Capítulo 2
Cuatro años atrás.
Dick jamás se alejó de Damian, no por completo. Le vigiló y le cuidó desde la distancia. Aun cuando Bruce le prohibió acercarse a cualquier miembro de la familia, Dick aprovechaba los días que Spyral le dejaba libres después de las misiones complejas e iba a Gotham en busca del chico maravilla. Seguía sus pasos con precisión y cuidado, de ese modo el muchacho no se percataría de su presencia. Mantenía una distancia prudente, cuidando el bienestar de su petirrojo, dispuesto a actuar solo si era necesario, aunque eso significara mandar al demonio los mandatos de su padre. Y fue en una de esas noches cuando lo vio atentar contra su propia vida.
No había otra explicación posible, Damian era un experto en pelea y armas desde su infancia, él no podía caer en una batalla de ese modo a menos que deseara hacerlo, y mucho menos contra ladrones que podían haberse iniciado apenas algunos meses atrás. Sabía que no debía hacerlo, pero la imagen en su cabeza del muchacho sin vida hizo que su cuerpo comenzara a moverse hacia el lugar. Antes de que pudiera intervenir apareció Red Hood, armas en mano y dispuesto a ayudar al menor con todo su arsenal si era necesario. La respiración de Richard se apaciguó en cuanto Jason terminó con todos, agradeciéndole a su hermano en su interior y a su amor por la pólvora. Se dispuso a seguirlos sigilosamente al caer el cuerpo de Damian en los brazos de Todd, confundiéndose entre las sombras para que el mercenario no sospechara la cercanía hacia ellos. Cuando se introdujeron en el departamento Dick se fue, prometiéndose que volvería a la mañana siguiente para verificar que Damian estuviera en una pieza.
El menor de los Wayne no salió temprano del edificio, ni siquiera cuando el reloj marcó el medio día. Richard sabía que Jason jamás lo dejaría marchar en medio de la madrugada y menos en el estado en que se encontraba, así que descartó la idea de que Damian hubiera abandonado el lugar antes de su llegada. Palmeó en sus bolsillos y encontró en ellos unos binoculares, los cuales se estaban volviendo algo indispensable aun cuando no estaba encubierto. Se acercó más, buscando un ángulo que le diera vista directa hacia el departamento y así sabría si el menor de los Wayne seguía dentro de la vivienda. Pero Jason había escogido estratégicamente el piso, haciendo que la vista hacia el interior estuviera restringida de una manera casi perfecta, la única manera de espiar era ir y mirar directo por una de las ventanas. Y así lo hizo.
Supo, en cuanto bajó por las escaleras de incendios para no ser encontrado, que no debió de haber mirado jamás por esa ventana. Quizá de ese modo su corazón no estaría destrozado, tal vez habría evitado las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos sin su autorización y en definitiva, no habría sentido en su interior el nacimiento de un terrible odio hacia el segundo de sus hermanos.
-.-.-
Era un masoquista, Dick lo sabía a la perfección. Lo era, porque siguió buscando a Damian, aun cuando sabía que Jason estaría ahí, en algo más que calidad de hermano. Los vio compartiendo besos furtivos, caricias tiernas y también lascivas, palabras llenas de cariño y otras más de rabia. Y Richard imaginaba por unos momentos cómo habría sido todo si jamás hubiera herido a Damian, diciendo cosas que en realidad jamás sintió o pensó.
De haberlo intentado, de haberles dicho… Maldita sea, habría funcionado…
Las palabras de su antes amante resonaban siempre en su cabeza, siendo acompañadas por el recuerdo del muchacho de brillantes ojos esmeralda, enojado y frustrado. Mientras, en la realidad, Damian acorralaba al mercenario, bajando el cierre del pantalón e introduciendo su mano sin decoro alguno, robándole el aliento a Jason tras el casco rojo.
Richard apretó los dientes con fuerza así como sus puños, respiró unos segundos antes de decidir que no habría marcha atrás. Él se había condenado al sufrimiento y dolor, limitándose a ver al hombre que amaba con alguien más. Aquel era el castigo por su error, contemplaría la felicidad de Damian y tal vez, en algún momento, podría ser feliz al ver el sentimiento impreso en el rostro de su amado.
Con el alma desecha se fue del edificio viejo, dándoles privacidad a ambos héroes. Se colocó bien la capucha de la sudadera y desapareció, alejándose de la oscuridad de Gotham, dispuesto a no volver a menos que Bruce le necesitara.
-.-.-
Jason Todd no era bueno con las relaciones sentimentales. Quizá en parte porque nunca había tenido una pareja estable, sus relaciones se limitaban a sexo de una noche y amistades que tenían algunos derechos sobre su cuerpo. Pero Damian era diferente, lo supo en cuanto el chico se apareció en su puerta la semana siguiente de que casi lo encontró sin vida durante aquella pelea.
No hubo disculpas por lo sucedido en el sofá, Damian era consciente de que aquello podría o no haber sido producto del alcohol y del sufrimiento acumulado en su corazón. Jason no dijo ni una palabra mientras el chico entraba al departamento, tomando asiento en el sillón de uno y tomando en seguida el mando del viejo televisor. No hubo ningún tipo de contacto, solo algunos comentarios ocasionales y preguntas que bien podrían haberse hecho mucho tiempo atrás. El mayor no podría decir jamás cuanto había disfrutado de su compañía aquel día e incluso de sus palabras sarcásticas, y tampoco admitiría que lo haría de nuevo sin dudarlo.
Pero aquel sentimiento se intensificó, cuando las noches en patrullaje juntos eran más amenas que trabajar en solitario. No hacía falta ningún llamado, el petirrojo simplemente lo localizaba como si fuera un sexto sentido, se situaba junto a él y después fijaba su vista en la oscura ciudad. La compañía del menor bastaba para que una cálida sensación se instalara en el pecho del resurrecto.
Algunas veces había contacto, y en esas ocasiones el mercenario le permitía a sus manos viajar por todo el cuerpo del menor, explorando cada parte como si fuera un descubrimiento totalmente único. Damian hacía lo propio con la piel de Jason, quitando el casco en primer lugar para apreciar cada expresión y escuchar cada jadeo. Para el mayor, el simple toque de sus labios hacía que cada fibra de su alma muerta se encendiera con intensidad. No existía culpa en ninguno de los dos, no había lugar para ello, ambos se dejaban llevar por las sensaciones, por su instinto.
De a poco, Robin dejó de lado las guardias con Batman. Incluso para la policía comenzó a ser más común encontrar al chico peleando codo a codo con Red Hood. Y al final de la noche, cuando el sol estaba por asomarse, el mercenario y la avecilla se sentaban en el borde del techo de la torre Wayne. A veces con un café en mano, y de vez en cuando con un cigarrillo.
Fue en uno de esos momentos, mientras Damian hablaba animadamente sobre la pintura que estaba haciendo desde un mes atrás, que los labios de Jason se abrieron para soltar palabras que quizá no había analizado con la precaución debida.
—¿Qué has dicho? —cuestionó Damian, apartando su mirada del cielo para volverse hacia el mayor.
—No soy bueno con esto, niño —se quejó Jason, retirándose el casco y el antifaz—. Desde hace meses me he planteado la idea, pero siempre creía que era una estupidez.
La idea surgió en cuanto Damian comenzó a dormir en su departamento, desde que compartían más risas que peleas.
—Solo dilo otra vez y diré que sí —dijo el demonio, sonriendo en su interior ante la mueca de sorpresa del otro y haciendo a un lado su antifaz también.
—De acuerdo —accedió. Se aclaró la garganta y buscó los ojos esmeraldas—. ¿Quieres vivir conmigo y…? —Tomó una bocanada de aire—. ¿Y ser mi novio?
Damian desvió la mirada y comenzó a levantarse del borde de aquel rascacielos perteneciente a su padre. Compuso una mirada seria, mientras desenfundaba un gancho para marcharse ante la mirada atónita de Jason.
—Eso fue patético, Todd —contestó finalmente, colocando el antifaz de vuelta en su rostro—. Pero sí, acepto.
El muchacho desapareció segundos después, con la capa ondeando dándole un aire de majestuosidad. El mercenario lo contempló desaparecer entre las luces y el sol naciente de Gotham, con una sonrisa de satisfacción adornando sus facciones.
-.-.-.-
Tres años antes.
Jason obligó a su novio a asistir a uno de los mejores restaurantes de la ciudad con motivo de su primer aniversario. La reservación le había costado al mayor algunas llamadas insistentes, amenazas y juegos pequeños de seducción. Sin embargo, algo que Damian odiaba un poco menos que los bailes de caridad a los que tenía que asistir con frecuencia, eran los restaurantes que frecuentaba la alta élite de Gotham. El mercenario persuadió al chico, con palabras bien seleccionadas y prometiéndole el mejor sexo que podría tener en su vida después de la cena.
La velada fue tranquila, cenaron platillos que no tenían mucho que envidiarle a la comida de Alfred y bebieron vino como si se tratara de agua. Al menos hasta que múltiples reporteros comenzaron a llegar, tomando fotos sin parar en su dirección.
—Oh, genial —murmuró Jason.
Damian miró sobre su hombro en el momento exacto en que un camarógrafo enfocaba su rostro, enlazándolo hacia la transmisión directa para un programa de cotilleos donde su padre solía aparecer con frecuencia.
—Es por eso que odio estos lugares. Alguien debió llamarlos—el menor bebió un último sorbo de la exquisita cosecha del ochenta y siete, seguidamente miró a Todd—. Deberíamos marcharnos.
Jason asintió. Sacó su billetera del bolsillo interior de su saco, aquel que había escogido para la ocasión y que se amoldaba a su cuerpo, marcando los brazos y la espalda bien trabajada. Dejó un billete de gran denominación que podía pagar sin problemas lo que ambos habían ingerido, luego se aproximó a la silla de Damian, la cual apartó con suavidad para que éste pudiera levantarse.
—Me hubiera gustado llegar al postre —comentó el mercenario—. Además, no me había enfrentado con tantos reporteros desde que Bruce me anunció en sociedad.
—No necesitas hacer esto —dijo Damian, acomodándose el abrigo negro y ajustando la bufanda gris contra su cuello—. Podríamos pedir otra salida. No podemos poner en riesgo tu identidad, mi padre nos mataría a ambos.
La oleada de reporteros comenzaba a juntarse en la entrada del restaurante, esperando por obtener una fotografía del nuevo príncipe de Gotham y su acompañante.
Jason sonrió y se acercó lentamente a una mesa donde unas chicas hablaban sobre la siguiente colección de bolsos Gucci. El mercenario intercambió algunas palabras con ellas que Damian no logró escuchar, al minuto siguiente Todd regresó con unas gafas oscuras en la mano derecha.
—Odio las salidas traseras, ¿sabes? —dijo Jason—. Y la última vez que alguien de la prensa supo de mí fue hace años. Dudo lucir igual que cuando tenía dieciséis, pero evitaré problemas con estos hermosos lentes Dior cubriendo mi bello rostro.
Todd se colocó los lentes y Damian se preguntó cómo podían verse tan bien en el rostro del chico a pesar de estar diseñados para una mujer, y no pudo estar más de acuerdo en que remarcaban la belleza de sus facciones.
—Esto es una locura —dijo el menor para sí, una vez que comenzaron a avanzar hacia la salida y los flashes comenzaban a darles de lleno.
—Tal vez —respondió el mercenario, mirándolo por unos segundos—. Ahora, Dami, pon tu mejor sonrisa.
La puerta se abrió y el bullicio inundó sus oídos, ensordeciéndolos. Damian se apegó al cuerpo de Jason por inercia en cuanto las preguntas se dispararon. Todd pasó un brazo sobre los hombros de su amante, mientras que con el otro había interpuesto una especie de barrera, apartando a los reporteros y evitando que el espacio de ambos se viera invadido.
Lograron llegar hasta al auto deportivo de Damian y subieron con rapidez. Una vez en la seguridad de éste, el celular de ambos se encendió. El demonio era requerido por Tim y Jason, por otra parte, tendría que cruzar algunas palabras con Bruce.
-.-.-.-
Día actual.
Jason podía sentir la tensión correr a través de sus músculos, haciendo que éstos doliesen. Su sangre corría a través de sus venas rápidamente, mientras el corazón latía contra sus costillas. A su lado, Damian caminaba a pasos lentos, con la mirada perdida en el oscuro pasillo. Su mano derecha se aferraba a la de Todd, apretándola con suavidad. El tacto era como un silencioso tranquilizante para el menor, y el olor a pólvora que desprendía la chaqueta del mercenario parecía devolverlo a la realidad, impidiendo de ese modo que su mente se permitiera vagar en una ola de pensamientos confusos.
Al llegar a la estancia principal, Damian inspeccionó la habitación, esperando encontrarse con toda la familia. Por el contrario, solo había una persona en el lugar. El demonio reconoció enseguida al hombre, aun cuando éste se encontraba de espaldas. Sus ojos recorrieron la silueta, observando cada detalle antes de que Richard se volviera.
Los ojos de Dick se dirigieron primero a Damian, quien sostuvo el contacto visual sin ningún problema, seguidamente, los ojos azules se encontraron con los del mercenario. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Damian en cuanto una sonrisa apareció en el rostro de Grayson, una muy diferente a las que él acostumbraba dar.
—¿Tienes predilección por los hombres mayores, Dami? —inquirió el acróbata, ladeando su cabeza ligeramente.
—Y como tú, hermano mío, también tengo una debilidad hacia los pelirrojos —contestó el menor, con el semblante serio.
El tiempo se había encargado de hacer algunos ajustes en el rostro de Richard, creando algunas arrugas cerca de los ojos y de su boca, Damian atribuyó aquellas marcas a la mala costumbre del mayor de sonreír ante todo. Además, sus facciones parecían más maduras, un recordatorio para el demonio de la diferencia de edades entre ambos.
—Pensamos que estabas muerto —la voz de Jason resonó, fuerte y clara.
—Y yo pensé que tenías un poco de decencia —respondió Dick a su vez, borrando la sonrisa de su semblante.
—Claramente ambos estábamos equivocados, ¿no es así? —continuó Todd, restándole importancia al comentario de su hermano mayor y avanzando un paso hacia él.
La mano de Damian se aferró más a la de Jason, actuando como un ancla que le ataba a su lugar y le impedía seguir con la batalla verbal que no tardaría en desatarse y convertirse en algo peor.
—Esto no se trata sobre nosotros, Richard —intervino Damian—. Estamos aquí por la noticia de tu repentina resurrección. Centrémonos en eso, ¿quieres?
Dick asintió antes de hacer un ademán hacia dos sillas que se encontraban frente a él, invitándolos en silencio a la vez que cruzaba los brazos contra su pecho. Jason soltó la mano de Damian antes de avanzar hacia los asientos, dedicándole una mirada con la cual le aseguraba que estaba bien.
—Cuatro años trabajando para una corporación de espionaje —explicó Richard—. Spyral. Bruce sabía que había algo mal con esa corporación y en cuanto mi identidad se vio expuesta vio la oportunidad perfecta para infiltrarme en ella. Creyó que sería más sencillo si ninguno de ustedes sabía la verdad, y me prohibió acercarme a la familia. Selina Kyle y Lex Luthor son las únicas personas que sabían que yo seguía con vida.
—Cuatro años de sufrimiento para toda la familia y tú no hacías más que jugar al espía. No te culpo del todo, mi padre también estuvo equivocado en callar algo de esta magnitud.
—Tal vez ninguno de ustedes estuvo equivocado. Ese día murió una parte de mí. Morí y lo hice pensando en ti, en todo el daño que te había causado.
Damian negó con la cabeza.
—¡Se acabó! Tú lo dejaste claro ese día, Grayson.
—Mentí.
—Si esto fue una estrategia para volver a lo que teníamos, lamento decirte que no funciono ni lo hará. Quizá nunca estuviste muerto, pero para mí, también moriste ese día. Lo nuestro se quedó enterrado junto con ese ataúd.
El demonio se encargó de enterrar los recuerdos, los llantos, las maldiciones que profirió al difunto en múltiples ocasiones y sus sentimientos amorosos por éste.
Puedes sufrir, te lo permitirás por algunos minutos si te place. Pero después, tendrás que encarar de nuevo a tu enemigo y vencerlo. Las palabras de Talia adquirieron un nuevo significado a partir del deceso del hijo pródigo. Damian siguió adelante, sin mirar atrás, permitiéndole el paso al dolor en algunas ocasiones y olvidándose de él segundos después.
Dick bajó la mirada. Damian tenía razón, era su culpa que ahora le detestaran. Pero por ningún motivo dejaría que Jason le hiciera daño a su preciado demonio.
—¿Por qué él, Damian? —preguntó, con la voz entrecortada—. Habría aceptado a Colin pero, ¿por qué Jason?
—¡Esto no se trata sobre mí! —Exclamó Todd, quien hasta ese momento había preferido mantenerse al margen y dejar que Damian arreglara todo con Richard—. Tus prejuicios no van conmigo y la diferencia de edades me parece una auténtica tontería.
—¡Es solo un niño! —contraatacó Dick.
—Quizá lo era cuando lo desvirgaste, pero él podía tomar perfectamente una decisión por su cuenta después de lo que le hiciste. Admítelo, detrás de toda tu fachada de santo, lo disfrutaste.
El enojo y la ira se hacían más palpables a cada palabra. Damian maldijo en su interior a su padre y al resto de la familia por dejarlos solos. Si las cosas continuaban así, sería un auténtico milagro que alguno de ellos saliera vivo del lugar.
—No te ama, Jason —declaró Richard, mostrando una sonrisa llena de burla y cinismo—. Jamás lo hará. Solo fuiste un entretenimiento, un reemplazo.
Las palabras buscaban herir, herir como el corte profundo de una espada envenenada. Y Richard blandió aquella espada de manera magnífica y con suma maestría, dando una última estocada, creando un corte limpio en donde el dolor actuó enseguida.
El mercenario avanzó antes de que Damian pudiera detenerlo, tomando por el cuello a Richard de manera casi salvaje. La sonrisa del acróbata se ensanchó aún más, como si pudiera probar su punto con la reacción del resurrecto. Las manos se cerraron sobre la piel, ejerciendo la suficiente presión para cortar el paso del aire. Dick no se movió, ni siquiera cuando la falta de oxígeno era agobiante.
—Si no estabas muerto, lo estarás —murmuró Jason contra el oído del otro.
Damian apartó al mercenario con un rápido movimiento, inmovilizando de inmediato y evitando que éste pudiera acercarse de nuevo a su hermano mayor. Dick se llevó una mano hacia el cuello, donde las manos de Jason habían dejado una marca rojiza que pronto daría paso a un hematoma.
Las palabras habían dado de lleno en un sentimiento poco agradable, uno que Jason evitaba desde hace mucho tiempo: la duda.
La duda se arremolinaba en los pensamientos de Jason, infectando todos y cada uno de ellos. Quizá Richard tenía razón, él solo había sido un reemplazo, el juguete nuevo del niño mimado, la medicina antes de la recaída. Y ahora tendría que contemplar como el demonio volvía hacia el primer Robin, con el corazón y el cuerpo anhelantes de él. La imagen quebró algo en el interior de Jason y por un momento le faltó la respiración, como si se encontrara a miles de metros por debajo del agua, ahogándose en sus propias pesadillas.
—Tu tampoco me amaste —dijo Damian, mirando desafiante al mayor.
—Te amé, Damian —las palabras de Dick parecían sinceras, al igual que sus sentimientos—. Te amé con cada fibra de mí ser, y aun lo hago.
—Las personas jamás hieren a las personas que aman, Richard. Ya no hay más amor en lo que solíamos tener. Ya no te amo.
Timothy Drake entró en la habitación, con el cabello revuelto y las mejillas encendidas. Analizó la situación, pasando su mirada entre Damian y Dick, después la dirigió hacia Jason, quien parecía estar desconectado de toda la situación y probablemente también de las últimas palabras del menor.
—Es suficiente —intervino el joven Red Robin—. Tuviste tu oportunidad, Dick. Fallaste. Es hora de que lo dejes ir.
—Bien —fue lo único que salió de los labios del antiguo Nightwing.
—Los llevaré a casa —Tim tomó el brazo de Damian, obligándolo en silencio a que dejara libre a Jason de su agarre. El menor así lo hizo, con delicadeza y lentitud.
El joven detective colocó una mano sobre el omóplato derecho del resurrecto, ejerciendo cierta presión y obligándolo a que le siguiera hacia la salida. Damian se quedó plantado en su lugar por unos segundos más.
—Lo elegiste a él, está bien —dijo Richard después de unos minutos—. Lo entiendo.
—Lo sé —Damian se acercó hasta él, lo suficiente para colocar una mano sobre su hombro—. Pero eso no significa que tú ya no seas mi hermano. Dejando de lado el drama de esto, creo que la familia entera está feliz por tu regreso. Bienvenido.
-.-.-
Los minutos pasaron tortuosos para el menor de los Wayne, sus ojos se mantenían fijos en el semblante de Jason. Éste no miraba ningún punto de la ciudad en concreto, tan solo disfrutaba de la vista y del suave aire nocturno que acariciaba su rostro, despejando las pesadillas que él mismo se había creado. Ese lugar parecía ser un perfecto tranquilizante para el antihéroe, se podía permitir obtener todo el control sobre lo ocurrido y le otorgaba la serenidad necesaria para ordenar sus ideas próximas a realizar. Su acompañante, por otra parte, sentía todo lo contrario.
Damian tenía miedo, miedo de que lo sucedido horas atrás causara algún daño en su relación y, en el peor de los casos, pudiera romperla. La sola idea de perder al mercenario le torturaba. Los nervios llenaban su cuerpo y su alma. Tal vez su madre tenía razón después de todo, probablemente su destino sería nacer, crecer y morir solo.
Y el sentimiento no hacía más que intensificarse ante el silencio del resurrecto. Desde su precipitada salida de la mansión, éste no había cruzado palabra alguna con su amante. Aunque sí lo había hecho con Drake, y solo para pedirle de una manera no tan atenta que les llevara a la torre Wayne. Tim obedeció sin preguntar, sintiendo que era lo menos que podía hacer después de haber ayudado a Dick a concretar su nada amena reunión.
—De acuerdo —la voz de Jason sonó algo ronca, pero bastó para que Damian centrara su atención en él—. ¿Estás seguro sobre lo que paso? ¿En verdad quieres estar conmigo?
—Eres un idiota —Damian apartó la vista de él—, un completo y total idiota.
El demonio le amaba, lo suficiente para desafiar a cualquiera que le quisiera hacer daño o interponerse entre una bala y él.
—¿Eso qué significa? —inquirió Todd.
El menor río suavemente, mientras se relamía los labios y sus ojos se enfocaban en el rostro de Jason.
—¿Tu qué crees que significa? —contestó, tiñendo su voz con un perfecto tono sarcástico.
—Entonces… Por alguna razón, soy un jodido bastado con suerte que obtuvo tu amor…
—No fue suerte…
—No me interrumpas, niño —se quejó, haciendo una seña con la mano para que guardara silencio—. Yo también te amo, más de lo que alguna vez creí que amaría a alguien. Claramente soy malo con las palabras, como recuerdas, y Dick se las ingenió para resucitar precisamente hoy, lo siento si no es lo que esperabas.
Jason se llevó la mano hacia el bolsillo de la chaqueta, tomando del interior un anillo de oro. Después se arrodilló, ante la mirada y el semblante serio de Damian.
—Damian Wayne, ¿quieres hacerme el honor de casarte conmigo?
—Eres patético.
—¿Eso es un sí? Porque no lo diré de nuevo.
—Quizá.
—Te odio.
—Claro que no.
—¡Hiciste que me arrodillara!
—Yo no coloqué un arma contra tu cabeza para que lo hicieras.
Damian tomó el anillo, deslizándolo con cuidado en su dedo anular. Jason sonrió, levantándose y apresurándose a besarlo. Lo besó lento, con su mano derecha aferrándose a la nuca del menor y la izquierda a su cintura para atraerlo más hacia su cuerpo.
Jason jamás sería un reemplazo, Damian lo sabía perfectamente. Richard Grayson podría haber sido su primer amor, pero Jason Todd era el amor de su vida. El mercenario se ganó un lugar en su oscuro corazón en cuanto derribó con su arma al último de los ladrones en aquel lugar.
Por mayoría de votos, Jason se llevó a Dami.
Espero que no haya quedado tan mal el segundo capítulo, pero de ser así acepto todo su odio. Ahora solo queda el epílogo, que espero subir pronto porque mis vacaciones se acaban.
Ya saben que ustedes me leen en el siguiente capítulo y yo los leo en los comentarios.
¡Nos leemos!
