El frío es el precio de la libertad
Capítulo 03
El invierno había llegado oficialmente a Winnipeg, pero no se presentó con ningún cambio notorio que lo anunciara. La primera nevada cayó en Noviembre y la nieve ya había comenzado a acumularse en las calles y techos de las viviendas. Sin embargo Bucky recibió la estación más fría del año con dureza, los fuertes vientos helados podía soportarlos, pero las pocas horas de luz le afectaban emocionalmente. Debido a su horario, la mayor parte de los días salía a trabajar cuando el sol aún no se elevaba en el horizonte y regresaba luego del atardecer.
Bajó las escaleras sin prisa, dispuesto a emprender la caminata a la parada de autobús que tomaba todas las mañanas, pero se detuvo en la entrada del edificio al notar la presencia de un anciano sentado en una silla de ruedas. Era un hombre muy mayor, con el rostro arrugado y una fina capa de cabellos blancos escapando por los costados del gorro que llevaba para cubrirse, sin dudas debía superar los noventa años. De inmediato le llamó la atención la vestimenta que llevaba; a pesar que estaba cubierto en buena medida por una gruesa manta, pudo distinguir un viejo uniforme militar que reconoció de inmediato.
Cuando sirvió en la Segunda Guerra, antes de que su escuadrón fuera capturado y llevado a los Alpes, tuvo el gusto de conocer hombres de diversas nacionalidades, entre ellos soldados canadienses que fueron llamados al frente al formar parte de la Mancomunidad Británica de Naciones. Se sintió extraño al pensar que quizás ese anciano podía ser alguno de los hombres con los que entabló amistad y combatió hombro con hombro contra las fuerzas del Tercer Reich.
Unas voces en el exterior desviaron su atención hacia la calle y notó que su amistosa vecina se encontraba frente a un automóvil estacionado en la acera hablando con un joven que se veía visiblemente apenado.
―Lo siento muchísimo ―se disculpó.
―Está bien, sólo pensaba ir a la tienda, puedo demorarme ―respondió ella con una agradable sonrisa.
―Aún así…
―Tienes que llevar a tu abuelo a su reunión, no creo que le guste llegar tarde ―insistió Judy, consiguiendo que el joven asintiera derrotado, caminara hacia la puerta del edificio para recoger a su abuelo y lo bajara por la rampa de al lado de las escaleras.
―Suerte ―dijo ella despidiéndose al ver el automóvil partir con el veterano y su nieto.
Judy dejó escapar un suspiro pesado y se agachó para recoger su pala para nieve. Sin querer había limpiado el coche incorrecto, el suyo seguía oculto bajo la capa blanca que se acumuló durante la noche y que empeoró cuando el camión que limpia las calles pasó en la madrugada lanzando la nieve hacia los costados.
Bucky pensó que podría seguir su camino en silencio o en el peor de los casos intercambiando un saludo rápido, ella no se había percatado de su presencia, pero cuando vio a la mujer forcejeando inútilmente con un pequeño cepillo de plástico pegado al hielo del suelo su consciencia le obligó a acercarse. Ella dio un salto de sorpresa al ver como una mano aparecía a su costado y sin mayor esfuerzo despegaba el objeto del suelo.
―Gracias ―dijo, dibujando una pequeña sonrisa en su rostro.
Bucky sólo asintió en silencio el agradecimiento y se preparó para seguir su rumbo.
―¿Estás yendo a trabajar? ―preguntó Judy avanzando al espacio para estacionar que ahora se encontraba vacío para sacudir la placa de los vehículos adyacentes y ver cuál era el suyo―. Podría adelantarte si quieres, no me toma más de diez minutos desenterrar el carro y te evitas caminar.
Bucky pensó en negarse, pero una sola mirada a la vereda por la que debía de ir dejó claro que sería un tanto ilógico preferir avanzar sobre el hielo que aceptar la comodidad de un carro. Asintió con la cabeza y vio como ella se mostró bastante animada por su respuesta.
―Debes pensar que soy una despistada por haber limpiado el carro equivocado, pero en mi defensa el nieto del Sr. Johnson llegó ayer en la noche y tiene el mismo modelo y color que yo ―se defendió, consiente que debía verse como una tonta.
―Yo no he dicho nada ―replicó Bucky de inmediato, la verdad ni se le había pasado por la cabeza que la situación era realmente un tanto ridícula.
―Pero lo debes haber pensado ―comentó, comenzando a limpiar el techo de su automóvil.
Bucky observó por unos segundos y decidió que quizás debía de ayudarla, al final estaba ofreciéndose a llevarlo y él se encontraba parado a un metro mirando sin hacer nada. Pero para su sorpresa cuando se acercó ella lo miró bastante seria y apretó con fuerza el mango del cepillo para nieve que estaba utilizando.
―Yo puedo limpiarlo ―soltó casi a la defensiva.
―No podías levantar el cepillo ―puntualizó él, no muy seguro de por qué se permitió vocalizar la idea.
―Aún así, me niego a que un americano tenga que ayudarme a limpiar la nieve ¡Soy canadiense! Después voy a estar un paso más cerca de ir a tocarte la puerta para que me ayudes a abrir las ventanas de mi departamento cuando se congelan ―replicó un tanto espantada ante la idea.
―¿Para qué vas a abrir tus ventanas en invierno? ―Era una pregunta totalmente honesta, con la temperatura que la ciudad solía tener le resultaba ilógico que alguien considerara llenar su casa con el aire helado.
―Ventilar la casa obviamente, por eso la gente se enferma más en invierno, se encierran por meses sin dejar que el aire limpio entre al menos un par de veces ―explicó, dando un último empujón a la nieve que estaba sobre su auto―. Sólo queda limpiar las lunas ―comentó, tomando el pequeño cepillo que él le ayudó a recuperar para luego abrir una de las puertas y encender el motor.
Judy desenterró la mayor parte de su auto y decidió que era suficiente para poder salir, no necesitaba remover cada centímetro de nieve, sin el auto del nieto de Sr. Johnson ya tenía suficiente espacio para maniobrar. Bucky se sentó en el asiento del copiloto y fue recibido por la mujer que lo observaba con curiosidad.
―¿A dónde te llevo?
―Sigue tu ruta y yo me bajo cuando te desvíes ―dio como respuesta, notando que ella no parecía muy complacida.
―¿Conocías al Sr. Johnson? ―preguntó y al recibir una negativa silenciosa siguió hablando―. Es el vecino de mayor edad que tenemos, combatió en la Segunda Guerra, creo que estaba yendo a una reunión de veteranos.
Bucky no trató de mantener la conversación, si bien el tema no le traía malos recuerdos si lo llenaba de una extraña sensación de nostalgia y desesperación. Estaba perdido en el mundo moderno, pese a aparentar una edad joven sentía que aunque pudiera dejar de lado sus miedos jamás podría relacionarse adecuadamente con personas como Judy, sencillamente eran de mundos muy diferentes.
―Cierto, me había olvidado, tienes que darme tu número en caso de alguna emergencia ―soltó ella de improvisto.
―No tengo teléfono ―respondió ligeramente incómodo. No era la primera persona que le pedía esa información y en las otras ocasiones se había llevado un par de miradas de suma sorpresa que no le agradaron mucho. Debido a su tiempo bajo el control de HYDRA conocía los avances tecnológicos que ocurrieron desde los años cuarenta, pero con una óptica militarizada, aún no estaba familiarizado con los usos cotidianos de muchos artefactos.
―¿En serio? Bueno, entonces quizás tu cuenta en Facebook ―continuó y cuando él no respondió soltó una pequeña risa―. ¿Twitter? ¿Instagram? ¿LinkedIn? ―La expresión de confusión de Bucky la obligó a disminuir la velocidad y animarse a preguntar una vez más entre risas― ¿Tinder? ―Valía la pena probar.
―No, nada de eso ―respondió malhumorado―. ¿Te parece gracioso?
―Un poco ―confesó ella―. Hay poca gente que logra mantenerse fuera de las redes sociales, es todo un reto actualmente.
―No creo que sea tan difícil ―bufó él. El término redes sociales lo había escuchado y si no lo comprendía mal no era otra cosa que un montón de gente comunicándose a distancia en reemplazo de verdaderas relaciones.
―Toma ―ofreció Judy rebuscando en la guantera―. Mi tarjeta. Ese correo es el que uso para los trabajos de traducción, pero lo reviso constantemente.
Bucky recibió el objeto sin emitir sonido y lo guardó en su abrigo. Decidió mantenerse en silencio, se sintió confundido al percatarse de todo lo que había hablado esa mañana, quizás otra persona lo consideraría habitual, pero para él mantener una conversación medianamente normal no era parte de su realidad desde décadas atrás.
―Perdón, en serio que no me estaba riendo de ti, sólo que es un poco peculiar. La verdad es refrescante ver alguien que no ande consumido por la internet ―habló de forma sincera al notar que él parecía haberse ofendido.
―Aquí está bien ―interrumpió Bucky al momento en que ella dobló en una esquina que comenzaba a alejarse de su ruta. Cuando el automóvil se detuvo él se bajó dándole las gracias, sin permitirle a Judy seguir disculpándose.
. .
Bucky regresó del trabajo y se encerró en su departamento. Su día había transcurrido de forma rutinaria si excluía el encuentro con su vecina en la mañana. Presentía que la vería pronto, cuando bajó del carro la dejó con las disculpas a medio pedir y dudaba que la mujer fuera a dejar el tema en paz. Los golpes en su puerta simplemente confirmaron su suposición, nadie aparte de Judy tenía razón para buscarlo esa noche.
Cuando abrió se encontró con la rubia esbozando una sonrisa y extendiéndole una caja de cartón.
―¿Timbits? ―ofreció ella con cierto nerviosismo―. Tómalos como Timbits de la paz, no me dejaste disculparme bien.
―No te tienes que disculpar ―respondió sin tomar la caja, no tenía idea que era un Timbit.
―Aún así, los compré para ti. Pasé por Tim Horton's y pensé que quizás como buen americano te has mantenido fiel a Starbucks y te estabas perdiendo de todo un mundo diferente ―explicó, insistiendo en que tomara la colorida caja―. Soy de Quebec, mis ancestros franceses exigen que no te deje a merced de donas desabridas y panes sin sabor.
―Sabes que no entiendo la mitad de lo que estás diciendo, ¿no? ―cuestionó él, a diferencia de sus compañeros de trabajo que ya habían decidido dejarlo en paz y consideraban que era extraño, Judy seguía actuando como si fuera un amigo de su escuela.
―Cómelos ―pidió, entregándole la caja―. Seguro que algún sabor te va a gustar, sólo míralos bien antes de comerlos así los reconoces cuando te animes a comprar, a mi me fascinan los de arándano ―explicó para luego retirarse con calma y despedirse de él antes de entrar a su departamento.
Bucky miró la caja y cerró la puerta. Judy no le incomodaba especialmente, ella no era el problema. Pese a que solía hablarle sus interacciones eran cortas y en ningún momento había tratado de ahondar en un tema para sacarle respuestas. Sin embargo no podía evitar querer que se mantuviera alejada; que no hubiera perdido el control hasta ese momento no significaba que estaba curado. Él lo sentía, el soldado aún se removía en su interior, esperando el momento preciso en que bajara sus defensas para salir.
Se sentó en la mesa donde solía pasar horas escribiendo sus recuerdos y decidió que no perdía nada probando lo que le había regalado. Resultó que los Timbits no eran otra cosa que una masa dulce redonda del tamaño de un bocado en diversos sabores.
Nota de autora: Me he demorado meses para esta actualización, pero más vale tarde que nunca xD Este capítulo no ha tenido a Bucky en mal estado, tampoco es que el hombre sufra todo el día, dado que sobrevivió en el periodo entre películas voy a asumir que como aquí trabajó y para eso tiene que ser capaz de ser medianamente funcional. Judy sigue sin saber nada de su vecino, pero igual sigue pensando que es bueno tener alguien joven viviendo en el edificio… claro que no esperaba que fuera de los que no tienen ninguna red social a su nombre :P
Los Timbits son ricos, aunque cuando recién llegué a Canadá no tenía idea de qué eran ni quién era el "Timmy's" del que tanto hablaban xD
