Disclaimer: Absolutamente nada es mío, todo pertenece a George R.R. Martin.

Dedicado con gran agradecimiento a Direwolf86

Cap. 4

Orys regresó a los pasillos, jardines recovecos y demás rincones oscuros de la Roca para seguir buscando a la doncella desconocida pero no la encontró. ¿Quién podría olvidar a alguien semejante? No era una belleza extraordinaria, como las esculturas de la reina dragón que se hacían con mármol de Astapor, pero era delicada, sincera y reía de una forma tan encantadora… ¡Por los Siete, cómo reía! Adentro de la gran Roca, con su entrada grabada en la piedra del risco con la forma de una gigantesca bocaza de león, la música seguía sonando, pero él tenía que encontrar a la bailarina desconocida…

Nada.

Atravesó las multitudes de soldados que festejaban en las carpas exteriores, se quitó a una o dos lavanderas de encima y siguió buscando a Cenicienta hasta que tuvo que aceptar que sería mala idea alejarse más del castillo sin escolta. Su ropa lo delataba, no podría hacerse pasar por un aldeano común si iba cubierto de tanto brocado.

Tuvo que regresar.

Ya resignado, volvió al palacio con la esperanza de encontrar un aliado, necesitaba a alguien sabio, como Ser Davos, pero ya se había retirado, después buscó a sus padres, pero Gendry y Arya se las habían arreglado para escapar. La tía Sansa también se había ido junto con el tío Tyrion.

Orys estaba desesperado, pero el tío Tyrion le inspiraba cierto temor muy saludable y no quisiera importunarlo, por alguna razón, cada vez que había ido de visita a la Roca, tenía la sensación de ser medido. Alguna vez, Tyrion le había dicho que le recordaba al difunto Rey Robert. Orys no sabía si era un halago o un insulto, casi no sabía nada de él, sólo lo que los maestres le habían enseñado. De pronto se sintió desgraciado. ¿Cómo se podía pasar de la felicidad absoluta a la más completa devastación? Si no temiera que alguno de sus hermanos lo estuviera observando se habría echado a llorar.

Entonces recordó a sus hermanos: ¡Claro, ellos sabrían qué hacer!

Debía buscar a sus hermanos, Yoren era el inteligente y Caeta la aguerrida, ellos sabrían qué hacer.

Como esperaba, habían regresado a sus habitaciones y Yoren acompañado de su esposa estaba a punto de despedirse de sus hermanas cuando Orys abrió la puerta de un azotón y lo arrastró al corredor jalándole del cuello de la túnica.

— Basta, ya tendrás el resto de tu vida para babearte sobre las gracias de tu mujer, a menos que te aplaste esa cabezota tuya con un martillo antes de que la dejes cargada — Alerie emitió un pequeño gemido de miedo, pero Cat la tranquilizó y le dijo que no se preocupara, que ella se haría cargo de regresar a su marido. Salió detrás de sus hermanos en compañía de Elenei que al igual que Yoren, no entendía qué pasaba

— ¿Qué pasa contigo? ¡Estás borracho! — preguntó Yoren, confundido, un momento reía con su esposa y al siguiente tenía a su hermanito menor gritándole en la cara.

— ¿La viste?

— ¿A quién, a Marla? Sí, estaba bonita y todo eso, fue una alegre ceremonia, ¿qué quieres que te diga?

— No a Marla, grandísimo idiota, a la joven con la que estaba bailando. Era una joven, de cabello castaño claro, con rasgos divinos, como una de las muñecas que solían hacer para Elenei, y bailaba… ¡Cómo bailaba! Estaba bailando con ella como si el mundo se fuera a acabar mañana y los dragones o los Otros nos fueran a devorar en cualquier momento cuando de repente…

— No sé de qué me hablas.

— Olvídalo, no me vas a servir de nada. Se supone que alguien tan listo como tú sabría cómo encontrar a un doncella desaparecida. ¿Dónde está Cat?

Caeta y Elenei apenas los alcanzaron al fondo del oscuro pasillo.

— Cat… por fin, ¿tú sí la viste?

— ¿A quién?— Cat había estado bailando con su hermana y con otros caballeros cuyos nombres no sabía. Había estado muy ocupada divirtiéndose como para vigilar a su hermano, pero entonces la delgada voz de Elenei salió del fondo del grupo:

— Yo sí la vi, tenía un vestido divino, ¿cómo podría no verlo? ¡El cinturón! ¡Qué destellos!

— Gracias a los antiguos y nuevos dioses que tengo una hermana con cabeza. Ven Eli, tú me puedes ayudar.

Pero de todos modos lo siguieron los tres, incluyendo a Yoren que no sabía de quién estaba hablando. ¿Una joven? ¿Cuál? Como todo enamorado él sólo sabía de su esposa, qué llevaba puesto y qué hacía. El resto del mundo le importaba un cuerno.

Elenei sugirió pedirle ayuda a sus padres, que para variar habían estado buscando la forma de escabullirse de la ceremonia y tener su propio encamamiento. ¡¿Acaso nunca se les pasaría?! Alguien debía detener a sus majestades.

Las capas doradas estaban apostadas en la puerta de las habitaciones designadas para sus majestades. Cuando vieron a los príncipes y princesas acercarse se miraron preguntándose si sería sabio interrumpir a su rey, que esa noche parecía estar de muy buen humor. No querían arruinarlo y pagar las consecuencias, pero tampoco podían negarle la entrada a sus altezas, así que se apartaron y permitieron que Orys atacara la puerta a golpes.

Tomó unos minutos para que el sonido del cerrojo les anunciara que podían entrar. Gendry no estaba feliz. ¿Habría un día en que esos niños los dejarán tranquilos? La habitación estaba oscuras a excepción de una vela encendida junto al lecho de plumas. En él, Arya permanecía apoyada en un gran cojín usando una gigantesca bata de lana que probablemente era de Gendry. A diferencia de su esposo, ella sonreía apenas un poco, aunque seguramente estaría divirtiéndose mucho en silencio ante la escandalosa interrupción de sus hijos. No obstante, parecía que Orys no estaba nada preocupado por irritar a sus padres, en especial cuando el problema de la doncella desaparecida tenía toda su atención.

— Padres, tenemos un problema. ¿Recuerdan que cuando Yoren y Ned se casaron ustedes dijeron que ya no tendrían que preocuparse por hacer alianzas?

Arya y Gendry se miraron con una gigantesca pregunta en la cara: "¿En qué nos metimos?"

—Pues bien — continuó Orys— Es su día de suerte, encontré a mi futura esposa, el problema es que después la perdí.

―¿Te refieres a la chica que creyeron que estaba escondida en el palomar que tu padre destruyó con un martillo? ― preguntó Arya sólo para poder molestar a Gendry con la repetición de ese absurdo episodio. Como esperaba, él se sonrojó hasta las orejas, en especial porque Arya sospechaba que algo había tenido que ver con la desaparición de Ned Dayne. En realidad, Arya encontraba al Lord muy aburrido. Repetía las mismas anécdotas una y otra vez, sin mencionar que la ponía al día con todos y cada uno de los detalles de todo lo que sucedía en las tierras dornienses, como si no tuviera suficiente de cosechas y tratos comerciales todos los días en la corte. Pero no podía evitar la tentación de enfurecer a Gendry, que de inmediato se sentaba en silencio con cara huraña a beber una copa tras otra hasta que tirando la silla se marchaba a pasos agigantados. En esta ocasión, Orys alejó a Ned por una razón y al poco rato lo vio dormido sobre la mesa. Gendry sonreía de nuevo, soltando carcajadas y tomándola de la mano, depositando pequeños besos sobre cada uno de sus nudillos, como hacía cuando estaba de buen humor.

Seguramente el asunto del palomar fue el pago que recibió Orys por deshacerse del pobre Ned. Arya estaba muy divertida con el asunto como para enojarse.

Los problemas que sus hijos consideraban de vida y muerte parecían tan sencillos que hasta la complacían. Su única esperanza desde que los parió fue que sobrevivieran al invierno, que nunca pasaran hambre, frío o miedo, que nunca estuvieran solos. Por eso, escuchar sus problemas le daba mucha satisfacción.

Desde que Arya quedó embarazada, en lo más crudo del invierno, solos, en una cabaña destartalada y derruida del norte, Gendry pensó que siempre se sentiría aterrorizado por ser padre. Nunca había tenido uno, lo más cercano que había conocido era el maestro Tobho. Sus oraciones al dios rojo siempre incluían las mismas peticiones, con la manos cerca del fuego suplicaba una y otra vez que sus hijos estuvieran a salvo de todos los terrores de la oscuridad, que nunca pasaran hambre o frío, que vivieran largas vidas.

Viéndolo en perspectiva, no se le ocurrió pedir paciencia para no sacarlos a patadas de su habitación. Una vez que pasó el peligro de perderlos en la más tierna infancia, quedaba el verlos crecer. La mayor parte del tiempo eran una fuente inagotable de alegría, risas, calor y orgullo… hasta que la locura se apoderaba de ellos y caían sobre él como si de una banda de maleantes se tratara.

De repente entraban en manada — justa comparación ya que eran mitad lobos— como una tromba en su estudio, en la sala del consejo, la del trono o su propia cama con cantidad de peleas, desacuerdos, historias que querían escuchar otra vez, anécdotas que querían contar antes que sus hermanos o grandes proyectos de viajes descabellados, fiestas, cacerías, visitas o lecciones nuevas para las que necesitaban un instructor nuevo que no fuera el Gran Maestre.

Por lo general, Arya encontraba divertida la locuacidad de sus hijos. Traerlos al mundo había sido más difícil, sangriento y doloroso que cualquier batalla de las que había visto y lo había hecho seis veces, sin perder a ninguno en el proceso. Al nacer Ned, no había tenido más ayuda que la de Gendry. Estaban solos, y ella recordó por primera vez en muchos años lo que sentía estar asustada. Temía morir sin volver a ver Invernalia o a sus hermanos y dejar a Gendry solo con el niño, también temía perder al bebé o morir ambos en el parto. Estaba delgada y a pesar de la cara de dureza con la que Gendry la sostenía mientras sufría los primeros dolores sabía que él estaba tanto o más asustado que ella. Cuando nació Ned y vio a Gendry sostener un pequeño bulto llorón cubierto de sangre y líquidos no podía creer que su cuerpo hubiera sido capaz de partirse en dos de esa manera, y eso que creía estar capacitada para resistir grandes dosis de dolor y esfuerzo. En cambio, cuando nacieron los menores, estaba rodeada de maestres, septas, y ancianas sabias. Cuando nació la más pequeña, la última, hasta su hermana, Sansa, había acudido a Desembarco del Rey para acompañarla. Estaba preparada, ya sabía a qué se enfrentaba, pero el temor a que no sobrevivieran seguía ahí. Todavía los primeros años se veían frágiles, como si fueran pollitos que podía tragarse el invierno. Creía que el temor desaparecería tan pronto cruzaran los límites de la edad adulta. El dolor de cabeza que significaba el establecerlos no se comparaba a la incertidumbre de los primeros años... pero tal vez estaba muy acostumbrada a ver peligros por doquier, porque no dejaba de preocuparse por ellos. El matrimonio de Robert Baratheon y Cersei Lannister había demostrado lo peligrosa que podía ser una unión desgraciada.

Cuando llegó el momento de contemplarlo, Arya intentó con todas sus fuerzas manejarlo como habría hecho su madre, Lady Catelyn, con paciencia. Le costaba un gran esfuerzo mantener un gesto de indiferencia hacia las fantasías absurdas de sus hijos. Cuando Ned cayó enamorado de la dorniense había hecho el ridículo hasta que afortunadamente le dieron su mano. Todo el asunto de la boda forzada y apresurada de Cassie había sido agotador y las intrigas de la novia falsa de Yoren lo habían desesperado al punto en que ella creyó que intentaría escapar a las ciudades libres o al reino del Este. ¿Acaso era tan difícil concertar un matrimonio prudente y adecuado? Lady Catelyn habría querido hacerlo para sus hijos. "Si así lo habría hecho mi madre, ¿por qué no logro hacerlo yo con mis hijos?"

Arya siempre había querido ser una madre como la que había sido Lady Catelyn, pero al final su propio temperamento la vencía y terminaba corriendo en pantalones con Cat trastabillando detrás de ella, igual de sucias y salvajes. Lo mismo Orys. Para su fortuna, Ned y Yoren eran responsables y tímidos, mientras que Elenei era callada y una dama tan lograda que hasta Sansa la elogiaba por su canto y sus tapices.

¿A quién engañaban? Si Orys quería casarse con una desconocida, lo haría. Si estaba casada, se desharían del marido y si era septa, la sacarían del septo.

― Gendry, Gendry, suelta al muchacho, lo vas a ahogar― dijo Arya sin abandonar su cómodo lugar en el lecho de plumas― Si tanto quieres casarte con la muchacha, cásate con ella― lo tranquilizó Arya.

― Pero no sé quién es ni dónde está.

―Busca una forma de ponerle una trampa para que no escape mañana, y en cuanto tengas algo, cualquier cosa para averiguar quién es, tu padre y yo te ayudaremos.

― ¿Yo también, por qué?― preguntó Gendry, azorado.

― Porque se lo debes a tu hijo… ¿o me equivoco?

Como seguramente Arya ya había descubierto que algo le había dicho a Orys para deshacerse de Ned Dayne, Gendry no tuvo otra opción que asentir con la cabeza y echando a su hijo fuera de la habitación tomándolo del cuello de la túnica le dijo:

― Tráeme una prueba, un collar, un anillo, un pedazo de cabello, lo que sea que sirva para encontrarla y yo mismo iré a tocar la puerta de donde quiera que viva para reclamarla como tu esposa. Lanzaré proclamas, enviaré a las capas doradas a buscarla, o hasta iré yo si es necesario ¿Satisfecho?

― Sí, bien, buscaré…― Gendry no dejó terminar a su hijo y le cerró la puerta en las narices, pero Orys estaba muy entusiasmado como para dormir, entonces Yoren tuvo una idea. Necesitaban encontrar alguien ingenioso y calculador que tuviera una buena cabeza para la estrategia. Los tíos Tyrion y Sansa ya se habían retirado y ninguno de los príncipes se atrevían a importunarlos.

Eso sólo les dejaba una opción.

Gerion Lannister se habían retirado temprano. Su hermanita estaba casada y feliz, la fiesta había salido bien, sin pleitos de borrachos ni circunstancias incómodas. La comida había estado excelente y él había comido y bebido hasta la saciedad. Desafortunadamente, también había tenido que sufrir las sonrisas que Caeta le dispensaba a todos sus compañeros de baile, mientras él permanecía en la mesa, fijando la mirada en las pocas gotas de vino que quedaban en su copa. Las hacía girar y fingía que no estaba sufriendo como desollado. Ya había tenido suficiente. Había tenido la firme intención de cuidar de Marla durante el encamamiento, no quería que un montón de ebrios le arrancara la ropa a su hermanita, pero Marla corrió tan rápido, con sus damas de compañía evitando que los asistentes le pusieran las manos encima a la novia que se tranquilizó y se fue a dormir.

Eso necesitaba. Con un poco de suerte, Caeta se iría en unos días, se casaría con su flamante caballero y él podría encontrar a alguien… o en realidad, dejaría que su padre se la encontrara, cumpliría con su deber y Cat sería un recuerdo, una multitud de dibujos que guardaría y repasaría cuando extrañara su imagen. ¡Por los dioses, sonaba como una maldita canción de taberna! Tenía que controlarse. Tomó una copa de vino más y se echó sobre el colchón.

Estaba durmiendo pacíficamente cuando un ruido lo alertó, iba a deslizar la mano bajo su almohada, donde guardaba una daga en caso de peligro, cuando una mano grande y musculosa le tapó la mano mientras otra lo mantenía clavado sobre los cojines.

Por fin había pasado. Gerión pensó que algún antiguo enemigo había llegado hasta él para vengarse de su padre matando a su heredero. "Espero que el difunto Lord Tywin esté contentó" pensó, y en su cabeza comenzó a tararear "Las lluvias de Castamere".Iba a intentar alargar la mano hasta su daga sin que su asaltante se diera cuenta cuando la inconfundible voz de Caeta salió de entre la oscuridad:

― Shhh, no te alarmes, somos nosotros― le dijo Cat. Gerion asintió y la mano se aflojó. Entonces pudo encender una de las velas junto a su cama. Al fondo, alguien más abrió las cortinas para dar entrada a la luz de la luna. Eran cuatro.

Los príncipes Orys y Yoren, así como sus hermanas, Caeta y Elenei entraron a las habitaciones de Gerion mientras el pobre inocente dormía. Con la ayuda de una sola vela en la oscuridad, se guiaron por los pasillos dorados de la Roca, encontrándose con gárgolas y leones labrados en cada esquina. Elenei apenas podía reprimir pequeños gritos de sorpresa cada vez que se topaban con otra monstruosidad dorada en el camino, pero Caeta la llevaba bien resguardada bajo su brazo y Orys estaba decidido a encontrar a Gerion, lo antes posible. Podría verlo durante el desayuno, pero no quería esperar.

La reacción de Gerion cuando le cubrieron la boca tres personas que no alcanzaba a dilucidar en la oscuridad fue sólo un poco mayor a su profunda vergüenza cuando cayó en cuenta de que Caeta estaba en su habitación y todos los retratos que había bosquejado de ella estaban a la vista. Por suerte, Orys estaba en un apuro.

― Tú conoces a todo Lannisport ¿no?

― No lo sé, no creo. No conozco a todas las personas en Lannisport , lo intento pero…

―Había una chica bailando conmigo. ¿La viste?

Gerión había estado viendo de reojo a Caeta durante toda la noche, pero no podía confesar eso estando ella ahí, así que mintió y balbuceó una excusa mientras Elenei salía del fondo, ella había abierto la cortina, para murmurar:

―¡Yo si la vi! Y Traía un vestido divino, nunca había visto una tela parecida. No era una gran belleza ―Orys se ofendió ante tal afirmación, él estaba seguro de que era la mujer más bella del mundo― pero era bonita y creo que la podría reconocer si la viera.

― ¿Dices que la tela era rara?― le preguntó Gerion a Elenei.

― Si, no era Tyroshi, ni Myr, ninguna de las ciudades libres, creo. Las mangas estrechas ya no están de moda, pero el vestido no se veía desgastado.

―Bueno, eso deja dos opciones, o es de otro reino o de las Ciudades libres. ¿Tenía acento extranjero?―preguntó Gerion. Orys intervino:

―No, todo lo contrario, era una completa ponienti, con cabello castaño claro y ojos avellana, se rió mucho cuando canté "El yunque de la loba."

― ¿Estás consciente de que esa canción es sobre tus padres, cierto?

― ¿Qué? ¡No! ¡Oh por los Dioses, la gente está enferma!― Sólo Orys podía ser tan ingenuo.

―Bueno, podemos visitar a los comerciantes e importadores de tela o a las modistas, si Elenei lo vio bien puede describir el vestido, si dices que era algo raro podríamos tener suerte. Todo mundo procura imitar a mi madre por aquí, es raro que se usen vestidos que no se parezcan a los suyos. Bien, mañana iremos con todas las modistas de Lannisport si es necesario y encontraremos a tu dama. No puede estar lejos.

― ¿En serio, la vamos a encontrar describiendo su vestido?― preguntó Orys casi a gritos. Era una idea estúpida. Había que detenerla, poner alguna trampa o algo parecido.

― Bien, ese es el primer plan. Si no encontramos nada, por la noche, cuando se lance el festín de despedida, buscaremos una forma de detenerla. No creo que falte, mañana es cuando se repartirán los mejores regalos a los invitados. Nunca falta nadie.

― ¿Cómo la detendremos, con guardias? Le dije a los idiotas de las capas doradas que detuvieran a cualquier doncella que vieran salir pero al parecer había demasiadas.

―No, claro que no. Dices que saltó por el palomar, bien, de ahí sólo pudo llegar al jardín del invierno de mi madre, donde cultiva sus rosas norteñas, es la única salida que no estaba vigilada y el muro puede saltarse fácilmente. Si le funcionó antes lo volverá a intentar. Mañana pondremos brea en los escalones para que se atore en la huida y logres alcanzarla. Lo que me recuerda: ¿Cómo es que una dama en un vestido puede correr más rápido que tú?―preguntó Gerion sonriendo.

―¡Pesa la tercera parte que yo! Además, no sé, había tomado algo de cerveza y ella fue muy rápida y…

―Claro, claro…― Ya después se burlaría de su principesco primo, por el momento el heredero de la Roca Casterly se concentraría en encontrar a su novia.

Pondremos en marcha el plan de la brea y veremos qué pescamos.

― Gracias primo.

― Y ahora, quisiera dormir, si no es mucha molestia.

― Bueno, me gustaría seguir interrogándote pero ya que insistes.

Orys salió de la habitación y sólo Caeta alcanzó a ver un trozo de los dibujos que tenía Gerion en su mesa de trabajo.

Tal como había prometido, Gerión acompañó a Orys y a las princesas a todas y cada una de las modistas de Lannisport, las conocía porque a menudo su madre y sus hermanas lo mandaban a él a pagar las cuentas y recoger los envíos. Por alguna razón creían que no tenía una ocupación importante, claro, los caballeros podían pasarse el día golpeando desconocidos y los poetas cantando canciones, pero él no tenía nada qué hacer más que ir a depositar oro y regresar con vestidos y otros encargos.

Las modistas se quedaban asombradas cuando respondían a la puerta y no sólo estaba el joven Lord Gerion sino los mismísimos príncipes y princesas de Desembarco del Rey. El caos que hubo en cada taller que visitaron fue extraordinario. Algunas ya conocían al joven Lord Gerión y les llevaban todo tipo de bocadillos para agasajarlos. Desafortunadamente, todas, al menos las más importantes, dijeron lo mismo: Hacía unos años que las mangas ajustadas no se usaban y en cuanto a los cinturones de diamantes, eran demasiado extravagantes para conseguirlos fuera de los orfebres y eso si se hacía por encargo. Eran tan raros que casi nadie los conseguía. En cuanto a la tela, Elenei revisó interminables rollos de telas exóticas, y aunque salió con algunas compras para confeccionarse algunos vestidos propios no vio nada parecido a la tela iridiscente del traje de la doncella desconocida.

Habían partido casi al amanecer y se acercaba el medio día cuando los jóvenes se vieron obligados a regresar a las últimas celebraciones. Ese día, Orys estaba decidido a retener a su novia y con todo cuidado supervisó que se cubriera la escalinata del jardín del invierno con toda la cantidad de brea posible.

Por una de las ventanas, Lord Tyrion, que luchaba con una resaca espantosa, se asomó para ver a un grupo de capas doradas y al mismo príncipe Orys derramar grandes cubos de brea espesa y oscura sobre las escaleras del jardín preferido de Sansa.

"Primero destruyen mi palomar y ahora bloquean mis escaleras… no sólo mi rey se volvió loco, su hijo también."

Abajo, Orys se enjugó las gotas de sudor que se escurrían con su frente al vaciar el último cubo de brea.

"Esta vez, Cenicienta no escapará".