Capítulo 5: Reacción Inesperada
Siento que me quité un peso del corazón, uno que me presionaba demasiado, pero a cambio, lastimé a alguien que no lo merecía. Ahora me duele el daño que pude causarle a Rivaille. Ni siquiera me castigó, incluso me cuidó.
Toco mis labios allí donde se rompieron, y recuerdo sus dedos, su rostro observándome, lo cálido que se sentía. Al parecer, he juzgado mal al capitán todo este tiempo, y no sé cómo remediarlo. Ya no hay vuelta atrás.
No puedo creer que he arruinado mi vida de esta forma. Por fin comprendo la admiración que sentía Blake, pero ya no podré compartir más con aquel aparentemente frío hombre. No creo que vuelva a ver Rivaille, y si lo hiciera, estoy segura de que esta vez me ignoraría. Y con razón.
Camino sin dirección aparente por el campamento y llego a la pradera, al manzano. Miro su copa, las hojas están verdes y la luz del sol se filtra entre sus ramas. Distingo unas cuantas manzanas repartidas en lo alto. Me sorprende que todavía queden. Siento hambre, y me estiro para sacar una, la limpio en mi chaqueta y me recuesto contra el árbol, bajo su sombra. Termino la manzana después de un largo rato y me acomodo, ocupando mi chaqueta como almohada. Miro al cielo, las nubes blancas que van pasando y les busco forma. Encuentro una caja, una manzana, un zapato, una espada, una bolsa. Y me quedo dormida.
Me remecen hasta que despierto.
–¡Clara!, ¿qué te pasó?, ¿quién te hizo eso? –me pregunta Yurgen preocupado.
–Nada –respondo. –Me mordí el labio demasiado fuerte y me saqué sangre, pero estoy bien.
–Estuviste llorando –me delata Emmet, que siempre nota estas cosas. –Estabas bien en la mañana con el capitán Rivaille, ¿qué ocurrió?
–Es cierto, deberías estar con él ahora. ¿Te hizo algo? –pregunta Yurgen alterado.
–No. No me hizo nada, fui yo. Exploté –los miro triste a los ojos. –No aguanté más, creí que lo había superado, pero no. Le dije todo, le reclamé por lo que le hizo a Blake. Y él no me hizo nada. Se disculpó.
Me restriego los ojos, no quiero seguir llorando. Y no debo morderme los labios.
Recuerdo sus dedos, su toque.
Yurgen se sienta a mi lado y mi abraza. Me apoyo en él, estrechándolo con mis brazos. Emmet se sienta a mi otro lado y me acaricia la cabeza. Lo estrecho con mi brazo derecho, y vuelvo a limpiarme los ojos. Me acomodo en el tronco, y los acerco los dos a mí, apoyando mi cabeza en el hombro de Emmet.
–Presentía que esto pasaría pronto, después de que Yurgen me contó las reacciones que tuviste con Rivaille. Pero no pensé que terminarías de esta forma, tan destrozada –dice Emmet.
–Todavía me duele la muerte de Blake, más de lo que pensé –digo. Pero eso no es lo único que me duele, también me hiere la reacción Rivaille.
–Era tu hermano y lo viste ser desgarrado por un titán, sin poder hacer nada. Eso siempre te dolerá Clara –comenta Yurgen.
Suspiro y me aferro a estos dos amigos que me han acompañado por tanto tiempo. Emmet desde el entrenamiento, y Yurgen desde que ingresé al escuadrón. Ambos me han mantenido a flote. Solo falta Silvia para completar el cuadro.
–¿Dónde está Silvia, Emmet? –le pregunto.
–Está supervisando unos embarques hacia el interior de la muralla. El comercio se ha movido mucho estos días –responde.
–Ah, de seguro lo está pasando de maravillas viendo todas aquellas embarcaciones, y a tantas personas –sonrío al recordarla.
–Sí, seguramente se está comiendo toda la comida que le regalan para que haga la vista gorda –comenta Emmet y nos reímos.
Ya es tarde y Emmet debe regresar a los cuarteles de la Legión Estacionaria, vamos caminando los tres unidos en un abrazo, yo al centro. Lo dejamos en la salida, donde nos encontramos con el capitán Gray. Nos saluda y le devolvemos el saludo, dice que le dará mis recados a mi padre también, y bromea con mi labio roto, insinuando que las exploraciones me convirtieron en una pandillera.
Se van, y nos quedamos pegados en las puertas con Yurgen.
–Hay que regresar –me dice.
–Sí –le respondo débilmente. –Por cierto, ¿no tenías tareas que hacer?
–Sí, pero mi amiga me necesitaba, así que no las hice –me responde.
Frunzo el ceño y recuerdo las palabras de Rivaille. Espero que no me odie, porque él sí sería capaz de cosas terribles.
–Las puedo terminar ahora, son tareas cortas, no te preocupes –me dice mientras revuelve mi cabello.
Refunfuño.
–Bien, yo te ayudaré con eso –le digo. –Después de todo, no puedo tener la tarde libre, estoy castigada por llegar tarde a mi turno en la enfermería.
Sonreímos y nos vamos abrazados hacia las habitaciones donde se guardan los equipos. Yurgen tiene que ordenarlos y limpiarlos.
–Sabes que todos lo queremos, ¿cierto? Me refiero a Blake. Jamás olvidaremos a ese soñador intrépido más rápido que un caballo. Y más audaz que un perro –me dice, y nos reímos.
Miro al cielo, luce de un azul intenso.
Me siento mejor.
Llegamos a la sala de implementos. Es una sala regular, ni muy grande ni muy chica, llena de estantes y armarios para guardar las cosas. Encendemos las farolas y comenzamos la limpieza. Nos dividimos el trabajo, yo limpio, él ordena. Terminamos en tres horas, había mucho material, pues acababa de regresar un escuadrón que estaba realizando unos encargos en la muralla Sina.
Nos dirigimos al comedor, pero antes pasamos por la enfermería, para curar mi corte. Margaret no se encuentra, en su lugar está Bruce, médico del escuadrón del oficial Jefferson. No es muy amable y me mira extraño cuando ingreso. Se acerca a limpiarme la herida, pero lo detengo diciéndole que yo puedo hacerlo. Se molesta y se da la vuelta, prestándole atención a unos recipientes que tiene sobre la mesa. Me limpio la herida, y antes de irme, limpio el mesón en el que están los frascos, mientras el "Gruñón Bruce" –como le llaman todos- atiende a una mujer por un corte en la mano. Luego nos marchamos con Yurgen.
El hambre nos llama con fuerza, lo único que he consumido en todo el día ha sido esa manzana. Necesito comer algo más. Llegamos al comedor y divisamos nuestra mesa, pero solo están Ramón, Maikel y Armin. Rivaille no se ve por ninguna parte. Yurgen también lo busca, sin resultados.
Nos acercamos a los demás adentrándonos al recinto, la mayoría de las mesas están repletas, y todos comen mientras charlan con sus compañeros. Afuera ya oscureció.
Será difícil seguir un camino de noche, así que probablemente los que se encuentren fuera del recinto, pasaran la noche a la intemperie.
–¿Ya te sientes mejor Clara? –me pregunta Lemoine. –Rivaille me dijo que te sentías mal y que te había dado el día libre. ¿Qué te pasó en el labio?
Así que no le contó nada a mi superior.
–Sí estoy bien. Me mordí el labio con mucha fuerza –respondo.
–¿Te lo mordiste tú o te lo mordió alguien? –pregunta Lemoine.
–¡Yo! –exclamo sonrojándome. Me siento y observo mi plato.
–¿Entonces por qué te sonrojas? Ya perdiste tu oportunidad Maikel –dice Lemoine.
Los ignoro y me llevo una cucharada de guiso de acelga a la boca. Está bueno, pero me molesta un poco el labio. Yurgen está a mi lado izquierdo, frente a Lemoine, y bromean un rato. Sobre Maikel y yo principalmente.
–¿Dónde están los demás? –le pregunto a Armin, que está a mi derecha.
–Rivaille se los llevó a todos al campamento de prueba para titanes, donde analizarían las reacciones de Eren como titán.
–¿Se llevó a Ana también? –pregunto.
–Sí –responde Lemoine. –Necesitaba un médico que fuera de su confianza y no metiese bulla, palabras del propio Rivaille. Como Ana no estaba haciendo ningún trabajo imprescindible, dejé que lo acompañara.
–Debía estar muriéndose de la emoción –comentó Yurgen.
–La hubieras visto, se arregló el pelo como tres veces, y no dejaba que nadie se acercara a ella por temor a desarreglarse. Apuesto a que Rivaille ni siquiera se fijó en ella –dijo Maikel.
Me da celos pensar que se encuentra junto a Ana, quién está locamente enamorada de él desde hace años. Pero no tengo nada con él, y jamás volveremos a dirigirnos la palabra, a menos que sea estrictamente necesario, así que me reconforta un poco el comentario final de Maikel.
¿Y si Ana logra conquistar a Rivaille con sus coquetos y seguros movimientos? Me siento mal nuevamente, pero yo nunca tuve oportunidad con él. Jamás podríamos estar juntos. ¿En serio estoy pensando esto?, ¿no podía enamorarme de alguien más, como Thomas?
Creo que me gusta Rivaille, ahora que lo estropeé todo.
–No te ves bien Clara –comenta Armin.
–Creo que no estoy tan bien como creía. Hoy me di cuenta de que muchas cosas no son como pensaba –le digo.
Armin me queda mirando. Lleva puesto el uniforme, pero hay pequeñas ramitas en su chaqueta, así que probablemente haya pasado la tarde en el establo. Su rubia cabellera, envidia de toda chica, luce algo desordenada.
–Oh, Eren. ¿Te encuentras bien? –pregunta Armin, volteándose a mirar a su amigo.
Si Eren está aquí, eso quiere decir que... Busco con la mirada a mi alrededor y encuentro a Rivaille, caminando junto a Ana. Lo sabía, ella lo conquistaría. Una punzada de tristeza me golpea el pecho. Sin embargo, la mirada de Rivaille se cruza con la mía. Todavía lo noto como en la mañana, antes de dejarlo solo arriba en el edificio, pero parece más tranquilo.
Me pregunto qué pensara de mí ahora. Trago saliva, expectante y preocupada.
Yurgen pasa su brazo derecho sobre mi hombro y me obliga a volverme hacia la mesa. Me mira, interrogándome con los ojos. Asiento en señal de que está todo bien, y me revuelve el cabello. Luego me aprieta en su costado y acaricia mi brazo derecho, dándome unas palmaditas.
–Las palmaditas no son necesarias –le digo, mientras arreglo mi cabello.
–Las palmaditas le dan el toque final a mis sesiones tranquilizadoras –me responde.
Me separo un poco de él cuando observo que Rivaille se acerca a la mesa y se sienta frente a mí, con Ana a su lado. Incluso aparece la comandante Zoe.
–Oh, Clara, es una lástima que no pudieras ir, ¡estuvo increíble! –me dice. -¿Qué te pasó en el labio?
Inconscientemente me llevo los dedos a la boca y recuerdo a Rivaille, quien me mira fijamente. Me sonrojo.
–Alguien se estuvo entusiasmando con las caricias –le responde Lemoine.
–¡No es cierto! –exclamo. –Me mordí con mucha fuerza el labio, eso es todo.
–Aah. Ahora entiendo. Debes ser más cuidadoso Levi, la pobre chica no está acostumbrada a tu rudeza –dice la comandante a Rivaille, pegándole un codazo.
–No fui yo. Ella se mordió, es un mal hábito que tiene –responde el capitán, sin despegar sus ojos de mí.
–Ella nunca tuvo ese hábito. Es algo que desarrolló hace algunas semanas, cuando regresamos de nuestra última misión. No puede ser una coincidencia –dice Lemoine mirándome con insinuación.
¿Por qué nadie me cree?
–Claro que no es una coincidencia –dice nuestra superior. –El motivo de esa mordida está en esta misma mesa. Lo tenían muy guardadito, ¿no?
La comandante me mira con picardía. No entiendo cómo se degeneró tanto el tema. Creo que todos sufren del síndrome casamentero.
–No es nada de eso –digo con resignación.
Yurgen me abraza y me aprieta contra él, acariciándome la cabeza. Noto que el capitán nos observa demasiado.
–Estás tan grande –me dice. –Todavía recuerdo cuando corrías persiguiendo a Lumbra porque se llevaba tu capa.
–Eso pasó ayer Yurgen. Y fue tu capa –le respondo. –Además, no sé cuántas veces te he dicho ¡que no me revuelvas el cabello!
–No las suficientes.
–Con ustedes nunca hay suficientes –le espeto y me cruzo de brazos.
–Parece que tienes competencia Levi –le dice en voz baja la comandante a Rivaille.
Lo miro y noto algo extraño en sus ojos, que no puedo identificar, aunque generalmente no puedo descifrar sus miradas.
–Yurgen tiene novia –le digo a la comandante, pero en realidad dirijo mis palabras a Rivaille. –Y es mi amiga. De hecho, tengo la obligación de vigilar que se comporte, lo que es muy difícil porque en realidad es un niño.
–Un niño que te protege a ti y te mantiene en flote, ¿no? –me dice seriamente.
Me vuelvo hacia Yurgen. Sigue preocupado por mí, y sabe que todavía no me recupero del todo. Después de la muerte de Blake me acompañó todos los días, y conoce todos mis movimientos, aunque yo todavía no descifro todos los suyos.
–Eres mi pilar en tierra Yurgen. Sin ti me habría hundido hace meses –le digo en voz baja, esperando que solo él lo escuche. Pero tengo la leve impresión de que no fue el único que lo hizo.
Mete un trozo de manzana en mi boca.
–Deja de compadecerte y sé feliz comiendo manzana y mirando las nubes. Eres igual que Lumbra. Tan feliz con tan poco. Estos niños –comenta, y se ríe.
–Las nubes y los caballos no hacen preguntas, solo están ahí y te escuchan. Las manzanas...siempre caen bien en el estómago, y sirven para engañar al hambre. No subestimes el poder de la fruta –le digo. Y vuelvo a mi entristecimiento. Esa era una de las frases favoritas de Blake.
Yurgen me da unas palmaditas en el hombro. Sonrío.
–Te dije que las palmaditas eran un arma especial.
–También me dijiste que hoy habría arroz con arvejas y pollo en la cena. Esto es guiso –le digo enseñándole mi plato.
–Las personas perfectas también podemos cometer nuestros errores –dice mientras toma mi plato y se lo termina. –Tengo más manzanas en mi pieza.
–Bien.
–¿No nos dirás quién fue? –me pregunta Lemoine.
–Ya les dije.
–Estás bajo mi cargo, así que debo saber quién sale con mi subordinada, para estar seguro de que estás en buenas manos –dice. Lo que es mentira, porque solo le interesa satisfacer su curiosidad.
–Está conmigo –dice Rivaille. Se levanta de la mesa y la rodea, quedando detrás de mí.
–¡Lo sabía! –exclama la comandante con euforia. –Debes tratarla bien Levi, es una pequeña.
La miro resentida. No soy una pequeña, tengo veinte años.
Rivaille me toma del brazo y me insta a seguirlo, sacándonos del comedor. Todos nos miran atónitos, con excepción de la comandante Zoe, que parece disfrutar la escena. Mi corazón palpita con rapidez, y mis mejillas están encendidas. Me conduce por un oscuro y poco frecuentado pasillo hacia el campo de entrenamiento, y en medio de éste, me apoya contra la pared. Está de espaldas a la luz, así que no puedo verle el rostro. Temo lo que vaya a hacer, aunque en la mesa les dijo a todos que estamos juntos. ¿Por qué habrá hecho eso?
Levanta la mano y agarra mi mentón, lo mueve de un lado a otro, examinando mi herida. Así que en realidad solo fue una excusa para sacarme de la mesa. ¿Qué otra cosa iba a ser? Una relación es de dos personas, no de una.
–Se ve mejor –dice. -¿Le echaste algo?
–Sí, la curé con un poco de alcohol esta tarde –respondo con un poco de dificultad, pues todavía sostiene mi rostro.
–Tendré que ser cuidadoso –dice.
Baja mi rostro y me besa intensamente, aunque cuidando no presionar mucho donde tengo la herida. Se acerca más a mí, tomando control sobre mi cuerpo, restringiendo mis movimientos. Me acorrala contra la pared y me mantiene sujetada de la parte posterior de mi cuello con su mano derecha, y la izquierda sobre la pared. Yo me afirmo de su cintura con ambas manos, y siento los duros músculos de su espalda bajo mis dedos.
El beso es largo y apasionado. Cálido. Se siente bien. Pero cuando logro acostumbrarme al ritmo que lleva, se separa.
Estoy agitada y confundida. Mechones de cabello se escaparon de mi moño y caen sobre mi rostro. Todavía no puedo distinguir con claridad a Rivaille, solo su delgada silueta, aunque su cabello se ve algo despeinado.
–Será mejor que vayas a tu dormitorio –me dice con voz ronca.
Pero yo no puedo moverme. Siento que si abandono la pared me caeré. Además, estoy muy sorprendida como para reaccionar. No sé qué decir ni cómo actuar ahora.
Rivaille me mira fijamente, parece que me estuviera examinando, otra vez. Y creo verlo sonreír. Me toma de la mano y me lleva hasta los dormitorios, dejando la oscuridad de aquel pasillo.
Salimos al corredor principal, iluminado por las farolas, y puedo apreciar al capitán. Su cabello cae sobre su rostro con naturalidad, y no luce tan despeinado, su semblante es de satisfacción, y todavía se observa un resquicio de sonrisa. Su nariz es fina, y su mentón no es pronunciado, sus labios son algo gruesos, y sus ojos pequeños. Él es pequeño, aunque parece tener la edad de Yurgen. Nota que lo miro y sonríe con complacencia. Me sonrojo y se detiene.
–¿Cuál es tu dormitorio? –me pregunta.
–El de la esquina –le respondo casi sin aire, señalando la habitación.
Abre la puerta y enciende un farol. Examina la habitación y pasa los dedos por el armario. Ya sé lo que eso significa, así que intento soltarle la mano para sacarlo fuera antes de que se le ocurra que tengo que limpiar todo. Pero no suelta el agarre de mi mano. Me mira.
–Hay que limpiar este dormitorio –dice.
No quiero comprometerme a limpiarlo, así que permanezco en silencio. Además de que me cuesta gesticular cualquier palabra después de todo lo ocurrido, especialmente el beso.
–Lo limpiaremos ahora. ¿Dónde tienes los útiles de limpieza? –me pregunta. Y sé que perdí esta batalla, como probablemente perderé todas las que tenga contra él.
Se pone un paño en la cabeza y otro en la boca, abre las ventanas y me extiende dos trapos más. No puedo creer que vayamos a hacer esto a esta hora. Tomo los pañuelos y me los pongo, lo mejor que puedo, y comienza la jornada de limpieza, aunque luego me ataca el sueño. Me alegro que ninguna de mis camaradas haya llegado a la habitación, no sé qué pensarían si encontraran al capitán sacudiendo todo.
Estoy limpiando el camarote y me siento en mi litera. Este, sin duda, ha sido un día agotador, aunque inesperadamente regocijante.
Y sin darme cuenta, me quedo dormida.
Finalmente el capítulo 5 :3…y el esperado primer beso de esta parejita :D. ¿Qué pasará ahora?
Espero que les haya gustado mucho este capítulo, y perdóoon por la larga espera xd.
¡L s quier !
