Entre Sombras de Sospecha
Entre Sombras de Sospecha
Gundam Wing
Por Maryluz
Pairings: 1x2
Category: Shonen Ai, AU.
Raiting: PG-13.
Disclaimer: Yo no poseo a los personajes de GW, esta solo es una historia de fanáticos para fanáticos.
Warnings: Religión. El tema de la religión es tratado en este fic yaoi, ya que hay sacerdotes. Si alguien tiene problemas con algo de esto, les pido por favor, no lo lean.
-- Dialogo -
"Pensamientos "
Sssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss
CAPITULO 3
Sssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss
Los ojos verde esmeralda de Trowa se elevaron para ver de nuevo aquel edificio de tres pisos ubicado en el centro de la ciudad. Vio como hombres, en su mayoría vestidos de negro, entraban y salían por aquellas puertas de vidrio que franqueaban la entrada. Ni siquiera recordaba que estaba haciendo allí a esa hora de en la mañana - A si, ya lo recordé – se dijo acomodando el fólder bajo su brazo y comenzando a subir las escaleras para adentrarse en el edificio del FBI.
Estaba algo nervioso, cosa extraña en él que solía ser muy seguro. Quizá era el sentirse fuera de su ambiente natural y silencioso, para él encontrarse entre los vivos le hacía sentir como pez fuera del agua. Era serio y hablaba poco, pero en esta ocasión iba a romper su rutina y en lugar de irse a su casa a dormir para regresar a su trabajo nocturno en la morgue, se fue a buscarle... – sacudió la cabeza en negativa y se aclaro a si mismo – no, iba a dejar el último informe sobre el muerto que le habían dejado, al inspector Heero Yuy.
-- Si, eso es lo que voy a hacer, no voy a buscar a ese agente con el rostro más bello que he visto jamás...
Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
-- ¡Nada! – la voz alterada de Heero resonó por toda la oficina haciendo que Quatre se encogiera en su lugar esperando la reprimenda - ¿Por qué no me has traído nada del laboratorio de huellas digitales? – cuestiono el agente enfadado – las huellas de ese seminarista deberían estar en la estampa que te entregue.
-- Si, si – dijo el rubio a la carrera – es solo que eran huellas incompletas. La persona del laboratorio me dijo que la única huella completa que saco de la estampa era la tuya.
Heero camino de forma rápida de un lado a otro del escritorio pensando. Había visto al seminarista tomar la estampa con la punta de los dedos, pero bien pudo haber solo marcado la mitad. Cuando se la regreso la había puesto en su palma y pudo haber borrado alguna huella completa en ella – ¡Maldición!- Se dijo pasando su mano por su cabello de forma molesta, conseguir otra huella del seminarista sin pedírsela iba a ser algo complicado.
-- Necesitamos conseguir sus huellas digitales de alguna forma. Iremos a la iglesia de nuevo y de alguna forma le haré que me la de. Que tome algún refresco, una taza, otra estampa, no lo se, pero de alguna forma la obtendré.
-- Creo que si solamente le pide que te de sus huellas en una hoja en blanco te las daría.
-- ¡No seas idiota Quatre! – le grito el inspector haciendo que Quatre cerrara los ojos por el temor – No quiero asustarlo y que se vaya del lugar. Si esa persona es el asesino en serie, lo tenemos asegurado allí.
-- Ejem...
Ambos agentes voltearon hasta la puerta de la oficina topándose con un hombre alto parado en el marco viéndoles fijamente.
Quatre se sintió enrojecer al verle y su rostro lo reflejó al instante. Su corazón comenzó a latir a toda prisa tan solo al reconocerle y no supo que hacer o como comportarse. Lo último que hubiese esperado era ver al forense que le había cautivado, parado frente a él luciendo tan magníficamente bien, tal como lo recordaba de aquella noche.
Heero observo el extraño comportamiento de su subordinado. Un intenso tono rojo pintaba su rostro, seguramente porque su temperatura corporal había subido uno o dos grados. Sus ojos se habían dilatado un poco y noto el nerviosismo que la sola presencia de aquel hombre había causado en el rubio y eso le hizo fijar su mirada cobalto en el recién llegado.
Era un hombre alto y joven, usaba el fleco demasiado largo, le cubría casi la mitad del rostro. Usaba pantalón blanco, zapatos del mismo color y bajo el brazo parecía llevar un saco médico. Pudo observar que también bajo el brazo llevaba un fólder con documentos. Un pequeño logotipo impreso en el documento interior le permitió darse cuenta que venía de la morgue.
-- ¿Trowa Barton? – el nombre surgió en su cabeza al observar aquel logotipo y recordar la firma del informe del forense que Quatre le había llevado la mañana anterior. Trowa le observo y asintió.
-- Inspector Yuy, agente Winner – dijo viendo primero al oji azul y después al oji aqua – Espero que se encuentre mejor – dijo el forense viendo al rubio haciendo que el sonrojo se incrementara aun más en él.
-- S... si... si, gracias – dijo Quatre tartamudeando, rogando porque Heero no preguntara más. Y tuvo suerte, Heero parecía más interesado en la presencia del forense en su oficina que en su pregunta.
-- ¿En que puedo servirle señor Barton? – cuestiono Heero tomando asiento y ofreciéndole asiento al forense, el cual se sentó de forma inmediata tendiéndole el fólder al inspector.
-- Quizá me he metido donde no me llaman, pero por curiosidad me puse a comparar la muerte de la persona conocida como "El Nejo" con una persona que llego a la morgue hace casi tres semanas
Quatre no sabía que hacer, estaba parado casi detrás del joven forense y frente a su jefe. Estaba muy lejos de él y sin embargo podía sentir su calor a través de su ropa. Su corazón parecía querer salírsele del pecho y no podía moverse de los nervios. Lo que quería hacer era salirse, calmarse un poco y lo único que se le ocurrió fue preguntar si les traía algo de beber solo para salir de allí.
-- Quatre... – pero Heero parecía no querer soltarle así de fácil. Cuando escucho su nombre elevo la vista topándose con la mirada cobalto de su jefe. Con esa simple mirada supo que no podría irse tan fácil como imaginaba.
-- Si, inspector – cuestiono a sabiendas lo que el inspector iba a pedirle.
-- Quiero que te quedes.
-- Esta bien – dijo de forma resignada sentándose en la silla que estaba a un lado del forense procurando que su mirada no chocara con la de aquel hombre.
-- Lucrecia – dijo el inspector a través del teléfono a su secretaría - tráenos tres cafés – pidió colgando casi al instante para después voltear a ver al forense frente a él - Espero que le guste el café instantáneo. Es lo único que le puedo ofrecer.
-- Si, no se preocupe. El café servirá para no quedarme dormido – dijo sonriendo un poco volteando a ver al agente Winner haciéndolo sonrojar un poco. Heero observo aquello con mirada critica, pero decidió hacerse cargo de eso después.
-- Explíquenos que fue lo que encontró – pidió dirigiéndose al forense. Trowa había olvidado por un momento el motivo que le había llevado a las oficinas del FBI. Se regaño a si mismo por dejarse llevar por una fantasía que estaba más presente que nunca, ya que estaba sentado a su lado. Se recompuso en cuestión de segundos y se dirigió al agente Yuy.
-- Les parecerá extraño, pero en ambos cuerpos había una enorme cantidad de Eparina...
Eparina, un anticoagulante usado para evitar los coágulos en el flujo sanguíneo de aquellas personas que tienen el colesterol alto o que están propensas a un paro cardiaco. La sangre se diluye de tal forma que pierde su consistencia espesa.
¿Por qué ambos muertos tenían eparina en sus cuerpos?
¿Sería por eso que la sangre de los cuerpos se había vaciado de forma rápida?
Quatre se sintió de pronto fuera de lugar. Vio como Heero y Trowa parecían entenderse bien hablando con tecnicismos médicos que él no comprendía. Heero le había pedido quedarse, pero no entendía para que, ya que ninguno de los dos parecía querer explicarle de que hablaban. Por momentos se sentía triste y por otros un extraño sentimiento se apoderaba de él haciendo que un sabor amargo y doloroso llegara hasta la boca del estomago y punzará en él.
¿Celos?
¿Eran celos los que estaba sintiendo al ver a su jefe hablando con el forense como hacía unas noches había hablado con él?
Quatre sacudió la cabeza tratando de alejar esos pensamientos de ella y al levantar la vista para ver de nuevo al frente se topo de lleno con aquellos ojos esmeraldas observándole fijamente.
-- Lo siento agente Winner, olvide que sus conocimientos médicos son escasos y me enfrasque en una discusión con su jefe dejándole de lado. Lo siento – volvió a repetir de forma sincera.
Quatre se sintió enrojecer y giró la vista buscando a Heero, pero este se había levantado del escritorio para hablar por teléfono. Se obligo a si mismo a sonreír para indicarle al forense que todo estaba bien.
-- No se preocupe – afirmo sin realmente sentirlo – Heero sabe mucho de todo, era normal que se olvidaran de que yo estaba aquí – Aun que sonreía, no pudo evitar notar que su voz había dejado escapar un atisbo de amargura. ¿Cómo había albergado la mas mínima esperanza en que alguien como Trowa Barton se fijara en él?
-- Admito que fue una descortesía de mi parte, debí hablar en términos comunes, estoy seguro de que su jefe hubiera entendido igual. – Quatre abrió la boca para protestar, pero antes de que pudiera decir algo, el forense no le dejo hablar – Para remediar mi falta le invito a almorzar.
-- ¡He! – El corazón de Quatre quiso saltar de su pecho al escucharlo. Tenía muchos motivos para decirle que si y uno solo para negarse. No quería que le invitara por sentirse mal al no haberle incluido en su conversación. Quería que le invitara porque quería conocerle, porque quería platicar con él, porque disfrutaba más de su compañía que la de los muertos.
Trowa pudo ver el titubeo en el semblante del agente Winner, quizá había sido una imprudencia invitarle así, de pronto. Pero había ido a ver a su jefe con la información sobre ambas muertes solo como un pretexto para verle. Y una vez que le había visto, quería seguir viéndole...
-- No tiene porque invitarme, además yo, usted... – Y no, no iba a permitirle que se negara.
-- Su jefe a dicho que no va a necesitarle hasta después de la hora de almorzar - ¿A que horas Heero había dicho aquello? No cabía duda que había estado más al pendiente de sus propios pensamientos que de aquello que su jefe había hablado con el forense – Voy saliendo de la morgue y aun no he comido nada. ¿Gustaría acompañarme? Me agradaría seguir con nuestra platica, mis compañeros son demasiado silenciosos y jamás responden a mis preguntas – Quatre le sonrió de forma amplia y asintió de forma involuntaria.
Bueno, después de todo y entre líneas, le había dicho que le agradaba su compañía...
ssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss
Heero olvido lo que había hecho por Quatre. Le había liberado del trabajo por el resto de la mañana para que saliera con el forense – Que patético me vi – se recriminó a si mismo. Había visto al rubio nervioso cuando el moreno de ojos verdes apareció en su oficina. Pudo notarlo sonrojado cuando este le había visto y por los comentarios que hizo el forense, Quatre y él habían compartido más que una platica sobre el caso en el que trabajaban. Pero no debía haberse metido en la vida del agente Winner. Aun que, pensándolo bien, Quatre pudo haberse negado a ir a almorzar con el medico y acompañarle a ir a ver al sacerdote de la iglesia St James.
Heero detuvo su auto de nuevo frente a aquel lugar lúgubre, y que a pesar de que la luz se filtraba por muy diversos lugares, permanecía a oscuras. Bajó del auto dando un vistazo rápido al callejón donde había aparecido el muerto. Todo permanecía igual, quizá lo único que había cambiado era la presencia de una vela blanca colocada a la cabeza de aquel cuerpo marcado con tiza. Sus pasos le guiaron, sin proponérselo, de nuevo hasta ese callejón; aun permanecía sucio y mal oliente. La basura caía descuidada del enorme contenedor recargado en aquella semi destruida pared de ladrillos. Una puerta al fondo dejaba notar la entrada al refugio que atendía el padre Roberts y el seminarista Maxwell. Seguramente "el Nejo" había pasado allí su última noche, solo esperaba que el encargado pudiera responder a sus preguntas.
-- ¿Agente Yuy? – Heero giro la vista a sus espaldas al escuchar esa voz clara y jovial preguntar por su nombre. Había estado tan concentrado en observar los detalles del callejón que nunca escuchó como alguien llegaba hasta él - ¿Qué hace aquí?
Heero se giro de llenó para ver aquellos ojos violetas fijos en él de forma curiosa. El seminarista Maxwell llevaba, como siempre, una sotana a pesar de no ser aun sacerdote. Además, llevaba entre sus manos un par de bolsas, intuía que era la basura de la Iglesia. Estaban a solas, en un lugar abandonado y semi oculto, quizá ahora podía increparlo con la duda que tanto le atormentaba.
Se acercó de forma rápida hasta él haciendo que el seminarista abriera los ojos al sentir la tibia mano del agente sostenerle de la muñeca, haciendo que soltara una de las bolsas que traía en la mano y esta esparciera su contenido en el suelo de tierra.
Heero no le dio importancia a lo sucedido, empujó al seminarista hasta la pared arrinconándolo con su cuerpo, sin soltarle la muñeca, la cual apretaba de forma fuerte. La calidez de aquella piel comenzó a cosquillearle la mano, subiendo por su brazo hasta invadirle por completo el cuerpo. Quiso soltarlo pero algo le impidió hacerlo, su mano se negó a soltar aquella calidez y lo único que pudo hacer fue fruncir el ceño y mostrar una mirada fría y recelosa.
-- ¿Qué?, ¿Qué sucede?, ¿Agente Yuy? – la voz del seminarista lucía nerviosa y con algo de temor, eso le hizo sentirse mejor. Podía manipular el temor a su antojo y se aprovecharía de ello.
-- Usted estuvo en este callejón justo en el momento en el que "El Nejo" fue atacado y muerto. Estuvo a la hora indicada en el momento indicado. ¿Y no vio nada? – El seminarista abrió la boca para hablar, pero el agente no se lo permitió – ¿Qué medicamentos administran aquí? ¿Aspirinas? ¿Ampicilina? – Duo asintió y trató de hablar de nuevo pero de nueva cuenta el agente no se lo permitió – Ambos cuerpos, el del Nejo y el otro asesinado en St George, fueron dotados de grandes cantidades de medicamentos. Medicamentos que ustedes dan en este lugar. ¿Lo que no se es para que tanto?. ¿Cuál era el motivo? – El seminarista pareció molestarse, porque frunció el seño y se soltó del agarre del agente de forma brusca.
-- Curarles – afirmó de forma firme y segura – Ese es el motivo por el que se medica a los vagabundos. No se les da demasiado, solo lo que necesitan. Una o dos tabletas cada 8 o 6 horas, depende de que tan enfermos estén. Y le aseguro que aquí las enfermedades son frecuentes, comunes y mortales para la mayoría porque a pesar de que tenemos tratamientos se niegan a tomarlos.
Heero clavo sus ojos azul cobalto en aquellos ojos violetas que le miraban con desafío. No sabía que le llevaba a comportarse como lo hacía con el seminarista. Nunca se dejaba llevar por corazonadas, era un hombre de ciencia y tampoco creía en lo que afirmaba la única testigo presencial.
De alguna forma quería que este hombre joven frente a él fuese el asesino, así podría encerrarlo y olvidarse de las extrañas sensaciones que su sola mirada podía causarle. Se dio la vuelta para alejarse de aquellos ojos, pero antes de irse por completo del callejón se giró en su lugar para verle. Duo se había quedado parado observándole con esos ojos cristalinos y en apariencia inocentes. ¿Pero no había atrapado a un sin fin de delincuentes con el mismo perfil psicológico?
El seminarista debería encajar en alguno de tantos perfiles de doble personalidad, el único problema, es que aun no veía la otra, la que debería ser la mala... ¿O esta era la perversa?
-- Usted esta mintiendo – afirmo viéndole fijamente metiendo las manos a la bolsa de su pantalón - No tengo pruebas aun, pero voy a conseguirlas. Yo se que usted es culpable.
-- Si por ayudar a toda esta gente soy culpable... entonces condéneme por ello. Pero no por asesinato. Porque de eso no va a encontrar ninguna prueba – aseguro.
Heero frunció el ceño ante lo que dijo el seminarista. Era casi una confesión, había ocultado tan bien las pruebas que no lograrían encontrar nada. Ese comentario le hizo torcer la boca en señal de disgusto. En el primer asesinato no había logrado encontrar nada. En el segundo, tampoco y ahora en este... aun no tenía nada concreto, solo esa sombra de sospecha que caía sobre un seminarista, sobre alguien que se supone hacía el bien.
-- Voy a ver al padre Roberts – dijo dándose la vuelta para alejarse del seminarista. Solo escucho como arrojaba con violencia la bolsa de basura que aun le quedaba en las manos y pateaba con violencia aquello que había caído de la otra logrando que cayera dentro de los contenedores. El simple echo de pensar en haberle echo enfadar le hizo medio sonreír.
aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Había pasado buena parte de la tarde hablando con el padre Roberts, informándose de todo lo que hacía la Iglesia por los vagabundos. No solo se entrevisto con el sacerdote, también lo había hecho con otros vagabundos, principalmente con aquellos que se decían amigos del "Nejo". Nadie parecía saber mucho del hombre, solo sabían que era drogadicto y alcohólico, la memoria le fallaba debido al alcoholismo y sufría de diversas enfermedades que jamás se había atendido. Algunos creían que lo mejor que le pudo haber pasado al Nejo era morir.
De forma involuntaria su mirada se dirigía hasta la puerta, buscando con ella la inconfundible figura del seminarista Maxwell, pero durante las horas que paso en el refugio no le vio. Pudo distinguir entre los hombres al rubio de ojos verdes que platicaba con el seminarista sobre vampiros. Se dio cuenta de que le miraba de reojo, pero nunca se acercó a él, así que no le dio importancia. Los otros vagabundos decían que hacía días que había llegado, que era solitario y solo hablaba con el seminarista. A veces ayudaba en la iglesia, debido a sus quemaduras. Se veía sumamente demacrado y débil, no cabía duda de que estaba algo enfermo.
Salió del recinto ya cayendo la noche, en el aire se sentía un aroma a tierra mojada, clara señal de que muy cerca estaba lloviendo. Quatre le había telefoneado un par de veces para preguntarle si le necesitaba, pero en ambas ocasiones le contesto lo mismo: No.
Regreso de nuevo al callejón y se puso a recorrer, reloj en mano, la distancia y el tiempo que había entre el callejón y el almacén. La policía se vio feliz de entregarle el caso al FBI y no habían echo muchas medidas ni nada. A un paso normal, se dio cuenta que el seminarista habría tardado unos cuantos minutos en cruzar de un lado a otro. Adicionó otros minutos para que recogiera cobijas y aligerando un poco el paso(asumiendo que las cobijas pesaban y le hacían caminar más despacio), no debió haberle llevado más de 10 minutos, el tiempo suficiente para haberse percatado de algo.
Su teoría de que el seminarista mentía se reafirmaba con forme reconfirmaba los datos obtenidos, repitiendo cada paso y midiendo cada segundo. Incluso se había asomado por la ventana del comedor donde atendían a los vagabundos y pudo ver que el callejón era visible, aun que sin luces en él, seria difícil ver claramente a alguna persona en el interior. Sin embargo, la puerta del callejón abriéndose hacia el interior de la iglesia, le permitiría a cualquier persona ver claramente lo que ocurría en él.
Según la autopsia del cuerpo, el hombre había muerto entre las 11 u 11:30 de la noche, justo en el momento en el que el Seminarista se conducía del comedor al almacén. Lo que no pudo determinar es cuanto tiempo estuvo el Nejo allí. ¿Cuánto tiempo tardo en morir? Según la autopsia el hombre había sido vaciado de sangre en unos cuantos minutos. ¿Cómo lo había hecho? ¿Con que instrumentos? La única huella de sangre que habían encontrado era aquella donde había quedado marcada la huella de quien sospechaba era el asesino. Y la sangre era del muerto, pero la huella no, según el reporte que Quatre le había entregado.
Ya había estado el tiempo suficiente en el lugar y lo único que había sacado en claro era que el seminarista mentía. Debió haber visto u oído algo.
La oscuridad ya le hacía imposible ver bien a través del callejón, no podía hacer nada más. Esta tarde no había luces encendidas dentro de la iglesia, por lo mismo, no podría ver nada en él. Así que se dispuso a marcharse a su oficina. Quizá iría él o mandaría a Quatre a St George a que hiciera exactamente lo mismo que acababa de hacer. Quería saber si el seminarista Maxwell había estado en la iglesia a la hora en la que la segunda persona murió.
Su intuición decía que si...
Un fuerte ruido, como si un pesado bulto se estrellara contra el suelo de la iglesia, le hizo voltear bruscamente y sacar el arma por impulso. Pero la oscuridad no dejaba ver nada. Un relámpago surcó el cielo justo en el momento en el que le pareció ver una sombra correr por el final del callejón y perderse en el interior de la iglesia. ¿Qué estaba pasando allí? ¿No se suponía que no había nadie en esa parte de la iglesia? Había revisado más de 6 veces y la última vez no hacía ni 20 segundos. Caminó de forma lenta tratando de reconocer el lugar, esperando porque los relámpagos que comenzaban a centellear en el cielo le permitieran ver algo.
Se sentía algo excitado al sostener el arma entre sus manos. No era alguien paranoico, pero dadas las circunstancias y el poco tiempo que había pasado después de la muerte del Nejo, le hacía pesar que el asesino podría regresar a la escena del crimen. Alguna que otra vez había podido atrapar al criminal cuando este regresaba al lugar donde había cometido su última fechoría.
Una mancha en el suelo de tierra llamó su atención, pero los relámpagos no caían lo suficientemente rápido como para dejarle ver con claridad esa extraña mancha oscura. Metió la mano a la bolsa del saco y obtuvo una pequeña lámpara tipo bolígrafo. Toco con dos dedos aquello y lo elevo hasta sus ojos, se sentía viscosa, aun que llena de tierra. Era sangre. Desvió la vista buscando más y la encontró a unos cuantos pasos. Era como si alguien hubiese entrado por la puerta de la iglesia sangrando. No iba corriendo, porque cada gota de sangre estaba a un paso de distancia de la otra.
Todo estaba tan oscuro que no pudo distinguir nada en el interior de la iglesia. La escasa luz de las velas encendidas no le permitía distinguir si había alguien en el interior observándole, pero lo sentía. Desde que se girara en el callejón para seguir las huellas de sangre sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y le puso los pelos de la nuca de punta. Sabía que alguien estaba allí, viéndole, esperando a que hiciera algún movimiento.
El movimiento rápido de una sombra a sus espaldas le hizo girarse de nuevo a la parte por donde había entrado.
-- ¡Espere! – grito siguiendo a aquella sombra, pero esta no se detuvo y salió corriendo.
¿Qué estaba sucediendo?
Heero salió corriendo detrás de ella teniendo un mal presentimiento. No había nada que inculpara a aquella persona, pero por el simple hecho de que huyera de él ya lo hacía sospechoso. Así que corrió atravesando el callejón y salió a la calle solo para darse cuenta de que estaba comenzando a llover. Las luces de la calle parpadearon a la par de que un nuevo rayo iluminaba el cielo y entonces se apagaron por completo. No era de extrañarse que ocurriera aquello. En ese vecindario la mayoría de la gente estaba colgada a los cables de alta tensión sobrecalentando los transformadores y una tormenta eléctrica, como la que estaba cayendo, provocaba variaciones eléctricas que causaban una falla en las cuchillas haciéndolas caer o en su defecto quemarse provocando un apagón.
No veía nada, por más que giraba la cabeza apuntando con la lámpara y aprovechando las luces de los relámpagos. Entonces sintió como si algo le golpeara la cabeza y le lanzará hacía atrás haciéndole caer al suelo. Debido al ataque su pistola salió volando junto con la pequeña lámpara. Sintió su cabeza chocar contra el suelo y sus ojos se cerraron unos instantes. Pero él era un hueso difícil de roer, un golpe como el que había recibido no iba a hacerle perder la conciencia así de fácil. Su cabeza seguía trabajando haciéndose una y mil preguntas mientras lograba que su cuerpo reaccionara. ¿Qué había pasado allí? – se pregunto - ¿Quién le golpeo de esa forma? El que se vanagloriaba de estar siempre alerta y poder escuchar hasta cuando una hormiga se acercaba, no pudo percibir a nadie acercándose a él. Quizá había sido la lluvia golpeando las cajas de basura las que le había impedido escuchar algo. No quería pensar en eso ahora. Se sentó lo más rápido que pudo observando todo a su alrededor. La pequeña lámpara estaba a la altura de su mano y fue lo primero que vio, ya que la oscuridad no le permitía ver mas, la tomo con su mano y entonces le vio...
Una sombra negra se erguía frente a él, podía sentir su penetrante mirada, pero no podía distinguirle los ojos. Solo sentía un extraño escalofrío recorrerle la espalda haciéndole mantenerse quieto, viéndole fijamente, tratando de distinguir quien era. Un rayo ilumino por completo el cielo dibujando aquella silueta frente a él, entonces supo que lo que había visto era su espalda, no le veía de frente. Traía un bulto entre sus brazos... un bulto que parecía una persona... ¿Una persona?
-- ¡Alto! – dijo parándose a la carrera, entonces aquella sombra giro su rostro y unos ojos rojos sobresalieron de ella, al igual que un destello blanco a la altura de la boca ¿Dientes?, no sabía y no era momento para averiguarlo, solo quería detenerle. Trato de darle un vistazo rápido para grabarlo en su memoria, pero debido a que vestía por completo de oscuro y cubría su cabeza, esa tarea iba a ser difícil.
Aquella sombra pareció sonreírle y aquello que traía entre brazos calló al suelo dejando escuchar un golpe seco. Heero observo claramente el rostro de aquel vagabundo bajo la luz proporcionada por un rayo, le había visto en el comedor unas horas antes, su pistola estaba casi a sus pies, se agacho para tomarla y apuntarle. Por un momento creyó que huiría, pero se sorprendió de ver a aquella persona aun en su lugar, viéndole de forma intensa, sonriendo con aquellos blancos dientes. Nunca había sentido miedo, se había enfrentado a temibles criminales y jamás le habían echo sentir lo que esta persona. Pero sabía controlarse, todos los sentimientos podían ser controlados y él sabía muy bien como mantenerlos dentro. Así que se acercó hasta el cuerpo y sin dejar de mirara aquella sombra se agacho para tratar de sentirle el pulso, pero algo muy dentro de si le indicaba que ya estaba muerto y no se había equivocado.
-- El asesino – murmuro sintiéndose triunfante, lo había atrapado con las manos en la masa. Era una lastima que no hubiese llegado a tiempo para salvar a la última victima. No necesitaba confirmación a lo que había dicho y se sintió confundido cuando el asesino hablo.
-- Si – dijo este y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Heero no se esperaba que huyera de esa forma. El estaba armado y aparentemente el asesino no, debido a eso no podía usar su arma para detenerle, sería quebrantar las leyes y él jamás haría eso. Salió corriendo detrás de él colocando su audífono en la oreja y marcando a Quatre desde su celular de inmediato para indicarle lo que estaba ocurriendo.
Por fin había tenido al asesino en sus manos, pero se le había escapado de la forma más estúpida, hasta parecía que hubiese podido leer su mente y supiera que no podía dispararle a menos que se hubiese visto amenazado. No había podido identificarlo al escucharle debido al ruido del agua y los truenos, pero iba a darle alcance y averiguaría quien era y estaba seguro que sería él... ¿O no? Era tanta su necesidad de que fuese él que no le importaría esposarlo y refundirlo en la más oscura y fría cárcel. ¿Pero a caso su voz no sonaba diferente a la del seminarista? ¿A caso esa voz no sonaba algo lúgubre y gruesa?
Pero no era momento para que su cabeza se calentara con tonterías sobre el seminarista Maxwell. Tenía que mantenerse frío para darle alcance primero y encancelarlo después. Y quizá... solo su cerebro se equivocara.
Corría detrás del sospechoso atravesando las solitarias calles frente a la iglesia. Tenía que detenerlo. No iba a permitir que esta vez huyera de él. Casi a gritos se comunicaba con Quatre a través del audífono blueetoot, le indicaba porque calles iba cruzando. Traía en su mano el arma, lista para disparar en cualquier momento si no quería detenerse. Por lo menos podría amenazarlo aun que no pudiera cumplirlo.
Su loca persecución le llevó hasta la avenida central, el tipo no tomó en cuenta que los vehículos circulaban a más de 100 km/hr y se atravesó para llegar a los callejones del otro lado haciendo que los carros, por no atropellarlo, frenaran de golpe chocando uno tras otro provocando una carambola.
Le indico a Quatre que mandara a la policía y ambulancias, pero él no se detendría.
El tipo si que corría rápido, pero no se daría por vencido. Era ahora cuando su constante entrenamiento daba frutos. Se levantaba todos los días a las 5 am para ir a correr 2 km, si aun estaba en la oficina a esa hora, tomaba un descanso para ir al gimnasio y correr la misma distancia en la caminadora. Por eso aun no estaba cansado, pero al parecer, el tipo tampoco.
La oscuridad de la noche, sumada a la lluvia y a que el tipo trajera una capucha no le ayudaba a identificarlo. Pero ya no correría más. Había dado vuelta en un callejón sin salida, conocía el barrio como la palma de su mano, no por nada había pasado su infancia allí, y al parecer el hombre no. Ahora lo tenía en sus manos.
Apuntó el arma al dar la vuelta y tal como lo había previsto, allí estaba, de espaldas a él y frente a la pared de un edificio de varios pisos viendo hacía arriba. Pudo ver que estaba estudiando la forma de escalar la pared de ladrillos o maldiciéndose a si mismo por haber caído en un callejón sin salida. La lluvia cayendo a torrenciales no le ayudaba en nada, a Quatre le iba diciendo paso a paso lo que estaba haciendo, por donde corría y hacía donde creía que se dirigía y no se había equivocado.
Encañonó al tipo mientras gritaba para hacerse oír entre el ruido que producía la lluvia sobre los enormes contenedores de basura que se encontraban apilados a los lados del callejón.
-- ¡Date la vuelta! – pidió con voz grave y autoritaria.
La lluvia le calaba hasta los huesos empapándolo, haciendo que los mechones de cabello oscuro le cubrieran parte del rostro.
-- Levanta las manos y date la vuelta – volvió a gritar.
Aquel tipo, de forma lenta comenzó a levantar las manos para darse la vuelta. Podía escuchar algo que salía de sus labios, pero el continuo golpeteo de la lluvia sobre el suelo y la basura del callejón le impedían escuchar con claridad lo que decía.
-- Habla en voz alta, no puedo escucharte – dijo algo molesto apuntándole con el cañón de su arma.
-- Recoge mi alma en tu seno y haz que llegue el arrepentimiento a la persona que ha de terminar con mi vida...
Heero quedo extrañado al escuchar lo que parecía ser una plegaría, pero no se iba a dejar engañar. Ya había salido corriendo la primera vez cuando creyó que no se movería por estar apuntándole con el arma.
-- Descubre tu cabeza, quiero verte el rostro antes de leerte tus derechos – Si. Necesitaba corroborar sus sospechas, hacerle entender a una parte de su cuerpo que su cerebro nunca se equivocaba y que sus razonamientos, siempre lógicos, iban a tener la razón.
-- ¿Agente Yuy? – dijo aquella persona mientras bajaba la capucha que le cubría.
Un rayo ilumino por completo el cielo haciendo que la luz se sumara a la de la mortecina lámpara que iluminaba el callejón.
Ver el rostro de la persona a quien perseguía sumada a la voz que le ponía los nervios de punta, le hizo sufrir un fuerte impacto. La sorpresa casi le hace jalar el gatillo, pero cegándose a los hechos, tomó control de su sentir en milisegundos.
-- Seminarista Duo Maxwell – dijo fríamente. Duo sonrió dejando mostrar una luminosa sonrisa.
-- ¡Por Jesucristo agente Yuy!, pensé que era una de esas almas perdidas que deambula por la noche viendo a quien asaltar – dijo Duo bajando los brazos y dando un paso al frente.
-- No te acerques asesino – dijo reapuntando su arma al seminarista haciendo que este se detuviera en seco, para después tomar el audífono, que había caído de su oreja y ahora pendía sobre el cuello de su camisa, y hablar – Quatre, envía la unidad, tengo al sospechoso y no lo vas a creer, pero es Duo Maxwell.
-- ¿Asesino? – cuestiono el seminarista frunciendo el seño.
-- Levanta las manos y no opongas resistencia – dijo el agente de forma dura y seca.
Heero camino hasta el seminarista con el arma apuntándole, sacó sus esposas, le hizo girarse apoyándolo contra la pared del edificio y mientras le ponía las esposas comenzó a leerle sus derechos, para comenzar a palpar con sus manos su cuerpo y tratar de encontrar algún arma.
-- Agente Yuy, no comprendo – dijo Duo sintiendo el metal apretar sus muñecas hiriéndole – Yo no he hecho nada – dijo tratando de girarse para ver a Heero pero este volvió a empujarle contra la pared metiendo la rodilla entre sus piernas para abrírselas - ¡Agente! – gritó alarmado, pero al parecer no iba a hacerle caso ya que comenzó a hablar.
-- Tiene derecho a guardar silencio... – dijo comenzando a tocar sus piernas con amabas manos, dejando deslizar sus dedos por entre los calcetines empapados tocando su piel, que a pesar de estar totalmente mojada no estaba fría, al contrario, se sentía caliente.
Duo guardó silencio de golpe al sentir como Heero deslizaba sus manos por entre sus piernas. La ropa estaba muy mojada y pegada a su cuerpo, pero eso no le impedía sentir la calidez que le proporcionaban las manos del agente.
Por primera vez algo en su cabeza pareció mandar una señal de alerta, indicándole que aquello que hacía el agente era algo malo. Y no por el hecho de estarlo tocando, no, era por el echo de que parecía gustarle.
Las manos de Heero subieron por las piernas del seminarista de forma exageradamente lenta. Sabía que no era de esa forma en la que se hacia esa clase de revisiones, pero a penas había tocado esa cálida piel, esa suavidad, ese calor, su cerebro dejo de pensar y comenzó a sentir. Un calor extraño comenzó a embargarle el cuerpo y dejó que le envolviera por completo haciéndole olvidar el frío que el agua le había causado. Su corazón se acelero como cuando tomaba el arma entre sus manos. Comenzó a subir sus manos por sus piernas, elevando el pantalón pegado hasta la mitad de sus pantorrillas. Tenía una piel lisa, carente de bello, ya lo había notado cuando tuvo la osadía de tocarle la barbilla; el seminarista era lampiño. Elevo sus manos soltando la tela del pantalón y siguió su lento camino subiendo por las piernas sin músculos pero firmes, elevando a su paso la toga larga que fungía como suéter con capucha que no le había protegido del agua. Dejo que sus manos asieran sus caderas por lo que creyó habían sido horas e introdujo ambas manos en las bolsas del pantalón sintiendo su abdomen plano y liso. Y ese contacto le hizo estremecer logrando que algo en su entrepierna comenzar a reaccionar.
-- ¡Agente Yuy! – gimió el seminarista en voz baja tratando de moverse. La lluvia seguía cayendo a torrentes, parecía que el cielo se estuviera cayendo a pedazos.
Heero no escucho la voz del seminarista, saco sus manos de las bolsas del pantalón al no sentir nada peligro en ellos, al menos no algo que le hiriera de muerte y siguió subiendo sus manos hasta su pecho, acercando cada vez más su cuerpo al del seminarista, sintiendo el calor que traspasaba la tela empapada y oliendo el aroma de su shampoo desprenderse de su cabello mojado.
Duo sentía que habían pasado siglos desde que había comenzado a ser palpado de esa forma. Pero solo habían pasado segundos. Su corazón latía desenfrenado, ya no por el temor, ahora era otra cosa. Quería gritarle al agente que se detuviera, que dejara de tocarle de esa forma tan... tan... ni siquiera podía darle un nombre a lo que hacía.
De pronto las manos del agente dejaron de tocarle y sintió el frío del agua golpearle de lleno el cuerpo. Heero lo separo de su cuerpo haciéndolo girar bruscamente, su mirada cobalto choco con la violeta. Pudo ver la confusión y el miedo reflejado en esos ojos, pero Duo vio algo más en aquellos ojos azules, una luz intensa y una oscuridad que le hizo temblar de pies a cabeza. ¿Qué era lo que veía en los ojos del Agente Yuy que le hacía temblar, pero no de frío?
La mano del agente se elevo para tomarle de la barbilla y pudo ver como se acercaba a su rostro, pero justo en el momento en que más se aproximaba, en el que pudo sentir su aliento chocando contra la piel de su cara... las luces de una patrulla iluminaron todo haciendo que Heero le soltara de golpe. En poco tiempo a esa patrulla le siguieron otras más y muy pronto todo el callejón estaba rodeado de agentes federales.
Heero tomo al seminarista y lo subió a uno de los autos acomodándose él a su lado. Ambos marcharon a la jefatura totalmente en silencio.
Pero en la cabeza de Heero las preguntas martillaban sin dejarle pensar.
¡Maldita sea! ¿Qué había estado a punto de hacer?...
Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Continuara...
A partir de este capitulo, voy a subirlos cada 15 días. Motivos de fuerza mayor.
