Disclaimer: Nada es mío, no gano nada con esto y todo pertenece al señor George R.R. Martin, hasta nuestras lágrimas.

Notas:

Direwolf86: Aquí hay más Cenicienta, espero que te divierta.

Ana Paola: ¡Totalmente! De hecho, iban a llamarse Katniss y Peeta llanamente pero pensé que tendría que añadirle más etiquetas y disclaimers y me dio flojera, pero son ellos. ¡Todos los amamos!

El príncipe Orys y la zapatilla de Lannisport

Cap.2

En Lannisport, los Lanntell eran una familia que a pesar de su parentesco con los Lannister había caído en desgracia por haber llevado muy buenas relaciones con la última amante de Lord Tytos, la que tanto detestaba Lord Tywin. Fue el difunto Lord el que hizo pagar a los Lantell su desgraciada amistad. Fueron despojados de todo título y tierras, por lo que se vieron obligados a dedicarse al comercio, algo deshonroso para una familia noble.

El último de los Lantell, a pesar de su nombre, había tenido que abrirse paso él solo, haciéndose comerciante. La guerra de los cinco reyes casi lo mata de hambre. En esos años, se salvó de servir como soldado gracias a su debilidad física y pierna mala. En esos años encontró refugio con un viejo pescador que le enseñó su oficio. Se casó con su hija. Cuando llegaron los tiempos de paz, Lantell regresó al trabajo, primero como ayudante en un barco y después, cuando las ciudades del reino del Este comenzaron a producir mercancías y abrir sus puertos al comercio, ahorró lo suficiente vendiendo en el mercado de Lannisport lo que lograba traer de sus viajes en pequeños empaques que llevaba encima. En cuestión de pocos años, Lantell logró comprarse un barco propio y una mansión.

Desgraciadamente, su esposa no disfrutó de los tiempos de bonanza durante mucho tiempo. Apenas habían ocupado una bella mansión en Lannisport cuando la mujer enfermó y presintiendo su próximo fin, llamó a su única hijita y le dijo: "Hija mía, sigue siendo siempre buena y piadosa, y los siete cuidarán de ti. Yo velaré por ti con permiso del desconocido y me tendrás siempre a tu lado." Y, cerrando los ojos, murió.

La muchachita iba todos los días a la tumba de su madre a llorar, y siguió siendo buena y piadosa. La mujer murió durante los últimos años del invierno y sólo hacía poco, al llegar la primavera, la pobre huérfana había podido depositar flores sobre la tumba de su madre.

El último Lantell contrajo matrimonio de nuevo. La segunda mujer llevó a casa dos hijas. Eran bonitas, claro, pero malvadas y muy difíciles de complacer. No se llevaron bien con Cinella. Desde el primer día en que llegaron a la mansión de Lannisport se quejaron con su madre. Su padre había sido un caballero que había muerto en la batalla de Aguasnegras y eso las hacía sentir importantes. Cuando veían a la hija del comerciante, no le encontraban nada que propiciara afecto. A menudo decían a su madre: "¿Esta estúpida tiene que estar en la sala con nosotras?" o "Si quiere comer pan, que se lo gane. ¡Fuera, a la cocina!"

Con la esperanza de que complaciendo a sus hijastras éstas fueran más amables con Cinella, el viejo Lantell procuraba ser atento con ellas. Fue así que en un viaje a Desembarco del Rey, les preguntó qué querían que les trajera a su regreso. Las hijastras pidieron vestidos nuevos, abanicos, zapatos y alhajas, cuando llegó el turno de Cinella, ella le dijo:

―Padre, ya que al fin ha llegado la primavera, me gustaría que me trajeras la ramita del primer árbol que toque tu capa al emprender tu regreso.

El viejo Lantell hizo su viaje a Desembarco del Rey donde logró un buen precio por las mercancías que había comprado en el Este y al regresar una rama de avellano golpeó la punta de su capucha, con lo que recordó lo que le había prometido a su hija. Entonces cortó un brote de avellano y se lo llevó a Cinella, que lo plantó en la tumba de su madre, de donde surgió muy pronto un árbol alto y, aunque delgado, fuerte.

No obstante, sucedió que el padre de Cinella enfermó, de lo que los maestres llamaron un "brote colérico", y perdió toda capacidad de moverse, dando signos de vida sólo al respirar. Cinella se convirtió en su enfermera y cuidadora, ya que tan pronto los maestres cruzaron la puerta de la antigua mansión su madrastra y hermanastras despidieron a la servidumbre y se repartieron todo lo que encontraron en el lugar, incluyendo los vestidos y zapatos de Cinella, a quien le dieron unos suecos de madera y un vestido viejo en su lugar.

No les importaba Lantell, en cambio, se divertían mucho burlándose de Cinella:"¡Mira la orgullosa princesa, emparentada con los altísimos Lannister, hasta con el bastardo de Desembarco del Rey, y sin embargo, mira qué compuesta!"

Al haber despedido a la servidumbre, sólo quedaba ella para hacer todas las labores.

Todos los días se levantaba al amanecer, iba por agua, encendía el fuego, preparaba la comida y lavaba la ropa. No sólo se quedaba porque no tuviera adónde ir, también lo hacía por su padre, ya que dependía completamente de ella. Como las hermanastras sabían que Cinella no se separaría voluntariamente de su padre, se divertían inventando nuevas formas de someterla a todas las mortificaciones imaginables. Se burlaban de ella, le esparcían guisantes y lentejas que usaba para cocinar entre la ceniza para que tuviera que pasarse horas recogiéndolas. Al llegar la noche, Cinella estaba rendida, pero en lugar de irse a dormir en un lecho de plumas, como sus hermanastras, tenía que hacerlo entre las cenizas de la chimenea, con lo que despertaba cubierta de polvo. Sus hermanastras pronto le encontraron nuevos apodos: Cenicienta o Lady Ceniza, aunque les gustaba más el primero.

Cuando el cansancio no lograba vencerla, Cinella iba a visitar la tumba de su madre. Ahí lloraba o reía cuando sus hermanastras se adornaban para ver pasar al joven Lord Gerion sin que éste volteara a verlas. Las muy ingenuas creían que el joven Lord se fijaría en ellas y caería enamorado de alguna a primera vista. Todo Lannisport sabía que Lord Gerion quería casarse con una de las princesas, pero Cinella no decía nada frente a sus hermanastras, en cambio se divertía contándole al grupo de ratones que había adoptado como mascotas todas las cosas que las malvadas habían intentado hacer durante la mañana en que el joven Lord se dirigía a las minas en compañía del enano.

― ¡Las hubieran visto, pequeños, parecían polvorones decorados! Apenas había salido el sol y ya estaban esperando en el camino por el joven Lord. ¡Como si su belleza fuera a desarmar a toda la escolta de soldados!

Los ratones no le respondían pero le hacían compañía durante todo el día. Cuando tenía tiempo de sobra llegaba a visitar la tumba de su madre hasta tres veces en un día.

Cuando lo hacía, un pajarito blanco se posaba en la rama y un día Cinella descubrió que cuando le pedía algo, él se lo echaba desde arriba.

Su madrastra sólo la dejaba comer las sobras de la comida, por lo que siempre estaba fantaseando con los dulces y panecillos que comía en su niñez. A veces se atrevía a pedirle alguna golosina al pajarito blanco y de repente le caían naranjas y frutos rojos que sabían a gloria.

Cinella se convirtió en una doncella dulce, trabajadora y resignada, aunque se permitía reírse a costa de sus hermanastras sólo para mantener los días interesantes.

En un día especialmente agotador, encontró a sus hermanastras alborotadas por la próxima visita de los reyes y sus hijos, especialmente del príncipe Orys, que era el único soltero. Ese par de bobas creía que en cuanto viera a alguna de ellas caería rendido a sus pies.

Al menos tenían la cortesía de hacerla reír con sus ocurrencias.

En todo Lannisport se hablaba de la boda de la hija menor de Lord Tyrion. Se decía que si la fiesta por la boda de las gemelas había sido espectacular, llena de bardos, juglares, acrobacias, música, comida y bebida para todo el pueblo, la fiesta de la hija menor sería aún mejor. Ya se comentaba lo que preparaba Lady Sansa.

El día en que cruzaron las fronteras los integrantes de la comitiva real todo Lannisport se llenó de vida. Cinella estaba en el mercado después de haber pasado agotadoras horas trabajando en los peinados altos y complicados que sus hermanastras le exigían para estar a la par de las damas de Desembarco del Rey, aunque era conocido que la reina y las princesas usaban peinados o trenzas sencillos al estilo norteño. Cinella obedeció y les dio gusto. Parecían pasteles, pero ellas estaban contentas y con eso pudo estar en paz un tiempo.

Todo el pueblo se arremolinó a los costados del camino Real para ver pasar al Rey Herrero, su esposa e hijos, pero Cinella no tenía tiempo que perder. Aunque se muriera de curiosidad por ver a la familia real, debía tener lista la comida en cuanto sus hermanastras cruzaran la puerta de regreso. Ya tendría tiempo de ver algo de las fiestas, que se creía que durarían tres días, pero debía cumplir con sus deberes primero.

El primer día de los festejos comenzaría con el desayuno donde se ofrecían regalos, luego vendría la boda y el encamamiento y a la mañana siguiente, habría un festín para los recién casados. Lady Sansa había sido muy generosa con las invitaciones, incluso los habían invitado a ellos, por el antiguo parentesco. Fue entonces que Cinella reparó en lo que sus hermanastras olvidaban: la que tenía parentesco, aunque lejano, con los Lannister de la Roca era ella. ¿Por qué no podía ir ella a las fiestas?

Con algo de timidez, pero mucha decisión, se plantó frente a su madrastra y le pidió permiso para acompañarlas. La mujer soltó una carcajada:

― ¿Tú, la Cenicienta, cubierta de polvo y porquería, pretendes ir a la fiesta? No tienes vestido ni zapatos, ¿y quieres bailar?

―Sí, quiero bailar y no causaré ninguna molestia porque el vestido puedo hacerlo yo misma.

Como la madrastra la vio tan decidida decidió ponerle una trampa y le dijo:

― Bien, si quieres ir tendrás que trabajar un poco al menos, te he echado un plato de lentejas en la ceniza, si las recoges en dos horas, te dejaré ir.

― Sí, lo haré. Sólo quiero ver los estandartes y escuchar a los bardos, no causaré molestias, lo prometo.

Y salió muy contenta porque su madrastra no sabía que había aprendido un truco para recoger lentejas con más rapidez. Al llegar a la chimenea exclamó:

"¡Palomitas mansas, tortolillas y avecillas todas del cielo, vengan a ayudarme a recoger lentejas!

Las buenas, en el pucherito;

las malas, en el buchecito."

Y de golpe acudieron dos palomas a la ventana de las cocinas, luego llegaron algunas tórtolas y otras avecitas pardas que con toda rapidez separaron las lentejas y las pusieron en un plato. No tardaron más de un hora, entonces Cinella llevó el plato a su madrastra, creyendo que la dejaría ir al desayuno de los presentes, pero en lugar de eso, ella le dijo:

― No, Cenicienta, no tienes vestidos y no puedes bailar. Todos se burlarían de ti― eso fue demasiado para Cinella que le explicó que podría arreglar algún vestido descartado de su madre para estar presentable si le diera tiempo. Entonces su madrastra le dijo:

― Si tan sólo tuvieras tiempo, pero ahora debes limpiar dos fuentes llenas de lentejas que echaré en la ceniza en menos de una hora y no creo que puedas hacer ningún trabajo de costura entonces― Ella pensaba que no podría hacerlo, pero Cinella tenía buenas amistades y en media hora regresó con la tarea terminada. La madrastra enfureció y por fin le dijo:

― Todo es inútil. No vendrás, no tienes vestidos ni sabes bailar, nos darías vergüenza― le volvió la espalda y se fue rumbo a los festejos con sus dos orgullosas hijas.

Cinella estaba devastada. No estaba interesada en ver al príncipe como sus hermanastras que había hablado sin parar de lo alto, guapo y fuerte que parecía y en las miradas que juraban que les había dirigido. Sólo quería bailar, escuchar música, comer y beber algo mejor que las sobras de lo que ella misma podía cosechar y cocinar.

Ya que no había nadie en casa, se dirigió a atender a su padre, que mantenía su mirada en las vigas del techo, sin hacer movimiento alguno. Después de procurarle los cuidados del día, se dio cuenta de que el día aún era joven, tal vez no habrían entregado los regalos aún y se le ocurrió pedir un poco de ayuda una vez más. Entonces fue a la tumba de su madre y tentando su suerte se sentó bajo la sombra del avellano y suplicó:

― ¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y más cosas!

No sabía exactamente qué pedir, así que dijo lo que se le ocurrió. Para su sorpresa, apareció un pajarito con un vestido color azul, de largas y amplias mangas bordadas en plata y unas zapatillas con adornos de cristal. Entonces se dirigió a toda prisa al castillo junto al mar. Había gente por todos lados, le fue casi imposible atravesar las multitudes, pero el hambre que la hacían pasar sus hermanastras la había dejado muy delgada y logró escabullirse entre la gente con facilidad hasta el contingente de soldados que se encontraba en la entrada principal.

La entrada parecía aterradora. El puente se había bajado para que asistieran como testigos todos los que quisieran ver a la familia Lannister despedir a su última hija. Las puertas labradas en forma de fauces de león eran gigantescas, mucho más conforme se acercaba a ellas, cuando las atravesó tuvo la sensación de haber sido devorada y encontrarse en el estómago de un gran animal salvaje, pero lo que vio adentro fue digno de una fábula, había malabaristas por doquier, bailarinas de las islas de verano vestidas con plumas de colores, estandartes con el ciervo coronado del rey, el lobo huargo de la reina y Lady Lannister, y leones por doquier, también barcos y cebollas. Cinella se llevó un susto cuando casi se tropieza contra una enorme marioneta, o eso pensó que era cuando descubrió que debía ser un hombre montado en zancos y cubierto de un traje cosido a la imagen de una foca. A su alrededor, bailaban doncellas con vestidos parecidos a las de una sirena que repartían guirnaldas de flores a los invitados. ¡Había flores por doquier!

Los festejos para la gente común se llevarían a cabo en uno de los jardines exteriores y Cinella estaba lista para dirigirse ahí hasta que vislumbro algo maravilloso en el patio central, donde seguramente estaría la gente importante: ¡Sirvientes cargando gigantescas fuentes repletas de fruta y golosinas de todos los colores inimaginables!

Se le hizo agua la boca y decidió arriesgarse. Se presentó ante uno de los guardias y haciendo una reverencia le aseguró que era una de las damas de las princesas, que había ido a hacer un encargo pero sus señoras la esperaban en la mesa principal.

Los guardias la revisaron de arriba abajo y como supusieron que una dama sin importancia no tendría un vestido tan elegante la dejaron pasar.

En el centro del patio principal se había instalado un pequeño lago artificial para la escenificación de una batalla naval en miniatura. Había acróbatas disfrazados con elaborados trajes que los hacían parecer peces y sirvientes con charolas repletas de bocadillos. Cinella atrapó al primero que vio y tomó en la mano todos los bocados que pudo. Entonces encontró las fuentes que había visto antes. Había docenas de mesas de todos los tamaños cubiertas de cosas maravillosas. Cinella se abalanzó sobre ellas. Encontró ciruelas rellenas de crema dulce y uvas cubiertas de capas de queso y nueces molidas, montañas de panecillos dulces adornados con caracoles de betún y vino fluyendo como agua. ¡Había pasteles de limón por doquier, era increíble!

Sin querer parecer desesperada, se llevó al menos dos bocadillos de cada fuente a la boca, apenas si podía masticarlo todo. Alcanzó a uno de los sirvientes que llevaba el vino y se pasó lo que pudo un trago. En otra mesa encontró mariscos, ostras, ostiones, camarones y pequeñas tartas hechas de pescado cubierto de queso. Justo cuando saboreaba el pescado capeado vio una mesa completamente dedicada a todos los quesos que pudiera imaginarse, cubiertos de racimos de uvas y flores que comprobó que no eran naturales, sino trozos modelados de una mezcla agridulce que se derretían en la boca al probarlas. Tomó más vino para limpiarse el paladar y siguió comiendo lo que podía. ¡Estaba delicioso! Comió un poco de jamón en miel y limón y se aprovisionó de una ración de bocados horneados cuando vio al otro lado del salón una mesa llena de bebidas de todos colores en copas de cristal modelado de Mereen. ¿Qué podían ser? Y se dirigió hasta ellas.

Tenía la mano llena de pequeños panes de queso y cebolla en forma de barcos y nudos cuando su camino se vio interrumpido de golpe. Un caballero se le atravesó y la pobre Cinella se dio un buen golpe en la frente contra el pecho del desconocido y soltó sus panecillos por la sorpresa. Era muy alto, joven, con cabello negro y ojos azules. Primero verificó que sus panecillos estuvieran perdidos y luego miró al culpable. Cinella se hubiera detenido a admirarlo si no fuera por la pérdida de sus bocadillos. Estaban tan buenos que la pobre emitió un gemido de pérdida y exclamó:

― ¡Grandísimo torpe, estaban deliciosos!

―No se preocupe, hay más― le dijo él. Iba afeitado y tenía una quijada cuadrada a la que le quedaba muy bien una gran sonrisa ―Tal vez pueda compensárselo, ¿le gusta bailar?

― ¡Que si me gusta, me encanta!― Y Cinella se unió a las filas de bailarines que brincoteaban a ambos flancos de la mesa principal. No tenía curiosidad por ver a Lord Tyrion, lo había visto muchas veces y también a Lady Sansa, ya sabía que era bellísima y muy elegante. Los había visto pasar a caballo o en litera varias veces. Le daba curiosidad ver al rey Gendry y a la reina Arya, se decía que ella siempre estaba blanca como la nieve y que él no sólo era fuerte como sus hijos sino que también tenía un brazo más musculoso que el otro por haber sido herrero y una frondosa barba color negro, como el carbón, pero ya tendría tiempo después, cuando comenzaran los regalos. Por el momento, sólo quería bailar y ese joven era excelente bailarín, también era muy amable, ya que sólo sonrió y no le dio importancia a los pequeños errores en el compás que ella cometió a falta de práctica. Hacía mucho que no bailaba.

Se terminó el compás, pero su compañero hizo una seña y los músicos entonaron otra canción y después otra. En algún momento se acercó una joven bellísima, probablemente su hermana, ya que se parecían mucho, sólo que ella tenía la cara alargada, y le preguntó si dejaría que se entregaran los regalos de una vez, pero él le respondía:

―Después…

Pero siguió otra canción y él no daba señales de querer detenerse, fue entonces que el mismísimo Lord Tyrion apareció entre la multitud seguido del joven Lord Gerion y le dijo a su compañero de baile:

―Vamos muchacho, ya habrá más fiesta para que bailes, ahora es momento de que un montón de idiotas intenten lucirse entregándole regalos bonitos e inútiles a mi hija.

―Pero, tío, verás…

―O al menos ten la cortesía de bailar con una que otra dama diferente antes de seguir con tu pequeño cortejo.

―De ninguna manera, ésta es mi pareja…

Pero no había terminado de decir lo último cuando la dama desapareció y Lord Tyrion llamó con las palmas a la muchedumbre.

―Muy bien, ahora sí, es tiempo de los presentes y más vale que sean buenos― con una palmada en la espalda empujo a su sobrino Orys y le dijo ― tranquilo muchacho, seguro la verás mañana en la boda y con un poco de suerte y vino puede que hasta averigües su nombre.

Orys vio a la joven escurrirse entre la gente y sin poder contenerse fue tras ella. Frustrados, Tyrion y Gerion regresaron a la mesa principal donde ocuparon sus lugares de honor junto al rey y la reina. Gendry estaba distraído, miraba entre la multitud como si esperara a alguien mientras Arya pasaba el tiempo deslizando pedazos de comida bajo la mesa para dárselos a Nymeria, que estaba sentada servilmente junto a ella.

"¿No estás aburrida?" le preguntó Gendry a Arya en cuanto tuvieron un respiro entre regalo ridículo y otro regalo más ridículo aún… ¿quién necesita vajilla incrustada con perlas? Es absurdo, la vajilla se usa para comer, no para deslumbrar a un septón.

―Claro que lo estoy, pero ahora viene los regalos de Caeta, Yoren y Alerie, no queremos que parezca que nos importa un cuerno.

―Pero nos importa un cuerno.

―Lo sé, pero no quiero decepcionar a Sansa, ve todo el trabajo que ha hecho, para ella es muy importante, al menos hasta que se case su niño dorado. El pequeño león dorado Lannister que siempre quiso.

―Bien, estás molesta.

―Estoy irritada nada más, todo estos idiotas hacen chistes soeces de mi hermana y su esposo a sus espaldas, igual que de ti y de mí, pero debemos aguantarlos.

― ¿Por qué?

―Mi padre diría que por deber.

―Bien, pero Orys desapreció y eso me preocupa.

―Lo sé, a mí también, por lo general él es el perseguido, no al revés. ¿Quién era esa muchacha, la viste?

―No, lo vi bailar como un idiota alrededor de ella, pero no la vi bien, tenía un vestido azul.

― ¿Significará algo?

―No lo sé, tú eres la que tuviste un maestre, no yo.

―No me lo recuerdes, debí ponerle más atención al maestre Lewin cuando pude.

Arya se entristeció al recordar a su antiguo maestre y Gendry tomó su mano bajo la mesa. Sabía que recordar le hacía daño, entonces decidió interrumpir para entregar su regalo, desafortunadamente, la mitad de sus hijos había desaparecido, Ned debía haber llegado ya, lo había prometido pero tal vez Tamina lo había retenido en los Jardines de Agua de Dorne, Orys estaba desaparecido y sólo quedaban Yoren, su esposa y Elenei, que se apresuró a presentar una armadura recién forjada para el novio y un juego de collar y diadema para la novia, hecha con plata y pequeñas incrustaciones de granate.

Marla estaba radiante de felicidad, con cada regalo le daba un beso en la mejilla a su padre. Lord Tyrion se veía melancólico y había comenzado con el vino temprano. "Es mi pequeña" se le había escuchado decir a su esposa, "parece que no ha pasado más de un minuto desde que era más pequeña que yo, la llevaba en volandas y le contaba historias sobre cómo escapé al Este y llegué a conocer a la reina Daenerys cuando amenazaban con devorarme animales salvajes en una gran arena". Sansa también estaba triste, pero Marla intentaba consolarlos a ambos con abrazos y comentarios risueños. Insistía en que no la perderían, sólo la verían más feliz todos los días.

Habría que ver la cantidad de relicarios, espadas, dagas y copas que se apilaron, mientras que el príncipe Orys buscaba a su compañera de baile y Caeta lo perseguía para que regresara a la ceremonia.

― No entiendes, necesito encontrarla.

― Basta, se fue. No te preocupes, volverá, tal vez se aburrió. Sólo los dioses saben lo aburrida que estoy yo―insistió Caeta, aunque la sensación de ser observada la hacía sentir confusa.

La celebración de las bodas continuó. A regañadientes, Orys volvió a las fiestas mientras Cinella regresaba a la mansión antes que sus hermanastras y madrastra. Al parecer, estaban tan atrás den las filas de cortesanos que no lograron verla. ¡Gracias a los siete! Había estado bailando con el príncipe como una tonta sin saberlo. Al principio estaba asustada, como si hubiera cometido una fechoría, así que fue a la tumba de su madre donde colgó el vestido de la rama del avellano y enterró las zapatillas.

Cuando regresaron sus hermanastras se enteró de todos los regalos que había recibido la feliz pareja, lo hermosa que estaba Lady Sansa, cubierta de zafiros y colgantes de oro, también mencionaron que el rey y la reina no habían dejado de susurrarse al oído mientras que las princesas no eran tan elegantes como esperaban, apenas si la menor llevaba una pequeña tiara. Parecía que en Desembarco del Rey no se usaba el mismo lujo que antes, cuando su padre había combatido en la batalla de Aguasnegras… siguieron con esa perorata un rato pero Cinella no las estaba escuchando, al menos hasta que mencionaron la ceremonia que se llevaría a cabo en el septo de la Roca Casterly a la noche siguiente. Se planeaba todo un día de entretenimiento, una comida ligera previa a la boda, que se llevaría a cabo al atardecer y después el festín. Era demasiada tentación, Cinella recordaba a los acróbatas y esos bocadillos deliciosos que el príncipe la había hecho perder: ¡El príncipe!

Acongojada fue a ver a su padre. Él seguía en el mismo estado de siempre, su madrastra había estado administrándole remedios otra vez. Se apoyó contra su pecho como cuando era pequeña y le dijo:

― ¿Padre, tú crees que todos tenemos derecho a un poco de felicidad o que venimos a sufrir para ganarnos nuestro lugar en el otro mundo?

El anciano permaneció inmóvil. Entonces Cinella empezó a llorar. No pudo contenerse, había sido demasiado para un solo día, primero las lentejas, luego el vestido, los bocadillos, el baile y entonces… su padre movió un dedo. La felicidad la invadió y lo tomó como un regalo de los dioses. Sí qué tenía derecho a la esperanza, y también a la felicidad, aunque fuera pasajera. Sí que volvería, iría a ese festín y si era posible bailaría de nuevo con el príncipe, al menos hasta que se lo llevara una dama de cuna más noble y mucho más rica o una princesa extranjera. Sólo un poco.

Esa noche se fue a dormir entre las cenizas con el estómago lleno y una sonrisa en los labios.