Capitulo 35 – La Ley Anónima

Mails cabeceó dormido. Le dolía especialmente el cuello, era el intenso dolor de haber pasado una fatigosa noche dormido en una posición tremendamente incomoda.

No supo bien que fue lo que lo despertó. Si el dolor del cuello, o el subsecuente dolor de su espalda, la punzada en sus manos o la sensación de quemaduras en la cara, la fatiga de sus piernas, esa pestilencia a humo o esa intensa luz anaranjada que perforaba sus parpados y le hacia imposible seguir dormido.

En el instante de transición, entre el sueño y el estar despierto, un torrente de imágenes extrañas se removió convulso en su mente. Una angustia, un recuerdo, un trauma encerrado en lo profundo de su ser, un dolor y un miedo que no parecían pertenecer a su propia mente.

Le parecía ver una noche nublada, y un bosque en llamas, le parecía sostener en su boca una corona de oro y escuchar tras de si el aleteo de un enorme dragón. Le parecía que sobre si pesaba la preocupación del peligro por sus seres queridos y el dolor de una reciente traición.

Pero sobre todo, aun cuando el suelo bajo sus cascos relumbraba iluminado por las llamas y su crin estaba chamuscada y humeante, lo que mas le aterraba era el ardiente odio que se proyectaba de entre el fuego… la maldad y el desprecio puro de aquellos quienes, sin conocerles, les aborrecían… el rencor interminable de los habitantes del Mundo Más Allá

Y aquello era una preocupación que lo había acompañado toda su vida desde entonces… una preocupación y un terror que seguía patente, como escrita con tinta fluorescente y dolorosa en las viejas paginas de su corazón de poni… al tiempo que se derramaba en lagrimas de tinta sobre el papiro ajado de un libro encuadernado a casco con madera y hierro…

Despertó, y eso no eran sino recuerdos, temores y nostalgias de una vida diferente

Pero el dolor del cuello y espalda, esa dolorosa sensación de quemaduras en manos y rostro y la fatiga de sus piernas seguían siendo muy reales para él en ese momento.

Se dio cuenta que la luz anaranjada que lo había despertado, no era la de un incendio, sino la de el sol naciendo entre las hojas de los arboles y las paredes de tirol gris de los edificios de la Universidad.

Sentía los parpados pesados y se notó a si mismo, sentado a la raíz de un árbol, en una de las bellas jardineras del campus. El día en la institución apenas comenzaba. El ruido de las podadoras de césped hacia de fondo musical y el aroma de las flores recién regadas perfumaba el aire. El viento se filtraba entre los forrajes primaverales de los arboles, y alumnos de todos los semestres y carreras iban y venían, algunos a pie, otros en bicicleta, algunos lentos y tranquilos, otros veloces y apurados.

Era la vida universitaria que el conocía.

Se incorporó como pudo. Imágenes borrosas como el humo nublaban su cabeza y el recuerdo de la noche anterior, donde había estado, como había llegado ahí y en general lo que pudo haber pasado lo evadió en ese momento. La prioridad era asearse. No tenia idea de lo que había sido ayer, pero hoy, era el día.

Hoy sucedería el Musical de los Bronis.

De camino hacia la piscina de la universidad (pues dado que Mails no vivía en los dormitorios del campus y no tenia tiempo de ir a su casa, solía usar los casilleros y las duchas de la piscina de la universidad. Después de todo, en sus primeros semestres había pertenecido al club de natación y conocía a las encargadas de la alberca) trató de poner en orden sus recuerdos y la manera que solía utilizar para ello, era seguir el hilo narrativo de su mente para llenar los huecos de manera mas sencilla. Regresó al ultimo recuerdo que tenia…

El y Diana habían viajado a la Ciudad Capital buscando la puerta que construyeron los Antibronis para accesar a Equestria. No tenia la idea de que forma tuviera o como funcionara, de hecho, ni siquiera estaba seguro de recordar con claridad si los Antibronis de verdad habían llegado a Equestria. La idea de que todo fuera un sueño causado por algún raro fanfic que leyó en internet le rondo lo cabeza, pero ese pensamiento se disipo a instante en que el y su inesperada compañera de viaje entraron al edificio y…

—Te lo dije, si la puerta del frente no se abre, prueba con la puerta trasera. Dejarla abierta es un descuido común —le decía Diana muy segura de si misma al momento que ambos chicos dieron sus primeros pasos en el desolado y vacío vestíbulo del edificio.

—Estaba abierta porque evidentemente no somos los primeros que la usamos para entrar sin permiso —respondió recordando que la puerta tenia evidencias de haber sido forzada hace algún tiempo.

El interior del edificio estaba, tal como esperaban, completamente vacío. No había cuadros que decoraran las paredes ni sillas ni muebles. Los extintores estaban aun envueltos en delicadas películas de plástico, como si jamás hubieran sido usados y los basureros estaban completamente limpios e inmaculados.

Lo único que se veía usado, era la fina alfombra que cubría el suelo del lugar. Sucias huellas de polvo la cubrían, de una variedad y cantidad abundante, como si muchas personas de los mas variados estilos y tamaños, juzgando por la dimensión y patrones de las suelas de su calzado, hubieran pasado por ese mismo lobby dejando el polvo de sus pisadas impreso para la posteridad en un suelo donde nadie jamás limpió.

Diana se hallaba absorta, mirando curiosa este rompecabezas de senderos que se perdían y entrecruzaban solapándose unos sobre otros.

Un patrón de huellas en particular llamó la atención de la chica. Parecía mas delgado, compacto, mas ligero y uniforme, y a diferencia de la multitud de pisadas que seguía siempre en la misma dirección, este se desviaba misteriosamente en un punto y desaparecía tras una puerta cercana al intacto mostrador de cristal pulido al fondo del vestíbulo.

Mails estaba tan asombrado ante el tono misterioso y siniestro de aquel lugar abandonado, que no notó que su alegre compañera, yendo en pos de aquel peculiar sendero de pisadas, desapareció de su vista.

—Diana, quédate conmigo. No sabemos si el lugar pudiera ser peligroso o estar vigilado… —a toda respuesta, Mails no escucho sino silencio— ¿Diana?

El chico miró detrás, hacia delante, revisó el vestíbulo y la puerta trasera. Abrió puerta tras puerta, primero, temeroso, después su precaución comenzó a ceder ante el miedo y comenzó a gritar el nombre de la chica a todo pulmón mientras corría de pasillo en pasillo buscándola. No la encontró.

Desesperado, vio que el ascensor de la planta baja, se detenía después de marcar en el pequeño panel digital el numero 12. Con un dejo de esperanza, corrió hacia las puertas dobles de metal pulido y presionó desesperado el botón con forma de una flecha hacia arriba.

Las puertas se abrieron y Mails esperaba que la brillante sonrisa de la chica castaña apartara el temor de su mente. Pero no sucedió. Entró en el ascensor vacío, recubierto de paneles de madera y cristales cubiertos con película de plástico, para después presionar el botón del numero 12. Pronto el módulo comenzó a ascender por los pisos y los nervios de Mails salían a flor de piel, como concentrándose en su pie derecho que se movía al compás de una música inaudible.

El ascensor se detuvo, pero no se abrieron las puertas. ¿Se habrían atascado? El joven broni, con su paciencia ya en un hilo, trato de abrirlas accionando el botón del panel de control, pero parecía estar atascado… ¿o lo habían alterado?

El botón cedió crujiendo como si estuviera repleto de polvo por dentro, pero las puertas no se abrieron. En su lugar, el ascensor ascendió un poco mas, marcando en el panel digital el numero 13 para finalmente, al abrirse, dejar entrar en el modulo una fría bocanada del aire de la noche. El piso trece lucia como un simple pasillo, que subía por algunas escaleras, hacia el tejado del edificio.

Afuera, el viento soplaba y sus silbidos opacaban los rumores de coches del resto de la ciudad que en aquella altura y lejanía, parecía irreal y casi soñada. Sobre la cúspide del edifico, Mails miró hacia arriba tratando de contener el vértigo y cuidando sus pasos de no sufrir una espectacular caída de 12 pisos. Ahí estaba la antena, grande y portentosa, pintada de rojo y blanco como cualquier instrumento de telecomunicaciones convencional, pero había algo siniestro en ella, algo inusual. La antena parecía extrañamente curvada y distorsionada. Al acercarse a su base, Natanael pudo contemplar, al tiempo consternado y horrorizado, que la enorme torre había sido modificada expresamente para un fin completamente distinto a su propósito original y esto era evidente, pues las modificaciones parecían haber sido montadas y soldadas con una mano de obra y terminados mucho mas rudimentarios que la factura original de la estructura.

Al pie de la antena habían soldado varias varillas metálicas gruesas y curvadas, de manera que formaban una especie de jaula curva, de unos dos cuatro metros de diámetro. Extrañas agujas del mismo metal salían de la jaula y el color rojizo del oxido le daban un extraño aire como a algún tipo de sádico instrumento de tortura. Los pies de Álvarez lo llevaron casi en automático al interior del macabro aparato y viéndolo de cerca, notó detalles que lo volvían, cada segundo que lo miraban mas perturbador y desconcertante.

Las viguetas que formaban la jaula se enrollaban y curvaban alrededor de la antena, como abrazándola y aprisionándola, dándole la apariencia de hierbajo enfermo y espinoso que se aferra a una planta sana sofocándola. Parte de la pintura original de la antena se veía dañada y varios tramos tenían la apariencia de haberse quemado, pero no tenia nada que ver con el momento en que soldaron la jaula a la estructura original metálica de la antena. Algunas de las agujas que salían del tramado de la jaula se habían doblado y casi parecía que en algún punto se habían medio fundido. El deterioro de toda la estructura mantenían a Mails fascinado. Todo en el edificio parecía haberse mantenido en perfecto estado desde su construcción, a excepción de la antena y la jaula, que lucían como si hubieran sido sometidas a un calor lo suficientemente terrible como para haber derretido parte del metal que las componen.

Entonces, un flashazo en la mente de Mails le reveló, como un susurro en la noche, una idea tan terrible como certera.

"Un rayo" se dijo, y casi le pareció que era alguien más quien le hablaba, pero al mismo tiempo, sabia que era el mismo "un rayo es lo único capaz de generar en este lado la energía suficiente para abrir un portal a otro mundo…"

Y casi como respondiera a su platica interna, con los ojos perdidos aun en el extraño ingenio, la voz de Mails se oyó apenas audible ante el rugir del viento.

—Spades, maldito, lo has resuelto…

Comenzaba a sentirse mareado y con su fascinación, no se había percatado en que tenia, manos, pies y mejillas heladas de tanto ser golpeadas por el viento de la noche. Sumamente incomodo de pronto, se refugió en un pequeño rellano que bajaba después de una corta escalinata más allá de la jaula. No pudo evitar ver, al otro lado, otra puerta de la que una cálida luz emanaba. Pensando en entrar en calor, entró a refugiarse y dando la vuelta en un pequeño codo de escaleras, una atravesó una puerta más.

La luz de varias lámparas de halógeno le hirió la vista y al acostumbrarse su retinas, se encontró en un peculiar cuarto flanqueado de paredes de cristal. El cuarto era amplio. Lo suficiente para poder meter una camioneta grande, si fuera posible hacerla llegar todo el camino desde la planta baja hasta ahí, pero mas allá de los cristales, pudo observar dos habitaciones, igualmente iluminadas, una a cada lado, en que había varios equipos informáticos.

Su desorientación se convirtió en sorpresa y su sorpresa en alegría cuando vio que en uno de ellos se encontraba la melena rizada y abundante de Diana, quien parecía estar muy entretenida tratando de atrapar a la lucecita verde que recorría sin parar el panel de control de uno de los enormes servidores.

—¡Diana! —dijo gritándole el chico, pero ella parecía no poder escucharlo. —Aquí estas me tenias tan preocupado.

No hubo respuesta de la chica, quien ahora parecía estar disfrutando del aire de uno de los ventiladores destinados a mantener las computadoras sin sobrecalentamientos.

—¡Diana! —gritó mas fuerte pegándose al muro de cristal.

Mails tuvo que dar varios golpecitos sobre el vidrio para que la chica finalmente diera la vuelta y, ostentando una gran sonrisa se acercara también a la pared translucida como si quisiera abrazarlo a través de ella.

Le dio la impresión de que decía "Mails" por como movió los labios, pero no escuchaba nada en lo absoluto. Era como ver un programa de televisión con el volumen silenciado, por lo que la multitud de saludos y toda la platica que la chica comenzó a hilar uno tras otro, no llegaron a los oídos del joven que solo la miraba hablar y hablar y reírse sin entender nada.

—¿Cómo llegaste ahí? —le preguntó Mails, pegándose contra el vidrio y haciendo con las manos un cono para que el sonido pudiera pasar a través del cristal.

—¿Qué? —respondió la chica pegando el oído también.

—¿Qué como llegaste ahí? —gritó Álvarez a todo pulmón, pegando la cara casi por completo y empañando el vidrio con su aliento.

—No, gracias, acabo no me gustan las competencias de nado, pero claro que te acepto un panqué —dijo ella, o eso le entendió Mails, mientras Diana había comenzado a hacer gestos inflando los cachetes contra el muro de cristal.

—¿De que diantres estas hablando? —la nariz del broni se torcía y doblaba de maneras raras contra el vidrio y la alegre chica no pudo dejar de echarse a reír sujetándose el estomago —como sea. No te muevas, iré por ti.

—Oki doki, —dijo ella contenta —pero cuidado con los británicos sonrientes. Si te encuentran te atraparan igual que a mi.

—¿Los… británicos sonrientes? ¿Ahora a que se refiere…?

Al girar el cuerpo hacia la puerta Mails le llegó la respuesta su pregunta.

No eran ingleses y no estaban sonriendo realmente, aunque su mascara daba la impresión de que si. Eran tres hombres, vestidos de negro de la cabeza a los pies, incluidos los zapatos y los guantes de cuero. Uno cargaba un contenedor de gasolina, mientras el otra tenia en su posesión un hacha. Los rostros de los tres estaban cubiertos por una imagen que Mails conocía por descontado.

Era la representación del rostro del conspirador católico Guy Fawkes, popularizada años atrás en el comic V de Vendetta y en la película del mismo nombre. Para entonces casi todo el internet conocía por ser uno de los emblemas característicos de la asociación de hacktivistas mundial, los Anónimos.

Y es que Mails sabia bien que aquella fuerza invisible, aquel gigante del internet, no tenia rostro y era comandado por la voluntad colectiva de personas, aliadas a lo largo del planeta por intereses comunes que podían variar entre defender los derechos humanos y la libertad de expresión, hasta jugarle poderosas bromas pesadas a gente que hizo algún merito por ganarse el odio colectivo de los internautas.

Dos cosas eran ciertas. Los Anónimos podían estar en cualquier parte, pero no cualquiera que usara la mascara de Fawkes ostentaba y defendía los ideales de los Anónimos.

—Vaya, vaya, otro broni saltarín. —Dijo el sujeto de en medio, quitándose de sobre la cara la burlona sonrisa y rasgos pálidos para revelar un rostro regordete, cubierto por unos anteojos y rematado por una barba de candado y una calva prematura —Parece que tendremos que ponerlo en el corral junto con su amiguita.

—¡Cuidado! Son los británicos… —la voz de Diana se oía atrapada tras el cristal.

Los dos que aun seguían enmascarados comenzaron a avanzar hacia Mails, soltando sus instrumentos teniendo las manos libres para apresarlo. El chico comenzó a retroceder, pero sabia que el cuarto se le terminaría y no había a donde huir. Estaban en el treceavo piso.

—Mails, —escuchó que le gritaba Diana— ¡Mails, no te dejes, pelea!

Apoyándose sobre una consola cercana, sin darse cuenta, la chica pulsó un botón que activo el micrófono del interior del cuarto del cristal, permitiendo que su voz entonada y bella llenara la habitación donde su amigo se debatía en contra de los dos sujetos que permanecían anónimos. Su voz se oia en las bocinas, fuerte y clara justo cuando había empezado a cantar:

Mails, no te dejes Mails, ¡pelea!

¡Ahí viene, a la derecha!

Ahora esquiva con cuidado

Golpe a la rodilla, déjala maltrecha.

Y no olvides pegarle en el hombro maltratado.

El chico no tardó en notar que le daba instrucciones a él, no era solo una pegadiza tonada que su amiga estaba improvisando, aunque eso era bastante raro. Evadió la primera embestida y se agachó casi hasta el piso, para aplicar un patín a la rodilla de uno y empujar el hombro del otro en que había traído apoyada el hacha. Los atacantes retrocedieron sorprendidos y se abalanzaron de nueva cuenta sobre él para prenderlo, pero para entonces, Diana inspirada cantaba la segunda estrofa.

Ten cuidado Mails, ¡pelea!

Y no dejes que te pillen

Recuerda que no ven bien a los lados

Por andar enmascarados

Pega fuerte en la panza

Pero cuídate de su venganza.

Un golpe en el estomago dejó sofocado a uno de ellos, mientras que un par de bofetadas a en las sienes desoriento por completo al otro. Echándose hacia atrás evadió un intento de atraparlo mientras que bloqueo un par de golpes con los brazos. Por increíble que pareciera, Mails, el enclenque y poco coordinado Mails, tenia a ese par controlado, pero ¿y el otro tipo?

Ya los tienes en la bolsa, Mails, ¡pelea!

Y ¡cuidado! No des la vuelta…

Un chirrido ensordeció tanto al chico como a sus oponentes en el momento que tomando el micrófono, el calvo de negro lo retorció con su mano. Había salido de la habitación, abierto la puerta donde estaba encerrada Diana decidido a terminar con su numero musical y, molesto derribo a la chica de una bofetada en la mejilla.

—Suficientes canciones por hoy —dijo ceñudo.

—¡Maldito como pudiste…! —Gritó Álvarez descuidándose un segundo, al tiempo que los otros dos se reponían y lo embestían sometiéndolo fácilmente y cobrándose la humillación con un par de patadas en las costillas.

Adolorido y enfadado, Mails trató de ponerse de pie. Sentía adolorido el vientre y le costaba respirar, con sus brazos se levantó de sobre el suelo cuando sintió que le arrojaban algún objeto pesado y sus brazos se vencían haciendo que su cara diera contra el suelo doblándole el armazón de los lentes.

Se quitó de encima aquel objeto, el cual soltó un chillidito. Al voltear se dio cuenta de que era Diana, la habían sacado del cuarto y encerrado a ambos juntos en la habitación de las paredes de cristal.

A través de uno de los vidrios, alcanzó a ver al sujeto de la barba con su par de asistentes anónimos.

En el comunicador, era la voz de ese sujeto quien hablaba.

—Si que han resultado bravos estos bronis. No esperábamos encontrar resistencia, pero parece que alguien mas decidió venir a tomar el tesoro que solo le corresponde a Anonymous…

Mientras hablaba, Mails pudo observar como los tipos enmascarados tecleaban concentrados en las computadoras de la habitación mas allá del vidrio. Los observó un momento hasta que finalmente lo comprendió. Estaban descargando la información. Esas computadoras debían ser el centro de mando del aparato multidimensional de los Antibronis y seguro contenía todo lo necesario para operarlo o incluso construir otro similar.

—¡Deténganse! No tienen idea de lo que están haciendo —les espetó Álvarez aun sujetándose el vientre

—¿Que no? No me digas de que tengo o no tengo idea, cabeza de poni —lo interrumpió el otro —el conocimiento aquí contenido revela verdades sobre el universo que ningún ser humano antes había siquiera imaginado. Lo que hacemos, es preservarlo, evitar que caiga en malas manos. A final de cuentas, es nuestro por derecho, quienes lo crearon a partir de las locas teorías de El Profeta fueron Anónimos igual que nosotros. Haremos que su memoria, así como los méritos alcanzados por ellos serán preservados para la posteridad…

Así que era cierto. Muchos de los antibronis, o cuando menos sus lideres, habían salido de las filas de los hackers enmascarados, pero ¿por qué hablaba de su memoria? ¿los consideraban muertos?

—Diana —dijo Mails entonces, ya sin gritar, solo hablando para que su amiga lo escuchara —debemos hacer lo que sea necesario por destruir esa información.

—¿Por qué? —Poniéndose de pie y sobándose la mejilla, respondió la chica.

—Porque el conocimiento de cómo viajar entre los mundos es algo que jamás debió existir. Podría poner en riesgo no solo el Mundo Poni, sino otros tantos y aun el nuestro… —respondió el chico, y con la mirada decidida, el tono serio y el ceño fruncido, era la imagen viva de un Burning Spades humano.

»Además, que ese conocimiento exista a final de cuentas es culpa mía. Yo soy quien solía hacerse llamar en internet El Profeta. —dijo, sin saber que el comunicador de la cámara de los espejos funcionaba en ambos lados, permitiéndole a los anónimos escuchar lo que el decía.

Momentos después, el trabajo de los enmascarados dio frutos, y Mails pudo ver como le entregaban a su jefe un pequeño disco en una caja transparente. El hombre calvo lo miró en la luz como si contemplara una invaluable joya y sonrió embelesado lleno de malicia.

Suspirando teatralmente extendió las brazos y hablo de nuevo a través del micrófono.

—Bueno, mis bronis, me encantaría poder quedarme con ustedes, pero ahora que mis gurús técnicos han extraído para mi esta invaluable información, no nos resta mas que dejar estos discos duros vacíos, estos procesadores quemados y este edificio convertido en cenizas. Por cierto, no pensamos dejar que ustedes se vayan, por lo que tendré que pedirles que le den un saludo de mi parte a su Princesa Celeria, cuando la vean en el cielo de los ponis.

—Es la Princesa Celestia, grandísimo idiota —lo miró enfurecido Mails.

—¡Lo que sea! Como odio esos programas para niñas —respondió aquel perdiendo la fingida alegría.

Y antes de desaparecer de la vista, rociaron con la gasolina del bidón todo el centro de mando.

Al verlos partir, Mails comenzó a intentar forzar la puerta de salida golpenadola con su hombro. La puerta no cedió un milímetro, pero para el tercer golpe, el chico ya estaba tan adolorido que desistió del todo sentándose en el suelo.

Diana miró alrededor un momento y pensativa dijo:

—Que raro… hubiera jurado que querían prenderle fuego al lugar, tu sabes por lo de las cenizas y eso, pero no veo que hayan encendido nada…

—A menos que haya incendiado el edificio desde su base, en cuyo caso, planearon que nos matara de asfixia el humo en lugar del fuego. Vaya personas misericordiosas —contestó sarcásticamente el chico.

—Pues no siento que el lugar se este calentando, mas bien, me llega un chiflón bastante frio… —se abrazó a si misma, lo que pronto hizo reaccionar a su amigo.

—Un… chiflón… —repitió. —un chiflón, ¡la puerta!

Se levantó casi de un salto asomándose, y comprobó que al otro lado de la escalerilla, pasando el codo en la parte posterior del recinto, aun estaba abierta la puerta que daba al tejado.

—¡Pero claro! ¡Diana eres una genio!

—Lo se. —sonrió ella —¿Por qué lo dices?

Tomándola de una mano y sujetándose el hombro adolorido con la otra Mails echo a correr hacia el tejado, donde el viento de la noche comenzaba a arreciar alborotando los cabellos de ambos. El frio les pego de golpe y la fatiga hizo que esa rara sensación de vértigo y desorientación se potenciara. Tratando de concentrarse, Mails se ubicó pasando por la enorme jaula de acero montada al pie de la antena rumbo a la puerta del otro lado, la que lleva a un elevador en la planta baja.

La puerta del ascensor se cerró de inmediato y en ese momento, Mails se percató de ello. Lo que le hacia sentirse desorientado e incomodo y con la visión borrosa, era el humo. Los anónimos le habían prendido fuego a la planta mas baja del edificio y aunque el resplandor anaranjado de las llamas aun los alcanzaba en lo alto del edificio, el humo si lo había hecho y el chico no lo notó sino hasta que la bocanada de aire limpio contenida en el elevador le hizo notar la diferencia.

Después que ambos estuvieron en el ascensor, Mails eligió el botón de planta baja y al comenzar a descender, lo que mas temían sucedió. El ascensor se detuvo bruscamente de la nada y aunque las luces seguían encendidas, se negaba a bajar más. El marcador se había detenido en el numero cuatro, así que, dada la urgencia, los chicos decidieron bajar y continuar por las escaleras.

Las puertas se abrieron y lo que vieron fue humo. Mucho humo y fuego. Aquel piso se encontraba la invadido por las llamas, y además del calor, la falta de aire y de visibilidad, las paredes, apenas recubiertas de yeso y nada mas parecían crujir a cada momento de la nada.

La primera reacción de Mails fue de miedo, retrocediendo contra la pared del ascensor, pero pronto, un renovado valor se avivó dentro de el, y cubriéndose en rostro con su mano libre, enfundada en su playera roja, ambos chicos se adentraron en el infierno que se había desatado en el piso numero cuatro.

Deambularon por el piso protegiéndose así del humo como de las llamas, sudando gruesas gotas que les escurrían por la cara hasta que, pateando una puerta, llegaron a las escaleras. El concreto del que estaban hechas era resistente, pero era obvio que cada piso del edificio se encontraría mas envuelto en el incendio que el anterior, pero no podían rendirse, debían escapar y debían dar alcance a los anónimos para recuperar ese disco… y destruirlo.

Al llegar al primer piso, entre los crujidos de la estructura y el crepitar de las llamas, a Mails le apreció que escuchaba unos canticos. Y no estaba equivocado, ante la flameante edificación, los tres hombres de negro miraban su obra mientras, con una mano sobre el corazón, entonaban solemnes a una voz:

Somos Anónimos,

somos legión,

no perdonamos.

Somos Anónimos,

no olvidamos,

¡espérenos!

De la noche y su ignorancia

de un mundo y su corrupción;

somos brazas, somos fuego

Somos la revolución.

No hay luz en el camino,

en el sendero no verás.

Somos venganza, somos odio;

Por tus crímenes lamentarás.

Somos Anónimos,

somos legión,

no perdonamos.

Somos Anónimos,

no olvidamos,

¡espérenos!

—Hey chicos… —una voz dulce los interrumpió. Se trataba de Diana que los miraba desde el otro lado de la calzada, tras ellos, fuera del edificio en llamas donde ellos pensaban que estaba —Admito que saben dar fiestas muy prendidas, pero me temo que es de mala educación dejar a sus invitados desatendidos…

Los ojos del jefe de los anónimos se abrieron mucho mirando a una posible testigo de su crimen y vandalito y ordenó entre dientes a sus secuaces:

—¿Qué diablos esperan? ¡Atrápenla!

El par de enmascarados fueron tras ella, mientras que, volviéndose hacia el edificio, el calvo hombre contempló su terrible obra sin escuchar que unos silenciosos pasos que se acercaban tras él.

Subiendo por las escalinatas de la entrada del edificio, Mails se disponía a tomar por sorpresa a su oponente, pero en el ultimo escalón tropezó, lo que alertando al hombre barbado le permitió darse la vuelta justo a tiempo para que el broni de anteojos callera sobre él, haciéndolo caer de espaldas.

Tras ellos, las puertas del edificio se abrieron dejándolos pasar a un vestíbulo que se había transformado en una sucursal del mismísimo infierno. El calor y la luz eran insoportables y aun los castillos y soportes mismos de la estructura parecían columnas de fuego.

—¡Maldito demente! —dijo el anónimo poniéndose de pie.

—No pienso irme sin ese disco —le aseguró Mails, encorvado por la fatiga, el calor y las heridas en su adolorido cuerpo.

—Pues nadie dijo que irías a ninguna parte —gritó el otro lanzándose contra el en una feroz envestida.

El chico lo recibió sosteniéndose con firmeza y después de unos instantes de forcejeo un estruendo distrajo a los dos contrincantes. Las ventanas de cristal del edificio habían comenzado a reventar. En sonoras explosiones, expulsaban trozos de vidrio incandescentes, letales como navajas al rojo vivo. Un trozo de techo se desplomó y una de las piernas del anónimo quedó envuelta en llamas. Mientras sufocaba el fuego de su pierna, Mails aprovechó y metió la mano en su bolsillo.

Al tanto del intento del broni, el calvo se defendió empujándolo a un lado con una mano, mientras que con la otra rebuscó en el otro bolsillo.

La escena se congelo aun entre las llamas, cuando ambos oponentes vieron lo que habían conseguido. El jefe anónimo esgrimía en una mano el minidisco en su carcasa plástica, mientras que Mails, en las suyas empuñaba un revolver recién birlado del bolsillo de su rival y lo apuntaba con entereza directamente al pecho.

—Dame el arma niño. No quieres lastimar a nadie. —le ordeno con furia el enfundado en traje negro. Las gotas que le resbalaban por la frente eran en parte por el fuego, en parte por los nervios de la situación.

—El disco. Dame el disco y nadie saldrá lastimado… más lastimado, cuando menos.

—Esto es mas grande que ti y tus ponis de dulce, mocoso, ahora se un buen niñato y dame el arma.

—He dicho… el disco —ordenó Mails, tirando del martillo del arma, accionando el tambor para colocarlo en posición para disparar. No tenia idea de lo que estaba haciendo pero había visto varias películas al respecto.

—Bien, bien, maldita sea. Igual puedo tomarlo de encima de tu frio y muerto…

No hubo tiempo de terminar el enunciado. Mails le arrojó el arma a la cara. En un torpe intento por atraparla, el anónimo soltó el disco que calló al piso saliéndose de su caja. El Álvarez se lanzó al suelo y sujetándolo, se dispuso a levantarse, pero su oponente ya le estaba apuntando a la cabeza con el revolver.

—¿En donde estábamos? —dijo el calvo ciber-terrorista— Ah, si. Dame el disco.

Mails levantó la mano donde cargaba el disco y en un rápido movimiento, lo arrojó a las llamas donde el plástico chirrió y se retorció hasta fundirse y quedar completamente destruido.

—¿Pero que has hecho? —enloquecido de furia, el anónimo tomó a Mails por el cuello, obligándole a ponerse de pie. El chico era por lo menos quince centímetros mas alto, pero mucho mas delgado. Le colocó el cañón caliente del arma sobre el mentón y amenazó fuera de si mismo:

—¿Mocoso idiota, crees que libraste tu amado Mundo Poni de mis garras? Se perfectamente que todo lo que estaba escrito en este disco es resultado de tus teorías, ¡Tu eres El Profeta! Obtendré ese conocimiento aunque tenga que extraerlo neurona a neurona de tu maldita cabeza…

—¡Jefe! —le gritaron entonces desde la puerta sus subordinados. —¡es la ley! Hemos demorado demasiado, debemos irnos.

El hombre regordete no se movió mientras Mails lo miraba con los ojos enceguecidos por las crecientes llamas. Un cristal crujió reventando cerca de ellos y tuvieron que echarse al suelo para evitar resultar heridos.

Los otros dos anónimos se adentraron en el vestíbulo en llamas, tomando a su líder con ellos y sacándolo a rastras, mientras él vociferaba "al chico también, traigan al chico también". Pero sus ruegos no fueron escuchados. Varias luces de color azul y rojo se veían en la distancia sobre la doble calle que bajaba hasta la calzada de la propiedad. Por lo menos cuatro patrullas y dos camiones de bomberos bloqueaban el paso y los anónimos tendrían seguramente que abandonar su vehículo. Nada que los incriminara estaba ahí, pero tendrían una mala noche para transportarse.

Por su parte, tendido en el suelo ya sin fuerzas, Mails se alegraba de haber destruido de una vez por todo ese maldito disco… ese maldito libro… nadie tendría que preocuparse ni temer nunca más a los Colores Exteriores… ese maldito libro. Aun no. Aun había algo más que hacer una tarea final, pero no en este mundo, y el chico esperaba que las llamas consumieran su cuerpo, así como un rayo había quemado el cuerpo de los antibronis, pero dejaran a su esencia escapar libre para reunirse más allá de la Cascara del Mundo con sus seis amigas.

Un par de brazos lo levantaron. Y le ayudaron a ponerse de pie. Un par de hombros lo sacaron del edificio antes de que colapsara y un par de pies le ayudaron a andar todo el camino hasta la reja. Un par de manos lo arrastraron por un agujero debajo de la malla y un par de ojos vigilantes vieron por él el resto de la noche.

—Diana —dijo Mails entonces, volviendo de entre sus recuerdos.

En lo que había reconstruido su memoria de la noche anterior, se había bañado, arreglado y cambiado y ahora estaba listo. Estaba usando un par de tenis de color rojo muy vivo y un fino pantalón de vestir negro. Usaba una playera polo nueva, de color rojo quemado en cuyo pecho ostentaba en vinil textil color plata la marca de una Pica en Llamas. Sobre ella usaba un lindo chaleco, negro por el frente y plateado por detrás. Se había colocado además un moño color negro en el cuello.

¿Cómo pudo Diana levantarlo y moverlo todo el camino hasta la parada de autobús, además de cuidar de él todo el camino de vuelta desde la Ciudad Capital?

No recordaba nada más, como si se hubiera extraviado aun de sus sueños, no teniendo memoria alguna hasta el momento de haber despertado sentado al pie de un árbol en las jardineras de la universidad.

Miró su celular. Ya pronto era hora. No tenia tiempo que perder. Una noche de sueño, una ducha y un momento de recuerdos no sanarían las heridas infringidas en su cuerpo, pero debía sobre ponerse:

El era nada mas ni nada menos que el director de la orquesta del Musical de los Bronis y esta noche era su Gran Gala.