La alarma sonó en cuanto el reloj digital marcó las seis y media de la mañana, consiguiendo que un gruñido profundo emanara de la garganta de Viktor, un quejido adorable saliera de labios de Yuuri y una maldición en francés escapara de boca de Christophe, el mismo que tuvo que ponerse de pie y arrastrarse para rodear la cama hasta alcanzar el reloj y apagarlo de un manotazo.

—¿Por qué rayos no desconectas la alarma si es sábado? —masculló Christophe, resoplando, los ojos entrecerrados no por enfado, bueno, en parte, pero mayoritariamente debido al sueño que todavía le pesaba. Quería volver a dormir...

—Lo olvidé —farfulló Viktor, negándose a abrir los ojos y moviéndose de lado, su rostro, sus labios en específico, rozando contra la manita izquierda del bebé, el mismo que giró inconscientemente la cabecita en dirección del platinado, sus ojitos cerrados al igual que los del mayor.

Christophe se apresuró en sacar su teléfono celular de su bolsillo y tomar media docena de fotos, sin flash ni filtros, apenas controlando sus chillidos internos por lo adorable de la escena.

Qué pena que no durara mucho.

Ante el sepulcral silencio, Viktor entreabrió uno de sus ojos, el izquierdo, y jadeó ante la imagen frente a él.

—No fue un sueño —alejándose con cuidado de no mover mucho la cama, se sentó con lentitud, sin quitar sus ojos de la criatura durmiente a escasos centímetros—, hay un bebé en mi cama...

—Recogiste un bebé de la calle que estaba en una caja hace menos de ocho horas —Chris observó la manzana de Adán de su mejor amigo moverse mientras el mismo tragaba grueso una, dos y tres veces antes de por fin girarse a mirarlo, azul brillando en confusión y perplejidad—, sí, se despertó por mi culpa cuando llegué y velé el sueño de ambos hasta como las cuarto de la mañana, luego caí dormido igual y tenemos que llevar al bebé a un orfanato cuanto antes, ellos sabrán qué hacer.

Viktor empezó a asentir lentamente, deteniéndose en mitad de la acción solo para sacudir la cabeza en una negativa en su lugar.

—No podemos hacer eso, Chris.

—Lo abandonaron, Viktor, de nada servirá reportarlo a la policía, nadie vendrá a reclamarlo.

—No lo digas así —frunciendo el ceño, Viktor gruñó—, Yuuri no es ningún objeto perdido, Chris.

Las cejas de Giacometti se dispararon hasta casi tocar el inicio de sus cabellos.

—¿Tú...?

—Así es —cortando la interrogante de su mejor amigo, Nikiforov sonrió—, leí el par de notas, del mismo modo en que vi el cerdito y esa tela celeste.

—Viktor —Chris parpadeó repetidas veces, negándose a creer lo que el platinado pensaba hacer—, tú no vas a criar a un bebé ajeno...

—Lo dices como si alguien fuese a venir por él, Chris —Viktor rodó los ojos y giró a mirar al aún durmiente bebé, moviendo una mano para picarle la barriguita y sonreír cuando las finas cejas oscuras se fruncieron, divertido—, no es ajeno si le doy mi apellido —concluyó, alegre.

Chris llevó una mano a su frente, incrédulo.

Su mejor amigo estaba demente.