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La Casa de los Tulipanes
Lo que Joaõ le había contado a Antonio no era mentira. Poco después de que asentara su prodigiosa hacienda azucarera, hubo otro hombre que se hizo con su preciado título secreto de señor del trébol; Lars Vanderhoeven, afortunado traficante holandés, llevaba ya dos años gozando de una fortuna ridícula, que lo hizo dueño de casi todas las acciones de tulipanes en el sur y centro de Europa.
Los tulipanes eran aún una rareza. Venían desde Turquía, y su aspecto único y delicado tacto los hizo rápidamente populares en el viejo continente; los navegantes holandeses, apartados de la dura carrera por el nuevo mundo, vieron en la venta de flores una oportunidad que pronto se tornó en una fuente de riquezas para su país que casi rivalizaba con la plata de Nueva España, de Perú. Lars había sido al que mejor le había ido.
No muy lejos de ahí, en Las Antillas donde ingleses y franceses se disputaban las islas aún vírgenes, se alzaba una casa solariega, teñida de pastel y con estrechas ventanas, perdida entre la verde vegetación. Estaba adornada con un pasillo de arbustos que, aquí y allá, se manchaban con los colores de las flores turcas. Era la Casa de los Tulipanes perdida en el mar.
La hora de desembarcar había llegado. Lars, de pie frente a Francis, con los brazos calados en su chaqueta y la pipa precariamente sostenida entre sus labios, observaba las ridículas reverencias y los gimoteos lisonjeros del náufrago.
-Merci beaucop! Merci, saint-monsieur! ¡No sé cómo podré pagarle su… su generosidad… su amabilidad…!
-¿Sí? De eso ya no te preocupes. Sólo hazme un favor. –agregó el holandés retirándose la pipa.
-¡Sí, lo que usted desee, monsieur Vanderhuem! –replicó Francis, asintiendo frenéticamente.
-No vuelvas a cruzarte en mi camino. Ni en el de mis barcos mercantes.
La mano de Lars señaló la borda, como si lo amenazara en silencio. Francis, aún metido en su papel de hombre agradecido, volvió a asentir.
-Ah, como usted desee… espero que su destino sea feliz y el buen Dios siga bendiciéndolo por tanta bondad y…
El holandés estampó el tacón de su bota contra el suelo, silenciando las lisonjas de Francis quien, aún haciendo un par de tímidas reverencias, bajó del bote seguido por los ojos silenciosos y fieros de los otros marineros. Cuando desapareció del campo de vista de todos, Lars dio media vuelta y dirigió sus pasos a su oficina; tenía algunas cosas que tratar con su nueva y preciosa "carga".
Por órdenes expresas del capitán, la accidental cautiva había pasado las últimas 36 horas aislada de todos; su aspecto seguía siendo decaído, pero no porque hubiera sufrido maltratos. La orden fue tan clara que la comida le era pasada por el resquicio de la puerta, y los hombres no habían osado posar sus ojo en ella, tal era el temor y la fidelidad a su jefe. En esos momentos, sin embargo, la habían conducido hasta el espacio del camarote donde Lars había hablado con el bribón francés, y se encontraba encogida en el suelo, sumisa y sumida en sus pensamientos.
El hombre se plantó frente a ella, de pie, escudriñándola cuidadosamente. La ropa estaba toda desgarrada y mugrienta, pero podía ver aquí y allá rastros de hermoso y delicado encaje, de Flandes tal vez, signo de opulencia; ¿habría la muchacha robado ese vestido? Era una posibilidad, pensó mientras extraía lentamente su pipa y la cargaba, sin que la joven hiciera algún gesto de reconocimiento. Cuando dio la primera bocanada, decidió hablarle.
-Je, meisje… -llamó, inclinando su cabeza para mirarla bien. María apenas y sacudió la cabeza como si despertara de un letargo. -¿Me escuchas? Te das cuenta de donde estás ahora, ¿no?
Lento, muy lento, la chica alzó el rostro; el holandés entrecerró los ojos, notando la expresión de desolación en las facciones de su interlocutora –si podía llamarla así, pues seguía tan muda que empezaba a preguntarse si podía hablar –. Pudo notar todo el sufrimiento que cargaba con ese solo vistazo, pero también algo más, que aquélla no era la mirada de un miserable.
-Ese tipo con el que ibas –continuó, impasible. –dijo que eras huérfana, que a tu padre lo mató un pirata y que él te salvó. Pero…
-No es cierto. –susurró María, tan bajo que Lars tuvo que inclinarse aún más.
-¿Qué dijiste?
-Que no es cierto. –repitió, más alto. Su labio inferior comenzaba a temblar. Lars soltó un bufido y sonrió, una sonrisa de facto, como un gesto indiferente.
-Lo imaginé. No me hice rico siendo idiota. –mordisqueó la pipa y aspiró apenas. –Pero entonces te pregunto a ti… ¿wie je bent? ¿De dónde saliste?
Pero María no contestó. Echó la cabeza hacia atrás y la apoyó contra el muro del camarote, dirigiendo sus ojos al bello vitral reforzado detrás de la mesa. Su padre, Arthur, su padre… Arthur… ¿dónde estarían ellos? ¿Podría alguno encontrarla? Y, a todo esto, ¿por qué pensaba entonces en el inglés? A estas alturas debía ya haber desterrado al pirata de todo pensamiento y rezar porque hubiese un modo de reunirse con Antonio, pero… miró a Lars entonces, y un gesto de contrariedad se dibujó en sus rasgos; no podría confiarse de él, ¿o sí?
El holandés estaba perdiendo la paciencia, ahora observaba a su adquisición de mal modo.
-Oye, quiero que sepas en primer lugar que me costaste dinero, y lo mínimo que te exijo ahora es que hables. ¿Qué no tienes respeto por tus mayores?
La muchacha inclinó la cabeza.
-Lo siento. Sólo estaba pensando…
-¿En qué? ¿Vas a contestar mis preguntas?
María asintió. ¿Qué más daba ahora? Por lo poco que había entendido (y prefirió ignorar la parte del dinero) ya no estaba bajo el poder de Francis y, quién sabe, tal vez ese hombre mal encarado podía ser literalmente su bote salvavidas.
-Me llamo María Fernández. –explicó. –Soy hija de un… de un comerciante, quien debo aclarar no está muerto. Se llama…
-Eso no me importa mucho. –Lars hizo un gesto brusco con la mano, como si se espantara una mosca. -¿Y? ¿Cómo terminaste en manos de ese pirata? Porque no dudo, niñita, que ese sujeto que se presentó como tu santo protector es un rufián de mar y de los peores.
-¿Cómo sabe…? –la novohispana abrió la boca, sorprendida. -¿Y por qué no lo hizo detener? ¿Por qué…?
-No es asunto mío cazar piratas. Soy un comerciante, ¿sí? Lo único que espero es que los verdaderos cazadores acaben con ellos y no me roben ni un ochavo. Bien… -añadió. -¿qué es entonces exactamente lo que te pasó?
-Es… -suspiró, cubriéndose el rostro con una mano. –una larga historia, la verdad.
El hombre asintió. Comenzaba por su cuenta a construir un rompecabezas sobre la situación de María, y aunque juraba que su único interés en el mundo eran los preciosos tulipanes que le valían oro, la aventura que tenía entre sus manos le fascinaba tanto, como lo había hecho obtener la preciosa carta que lo "acreditaba" como señor del mar.
-Goed. –contestó. –Me encantaría continuar esta plática, pero en otro sitio. Llevamos en este puerto casi una hora y estoy seguro que mis hombres ya habrán hecho lo propio con la mercancía así que… es hora de irnos.
-¿Irnos? ¿Hacernos a la mar otra vez?
-Geen! –y Lars soltó una risotada burlona, que casi parecía una tos, mientras estiraba su mano para ofrecerla a la joven. –A mi pequeño paraíso, muchacha.
El puerto era sobradamente pequeño, apenas para que unas cinco embarcaciones grandes pudieran fondear, y al pasarlo María sospechó que no era un área de comercio del todo legal, pero no pudo pensar ni en las misteriosas cargas ni en los esclavos negros, mulatos e indios que llevaban sobre las espaldas toda clase de bienes porque Lars caminaba aprisa y la llevaba casi a rastras. Aquí y allá, cuando pasaron por la minúscula calle de fletes marítimos, hombres de aspecto elegante pero muy sobrio saludaban al alto rubio, y éste les respondía ya fuera con un gesto de la mano o la cabeza, mientras dejaba un rastro de humo por la pipa eternamente encendida. La gente de a pie también le miraba, pero casi ninguno se atrevía a dirigirle la palabra, pero al holandés pareció darle igual.
-Este es un puerto de paso. –explicó de pronto, haciendo que la muchacha girara la cabeza con brusquedad. –Tómalo como una aduana; tu padre seguro que ubica una de ellas, si es un comerciante inteligente, y si no, seguro dirá que esto es un nido de ratas.
-¿Es decir que…?
-Correcto. –los ojos de Lars miraron de refilón a su acompañante. –Aquí no importa quién seas, importa lo que tienes. Como es todo en la vida.
La novohispana inclinó la cabeza.
-Papá es un hombre honrado…
-¡Todos son honrados! Aquí sólo hay inmigrantes que quieren ganarse la vida sin sobarle la mano a los policías o rogarle al rey porque imprima su fea firma en un papelucho para cobrarles un pequeño impuesto por su duro trabajo. Si no puedes entender esto, creo que tu padre no es tan listo como piensas.
La jovencita iba a protestar, pero entonces Lars detuvo su camino; frente a ellos, se encontraba el portal de una preciosa casa solariega y, sobre el mismo cancel, un grabado exquisito que representaba un tulipán, y a juzgar por el tímido destello que lanzaba, María podría jurar que estaba delineado de oro.
-Thuis, zoet thuis. –susurró el hombre, quien a pesar de su impasibilidad se le notaba orgulloso por la finca. Estirando la mano libre, donde sostenía una pesada llave, abrió la reja y, junto con María, cruzó el umbral. Dentro, la amplia jardinera que flanqueaba la casa estaba a rebosar de tulipanes y más allá, como parte de los muros de ladrillo rojo, árboles frondosos y tupidos que revolvían sus copas al compás del viento; a María le sorprendió, era como una casita de cuento de hadas erigida en medio de la costa.
El interior de la casa era austero, con pocos muebles pero de rico tallado, sin adornar prácticamente, pero pulcros y cuidados, las ventanas largas y estrechas dejaban caer una tímida luz. Jamás había pensado que alguien construyera un sitio así, acostumbrada a los enormes ventanales y los exquisitos arreglos de la casa de su padre, pero no lo encontró desagradable.
No tuvo mucho tiempo para seguirle dedicando pensamientos a nada, porque entonces sintió la mano de Lars sujetar su hombro.
-Lieve meid, espero que entiendas que no estás aquí tomando unas vacaciones. –el rostro del holandés parecía haberse endurecido. –Como ya te expliqué, me significaste dinero, y pienso hacer de ti una buena inversión.
Ya a esas alturas, María estaba lo suficientemente taimada para entender que eso no iba por buen camino.
-No lo entiendo. –repuso. Midió las aguas y sospechó que no era buena idea ponerse ahora hostil.
-Goed… Necesito una sirvienta nueva, y eso es justo lo que he conseguido. Digamos que por tu precio habrás de trabajar gratis, pero no se te negará comida ni techo en tanto cumplas con tus obligaciones.
-Comprendo. –María hizo una tímida inclinación. –Y… ¿luego?
-¿Luego? ¡Ah! –Lars sonrió, otra vez, como si fuera un gesto cualquiera, mientras sus ojos titilaban de una forma extraña. –Ésta es una casa grande, y solitaria… te recomiendo que tengas mucho cuidado con todo, no me gustan los pisos sucios, los muebles dañados, las… mucamas quejumbrosas… -y mientras lo decía, inclinó su rostro y lo acercó al de María tanto que casi estaban nariz con nariz. –Hazlo bien, y puede que obtengas algún privilegio de mi parte. Hazlo mal y…
Dejó la amenaza al aire y se giró. Aunque no quería hacerlo notar, María sintió un nuevo miedo, uno muy diferente al que tuvo con Arthur o Francis; aún así, se hizo con algo de coraje y preguntó:
-¿Y dónde exactamente es que dormiré?
Lars rió por segunda vez, y en esta ocasión su risa parecía realmente divertida.
-Ah, mijn lieve… Eso será decisión mía. ¿Ya te dije que esta es una casa solitaria?
Y con esas palabras maliciosas echó a andar.
…
*sale de entre el humo como Mushu* ¡Estoy vivaaaaaaaa! (?) Oigan, sé que han pasado años y ya seguro todos se olvidaron que este fic existe y en serio… perdón xD pero ciertas circunstancias de mi vida personal me obligaron a abandonarlo. De todos modos si alguien aún mira con esperanza que haya alguna actualización pues… ¡aquí la tienen! Ahora, los comentarios:
JustAMogeko: Me encanta poner a Francia de malo, no sé por qué xD pero tranqui, papá Toño y Arthur no lo van a dejar escaparse tan a gusto.
Flannya: ¡Hey, sigo viva! Arthurito no tiene naaaada de buena gente xD o tal vez sí… Lars siempre es hermoso en toda su mamilez *-* Saludos n.n P.D Actualiza el de Prusia OuO
Noble seis: Ashá va n.n
Dlkg: Tanta hermosura del cejón pirata… ¡allá va otra vez!
Y de momento es todo. Lo siento, pero este capítulo y el siguiente va a estar completamente concentrado en María y Lars, y habrá cosas… intedezantes ewe ¡Saludos a todos y gracias por existir! :D
