Aceptar la ayuda de Christophe resultó un golpe duro para el orgullo de Viktor por primera vez en los más de cinco años que tenían de conocerse.

—Vamos, vamos, Viktor —con Yuuri entre sus brazos, Chris intentaba animar a su mejor amigo—, nadie nace sabiendo, he pasado meses entre niños, al principio estaba tan perdido como tú.

Como toda respuesta, Viktor hizo un puchero.

Gah... —azul cielo se abrió con sorpresa cuando el bebé estiró sus manitas en dirección de donde él se encontraba, balbuceando cosas ininteligibles–, gaga...

—¡Papá! —Viktor no perdió el tiempo en básicamente arrebatar a Yuuri de brazos de su mejor amigo—, ¡trata de llamarme papá, Chris!

Riendo, Christophe se mordió un lado del labio inferior.

—Yo diría que solo balbucea por balbucear.

Viktor lo miró con los ojos entrecerrados y las mejillas infladas, dejando el acto al oír más balbuceos de Yuuri, que ahora intentaba alcanzar el rostro del platinado.

—Chriiiiiis —Viktor casi chilló—, ¡Yuuri me quiere!

Analizando la imagen frente a sí, Christophe sonrió de medio lado y estiró una mano para deshacer el moño que Nikiforov había formado con su cabello, las platinadas hebras cayendo al instante. Viktor no tuvo tiempo más que para mirar con curiosidad hacia su mejor amigo antes de soltar un quejido de sorpresivo dolor.

Yuuri tiraba de su cabello y parecía feliz.

—Tienes razón, Viktor —corroboró Giacometti—, Yuuri te quiere —ahogó la risa, Viktor haciendo una mueca de dolor y luego otra—, ¡te quiere dejarte calvo! —y estalló en carcajadas ante la mirada furiosa color cielo y la dichosa color tierra.