Viktor no lo comprendía.
—¿Crees que unos mafiosos van a venir a buscar a mi hijo? —ladeó la cabeza—, ¿por qué habrían de hacer algo así?
—¡Porque sus verdaderos padres probablemente están metidos en negocios turbios! —siseó Christophe, lo suficientemente bajo como para que Yuuri solo mostrara fastidio mas no despertara—. No puedes quedarte con él, Viktor, no es una mascota.
—Yo sé que no es una mascota —ofendido, Viktor giró el rostro, concentrándose por entero una vez más en el bebé que parecía ir a despertar en cualquier momento por lo inquieto que se encontraba—, eres un tío cruel por llamarlo de ese modo, Chris.
—¡Nunca lo he llamado mascota! —erizándose, Christophe suspiró exasperado, buscando el modo de hacer entrar en razón al mayor, por más que supiera que era prácticamente imposible con lo terco que era su mejor amigo—, además, ¿qué crees que dirán tus padres al respecto? ¿Y Yakov?
—Mamá estará encantada, mira nada más lo lindo que Yuuri es, Chris —rio Viktor—, papá me preguntará unas diez veces si estoy seguro con respecto a mi decisión, dedicándose a mimar a Yuuri cuando le responda afirmativamente esas diez veces y Yakov... bueno, Yakov siempre me está gritando así que dudo mucho que haga algo diferente en esta ocasión —volvió reír—, pero ya quiero verlo cuando caiga por Yuuri, Yakov Feltsman será como su segundo abuelo, te lo aseguro.
—¿Y el tercero? —Chris creyó ver una oportunidad y la tomó—, si estás tomando a Yuuri para no casarte...
—¿Y qué si así fuera? –Christophe calló de golpe, notando lo errado de su comentario al instante—, ¿crees que no encontraría a ninguna persona dispuesta a criar a Yuuri conmigo? ¿Y qué si decido criarlo yo solo? —bufando, esperó a por la respuesta de su mejor amigo.
—Lo lamento —y enarcó una ceja al oír aquellas palabras—, no fue mi intención ofenderte, Viktor, solo trato...
—Que comprenda lo que implica tener a otra persona bajo tu cuidado —completó la frase por él—, lo sé y lo aprecio, Chris, sabes que lo hago —Christophe asintió—, por eso tú serás el padrino de Yuuri —sonrió—; pienso arrastrarte conmigo en esto, amigo mío.
Riendo, Chris resopló.
—No puedo creer que acabes de convencerme solo con eso, por todos los cielos.
—Nunca subestimes mi poder de persuasión, Giacometti, nunca lo hagas.
Chris rodó los ojos, sonriendo y señaló al bebé.
—Sí, bueno, despliégalos ahora para que tu hijo no se ponga a llorar.
