgen nu! –gritaron varios con su rudo acento. Francis volvió a empujar a María contra la escala, sujetándola de las muñecas para forzarla a sujetarse y, luego de una breve lucha, consiguió que subiera un par de peldaños para verse asida por los mismos marineros que, hartos de esperar, tiraron de ella a pesar de sus protestas.

Al llegar a cubierta, Francis pronto entendió su situación. Los hombres que los rodeaban, altos, tostados por el sol, de ojos afilados y claros y cuerpos grandes, guardaban en su aura mayor ferocidad que la de hombres españoles o ingleses que hubiera visto; confirmó su teoría al ver una bandera poco común en esas aguas agitándose en su mástil, y tragó saliva, preocupado. Lo que le faltaba. Aquél debía ser un barco mercante holandés.

El tiempo para sus averiguaciones fue corto, porque de inmediato se vio rodeado de varios marineros visiblemente desconfiados, algunos de los cuales señalaban sus vistosas ropas y susurraban entre ellos en su pesado idioma. Aparentando ser inofensivo, Francis sonrió.

-Ahh… merci, monsieurs, merci beaucop, J'ai…

Los hombres lo silenciaron con un gesto de las manos, y el contrariado pirata tuvo que obedecer muy a su pesar.

María seguía encogida en su sitio. Estaba destrozada, el forcejeo de toda la noche, las explosiones, el navegar por la nada habían conseguido lo que semanas de encierro con Arthur no lograron: acabar con su compostura y su tranquilidad y convertirla en una especie de niña indefensa y aterrorizada de todos y todo.

Los rostros hostiles de los marineros los contemplaban, silenciosos, en tanto un silencio ridículo gobernaba el ambiente. Luego, se escuchó un golpe sordo, seguido casi inmediatamente de otro igual, y continuó así hasta que, destacándose entre las siluetas despatarradas de los demás, apareció otro hombre, de rostro más hostil y que contemplaba visiblemente enfadado a la tripulación. Sobre sus hombros llevaba una larga bufanda a rayas blancas y azules, y sus ropas eran elegantes pero deslucidas y simples; llevaba el cabello peinado en punta, que hubiera causado gracia de no ser porque sus ojos reflejaban una autoridad temible y una frialdad que dejaría mudo a cualquiera, y más en medio de las sombras nocturnas en el mar picado.

Procurando no perder su sangre fría, Francis se atrevió a tratar de entablar conversación con él. No le quedaba duda, por su porte debía ser o el segundo al mando o el capitán mismo, y entre más pronto hablara con alguien civilizado, mejor.

-Monsieur… perdóneme… parlez vous français?

Los ojos, fieros y gélidos del hombre, pasaron primero sobre su hombro hasta el rincón donde la figurita de la joven tiritaba, y Francis se dio cuenta de la avidez con que la miraba. Aquello le iluminó de repente la cabeza, y vio de pronto una forma de salvar su cuello.

De manera sutil, pasó un brazo por los hombros de María en un gesto protector, consiguiendo así que el hombre le prestase atención a él.

-Si vous plait, monsieur… -suplicó en una falsa voz angustiada –No tiene idea de todo por lo que hemos pasado… ambos. –agregó apretando aún más su mano sobre el hombro de la novohispana.

Hubo un silencio tenso, luego, se quebró cuando el hombre dio una seca orden en holandés y los marineros se dispersaron. Entonces, se volvió a Francis y dijo:

-Francés, ven conmigo.

Ya iba éste a ponerse de pie cuando recordó su papel de protector preocupado y, mirando con ansiedad a María, preguntó:

-¿Qué va a ser de ella?

El holandés la contempló de nuevo, y el gesto de avidez que Francis había notado reapareció. Sí, definitivamente había logrado un modo de salvarse.

-U! –le gritó a un marinero que había quedado rezagado. –Neem haar mee naar mijn hut.

- Ja, capitánn.. –replicó éste, sonriendo con fingida ingenuidad.

-Disculpe, monsieur, pero quisiera saber qué… -preguntó Francis. De nuevo, los ojos de su interlocutor lo silenciaron y, cabizbajo, se dirigió con él hasta la popa de la nave. Una pequeña parte del pirata estaba preocupada por la gran ventaja que poseía su no reconocido enemigo sobre él; no solo era alto e iba armado (pudo notar debajo de la larga casaca la empuñadura de una espada), sino que estaban rodeados de hombres que le eran fieles y, cualquier movimiento en falso, lo daría por perdido.

Prefirió no pensar en ello cuando el holandés se volvió a él bruscamente.

-¿Quién eres? –preguntó.

-Me llamo François de la Roquette. –dijo con falsa voz temblorosa. En realidad, no tan fingida. –Soy un mercante… o bueno, lo era… hace unas pocas millas me atracó un barco pirata, y después de eso nos dispararon. Fuimos pocos los que sobrevivimos… en mi bote…

El holandés levantó la mano ordenándole silencio. Francis, obediente, siguió cada uno de sus movimientos mientras éste seguía rebuscando en su casaca. Finalmente, extrajo una pipa alargada y una cajita destellante que abrió, echando su misterioso contenido a la pipa para luego, tomar despreocupadamente una tea que colgaba junto a ellos, abrirla e introducir la pipa de modo que la boca alcanzara el fuego. El humo pronto los cubrió y el alto capitán se puso a fumar sin ninguna prisa.

-¿Qué pasó con tus hombres? –preguntó por fin dando una calada.

-¿Ah? Oh, oui! Algunos saltaron por la borda, sin más, mientras el barco se incendiaba. Yo, junto con un marinero y mon petite logramos tomar un bote y remar… remar sin rumbo, hasta que mi marinero, desesperado, y creyendo que su barco era una alucinación o un navío fantasma, se disparó. –al llegar a éste punto, Francis se estremeció visiblemente, mirando de soslayo al holandés esperando que le creyera. Éste, sin embargo, seguía ocupado en hacer aros con el perfumado tabaco de su pipa.

-Ésa muchacha… -y cuando dijo esto, Francis sintió una corriente recorrerle el cuerpo –¿es tuya?

-Como si lo fuera, monsieur. –contestó en tono afectado –La pobrecita… ¡ah! Está huérfana. Su padre, me dice, murió cuando el mismo pirata malnacido que me atracó a mí hizo naufragar su barco cerca de la costa. No tuve corazón para dejarla, es muy joven todavía… y, siendo sincero, me pareció demasiado hermosa para dejarla ahí varada a merced de los salvajes.

Sabía que la mentira podría caérsele fácilmente, pero era sólo cuestión de tiempo para conseguir su propósito y poner pies en polvorosa antes de que María lo traicionara. Sin embargo, por primera vez en todo su relato, el holandés estaba realmente prestándole atención.

-¿Y qué pensabas hacer con ella, francés?

Fingiendo no notar el tono despectivo en que lo llamaba, Francis comenzó la segunda parte de su trampa.

-La verdad, monsieur, no sabría decirle. Verá, quedé viudo hace poco, y tengo tres hermosos hijos pequeños esperándome de vuelta en Francia… Tal vez requiriesen de una niñera cariñosa que los cuidara en mis ausencias, ah… aunque ahora eso mismo me es imposible…

-¿Sabes qué hay a menos de tres millas de aquí? –preguntó su interlocutor, señalando hacia el oeste. Francis negó con la cabeza. –Hay un pueblucho maldito donde existe el tráfico de esclavos.

-¡No estará insinuando…! –gritó escandalizado.

-No digo que la vendas ahí. Te sería un muy mal negocio. –una nueva calada y el humo espeso le dio en el rostro a Francis. –Pero te propongo otra cosa, ya que mi viaje está por finalizar.

-O… Oui? ¿De qué se trata? –preguntó fingiendo inocencia. Saboreó la respuesta incluso antes de que ésta llegara.

-Véndemela. Te daré dinero para que apenas pises tierra puedas comprarte otro navío y hacer con él lo que te plazca. Es todo.

-No lo sé… un navío solo no me sirve de mucho… -agregó. El holandés frunció el ceño, pero esta vez el pirata no se amilanó. Jamás lo hacía llegado al punto de la negociación.

-Un navío… con tripulación. –dijo, por fin. –Y el resto de tu riqueza dependerá de ti.

Era un ultimátum, y no uno de los mejores. Al fin y al cabo, ¿qué le impediría al holandés quitarle a María por la fuerza y dejarlo a él flotando sobre una tabla? ¿Ética, principios? Estaba dispuesto a comprar a una ciudadana huérfana por un capricho…

Al final, no le quedaban muchas opciones.

-¿Y en cuánto tiempo llegaremos a tierra firme? –preguntó.

En aquél momento, el capitán se dio la vuelta. Al este, el disco solar comenzaba a aparecer mientras el cielo se destintaba. Francis intentó de nuevo.

-¿Al menos me dirá cómo se llama?

Pero el capitán siguió caminando, dirigiéndose a una puertecilla de madera que tenía grabados, en relieve, dos tulipanes, y desapareció tras ella.

¡Hola de nuevo! Ya sé que pasó demasiado tiempo desde la última vez que escribí y lo siento mucho. Pero ya volvimos con esta historia en su curso normal *-*

Ahora, los comentarios:

Kayra Isis: Sí, es más o menos la edad actual de Antonio y Arthur n.n (lógicamente Francis es un poquito mayor).

Flannya: Jajaja XD sí, Fran lo hizo a posta, y también para poder salvarse. Tranquila, todo a su tiempo :3

Ale: Yeiy n.n

Guest: Listo, la sigo n.n

Neko-hitomi li: Muchas gracias por tu review, me alegra que te gusten mis relatos y espero sigan siendo de tu agrado :3 saludos.

Guest 2: Ya la sigo, no os angustiéis n.n

Una vez más, lamento la tardanza (bastante larga _ ) en retomar esta historia, pero no se preocupen, procuraré no abandonarla de nuevo. Ahora, ¿qué pasará con María? ¿Y qué hay con el trato entre Arthur y Antonio? ¿Porqué me gusta poner a Francis del villano? Esto y mucho más… el siguiente capítulo. ¡Adiosito!