Ir a la sala era como un ritual tras cada comida o, mejor dicho, sentarse en el sofá azul y encender el televisor para buscar alguna película decente era un ritual tras cada comida para Viktor y Chris siempre que estaban juntos en casa del otro. El par de mejores amigos eran amantes del buen cine, o lo que ellos consideraran como bueno, y les bastaba con que los entretuviera por una decente hora y media como mínimo, no pedían gran cosa.

Claro que, ahora tenían a un tercero en discordia, puesto que Yuuri bebé no parecía contento con nada de lo que Viktor o Chris querían ver.

Christophe terminó por detener el zapping en un programa de dibujos infantiles, mirando con esperanza hacia el pequeño pelinegro, pero de nada sirvió, Yuuri chilló con disgusto y repitió la acción con los otros cinco canales para niños, guardando silencio al escuchar un gruñido escapar de boca de un oso en la pantalla de la caja boba.

¡Hyah! —exclamó con emoción, su oscura mirada brillando ante la imagen del gran animal moviéndose junto a sus cachorros cerca de un río—, ababa...

Viktor miró con interés hacia abajo, hacia el bebé que continuaba soltando sonidos de contento y luego miró a Chris.

—Dato curioso sobre Yuuri número dos —sonrió—, al parecer le gustan los animales.

—¿Número dos? —enarcó una ceja Giacometti—, ¿cuál es el número uno?

Nikiforov jugueteó unos segundos con las manitas de Yuuri antes de dignarse a responder.

—Si estoy en lo cierto, se dormirá con la canción de cuna que estaba escrita en una de las hojas.

—Pero si tú cantas horrible —enarcó las cejas Christophe.

—Canto mucho mejor que tú —siseó en respuesta Viktor.

¡Aye! —El par de mejores amigos se centró en el bebé, que había medio volteada hacia ambos y parecía enfadado—, ¡ha... ye! ¡Buba!

Ah —sonrió suavemente Viktor—, lo sentimos, cerdito, ya no haremos ruido.

Conforme con las palabras del hombre de cabello de juguete, Yuuri se desentendió del par y se centró de nuevo en la televisión.

—Vaya —susurró Christophe—, es un bebé muy inteligente.

—Por supuesto que lo es —sonrió con orgullo Viktor—, es mi hijo.

—Eso me recuerda —chasqueó la lengua el menor—, ¿con quién te casarás para poder adoptarlo?

—¿Eh?

Viktor se quedó a cuadros.