¡Hola! He vuelto, aunque esta vez les traigo un capítulo muy cortito .. Lo siento, pero es necesario. Pronto publicaré el siguiente capítulo, que será más largo y lleno de emociones. Espero que les guste y lo disfruten. :3

¡Gracias por leerme!

Capítulo 3: Líos en la enfermería

Tengo un nudo en la garganta, y continúo con los puños apretados, tanto que me entierro las uñas. Cuando siento que estoy a punto de romper la piel de mis palmas, alguien me habla y mueve mis manos. Es Yurgen.

–Clara –me dice seriamente, enojado.

–Lo siento –pronuncio. –Creo que ya es muy tarde, iré a mi pieza si no me necesitan para nada más.

Me pongo de pie y me encamino sombría a los dormitorios. Pero un comentario me detiene.

–De hecho, tienes que ir a la enfermería a suplir los turnos de Carol y continuar tus estudios –dice Ana.

Lo había olvidado. Giro sobre mí misma y me dirijo a la enfermería. El turno de noche es el más aburrido, pero también la mejor hora para aprender un poco más de teoría. Generalmente me supervisa Margaret Honor, una de las mejores médicos de la milicia, y es excelente respondiendo mis preguntas y enseñándome cosas nuevas.

Me masajeo las manos, pues las tengo adoloridas, y me preparo para las horas que se me vienen por delante.

–Espera.

Volteo y veo a Rivaille caminando hacia mí.

–Todavía estás bajo mi mando, y no recuerdo haberte dado el permiso para ir a la enfermería. De hecho, no lo has pedido –me dice seriamente.

No sé si está molesto o furioso, si le da lo mismo, o en verdad tengo que pedirle permiso para continuar con los estudios. ¡Es mi trabajo en la enfermería!, ¿acaso no ve lo importante qué es?

–Señor –digo adoptando la posición de saludo. – ¿Puedo ir a la enfermería a continuar mis estudios de medicina y mi trabajo como ayudante?

Se queda inmóvil observándome y me sonrojo nuevamente. En serio necesito hacer algo al respecto, ¡no puedo sonrojarme cada vez que me mire! Qué irá a pensar…Bah, a quién le importa. Yo sé lo que siento y eso es lo que cuenta.

–Sí, puedes – me responde. –Pero solo cuatro horas y estaré supervisándote.

¡¿Solo tres horas?! ¿Estará supervisándome? ¡Pero si no sabe nada de medicina!

– ¿Tres horas? –pregunto atónita. -¡Pero no es suficiente tiempo!

Enarca su ceja derecha. Este es el día de sorprenderse con Rivaille. ¿Querrá parecer humano?

–Bien, tres horas, no hay problema –respondo. –Pero… ¿por qué me supervisará?

–Porque quiero –es todo lo que responde mientras camina a la enfermería. Se voltea a mirarme. –Camina.

Me apresuro y lo alcanzo. Mantengo su paso, que es sorprendentemente rápido para la estatura que tiene, y voy observando el sombrío y alargado pasillo. La enfermería se encuentra entre el campo de entrenamiento y las oficinas de los oficiales. El cielo está despejado y se distinguen los utensilios de entrenamiento como las pesas, el raso suelo de tierra, y los árboles de los alrededores. Rivaille se mantiene taciturno. No entiendo por qué me supervisará, pero si lo hace, no es por simple curiosidad, debe haber un propósito relacionado con la Legión. Tal vez analizará mis habilidades para le próxima exploración. Todos dicen que he mejorado muchísimo mis capacidades, y que soy de las mejores curanderas en el campo. En realidad se refieren a mí como médico o aprendiz, aunque rara vez esta última. Lemoine y Margaret quieren que me convierta en médico -lo que es mi nuevo objetivo- lo más pronto posible.

A veces siento que estoy quitándole su lugar a Ana, y que le molesto un poco, pero se me pasa al ver las ansias de ella porque yo aprenda el arte de curar a los soldados. Creo que esa es la principal flaqueza de Ana –en cuanto a médico de escuadrón-, solo se preocupa de curar las heridas de los soldados, no de sanar a los heridos.

Llegamos a la enfermería. Es una amplia habitación con camillas y mesones llenos de recipientes, vendajes, jeringas y demás. Margaret está sentada en un rincón al fondo de la sala, con una mascarilla colgando de su cuello y los guantes puestos, además de un delantal blanco. Está manipulando unas muestras.

–Hola Margaret, ya llegué. Siento la demora, tuve un largo día y…lo había olvidado –digo, mientras recibo una aterradora mirada de su parte.

– ¿Se te había olvidado? –pregunta acusadoramente. –A los enfermos no se le olvidan sus dolencias, ni sus heridas. La vida humana no es juego.

–Lo sé –respondo. –No volverá a suceder.

–Bien. Esta vez recuérdalo, porque no es la primera ocasión en que lo haces. Ahora prepárate y acércate, hoy estudiaremos las heridas profundas que involucran al hueso, y cuándo hay que deshacerse de una extremidad. Practicaremos los tabiques, aunque sé que tienes una técnica asombrosa para ello, debe ser perfecta –dice mientras me mira fijamente a los ojos.

–Sí –respondo. –Trabajaré más en ello.

–¿Qué haces aquí Rivaille?, ¿el soldado más poderoso de la humanidad tiene una herida que no puede curar por sí mismo? – le pregunta Margaret.

–No. Vengo a supervisar tu trabajo y el de Clara –responde Rivaille tranquilamente.

–Descuida, no es necesario, hacemos un excelente trabajo. Ahora, si nos disculpas, ya sabes donde está la puerta.

Rivaille ignoró completamente el comentario de Margaret y fue a sentarse cerca del mesón principal. Pasó sus dedos por la cubierta, los restregó entre sí, analizándolos y después dijo:

–Esta mesa no está limpia.

Margaret se enfureció. Como trabajamos con enfermos y heridos, todos los implementos deben estar impecables, y con Margaret –y todos quienes trabajamos en la enfermería- nos esforzamos por mantenerlo limpio.

–Eso no es posible, lo limpié hace poco –dijo.

–No lo hiciste bien –respondió Rivaille.

Podía ver chispas y volutas de humo salir de la cabeza de Margaret. Se acercó con determinación al capitán y le gritó:

– ¡Fuera de mi enfermería!

–No –le respondió Rivaille, manteniéndose firme en su posición a pesar de ver que Margaret se acercaba peligrosamente a él.

Me interpuse entre ambos.

–Está bien Margaret, seguramente se ensució después, mucha gente entra y sale de la enfermería –digo.

– ¿Lo estás defendiendo? –me pregunta indignada.

–No es eso –digo defendiéndome. –Es solo que…cabe esa posibilidad. (Me fulmina con la mirada).

–Esto no se quedará así, hablaré con la comandante Zoe –le espetó Margaret a Rivaille mientras dejaba la habitación.

Miro a Rivaille, seriamente. Por su culpa no podré estudiar, y perderé tiempo. Él me devuelve la mirada impasible. Giro, me pongo el delantal, me lavo las manos, ordeno unos utensilios y ojeo un libro sobre la sangre.

Momentos después aparece la comandante Zoe, seguida por Margaret, y llama a Rivaille afuera. Él sale y se enfrascan en una discusión, aunque solo hablan la comandante y la médico. Transcurre otro período de tiempo, que se me hace eterno, y vuelven a entrar. La líder se despide de mí y le guiñe un ojo muy divertida al capitán, quien ingresa detrás de Margaret. Ella me mira fijamente. No puedo leer su mirada, pero parece un poco divertida. Toma un trapo y limpia nuevamente el mesón.

–Bien, ya está limpio –le dice a Rivaille. –Cuida donde pones tus manos –termina advirtiéndole.

Él no le presta importancia, ni se inmuta por la advertencia, pero yo me río sin querer. Me queda mirando fijamente, serio, aunque después veo asomarse una pequeña sonrisa. Dos en día. Es extraño.

Las siguientes dos horas –que fue el tiempo real que quedó de mis estudios tras las complicaciones con Rivaille-, se pasaron rápidamente. Llegaron dos heridos, uno por caerse de su caballo mientras regresaba de un encargo en las provincias, y el otro con una profunda cortadura de cuchillo en su brazo izquierdo, tras enterrárselo por accidente mientras cocinaba. Yo los atendí a ambos, mientras Margaret me supervisaba estrictamente, y a Rivaille. Tras terminar con ellos estudiamos un poco. Durante todo ese tiempo el capitán se mantuvo en una esquina, observándome.

Estiro mis brazos y dejo escapar un largo suspiro. Me quito el delantal y los guantes, me lavo las manos, ordeno las cosas y me despido de Margaret.

–Adiós Margaret, nos vemos mañana…si es que el capitán Rivaille me deja –digo observándolo.

–Puedes venir el resto de la semana, en el mismo horario, y yo continuaré supervisándote –responde.

Bien. No tengo nada más que decir, así que abandono la enfermería y me dirijo a mi habitación, exhausta.

–Mañana a las siete en los establos –me dice Rivaille, observándome intensamente.

–Sí. Buenas noches –le respondo, dedicándole una sonrisa y dirigiéndome enseguida a mi cuarto. No sé por qué le sonreí. Bueno, suelo sonreír a menudo, pero…esto fue diferente. No es posible que me esté atrayendo el capitán. No. Me niego.

Ingreso a mi cuarto, me tiro a la cama y me abrazo a la almohada. Este fue un largo día, lleno de sorpresas, la mayoría provocadas por Rivaille. Se me acelera un poco el corazón al recordarlo. No me puede estar gustando. Además de ser el hombre más fuerte de la humanidad, no posee ningún atractivo. Es bajo, delgadísimo, impasible, antisocial, violento. Inteligente, tranquilo, audaz, perspicaz…Creo que debo volver a mi fase de desprecio. ¡Piensa en Blake Dalton! Pero mi hermano admiraba profundamente a Rivaille. Agh, esto será difícil. Mejor duermo.