Disclaimer: Nada, absolutamente nada me pertenece. Todo es propiedad del señor George R.R. Martin, incluyendo nuestros corazones rotos.

Con dedicatoria para Direwolf86

[Pequeñas notas:

Ksalamandra3- ¡Gracias! Me alegra saber que te está gustando. Si tienes quejas, sugerencias y peticiones, estamos abiertos a incluir lo que se te ocurra. ¡Para eso es FanFiction!]

Cap.5

Los preparativos para el festín de despedida, que en realidad no sería tal porque era de todos conocido que tras una breve visita a las tierras de tormentas los recién casados se establecerían en la Roca, comenzaron desde temprano. Apenas había amanecido cuando panaderos, cocineros, sirvientes, doncellas, coperos y jardineros comenzaron a trabajar. Estaban tan ocupados, fregando pisos, lavando platos, fuentes y sacando montones de flores usadas el día anterior para sustituirlas con arreglos nuevos, que no prestaron atención a las actividades de los invitados, al menos hasta que el príncipe Orys regresó del paseo que había emprendido por el puerto para dedicarse a una tarea de lo más extraña. Lord Gerion había pedido que les llevaran cubos de brea y después vieron al príncipe verterla sobre los escalones del jardín del invierno, el preferido de Lady Sansa. Tyrion supervisaba los trabajos para el festín cuando vio la brea negra que el príncipe había añadido como decoración al jardín de Sansa: "A mi señora esposa no le va a gustar", por lo que prefirió omitir ese detalle cuando se reunió con ella para almorzar. Sansa ordenó una comida ligera para poder disfrutar del festín nocturno. Tal vez hasta bailaría un poco. Había estado tan ocupada supervisando el desarrollo de las festividades que no había podido disfrutarlo. De hecho, hasta se sentía negligente por no haber visitado a su hermana por más de unos minutos. Después de mordisquear unos pasteles de limón se dirigió al solar donde seguramente estaría Arya. Las capas doradas se hicieron a un lado y ella tocó a la puerta con delicadez. Escuchó un brusco "Adelante" y se encontró a su hermana sentada con los pies sobre la mesa, pelando una manzana con un cuchillo y cortando trozos de fruta que se comía con la misma punta afilada de la navaja. Nunca iba a cambiar. ¿Por cuantos años había sido reina?

—Por los dioses Arya, deberías estar más presentable para recibir audiencias, ¿qué habría pasado si hubiera entrado alguna otra persona? Al menos podrías usar un vestido.

—Usaré uno por la noche, no te preocupes y por las audiencias no importa lo que traiga puesto, nadie va a hacer un comentario en mi cara.

—De cualquier forma, no es apropiado. Por primera vez me alegro de que Jon no asista a bodas, en tu compañía, seguramente olvidaría sus deberes y habrían llegado al septo cubiertos de lodo y con un jabalí despellejado en la espalda.

— Habría sido adecuado para el festín. La comida estaba buena pero demasiado adornada. No sabía qué cosa era qué.

— Me alegro que aprecies el esfuerzo que tomó esta boda. Lamento no haber podido asistir a la de Yoren, te pude haber ayudado con los preparativos.

— ¡Ja! ¿Crees que la organicé yo? Claro que no, se lo dejé todo a Pastel Caliente y a Eli, es pequeña pero es muy hábil para organizar asuntos de esos, me recuerda un poco a ti.

— Por cierto, hay algo que quería preguntarte. ¿Qué fue lo que pasó la otra noche con el palomar y por qué Orys está cubriendo las escaleras con brea?

Arya no estaba segura de la segunda parte, no había visto a ninguno de sus hijos en todo el día, pero le contó la historia del palomar a Sansa que estaba muy sorprendida por que Gendry hubiera hecho algo tan impulsivo, por lo general, cuando hacía algo parecido era por idea de Arya. Para variar, su hermana no había tenido nada que ver, aunque parecía estar muy complacida con la idea de que Orys estuviera persiguiendo a una desconocida. Sansa estaba escandalizada. Esa joven podía ser cualquiera, podría ser una mujer casada, una pescadora, una septa fugitiva o hasta una prostituta y sin embargo su hermana estaba perfectamente dispuesta a consentir un matrimonio tan imprudente. Gendry lo haría, por supuesto, porque era bien conocida su hostilidad hacia las grandes Casas, pero Arya debería ser más prudente. Si Bran hubiera podido asistir tal vez habría podido convencerla de lo contrario, o por lo menos su esposa Meera habría podido hacerla entrar en razón, pero ella nunca abandonaba su lado.

Mientras tanto, Tyrion buscaba a su hijo para averiguar sutilmente si había logrado sacarse a la princesa de esa cabezota necia que tenía. La muchacha era bonita, por supuesto, pero bellezas parecidas había muchas. Desafortunadamente, su buen hermano, el rey en el norte, no había asistido a la boda, ni él ni la familia real. Ya se lo imaginaba, la familia real del norte consideraba de mala suerte el asistir a las bodas sureñas, pero algunos representantes, los Manderly, familia de Jon por matrimonio, habían asistido y si todo salía de acuerdo con el plan de Lord Tyrion, podría pactarse un buen enlace con Puerto Blanco para Gerion.

Dicen por ahí que una boda atrae otra y él tenía esperanzas, aunque Sansa hiciera todo lo posible por desbaratar sus planes. Aunque su esposa era grácil y delicada, también podía ser dura como marfil. Si había decidido ayudar a Gerion a casarse con su princesa, no habría poder humano capaz de evitarlo. ¡Vaya, se necesitarían más de los tres dragones de Daenerys para conseguirlo!

A Tyrion le dolían las piernas por haber permanecido en pie durante tanto tiempo la tarde anterior, cuando tuvo que entregar a Marla en el septo. Por lo menos era feliz, aunque él comenzara a sentir el peso de la edad y a preguntarse cuánto podría vivir si desde que nació lo dieron por desahuciado. La muerte no le daba miedo, había escapado de ella suficientes veces para acostumbrarse a que lo rondara, pero preferiría haber dejado un heredero firme en la Roca para cuando eso pasara. Tal vez si la alianza con Puerto Blanco no se materializaba, podría buscar alguna otra posibilidad, pero primero tendría que hablar con el Rey para saber qué alianzas planeaba para sus hijos menores.

Tan pronto entró a la habitaciones donde Gendry y Ser Davos se habían acomodado para trabajar en los siempre presentes asuntos pendientes, Tyrion hizo un pequeña reverencia diciendo "Su Majestad", hasta que las capas doradas se retiraron y sonriendo se acercó con el saludo que ya se había hecho habitual entre ellos desde hacía unos años:

—Bastardo, buen día.

—Enano, buen día para ti. ¿Ya tomaste tu primera cerveza?

—Nada como una buena cerveza oscura para asentar el estómago y alegrar los humores, deberías intentarlo, parece que sufres mucho cuando estás pensando. Estar demasiado sobrio por la mañana es dañino para el carácter, puede volver loco a cualquier hombre, después terminan destruyendo palomares con martillos a la mitad de una fiesta.

—Oh… eso tiene una explicación.

La explicación, por supuesto, era más descabellada de lo que Tyrion suponía. ¿En verdad iba a buscar una doncella que su hijo seguramente se encamaría una vez? Pero el propósito de Gendry era todavía peor, planeaba permitir que se casara con ella. Y si la dama era casada, el príncipe estaba dispuesto a batirse en combate por su mano y el Rey estaba de acuerdo. ¡Habían perdido el juicio! Intentó hacerle ver que semejante unión era absurda, pero Gendry estaba decidido a que sus hijos hicieran lo que se les viniera en gana. Por lo general tenía muy buena opinión del reinado de su concuño, pero semejante plan sólo demostraba que la edad le estaba afectando el seso. Tal vez tuviera mejor criterio para pactar una boda adecuada para la más pequeña, pero cuando le sugirió buscar un buen partido en el reino del Este, Gendry frunció el ceño y no quiso pensar en el asunto. Ese hombre podía aplastarle el cráneo a un espectro sin dudarlo pero se aterraba ante la idea de enviar a su hija al otro lado del mar. Seguramente terminaría aceptando que Caeta se casara con ese caballero venido a menos también. Pobre Gerion, no tenía esperanza.

Con esa perspectiva lo mejor que podía hacer era contemplar un matrimonio para Gerion en otra parte. Las hijas de Edmure Tully estaban comprometidas, lo que dejaba a las tierras de los ríos fuera del plan, no planeaba unir a Gerion con una casa menor, tal vez podría encontrar algún partido razonable en el Dominio, aunque a Lord Samwell Tarly y su esposa salvaje no tuvieran más hijas solteras. Las ciudades libres estaban fuera de la cuestión y no era necesario una nueva alianza con Daenerys habiendo casado dos hijas con el príncipe Rhaego [Nota: Sí, ya sé que está muerto pero en este mundo feliz resulta que sobrevivió milagrosamente].

Lo mejor que podía hacer era esperar al festín para disfrutar un buen brandy de pera de Tyrosh o tal vez un buen vino verde de Myr y olvidarse de matrimonios por lo menos una temporada más.

Otra persona que estaba especialmente emocionada ante la perspectiva del festín era Cinella, que esa mañana se había tenido que levantar antes del amanecer para lavar los vestidos de sus hermanastras y servir su desayuno. Cuando terminaron, Cinella descubrió que sólo le habían dejado algunos guisantes y pedazos ya dañados de fruta. En otras circunstancias habría tenido que salir a buscar algo para comer, aunque fueran algunas ciruelas de las que ya habían caído por estar demasiado maduras, pero si se resignaba y aguantaba el día con el estómago vacío, tendría más espacio para disfrutar de todas las delicias que seguramente servirían en la celebración. Se le hacía agua la boca al recordar la fruta rellena y cristalizada, los panecillos de queso y carnes frías, las perdices especiadas, espárragos, crema especiada con salvia, confituras, membrillos… y Cinella hubiera seguido soñando con toda la comida que había estado disfrutando si su madrastra no la hubiera despertado de su ensueño para reclamarle que se hubieran soltado algunas cuentas del escote del vestido que había usado el día anterior.

Las bandejas de comida tendrían que esperar.

Las horas del día se hicieron eternas. Cuando comenzó a atardecer la madrastra y hermanastras salieron rumbo a la última fiesta de los Lannister y Cinella corrió al avellano para suplicar:

"¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas,

y échame oro y plata y más cosas!"

El pajarillo le envió un vestido mucho más espléndido aún que el de la víspera. Esta vez el vestido tenía mangas amplias cuyos bordes tocaban el suelo, lo que Cinella agradeció porque planeaba usarlas para almacenar todas las confituras y bocadillos posibles antes de abandonar la fiesta, y aunque era de lino muy fino, estaba adornado con cintas de seda bordada con perlas y topacios en las mangas y hombros. El vestido se recogía en la cintura con un magnífico cinturón y como tocado encontró una redecilla de hilos de oro. Las zapatillas estaban completamente hechas de cristal con la excepción de la suela, que parecía estar hecha de un material parecido al cuero pero en color marfil. ¡Eran una belleza!

Una vez más se dirigió al castillo y con el esplendor de su atuendo convenció a los guardias de ser una invitada de honor, con lo que logró colarse al patio principal donde se llevaba a cabo una fiesta no tan colorida y alegre como la presentación de los regalos, pero llena de música, baile y en especial… ¡comida! Cinella estaba inquieta por el príncipe, por una parte deseaba volver a bailar con él, aunque fuera por última vez, pero no sabía cómo escaparía de sus preguntas y eso la aterraba.

Ah, si tan sólo fuera un sencillo mercader o pescador podría aspirar a casarse con él y llevarse a su padre lejos de sus nefastos parientes, pero era un príncipe y seguramente le estarían buscando una esposa de la más alta cuna, como la princesa dorniense que se casó con el heredero o la Hightower de Antigua.

Cinella detuvo a un sirviente que llevaba una gran bandeja con aves variadas cuando una vez más un par de manos fuertes la sujetaron de la cintura y la arrastraron a un largo corredor fuera de las miradas de los curiosos. Por un momento, Cinella temió que el príncipe se la echara sobre el hombro y la encerrara en algún lado. ¿Cómo podría confesarle las estratagemas y mentiras a las que había recurrido para escurrirse en la celebración?

Orys estaba lleno de preguntas, no la quería soltar y Cinella estaba cada vez más preocupada. ¿Y si alguien los veía? Orys no cabía de la emoción, no dejaba de contarle cómo la había buscado por todos lados, incluso le dijo algo sobre un palomar destruido y un montón de costureras y comerciantes a los que había preguntado por ella. Le juró por su honor que se casaría con ella y le aseguró que sus padres habían aprobado su unión. Hasta quería llevarla a la mesa principal para que la conocieran y comprobar que existía y no se había vuelto loco. Cinella no le creyó, por supuesto. Por todos los reinos se hablaba del parecido del menor de los príncipes con el difunto Rey Robert. Se sabía que Robert Baratheon había dejado al menos 16 bastardos, aunque sólo hubieran sobrevivido tres, o tal vez cuatro, el Rey incluido. No podía creer que el príncipe planeara casarse con ella y no quería quedarse sola con una criatura sin padre, sin importar cuánto amara al príncipe. Tampoco podía exponerse a que su madrastra y hermanastras la vieran en la mesa principal, que al estar situada en un punto elevado del patio, era visible para todos los invitados. ¡Quién sabe qué le harían en represalia, a ella o a su padre! Ya había aguantado algunos azotes antes, pero no soportaba pensar en lo que podrían hacerle a su padre, estando tan indefenso. No, no podía arriesgarse. Tuvo que mentirle al príncipe, prometerle que esta vez no escaparía y se mantendría a su lado toda la noche. La única condición que le puso fue que primero bailaran. Orys aceptó a regañadientes.

Como ella esperaba, tan pronto comenzaron a bailar el príncipe olvidó todas las preguntas que tenía. En su lugar, no dejaba de asegurarle que no la dejaría ir, hasta le juró sobre los antiguos y nuevos dioses que no esperaría por una gran fiesta y se casaría con ella en ese instante si así lo quería, pero ella seguía sin creerle, era lo suficientemente lista como para saber que un hombre diría cualquier cosa para deshonrar a una joven, pero le siguió la corriente. Era la última noche de celebraciones y quería disfrutarla. Conservar el recuerdo del apuesto y encantador príncipe… y algunos membrillos también.

Cinella no se fijó en las miradas de interés que le dirigían desde la mesa principal (el Rey y la Reina la vigilaban) o que las princesas se habían situado convenientemente cerca de las salidas principales. Con tal de acabar con la locura de Orys la retendrían de cualquier forma.

Desafortunadamente para Orys, en una de las mesas ubicadas al fondo del patio, estalló una pelea entre un caballero que argumentaba que otro joven Señor había puesto en entredicho su honor, aunque también se manejó la versión de que en realidad peleaban por los favores de una lavandera a la que ambos le tenían gran aprecio. A los golpes se unieron aquellos invitados que apoyaban a una o a otra de las partes y a los que pretendían separarlos. La guardia de soldados Lannister irrumpió para escoltar a los causantes del lío fuera de la Roca, hasta los reyes se levantaron de sus asientos para averiguar a qué se debía el caos. Cinella decidió que esa sería su única oportunidad para escapar del príncipe y con un suspiro vació una bandeja de panecillos de queso y mermelada de cerezas dentro de la manga de su vestido, la amarro para que no se cayeran, le dio un fugaz beso en la mejilla al príncipe y corrió, pero Orys no iba a dejarla ir tan fácilmente y corrió lo más rápido que pudo tras ella. ¡Pobre príncipe Orys! Constantemente se veía obstaculizado por la multitud que se movía sin orden, en cambio ella se deslizaba como una ardilla. Nunca había visto a una mujer tan ágil. Casi en la salida, Caeta la detuvo por el brazo y se las arregló para tirarla al piso, pero al sentir que aplastaba algo líquido y pegajoso bajo su mano se apartó y Cinella aprovechó para escapar. Lo que Caeta pensó que era sangre, resultó ser una jalea pegajosa que por alguna razón la desconocida llevaba bajo las mangas.

La persecución continuó hasta el jardín del invierno, por donde Cinella atravesó rumbo a la escalinata que llevaba a la playa, pero al pisar los escalones sus zapatos se quedaron adheridos a ellos. ¡Había brea! Mirando sobre su hombro vio cómo el príncipe se acercaba y como sólo logró desprender uno de sus zapatos, dejó el otro en el peldaño y siguió corriendo. Orys también se atoró en la brea y tuvo que detener su carrera. Estaba a punto de empezar a maldecir cuando reparó en la delicada zapatilla y arrancándola de la brea la examinó. En ese punto llegó una escolta de guardias Lannister y también de Capas Doradas junto a Cat, que estaba ligeramente avergonzada por no haber podido detenerla. Extrañamente, Orys se veía muy calmado para haber perdido a su doncella una vez más.

—Lo siento, traía algo bajo las mangas y cuando la detuve me desconcerté y…

—No te preocupes Cat, creo que ya tengo una buena idea de cómo encontrarla.

— ¿Te dijo algo?

— No, pero me dejó un regalo. ¿Habías visto algo parecido?— Orys le extendió la zapatilla para que la viera. Caeta nunca había visto algo así, ni siquiera en el guardarropa de sus extravagantes primas de la Roca. Tal vez la habrían traído de algún lado, alguna de las ciudades libres podía ser. Elenei llegó seguida por Yoren y también admiraron la zapatilla sin poder explicárselo. La menor de las princesas afirmó que jamás había visto algo igual y que si era tan especial seguramente podrían encontrar al zapatero responsable y averiguar para quién la hizo. Orys se guardó la zapatilla en la túnica y suspiró.

— Está decidido, me casaré con la dueña de este zapato.

A pesar del fracaso de su misión, los hermanos regresaron al banquete donde Orys se acercó a la mesa principal y le enseñó a Arya y a Gendry la zapatilla. Ninguno de los dos podía creer que la famosa novia hubiera desaparecido de nuevo. En verdad debía tener buenas razones para escapar. Estaban discutiendo sobre cómo usar la zapatilla para encontrar a la novia cuando Lady Sansa Lannister se acercó a su hermana pequeña y haciendo una pequeña cortesía le dijo:

— Su gracia, podría permitirme unos minutos.

— No seas ridícula Sansa, ¿desde cuándo me hablas así?

— Desde que estamos en público, ahora ven.

Sansa llevó a Arya a uno de los corredores anexos al gran patio central del castillo y le preguntó qué pasaba con los príncipes. Estaba horrorizada, las bodas de Marla habían salido extraordinariamente bien hasta ese desastroso festín. Primero el príncipe Orys había desairado a todas las jóvenes del lugar, después la pelea y finalmente Caeta se había lanzado como una loca sobre una pobre muchacha que no hacía otra cosa que abandonar el festín.

—Todo tiene una explicación— le contestó Arya.

— Sí, la explicación es que parece que no te interesa la reputación de esta Casa.

— ¿De qué hablas? Ya se acabó y mis hijos no tuvieron nada que ver con la pelea. Lo que pasa es que te preocupa mucho lo que murmuren en el mercado mañana y sobre "tu Casa", te recuerdo que eres una norteña. Eres una Stark del norte, igual que yo y lo que piensen estos occidentales de tus fiestas me importa muy poco. Están seguros y alimentados. Una fiesta no hará gran diferencia.

— ¡Esos occidentales son tus súbditos!

— No, son la gente de tu esposo, si él quisiera levantar una rebelión mañana lo seguirían a él. Una fiesta no los va a hacer ni más leales ni más traidores.

— Entonces sí estás consciente de lo frágil de nuestra situación. Quieras o no el ornato es necesario. Nos protege tanto como las espadas —insistió Sansa.

— Como protegió a Joffrey y a Cersei.

—¡No los menciones! ¡Mis hijos no tienen ninguna relación con esa gente!

— ¡Son Lannisters!

Sansa quería a su hermana pequeña con todo su corazón, pero la desesperaba de una forma que la hacía recordar su niñez en Invernalia. ¡Arya nunca iba a cambiar! Tenía que comprender que era reina. La paz y la abundancia habían mantenido a su esposo en el trono y a sus hijos a salvo, pero siempre habría traidores y arribistas al acecho, el favor del pueblo era esencial para asegurar su posición. El nombre y el lema no eran más que herramientas para proteger a los seres queridos. Cuando Tyrion recuperó la Roca ya era temido de sobra, pero tuvo que ganarse el afecto general para que dejaran de verlo como un monstruo parricida y lo aceptaran como su Señor y protector. Sansa se había sentado infinidad de días junto a su esposo buscando la forma de reconstruir Lannisport, poner a trabajar las minas, asistir a los huérfanos y viudas de la guerra, fomentar el comercio, proteger a las flotas de la piratería, alimentar miles de bocas durante el invierno y restaurar el orden. Las fiestas, las joyas y el ornato sólo eran parte de la imagen de prosperidad que debía reinar sobre las tierras del occidente… ¡Y Arya no lo entendía!

Las hermanas seguían discutiendo cuando se vieron interrumpidas por la horda de príncipes salvajes. A veces, Sansa se preguntaba cómo habría hecho Arya para que Cassana y Elenei se convirtieran en verdaderas damas. Seguramente sería obra de las septas. La gente aceptaba que la reina cabalgara al mismo paso que el Rey y gobernara sentada a su lado por ser hija de Ned Stark, pero qué pasaría cuando la rutina y la seguridad perdieran su encanto, cuando se olvidaran los horrores de la guerra y se diera por sentado la bonanza de la primavera. ¿Estarían contentos los nobles con una Reina que los retaba abiertamente y un Rey que los odiaba? No, y entonces se crearía un nido de víboras. La diplomacia estaba completamente perdida en Arya, que por otra parte se resistía a jugar según las reglas de un montón de cobardes que usaban a sus siervos como escudo cuando veían acercarse la batalla. La nobleza le importaba muy poco y Gendry odiaba a casi todos, en realidad, sólo tenía mejor disposición ante aquellos con los que estaba emparentado a través de Arya y afecto sólo por el reino del Norte. Habían sobrevivido más de veinte años haciendo las cosas a su manera. No veía por qué tendrían que convertirse en adornos para complacer la vanidad de unos pocos cuando el trono se lo debían a la mayoría, el pueblo llano que sí había tenido que sufrir la guerra, igual que Gendry, Pastel Caliente y ella, cuando habían estado atrapados en Harrenhal.

—Espero que reconsideres ese plan descabellado de casar a tu hijo con una desconocida que bien podría ser una septa disfrazada o una mujer pública. Te lo digo por el bien de tu reino— Concluyó Sansa, suavizando su tono con la esperanza de conmover a Arya pero lo que logró fue que la Reina estuviera más decidida a probarle a la concurrencia que Gendry y ella no pondrían a sus hijos a la disposición de nadie. Y si querían casarse con taberneras, lo harían.

— Tienes razón, es importante la opinión de las Casas, tanto grandes como pequeñas. Tal vez debería aprovechar que están todas reunidas.

Sansa se imaginó que Arya estaba planeando cuando la vio regresar a la mesa del banquete y levantar su copa:

— Mis Señores, Damas, dicen en el norte que una boda atrae otra y hoy celebramos el próximo compromiso de nuestro hijo — dijo ladeando la cabeza y sonriéndole a Gendry y Orys, que discutían algo sobre la zapatilla— El príncipe ha elegido a su esposa…— Arya iba a continuar cuando Orys, movido por la emoción saltó de su asiento y se levantó junto a ella. Elevó la zapatilla sobre su cabeza y siguió donde su madre había dejado el anuncio.

— Sí, así es. Me casaré con la doncella a la que le quede esta zapatilla.

La multitud irrumpió en gritos de asombro. Steffon Seaworth y su nueva esposa, Marla aplaudieron con emoción, sin que ella advirtiera la palidez con la que sus padres escucharon la noticia. Ser Davos estuvo a punto de atragantarse con su copa de vino y Gendry enrojeció, pero le dio unas palmadas en la espalda a su hijo en señal de aprobación. La música se reanudó y Arya sonrió complacida. Si la nobleza quería espectáculos, eso tendrían. Una vez que se calmó el espectáculo. Lord Tyrion se inclinó hacía Gendry y le dijo:

— Felicidades su majestad, todas las doncellas de las tierras de Occidente querrán probarse ese zapato. ¿Te das cuenta de que con ese anuncio tan público ahora tendrá que haber una boda, ya sea que encuentren a la muchacha o no?

— La encontraremos.

— ¿Y si no?

— Supongo que habrá cientos de doncellas que puedan ponerse un zapato común. Orys podrá escoger y acabaremos con este asunto.

— Esperemos que los zapatos hayan desarrollado buen gusto entonces. No quisiéramos poner cerca del trono una nueva Cersei. ¡Brindemos entonces, por la novia desconocida!

Gendry chocó su copa con la de Tyrion, pero en lugar se sonreír o sentirse realmente aliviado comenzó a preocuparse:

¿En qué lío se había metido?