Disclaimer: Nada es mío, todo es de George R.R. Martin.

Notas:

Clara.- Oh, lo siento, había olvidado que hay una división entre lo shippers de Katniss/Peeta y Katnnis/Gale, lo que es completamente comprensible. En lo personal, me sentí inclinada hacia la causa de Peeta en el tercer libro, pero entiendo a los que prefieren a Gale. No obstante, debería advertir que esta historia incluirá un caso de Caeta/Gerión. Afortunadamente, los nombres se han cambiado y todos somos libres de imaginar a los personajes en la forma que queremos. Espero que les guste! Saludos.

El príncipe Orys y la zapatilla bordada de Lannisport

(Para Direwolf86)

Cap.3

El segundo día de celebración, el más importante, comenzó temprano. Había bailarinas y sirvientes repartiendo regalos por todo Lannisport. Coronas y collares de flores, pan horneado y pequeñas bolsas de satén bordadas repletas de hierbas aromáticas y algunas monedas de oro. Cinella estaba atendiendo sus obligaciones, como siempre, desde el amanecer.

Recogió los vestidos que habían usado sus hermanastras el día anterior, los lavó con todo cuidado y los puso a secar. Después preparó la comida y comenzó a trabajar en las elaboradas trenzas que le pedían sus hermanastras:

― Así lo usan en Desembarco del Rey.

O al menos eso le habían explicado sus hermanastras después de ver a la reina Arya y sus hijas. Cuando tocaron las campanas se supo que la procesión al septo se anunciaba y la madrastra y hermanastra se prepararon para asistir a las fiestas. Cuando se marcharon y dejaron a Cinella usando los suecos y el vestido de siempre, no se imaginaban que ella sólo estaba esperando que se alejaran para echar a correr a la tumba de su madre.

Una vez en el avellano, elevó una plegaria hacia la Madre y cuando apareció el pajarito blanco le pidió lo mismo de siempre. Esta vez le lanzó un vestido de mangas ajustadas pero de una tela iridiscente que oscilaba entre el dorado y el azul, con un cinto de diamantes muy delgado para la cintura. No necesitaba más adorno, pero también se encontró con unas delicadas zapatillas de satén casi transparente bordadas en cristal. Nunca había visto algo así. Se las puso casi con miedo, como si temiera romperlas pero al probárselas le quedaron perfectas: ¡Las habían hecho para ella!

No tuvo dificultad en llegar hasta el lugar de la ceremonia. La multitud la guiaba.

Lord Tyrion y Lady Sansa iban en una litera, pero la novia iba a pie, resplandeciente, casi bailando en lugar de caminar. Su cabello dorado flotaba con cada salto y cada inclinación que hacía al recibir un atajo de flores de los pobladores de Lannisport. Estaba rodeada de sus damas de compañía que llevaban vestidos color púrpura y guirnaldas de rosas rojas y violetas sobre la cabeza. Frente a la familia iba el comité del rey. El rey Gendry en verdad era impresionante, se veía muy fuerte, aunque malhumorado, como siempre vestía de negro y se veía pensativo, también ceñía el entrecejo como si le doliera estar pensando en algo mientras que la reina Arya cabalgaba a su paso, con un vestido color gris y una discreta corona de plata con un lobo de ojos rojos. Las princesas vestían de color gris, y entre ellas, iban los príncipes, la esposa del príncipe Yoren usaba un vestido color rosa y una guirnalda de flores naturales, nomeolvides y nubes, sobre una larga trenza color trigo, el príncipe se veía serio. A su lado, el príncipe Orys, que había sido su compañero de baile parecía alarmado y miraba hacia todos lados, como si temiera algo. ¿O acaso la esperaba a ella? No quiso hacerse ilusiones, en cambio, se dirigió con el resto de la multitud al septo.

Con la misma excusa que la vez anterior logró entrar y logró ubicar entre la multitud al famoso Ser Davos, el caballero de la cebollas y al mismísimo Lord Tyion, parado uno junto al otro, cuando los novios unieron sus manos. Le costó trabajo identificar a Ser Davos, parecía un hombre normal, mientras que Lord Tyrion sí que era diferente, era pequeño y tenía una barba oscura con hebras grises a contraste con su cabello rubio, pero no era el monstruo del que siempre se hablaba. Cinella ya lo había visto antes, cuando visitaba el pueblo y ella se encontraba en el mercado. Recordaba la primera vez que lo vio y la decepción que se llevó al ver que se trataba de un hombre normal. Era muy pequeño, pero era normal, nada parecido al monstruo de la Roca que se decía que había matado a su sobrino y a su padre para raptar a su esposa, la princesa del norte. Había flores por doquier y el aire olía a jazmín y gardenias.

Lord Tyrion llevaba un jubón de piel color rojo oscuro y Lady Sansa estaba más bella que nunca vestida de color gris liláceo, aunque en un tono más oscuro al de su hermana, la reina, y sí que llevaba joyas. ¡Qué collar tan espléndido! ¿Eran amatistas? No sabría decirlo, nunca se había fijado mucho en las joyas, aunque las había escuchado nombrar. Sus hermanastras estaban obsesionadas con ellas.

Entonces llegó el intercambio de capas y la joven pareja nombró a cada uno de los siete y unió sus manos. Al anochecer, cuando se bajó el puente sobre el foso y comenzó el festín, Cinella se deslizó por la entrada de la fortaleza como había hecho antes y se confundió en la multitud. El salón estaba iluminado por velas y en el centro, se levantaba una gigantesca tarta de bodas, de cinco pisos, completamente decorada con caracoles, algas y tridentes. Se decía que el mismo Lord Gerion había ayudado a decorar el pastel. Marla Lannister era la joya preferida de la Roca y todos sus habitantes harían cualquier cosa por complacerla. A ese grupo, acababa de unirse Steffon Seaworth.

El ambiente en el patio central era festivo, por decir lo menos, y Cinella estaba a punto de ponerle las manos encima a un pedazo de esa deliciosa y gigantesca tarta que se imponía en la mesa principal cuando sintió una mano que la detenía. Al principio se aterró pensando que sería su madrastra, pero al volver la mirada se encontró con el príncipe Orys, que la arrastró hacia la fila de bailarines y comenzó a guiarle el paso, le decía una cantidad de cosas que ella no estaba escuchando por terror a que su madrastra o hermanastras la vieran, pero cuando las ubicó en una de las últimas mesas del salón, no la reconocieron. Claro que no, ¿cómo podrían? Estaban muy acostumbradas a verla en harapos y llena de ceniza. Entonces por fin pudo olvidarse de ellas y bailar feliz con el príncipe, que insistía en saber su nombre. No se le ocurrió otra cosa que "Cenicienta", no pudo inventar algo, entonces usó el apodo que tanto la molestaba pero que en labios de su alegre compañero hasta sonaba un apodo de cariño. Había dos filas de bailarines y con cada compás, las parejas se separaban y después de un momento volvían a verse sólo para tocarse las palmas de las manos en el movimiento siguiente. El príncipe estaba deseoso de saber de dónde venía, cómo podía encontrarla y preguntaba tanto que para ella era fácil dejarlo con la pregunta sin responder en la boca cada vez que daban una vuelta, hasta que de repente la fila opuesta avanzaba y el compañero cambiaba por unos segundos. Cuando se reencontraba con el príncipe, éste ya le estaba preguntando algo completamente diferente. Cinella también aprovechaba cada cambio de turno en la fila de bailarines para atrapar a uno de los sirvientes y robarse una fruta rellena de las charolas de bocadillos. ¡No podía responderle al príncipe con la boca llena!

A diferencia de la tarde anterior, la fiesta de la boda no estaba repleta de acróbatas y bailarines exóticos. Al contrario, como único entretenimiento se contaban los bardos que entonaban canciones de fertilidad y romance acompañados de numerosos núsicos, como la que se decía que Tom Sietecuerdas había compuesto para el rey y la reina: "La dama del árbol". La comida era abundante pero el vestuario de las bailarinas se limitaban a simples túnicas color dorado pálido y guirnaldas hechas de rosas de color rojo oscuro y violetas.

Orys era feliz con su pareja. Ambos se reían de los chistes que el príncipe hacía a costa de sus hermanos y de la corte y Cinella bailaba con entusiasmo y alegría, como si fuera la última vez que podría bailar en toda su vida. Orys se sentía afligido por su delgadez, pero supuso que se debía a alguna enfermedad y no pudo evitar sentir una extraña necesidad de proteger a la joven. Nunca se había sentido importante o necesario por ser él mismo, hasta que la conoció a ella.

Bailaron toda la noche. Orys pidió que tocaran "La doncella del árbol" varias veces, y los músicos terminaron con "El oso y la doncella" y los "Tambores y viento". Entonces, la melodía cambió y comenzó "la sandalia de la reina", que indicaba que era hora del encamamiento. Lord Tyrion palideció y el joven Lord Gerion tomó su garrafa de vino y desapareció tras las puertas exteriores. El príncipe Orys se distrajo un segundo con el alboroto y Cinella aprovechó para escapar.

Orys intentó retenerla, jalando su mano a través de las filas de cortesanos que se atravesaban para llegar a la novia pero ella se soltó y huyó.

El príncipe estiró la mano y atrapó la suya pero una dama hizo una reverencia y lo distrajo. Las personas comenzaron a travesarse entre ellos conforme perseguían a la pareja que se aferraba a su ropa durante la ceremonia. Lord Tyrion había permanecido atrás, sentado en la mesa principal, igual que sus majestades. Hasta la loba de la reina se había quedado dormitando sobre sus cuartos traseros. Cinella hubiera querido quedarse, pero se imaginaba lo que diría su madrastra si confesara el haberse robado la atención del príncipe. No se podía arriesgar. Siguió corriendo.

No sabía bien hacia dónde iba. Corrió por los pasillos de la Roca Casterly, repleta de esquinas engañosas y gárgolas talladas en forma de seres fantásticos con cabeza y garras de león, pero también con alas como de dragón o de cuervo. No sabía hacia dónde ir. El príncipe la seguía. Lo había perdido gracias a la confusión de la gente durante el encamamiento, pero no duraría mucho.

El príncipe, con algo de retraso, la siguió. Llegaron hasta un corredor que desembocaba en una puerta. Cinella miró a su alrededor, buscando una salida. Entonces subió unas estrechas escaleras de madera hasta un palomar… y saltó.

La doncella desapareció en el palomar y Orys no podía comprenderlo. ¿Cómo?

El príncipe aguardó a que llegase su padre, y le dijo que la doncella forastera se había escondido en el palomar.

― Perdiste a una chica, qué desgracia, ahora ayúdame a buscar a tu madre.

―Pero… padre, es muy urgente. ¡Si saltó al palomar, debe seguir ahí!

Orys intentaba convencer a su padre pero Gendry estaba muy ocupado buscando a Arya y cuando la vio, en una de las mesas, sola sin Nymeria, pero en compañía de Ned Dayne, estuvo a punto de matar al Señor con un cuchillo de mantequilla. ¡Ese infeliz!

Mientras tanto, Orys seguía aferrándose a la manga de su padre: Era el rey, su padre, y sin embargo no le prestaba atención.

―Padre, por favor, esto es urgente― dijo Orys y sólo entonces Gendry lo miró. Parecía que era la primera vez que lo veía.

― Sí, ¿qué dices qué pasa? ― preguntó el rey, que no prestaba atención a la pareja recién casada ni a los invitados.

―Necesito tu ayuda― le dijo su hijo menor, a lo que Gendry respondió sin pensar:

―Bien, si dices que la muchacha saltó al palomar debe seguir ahí. Que tres guardias monten vigilancia para asegurarse de que no escape, ya después veremos cómo sacarla, pero ahora ayúdame a deshacerme de de Lord Dayne.

―¿Y qué recibo a cambio?―preguntó Orys.

― ¿Aparte de la gratitud de tu padre?.. está bien, sacaré a esa muchacha del palomar yo mismo y si no está tocaremos en todas las puertas de Lannisport hasta encontrarla. Te lo prometo.

― ¡Hecho!― le dijo su padre y Orys se puso a la obra.

La fiesta no había llegado a su fin y Orys se acercó hasta su madre, la reina Arya y Lord Dayne, que charlaban en la mesa principal y fingiendo locuacidad Orys logró arrastrar a Ned Dayne a una de las mesas inferiores con la excusa de una reunión de caballero. Lord Dayne no se veía contento pero tuvo que aceptar y cuando el príncipe lo retó a apurar una jarra de cerveza de un golpe y hasta el fondo, el sentido del honor le indicó que no podía negarse a un reto de su alteza sin parecer un cobarde. No había pasado más de media hora cuando Orys por fin logró tumbar a Lord Dayne en una competencia de bebida.

―Lord Dayne no se levantará en al menos otros dos días. Estás en deuda― le dijo Orys a Gendry y éste tuvo que admitirlo.

― Bien, ¿dónde dices que desapareció?― Orys le respondió que la había visto esconderse en el palomar. El rey se dirigió hasta ahí y cuando vio el lugar decidió algo. Pidió que le trajeran un hacha y un pico y él mismo derribó el palomar.

El ruido atrajo a Tyrion, que estaba realmente asombrado ante la visión del rey martillando su propiedad.

― ¡Bien, primero me roban una hija y ahora mi rey se ha vuelto loco! – exclamó Lord Tyrion. Cuando Gendry terminó, Orys descubrió con decepción que en su interior no había nadie.

No sabía qué hacer.

Arya apareció sin que la escucharan llegar y cuando vio el desastre que su esposo e hijo habían hecho soltó una carcajada.

― ¿Cómo creyeron que una persona iba a esconderse en un palomar y quedarse ahí?

― ¡Yo la vi saltar, madre!

Entonces Arya señaló un espacio detrás del palomar que habían destruido.

― No es posible que una persona escape por ahí, es demasiado pequeño ― dijo Orys, pero su madre lo hizo reparar en algo que no se le había ocurrido:

―¿Acaso estabas bailando con un gigante fornido?― Respondió Arya, y efectivamente tenía razón. Él no cabría, pero ella sí.

Había estado bailando con una joven pequeña y delgada que bien podría haberse escapado por el palomar, aunque hubiera sido una caída considerable, a menos claro que... se ayudara de la hiedra para bajar por el muro de la torre.

Cuando la madrastra y sus hijas llegaron a la mansión encontraron a Cinella dormida entre la ceniza, como siempre. Lo que la oscuridad le impidió ver a Orys fue que tal como suponía la reina, Cinella saltó por detrás del palomar y corrió hasta llegar a las tierras de la mansión, en la parte trasera se quitó su hermoso vestido y zapatillas y los depositó sobre la tumba de su madre, donde el pajarito se encargó de recogerlos.

De la doncella misteriosa, no había quedado rastro.