Chris le echó una hojeada al reloj digital sobre la cómoda junto a la cama sobre la que se encontraba: las tres y veinte de la madrugada.
Bostezando, bajó la mirada hacia el bebé de escasos y oscuros cabellos que dormía profundamente junto a su mejor amigo, quien tenía el cabello platinado y largo.
Viktor le había explicado a Christophe lo ocurrido. Resultaba que Nikiforov se encontraba volviendo a casa después de pasar unas buenas horas en compañía de Mila y Georgi, en casa de la pelirroja, bebiendo para ahogar las penas del pelinegro porque habían vuelto a dejarlo. Georgi se enamoraba con demasiada facilidad y ni qué decir de pasión, por eso le dolía tanto cuando rompían con él... lo que ocurría más a menudo de lo que cualquier persona gustaría admitir. Era curioso ya que Georgi era una muy buena persona, atento, amoroso, servicial y entregado; era triste que todas las chicas por las que caía no supieran valorar aquello. Y volviendo a Viktor... Estaba caminando de regreso a casa, cerca de la media noche, cuando le pareció oír un ruido extraño. Al principio lo ignoró puesto que creyó había sido obra de su imaginación, que su resistencia al alcohol era alta mas no absoluta. Pero, al repetirse el sonido, Viktor se quedó quieto y aguzó el oído en espera de volver a oírlo. Cuando ocurrió, lo reconoció: el llanto de un bebé. Guiándose por su sentido del oído, Viktor se acercó más y más hasta encontrar la caja de cartón en la que el bebé se encontraba y, ni corto ni perezoso, la levantó y llevó consigo. Después pasó casi dos horas rogando porque el crío se quedara dormido y llamó a Chris cuando había perdido todas las esperanzas de lograrlo por su cuenta, solo para darse con la sorpresa de que ya no había más llanto lastimero tras colgar la llamada, e incluso antes.
Christophe se había imaginado todas las escenas y se había reído un rato. Él siempre había pensado en su mejor amigo como un niño en el cuerpo de un hombre porque, a sus veintiún años, Viktor Nikiforov era la persona menos sería que hubiese tenido la dicha de conocer. Chris era dos años menor y nadie lo pensaría si escuchaba una plática entre él y su mejor amigo de platinada cabellera.
El reloj dio las tres con veinticinco y Chris decidió aprovechar el estado del par de bebés e ir a por un vaso con agua, deteniéndose en su camino de regreso al su mirada recaer en la caja de cartón que Viktor había mencionado, estaba sobre el sofá y Chris cedió ante la tentación de acercarse y echar un vistazo en el interior, suponiendo –y acertando– en que su amigo no se habría molestado en revisarla tras sacar al bebé de ella. Dentro de la caja había un par de papeles ligeramente arrugados, un pequeño llavero de cerdito y un pedazo de tela que quizá podía haberse considerado como una mantita incompleta. Curioso, Chris tomó el par de papeles y leyó:
~•~
Estimado desconocido, mi familia y yo le rogamos encarecidamente cuide de nuestro bebé. No quisiéramos hacerle algo como esto, abandonarlo rompe el corazón de mi esposa y el mío propio mas las circunstancias en las que nos encontramos así lo requieren. Él no está registrado, no tiene partida de nacimiento y por lo tanto no existe para el mundo... Su nombre es Yuuri y nació el veintinueve de noviembre, esa es toda la información que podemos proporcionarle.
Por favor, por favor cuide y ame a nuestro pequeño ángel como si de su sangre se tratase.
Un tonto hombre condenado.
~•~
Chris se dio cuenta de que habían puntos ligeramente más oscuros en aquel papel y entendió que el padre de Yuuri debía haber llorado mientras escribía. Un hombre condenado... ¿Qué habría hecho? Pasando aquella primera hoja detrás de la segunda, Chris notó el cambio en la caligrafía, mucho más vacilante y en cursiva.
—¿Una canción? —Chris concluyó en que aquello debía ser obra de la madre, quien al menos había deseado dejarle aquel ínfimo legado a su pequeño. Suspirando con tristeza por el destino al parecer fatal y como mínimo incierto de la pareja, Chris dobló el par de hojas con cuidado, tomó la en su momento mantita rasgada y el llavero de cerdito y los llevó a la habitación de Viktor, colocando al cerdito junto a la manito derecha del bebé y decidiendo que primero debían lavar lo que fue la mantita antes de permitirle a Yuuri volver a tocarla.
—Yuuri... —pronunció Giacometti en un susurro, mirando con fijeza la carita redondeaba y pacífica del bebé. Pensó que el nombre le quedaba bien.
Esperaba que la familia que fuese a hacerse cargo de él lo amara mucho.
