Yuuri tenía mucha fuerza.

—¡Gyah! —chilló, tirando por décima tercera vez del mismo mechón de cabello.

—¡Ay! —Viktor suspiró—, Yuuri, eso le duele a papá...

¡Gagah! —rio Yuuri—, ¡gagah, gagah!

Viktor sonrió. Chris podía repetir todo lo que quisiera que Yuuri no intentaba llamarlo papá, él sabía que sí lo hacia.

Cuando Yuuri tiró por décimo cuarta vez del cabello de Viktor y el cuero cabelludo del mismo lloró, el afectado decidió que ya había sido suficiente.

—De acuerdo, pequeño, es hora de dejar de tortura a papi —tras esas palabras, fue el turno de Viktor de tirar de sus cabellos, queriendo liberarlos de la prisión que constituía el pequeño puño del bebé en su regazo, sorprendiéndose al no tener éxito a la primera, ni a la segunda ni a la tercera—, Yuuri, suelte el cabello de papá.

Gagah —dijo Yuuri, tirando otra vez—, ¡gagah! —protestó, tirando una y dos veces, frunciendo el ceño al no ver al hombre sobre el que estaba sentado soltar su fuente de diversión—, ¡hya! —chilló—, ¡gagah hya! —repitió, airado.

—No —se quejó Viktor, como si hubiera entendido lo que Yuuri había querido decir—, tú suéltalo.

¡Hyah! —fue la fea contestación del bebé.

—A mí me respondes bonito, jovencito —amenazó Viktor, nada feliz con el tono de aquel chillido—, y me sueltas en este instante.

Yuuri ya no contestó y tras una larga mirada compartida, el bebé cedió, Viktor mostrándose satisfecho y volviendo a armar el tomate platinado sobre su cabeza, congelándose ante la primera señal de que Yuuri estaba apunto de echarse a llorar.

—No, no, no —Viktor tomó entre sus dos manos al bebé y lo elevó, dejándolo a escasos centímetros de su rostro—, no llores, Yuuri, no llores...

Con los labios cada vez más temblorosos, el bebé miró con sus ojitos cristalizados hacia los azules de Nikiforov.

El corazón de Viktor se encogió en el interior de su pecho y el platinado se inclinó hacia adelante, pegando su frente con la del bebé, haciendo que Yuuri parpadeara.

—Lo lamento —susurró.

Y, para su sorpresa, Yuuri colocó sus manitas a ambos lados de su rostro, balbuceando, pero no lloró.

Aliviado, Viktor frotó la naricita del bebé con la propia, relajándose al oír la cristalina risa ajena. Suspiró.

—Bueno —Chris observó a su mejor amigo y al pronto a ser hijo del mismo y sonrió—, ¿alguien tiene hambre? —acababa de volver de comprar un biberón, leche en polvo, tostadas y unos cuantos huevos. O, claro, y pañales.

Viktor regresó a Yuuri sobre su regazo y elevó la manito derecha del mismo de paso junto con la propia.

—Nosotros —sonrió el platinado.

¡Noos! —secundó Yuuri, entusiasta.

Riendo, Chris se dirigió a la cocina.

Muy bien entonces.