Mila hizo un sonido de ternura, inclinada frente al bebé de oscura mirada y aún más oscuro cabello, la pelirroja sonrió de oreja a oreja, moviendo su dedo índice en círculos al nivel de los curiosos ojitos ajenos.

—Es precioso, chicos —declaró la fémina, mirando intercaladamente hacia sus dos amigos—, ¿tanto problema les causa este encanto como para que tuviesen que llamarme? —rio—, con gusto me haré cargo de él por ustedes.

Viktor sonrió ante aquellas palabras.

—Bueno, Mila, me alegra mucho que digas eso —dijo el platinado—, solo espero que continúes pensando así después de lo que voy a decirte...

—¿Te lo robaste? —bromeó la pelirroja.

—Se lo encontró —aclaró el rubio.

—Claro —ironizó la chica.

Yuuri no dejaba de mirar el fino y pálido dedo tan cerca de su rostro, pero no intentaba atraparlo.

Viktor se acercó, colocando una mano sobre el hombro de su amiga y la miró directo a los ojos con los propios de un azul más claro.

Mila dejó de sonreír, su mano cayendo de igual modo y liberando a Yuuri del hechizo momentáneo, cuya mirada se elevó hacia las dos personas frente a él.

—Necesito que te cases conmigo, Mila —solicitó Viktor, sin dar vueltas al asunto—, eres la única persona en la que confío lo suficiente como para pedirle algo como esto —dirigió su mirada a la terrosa del bebé—, quiero adoptarlo, y no puedo hacerlo si estoy soltero.

Yuuri ladeó la cabeza hacia Mila, quien, de ternura pasó a obsérvalo con incredulidad, parpadeando repetidas veces.

¿Hun...?

Mila se mordió el labio inferior, agachó la cabeza y rio por lo bajo.

—Por Dios —susurró, elevando la mirada y enderezándose a los pocos segundos—, repítanme que esto no es una broma, por favor...

Viktor giró en dirección de su mejor amigo y asintió.

—Espera un momento —solicitaron rubio y platinado.

La pelirroja asintió una vez, suspirando hacia el bebé. Y tragó grueso ante las pruebas que le presentaron segundos más tarde.