Disclaimer: Los personajes, algunas locaciones y demás de Saint Seiya Lost Canvas no me pertenecen, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi.
TWO OF US
Capítulo 4: Vivir y vengar.
"Cuando era pequeño admiraba con fervor a la muerte, pero era más fuerte mi odio hacia ella. No puedo creer que tendré el honor de deshacerme de ti.
Maestro Sage, fue un honor haberlo seguido aquella noche."
— Palabras de Manigoldo en la batalla contra Thanatos.
.
Sicilia, Italia. Once años antes.
— Tus cosas. Dámelas todas, si quieres vivir. —demandó austero, envuelto en el anaranjado ambiente del atardecer.
— ¿Eh? ¿Pero qué puede hacerme un pequeño cómo tú? Vete niño, ¡Déjame en paz! —contestó el viajero de muy mala gana, intentando seguir su camino. El pequeño de cabellos azules se había puesto frente a él, cortándole el paso.
El chico sonrió, tenía hambre y poca paciencia. No iba a dejar que su estómago siguiera reclamándole la falta de alimento.
— ¿Eres sordo o imbécil? Tus cosas, ¡Ahora! —volvió a reclamar, pero esta vez sacando una navaja de uno de los bolsillos de su sobretodo marrón oscuro, apuntándola en dirección a la garganta del viajero.
— ¡Eres un maldito canalla! —gritó el hombre como respuesta, intentando forcejear, pero el pequeño había sido más ágil que él y había logrado hacerle un corte profundo en la garganta.
La sangre salía a borbotones, manchándole sus pequeñas manos antes inocentes. Su mirada quedó paralizada ante el fluir del líquido rojo.
— Estúpido —balbuceó, con un tono sombrío, que en segundos reemplazó con una irónica sonrisa—. Si sólo me hubieses dado tus cosas, estarías vivo. Ahora no eres más que un cadáver putrefacto —dicho esto, comenzó a revisar los bolsillos del inerte cuerpo, tomando para sí todo lo que fuera de valor.
Luego de unos instantes emprendió su rumbo, hacia ningún lugar en concreto. Sólo quería alejarse de allí. En el trayecto, se acordó de la última frase de su víctima.
Canalla. Era como más lo nombraban en estos días.
Recordaba que antes tenía familia, recordaba que ahora estaba muerta. Recordaba que tenía un nombre cantarín con un lindo significado, pero no recordaba cuál era. Ahora, sólo era un canalla, el verdugo de la muerte. Volvió a esbozar una solitaria sonrisa sardónica.
— Bien, ese sería el número veinte. —se detuvo para mirar hacia el cielo, con el ceño ligeramente fruncido—. Y bien Thanatos; ¿Cuándo vendrás por mí?
Ya había pasado un mes desde el pacto con el Dios de la muerte, el chico había cumplido a rajatabla, pero no estaba obteniendo lo que se le había prometido.
Nada, sin respuesta, sin un alto a su dolor. Apretó los puños, vociferando un montón de insultos que días atrás no hubiesen tenido lugar entre sus labios.
Thanatos lo observaba, divertido, pero aún no satisfecho. Notaba que al chico aún le quedaba un atisbo de humanidad y hasta que este no desapareciese no iba a otorgarle la sapuri.
El Dios sonrió, ya lo había despojado de su identidad, ya faltaba poco. No podía negar que se le hacía de lo más hilarante que un humano estuviese pidiéndole clemencia.
El hombre al que Manigoldo le había robado no tenía mucho. Un par de monedas, nada más. Había perdido su vida por unos pocos pedazos de metal… ¡Qué poco valía la vida!
Estaba frustrado ante los inminentes gruñidos de su estómago y la llegada del anochecer, que le dejaba poco tiempo para ir al pueblo vecino o buscar otra víctima. Pateaba los escombros mientras seguía caminando entre las ruinas, hasta que tres girones de fuego lo envolvieron.
Parecían pequeñas lucecitas de neón azul, que danzaban a su alrededor, como buscando llamar su atención.
— Al fin decidieron aparecer ¿Dónde se habían metido? —sonrío ante su compañía, la única que ahora tenía, la de las almas en pena que no habían encontrado su paz.
Estaba acompañado por ellas casi siempre, a veces el número de estos girones de fuego azul se multiplicaban, llegando a ser incluso más de veinte.
Quien antes fuera Giuliano, reconocía muchas de las voces de esas almas. Particularmente de tres en especial que siempre estaban con él. Sabía que las conocía, pero no recordaba exactamente de dónde, suponía que debían ser las almas perdidas de ese pueblo, que parecía ser su pueblo.
Jugaba con ellas, con su mano las guiaba: de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo y viceversa, generando un espectáculo digno de ver. Una de ellas, se escapó de su mando para rozarlo y robarle una carcajada, para hacerle cosquillas.
— ¡Ya basta! —requirió entre risas—. Vamos a buscar algo de comer.
Caminó unos pasos más hasta que sus pies se toparon con la entrada de la Iglesia del pueblo.
Manigoldo nunca entraba ahí, no le gustaba. Le daba náuseas el lugar, aunque no entendía por qué. Siguió caminando; alejándose de allí para no vomitar lo poco de alimento que retenía su estómago y así, enfermarse.
De repente, pasos apresurados.
Pensaba que ya se había librado de ellos, que su pacto con Thanatos lo protegía de alguna manera, pero los espectros nunca lo habían dejado de perseguir.
No sabía exactamente por qué, pero cada vez que los escuchaba tenía el impulso de esconderse. Lo hacía casi sin pensarlo y luego se reprendía a sí mismo por hacerlo.
¿No sería más fácil dejar que esos sujetos acabasen con su vida? ¿Y si ellos venían a cumplir la promesa que el dios le había hecho?
Golpeó con su puño el paredón donde había corrido a esconderse. Ya era muy tarde para hacer cualquier cosa, ya no los oía más. Sólo podía escuchar a su estómago hambriento.
Cansado y muy angustiado por su situación, se sentó entre los escombros y se cubrió con una manta añeja que había encontrado.
Nuevamente, pasos.
Esta vez se oían más cerca y parecían pertenecer a un solo individuo. No se inmutó, ni intentó esconderse. Las lucecitas de neón azul lo acompañaban en ese momento. Sonrió, pensando que pronto sería una de ellas, que se les uniría. Pero nada de eso pasó.
El individuo sólo preguntó por las lucecitas de neón azul y Manigoldo se sorprendió de que él también pudiese verlas, así que volteó a darle una mirada.
Un viejo, eso era. Llevaba algo que le pareció como una sotana blanca… algo que siempre llevaban los curas. Lo aborreció sin saber por qué, luego sus ojos encontraron algo interesante: oro, el viejo decrépito tenía oro y sería su víctima veintiuno.
Se jactó ante la pregunta del anciano, habló de lo compasivo que era el dios de la muerte y le advirtió que se cuidara, porque la muerte siempre está ahí, esperando.
El extraño hizo caso omiso de la advertencia y le preguntó su nombre.
No recordaba que su nombre era en realidad Giuliano, sólo se acordaba que le decían "Manigoldo".
Eso respondió, sacando su navaja del bolsillo y atacándolo por sorpresa. Lo había subestimado por ser un niño, ahora pagaría las consecuencias.
El pequeño italiano también había menospreciado al anciano. Era fuerte y ahora, lo tenía colgado en el aire, como si sólo se tratase de una prenda vieja.
Lo regañó por no observar su entorno, entre otras cosas que Manigoldo al principio se negó a escuchar, hasta que vio que el viejo vestía una armadura dorada. Dijo que todo en la vida le parecía basura; hasta él mismo; y le espetó que, si iba a matarlo, lo hiciera de una vez por todas. Al fin y al cabo, hacía mucho tiempo que estaba esperando por la muerte.
En lugar de eso, el anciano lo miró con tristeza. ¿Cuánto dolor podía caber en el corazón de un niño pequeño para pensar de esa manera? Y le dijo que entendía cómo se sentía.
El niño pataleó e insultó ¿Qué podía entender ese viejo si ni siquiera lo conocía?
Mientras lo dejaba en el suelo lentamente, Sage le explicó de sus batallas y de sus compañeros perdidos en ellas.
— La vida es mucho más que simple basura. Incluyendo la tuya, por supuesto.
— Entonces, dime—requirió el niño de manera abrupta—. Si no somos basura, ¿qué somos?
Sage sonrió, miró al cielo y luego, le respondió con voz suave:
— El universo.
Esas palabras se grabaron en Manigoldo, como un cassette sin contenido que esperaba que alguna melodía lo llenara.
Sage tenía muchas melodías y canciones para grabar en el pequeño Manigoldo y sabía que la única manera de seguir con las grabaciones, sería si el chico lo seguía hasta el Santuario. Sería su maestro y, con mucha paciencia, reproduciría las melodías que la experiencia le había regalado.
Pero Manigoldo nunca fue un cassette fácil, y mucho menos vacío. Más bien, estaba lleno de canciones de odio. La única esperanza para el patriarca era esperar a que hubiera espacio en él para nuevas canciones. Y el chico las grabó, sí, pero no lograba borrar las viejas.
Entonces, Sage tomó una determinación extrema: debía enfrentarlo a esas canciones; hacerle ver la realidad y así, lo llevó al monte Yomotsu. Allí donde las personas forman eternas filas para caer a un vacío lleno de sufrimiento.
Desesperado ante la verdad; el niño, que ya era adolescente, gritó que había que hacer algo para detener esas filas...
Y allí la vio: Vestido lila, dos trenzas castañas y una canasta. Y allí recordó a una hermana… a Gioachina. A quien no había podido proteger años atrás.
La tomó fuertemente de la mano antes de que ella cayera por el precipicio infernal; intentando hacer lo que años atrás no pudo, salvarla.
Gioachina inmediatamente tomó una apariencia monstruosa. Comenzó a gritar y a patalear, haciendo que ambos casi cayeran al abismo. A tiempo, Manigoldo pudo sostenerse, pero su hermana pesaba cada vez más y más y comenzó a resbalarse.
Estando al borde de caer al infierno; su salvación fue nuevamente Sage, quien, a tiempo, pudo atraparlo.
— ¡Suéltala ya, déjala ir!
— ¡No! —respondió, forcejeando para aún mantenerla con él.
— De todos modos, ella ya está muerta —gritó—. ¡Aunque la salves de esa fosa, no vivirá!
— ¡Pero sufrirá más si cae ahí, patriarca! Sufrió al morir, estoy seguro, —y sí, estaba muy seguro, porque ya recordaba todo lo que a su hermana le había sucedido en vida con el sacerdote y cómo había muerto—. ¡No voy a permitir que lo haga eternamente!
— ¡Déjala ya, Manigoldo! —insistió, pero el muchacho continuó hablando.
— ¿Qué sentido tiene vivir entonces? ¿Todo mi pueblo sufrirá igual? Si es así como termina la vida, ¿qué sentido tiene convertirme en un caballero de Athena?
En ese momento, Gioachina forcejeó aún más y pudo soltarse de su agarre. Fue su última acción para ayudarlo, para permitirle seguir viviendo. Sus dedos fueron distanciándose y vio cómo ella caía al vacío lentamente. En su mente, todo ocurría insoportablemente despacio. Nuevamente su hermana se sumergía en el infierno y él no podía ayudarla. Allí, petrificado; solo pudo gritar que sentía una profunda angustia.
Ahogándose en un mar de lágrimas, todos sus recuerdos vinieron a su mente. Ahora sabía quién era y lo que había vuelto a perder. Estaba completamente destruido. No supo en qué momento pasó, pero Sage se las ingenió para sacarlo del abismo y traerlo nuevamente a la superficie. Intentó, con palabras, armar el rompecabezas que ahora era su alumno: Le recordó que no lo había llevado al santuario para enseñarle sobre la desesperación o la angustia en el campo de batalla, sino para que pudiera vivir.
— ¿Cómo podré vivir luego de lo que he visto? —le espetó, refiriéndose a lo que sabía que le había pasado a su hermana, la masacre que había visto en su pueblo y, ahora, esta terrible verdad sobre el sufrimiento eterno, que la muerte no era la salvación y que, haciendo honor a esa mentira, él había destruido muchas vidas en vano. Sentía que todo era inútil; que el humano nacía, vivía y moría sólo para sufrir sin ningún tipo de paz o alivio. Que la existencia se reducía a la nada misma.
El anciano dejó caer su mano sobre la cabeza de su pupilo, para apoyarlo con la lucha de sus demonios internos que él desconocía. Le habló del dios del inframundo como el culpable de todo ese sufrimiento y de que para vencerlo, era necesaria la existencia de los caballeros de Athena.
— Debes sentir esa vida Manigoldo y el universo que hay en ella. —dijo como palabras finales a su pupilo—. No dejes de sentirla y valorarla y así derrotaremos a la muerte misma.
Y ahí, el italiano entendió que antes de poder tomar como filosofía de vida las palabras de su maestro, primero que tenía que ordenar unos asuntos…
Le rendiría honor a su hermana, su familia y su pueblo, quienes habían sido reducidos a basura. Tenía que vengarse del Padre Franccesco y del dios de la muerte que lo había engañado, Thanatos.
—X—
Sicilia, Italia. Diez años después.
—¡Afff! ¿Cómo es posible que hayamos tenido que caminar hasta el otro pueblo para encontrar una maldita posada?
— Era muy poco probable que encontráramos alguna en tu pueblo —murmuró Albafika sin atisbo de emoción alguna.
Manigoldo no contestó y puso mala cara. Sabía que, en cierto modo, su compañero tenía razón. Lo que le hartaba era tener que admitirlo.
Continuaron caminando en silencio. A medida que avanzaban se iban topando con algunas personas. No había mirada que dejara escapar la belleza de Albafika, para su desgracia, claro está. Pero a Manigoldo esto no le disgustaba en lo absoluto y, de hecho, pensaba sacarle alguna que otra ventaja a la compañía de piscis.
— ¡Qué bella vista! —dijo al pasar al lado de una bonita muchacha de ojos castaños que se había quedado prendada del caballero de piscis, quien deseaba que la tierra se lo tragara.
La chica simplemente se puso roja y se echó a reír.
Sí, Manigoldo había hablado en su lengua materna. El pisciano había logrado entenderlo ya que identificó en el dialecto siciliano algunas bases del latín y el griego. Estos dos idiomas eran obligatorios de aprender para todo santo de Athena: el griego por ser el idioma con el que se manejaba el santuario y el latín para comprender algo del resto de las lenguas romances que derivaban de él.
Esto; sumado a que muchos santos venían de diversos lugares y cada cual con una lengua materna distinta al griego; hacía que los caballeros se retroalimentaran, dominaran varios idiomas y que estuviesen constantemente en aprendizaje de estos. El entrenamiento de un caballero no solo se limitaba a lo físico, sino que también incluía lo cultural. De esa manera podían ejecutar sus misiones sin muchos obstáculos.
— Lo que debemos buscar es una posada. Te lo recuerdo. —masculló en griego.
El caballero de cáncer sonrió sarcásticamente y detuvo su marcha.
— Tomaré tu consejo e iré a preguntarle a esa preciosura —contestó burlonamente en el mismo idioma y volvió su andar hacia donde estaba la muchacha.
El protector del último templo deseaba estrangularlo. Sabía que Manigoldo se lo estaba haciendo a propósito.
Como opciones tenía quedarse donde estaba o seguirlo. En cualquiera de las dos, tendría encima la mirada del pueblo. Cerró los ojos, contó hasta un determinado número para sí, para calmarse. Luego siguió a su compañero entre bufidos y otras gesticulaciones que expresaban su claro malestar.
La picardía de Manigoldo terminó por encontrarles dónde pasar la noche. La muchacha era la hija de un posadero de la zona. Ya sea por obra y gracia de Athena, o pura casualidad, la chica terminó por guiarlos al lugar: humilde, pero confortable.
El pisciano le dejo las labores sociales a su compañero y se dedicó a mirar en detalle. La recepción, donde estaban, era también una taberna. Fácil era pensar que esto era así para atraer más clientes, incluso gente de la zona en caso de mala época turística. A la izquierda del mostrador de madera había una escalera, las que; probablemente; condujeran a las habitaciones. Giró un poco su cuerpo para ver lo que le faltaba, lo que le preocupaba, la cantidad de gente que había en la taberna. Allí vio que, para su suerte, no había muchas personas en cambio, había muchas mesas redondas con manteles a cuadro: rojo y blanco. Las sillas de madera parecían pintorescas, ya que…
— ¡Oye! —gritó el santo italiano sacando al otro de su recuento—. ¡¿Vas a hacer una pintura del lugar o qué?! Ya que me dejas la labor odiosa de fingir amabilidad, ¡Mínimo busca lugar para sentarnos! —recriminó.
El pisciano entrecerró los ojos, como si cerrándolos fuese capaz de derretir a cáncer. Inspiró, exhaló y decidió que no responder era lo mejor.
Como era obvio, optó por la mesa más recóndita y apartada de la pequeña muchedumbre de ebrios que no dejaban de confundirlo con una mujer y gritarle cosas obscenas. Su autocontrol era tal que nadie en el lugar se hubiera imaginado las miles de matanzas que su mente realizaba. La regla de no herir civiles, en la medida de lo posible, lo tenía atado de manos. Estúpido sería reaccionar y perder el lugar que habían encontrado. Decidió, entonces, enfocarse en Manigoldo y en las graciosas gesticulaciones que tenía al hablar en su idioma natal. ¡Parecía tan distinto! Hasta se hubiera atrevido a decir que lo veía más animado.
Segundos después, y tras cruzar unas palabras con la hija del posadero, lo vio apretando el puño y la mandíbula con fuerza, tratando de contenerse. Supuso que había obtenido algún tipo de información de "el cura hijo de puta" que estaba buscando. Minutos más tarde lo vio caminando hacia donde él estaba con dos platos repletos de… ¿comida?
— Ravioli al pesto. —contestó a la pregunta que piscis estaba por hacer—. Cuando lo pruebes, me vas a agradecer. —Dejó los platos en la mesa y volvió al mostrador.
El protector del último templo no podía negar que el aroma le hacía agua a la boca. Probó dos o tres, dándole la razón a su compañero, y luego, lo esperó para continuar. No quería parecer tan descortés. Al levantar la vista del plato vio, nuevamente, a su compañero volver a la mesa con una botella de vidrio oscura en una mano, y dos vasos de madera en la otra.
— Bebe este jugo de uvas, es delicioso —dijo vertiendo el contenido de la botella en uno de los vasos y acercándoselo a Albafika.
El pisciano entrecerró los ojos y se quedó mirando el contenido sospechosamente.
— Me estás dando alcohol, ¿verdad? —acusó, fulminando a su compañero con la mirada. Manigoldo no sabía si reírse o si seguir con la broma, no pensaba que había sido tan obvio. Al final, decidió por rendirse. Una broma no valía el precio de unas rosas pirañas.
— Si no quieres, no bebas. Más para mí —bufó. Estirando el brazo para tomar el vaso de su compañero. Pero la sorpresa detuvo sus movimientos... Albafika estaba bebiendo del vino.
— Con la cantidad de veneno en mi sangre, dudo que esto pueda afectarme. —Se excusó encogiéndose de hombros —. ¿Qué? ¿Acaso pensabas que te iba a dejar beber todo para luego tener que cargarte? ¡Claro que no!
— Oye...- contesto burlón —. Detecto un poco de sarcasmo en tus palabras... ¿Así que el alcohol no te afecta?
— No lo sé con seguridad —lo cortó.
— ¿Y no quieres averiguarlo con una competencia de tragos? —desafió divertido, sirviendo el bordó liquido en su vaso.
— No.
— ¡Qué aguafiestas! —masculló, dejando la botella en la mesa.
— Corrección, "envenena-fiestas" —comentó inmutable, dando otro sorbo.
— ¡Sabes bromear! —dijo entre carcajadas—. ¡Mierda, estás lleno de sorpresas!
Albafika respondió al comentario con una sonrisa ladina, jactándose de su compañero y luego, ambos se enfocaron en la comida. Cierto era que estaban hambrientos.
— Tenías razón, esto es delicioso —Comentó piscis.
— Sí. —contestó con la boca aún llena—. Pero no se compara a los que hacía mi madre… —lanzó con nostalgia y continuó comiendo. Haciendo de cuenta que no había dicho nada importante. Albafika se quedó viéndolo, con algo de pena.
— ¡Deja de hacer eso! ¡No soy un estúpido animal herido! —agregó.
Piscis desvió la vista, pensando con qué llenar el incómodo momento. Segundo después, habló:
— ¿Alguna información de ese "cura"?
Manigoldo sonrió sardónicamente y luego de vaciar su vaso, contestó.
— Mañana, Albita, es domingo de misa.
Piscis no necesitó más información. Franccesco sería el párroco que daría esa misa.
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Notas de la autora:
¿Vieron que cumplí? :D *La tomatean*
Aysh, es que a este fic lo amo tanto que lo odio :'v (?)
Finalmente, les develé quién era Gioachina (les había dicho que había aparecido en el animé). Me inspiré en la chica que Manigoldo trata de salvar en Yomotsu, para hacer todo más sad y hacerlos sufrir, porque me encanta c: *maniática risa* (?)
Manigoldo en italiano significa canalla, ladronzuelo... de ahí que Mani toma el apodo.
Creo que no tengo mucho más que aclarar. AH, SÍ. La idea de que a Alba no le afecta el alcohol (o al menos, lo pone en duda) vino de un fic de Forgotten Cross "Midnight tip". En mi fic Albagasha"In spite of all the danger" en un capítulo mencioné que Alba había probado el vino "por culpa de una broma de Manigoldo", solo no mencioné que la broma no le había salido del todo bien xD
En cuanto al "humor" de Albafika, aquí empiezan los atisbos que desembocaron en la broma a Agasha en "My valentine" xD (Alba, no eres gracioso, eres creepy. Como comediante te mueres de hambre :v )
Ando preparando cosas muy lindas para ustedes, sobretodo para los fans del Albagasha…
Si quieren ver de qué hablo, busquen "Erikawaii95" en facebook y sigan mi página :3 Ahí estoy subiendo mis novedades fanfickeras y de otras índoles.
Espero que el capítulo valiera la espera (¿really Erika? ¿última actualización en octubre del año pasado? e_é)… SE VIENE EL QUILOOOOMBOOOOO (?
Ahora que terminé con lo del pasado de Mani, se viene lo que todos queremos… ¡VENDETTA! Créanme, que ahora todo va a ser más fácil, rápido y eso :3
¡Espero sus bellas reviews! Y si no entendieron algo ¡pregunten! n.n
