Buenas, aquí subo el cuarto capítulo de este fic tan gay que amo escribir. Espero que lo disfruten :D
GTA V Characters belong to Rockstar
A pesar de no poseer un trabajo legítimo, teniendo todo el tiempo del mundo para encontrar uno, Michael solo conocía una forma de hacer dinero: Los golpes grandes. Si bien no se la pasaba todo el día viendo películas mientras se lamentaba por sus errores, se le podía encontrar en compañía de Lester Crest mientras planeaban una estrategia y reunían los elementos necesarios para hacer una jugada exitosa. Aquellas actividades eran lo único que lo mantenían distraído y lo más lejos de casa posible.
Unos círculos oscuros bajo sus ojos eran la huella de todas las malas noches que había pasado desde que Tracey había nacido. Sentía el arrepentimiento cada vez que se levantaba en la madrugada a ver por qué demonios estaba gritando. Ella era la razón principal para huir de casa siempre que podía. No era que no la amara, no, era una niña muy dulce a sus dos años, pero era irritante tener que contestar sus preguntas y era exhaustivo separar sus propias frustraciones de la paternidad. No sentía ser material para aquello, cada vez que escuchaba a su pequeña hija decir "¿Hoy también te vas?" en ese tono tan triste como el que solo un niño puede dar, sentía que era la mierda más grande del mundo. Siempre le respondía con un culposo "Papá tiene que trabajar hasta tarde", incluso aunque ese día se la pasara encerrado en su antiguo hogar viendo películas para distraerse de la abrumadora responsabilidad. Siempre era un pleito constante con Amanda, no le podía ofrecer la vida que ella tanto esperaba. Nni a ella, ni a su hija. Le reprochaba constantemente el hecho de que su trabajo era lo único que les proporcionaba una entrada estable, y que ni siquiera debería seguir trabajando en ello por el bien de la integridad de Tracey.
Aquel día se encontraba sentado en una banca del parque junto a su mejor amigo, temblando por el frío que le calaba los huesos a pesar de ir abrigado. Cómo odiaba ese maldito lugar, con nieve cayendo todo el tiempo, solo veía blanco los 365 días del año. Estaba harto del blanco. Anhelaba algún día vivir en un lugar soleado, con palmeras, arena y el mar a su disposición para refrescarse mientras se deleitaba con las chicas que tomaban el sol. Los Santos era el lugar de sus sueños, en aquella ciudad existe todo lo que siempre había querido MÁS Vinewood, el lugar en donde los sueños, se hacen realidad, el lugar donde Solomon Richards y su gente hacían las películas más espectaculares. De verdad que le hubiera encantado dedicarse al cine, pero su capital jamás le permitiría pagarse una escuela de dirección, no con aquellas mensualidades y equipo, y mucho menos ahora que tenía responsabilidades.
Suspiró decepcionado de la vida que le había tocado a la vez que alzaba la mirada para buscar a su hija entre los niños del parque. Le había prometido que le compensaría toda aquella semana en la que estuvo "trabajando", aunque su trabajo consistiese en holgazanear frente al televisor.
- ¿Dónde está Tracey?- Viró a ver a su compañero encontrando la banca vacía.
Abrió los ojos como platos al escuchar los gritos furiosos de una mujer que llevaba de la mano a un niño llorando. Oh no otra vez, fue lo primero que pensó mientras con temor posaba la mirada en dirección hacia la persona a la que gritaban.
- ¡Tal vez si SU HIJO no fuera un egoísta de mierda, no hubiese tenido que intervenir!- Un encabritado acento canadiense provenía del hombre frente a la mujer. Se podía visualizar debajo de una de sus botas un pequeño camión de juguete destrozado.
- Trevor… -susurró para sí mismo con vergüenza. Admiraba que Trevor, siendo el desquiciado que era, fuera una persona excepcional con Tracey, como un padre sobreprotector.
La pequeña Tracey reía sentada en los hombros de su tío T. Había empezado a agitarse como un caballo, lo que le divertía mucho, aunque en realidad lo que pasaba era nada menos que el tío T aplastando con enojo aquel juguete.
- ¡APRENDE MODALES, IMBÉCIL!- gritó al mismo niño. Solo tenía alrededor de cinco años y ya había tenido un violento acercamiento al mundo real.
Trevor caminó de regreso hacia la banca, soportando que la pequeña rubia tirara de su cabello sin explotar. Tomó nota mental el cortárselo pronto para no tener que alzarle la voz un día de estos. Dos años habían pasado desde que Michael dejó de estar con el 24/7 por culpa de la zorra esa. La seguía odiando como el primer día en que la conoció, no soportaba estar en la misma habitación que ella y, a pesar del profundo respeto que sentía por las mujeres, a veces le daban ganas de ahorcarla y acabar con el sufrimiento que le ocasionaba a Michael, o al menos eso pensaba cuando de repente lo encontraba en su casa con la mirada perdida en la pequeña televisión de la sala.
Si bien Amanda era una perra, algo bueno salió de ella y eso fue Tracey. Era una niña tan dulce y encantadora, no lo juzgaba para nada y le daba cariño suficiente para sentirse bien durante un buen rato. No le gustaban los niños, incluso los mordía cuando sus padres se descuidaban, solo para darles una lección que no se merecían y por simple maldad. Pero Tracey era especial, como un rayo de sol que iluminaba su vida con su inocencia y con la forma que le sonreía solo a él, ya ni siquiera a su propio padre, a él y solo a él. Sentía un calor envolver su dañado corazón cuando la niña lloraba porque no quería apartarse de su buen tío T, se quedaba prendida a su pierna cuando su madre la arrastraba para irse ya que no consideraba a Trevor como un buen ejemplo para ella. Como si ella fuera un modelo a seguir. Si algún día Tracey seguía sus pasos, tendría que matar al menos a diez personas para no hacerle daño a la esposa de su mejor amigo.
Al llegar a sentarse junto a su avergonzado compañero, sentó a la niña en sus piernas, abrazándola para darle más calor del que podría proporcionarle aquel abrigo rosado que tenía. Tenía un semblante tan relajado y pacífico cada vez que estaba con la pequeña rubia, como si el resto del mundo, como si sus problemas, como si su depresión, dejasen de existir. Era como una terapia que le curaba y mantenía cuerdo. En su mente lo llamaba la "Tracey-Terapia". Y el hecho de que tuviera los mismos ojos de Michael hacía que se derritiera, porque era como si su mejor amigo le estuviese viendo con toda la devoción del universo. Un carraspeo le sacó de aquel feliz trance.
- ¿Qué fue todo eso?- Preguntó Michael desconcertado.
- Un estúpido niño no quiso prestarle su puto juguete a Tracey.- Frunció el ceño al recordarlo- Y cuando empujó a Tracey burlándose solo… quería…- No pudo evitar hacer la mímica de un estrangulamiento con las manos.
- ¿Qué es "puto", tío Trevor?- Preguntó la rubia con inocencia.
- Si, tío T, ¿Qué es?- Reiteró Michael con irritación en la voz. Su mirada parecía querer asesinarlo. Acercó el rostro hacia la oreja de Trevor.- Si Amanda escucha eso, no se va a poner contenta, te romperé los dedos si sigues insultando frente a mi hija- Acto seguido se acercó a la pequeña tratando de sonreír amablemente- Nena, esa es una mala palabra.
Un escalofrío corrió por la espalda de la pequeña al ver el deplorable estado de su padre. Las ojeras, la barba de varios días, el cabello despeinado, la voz ronca, era como ver un zombie que trataba de sonreír antes de comerse tu cerebro. Escondió el rostro en el pecho de Trevor para alejarse de aquella imagen. El canadiense rio entre dientes por la reacción de la rubia, de verdad que se veía fatal el hombre.
- Tracey, si vuelves a decir esa palabra, el tío Trevor morirá.- Dijo el castaño con dulzura a la niña, la cual solo pudo poner una expresión aterrorizada mientras asentía con la cabeza rápidamente- Buena chica.
Michael arqueó una ceja, ¿realmente ese era su método? Bufó antes de ponerse en pie para estirarse un poco. Amanda llegaría en cualquier momento para llevarse a la niña a casa y debía estar preparado psicológicamente para la predecible reacción negativa que tendría al ver a su pequeña en el regazo de aquel psicópata que tenía por amigo. A los pocos minutos, llegó la castaña con una cara en la que perfectamente se podía leer que tuvo un día terrible. Con trabajo echó una mirada de desprecio al canadiense antes de agarrar a la niña, la cual se había aferrado a la chaqueta de Trevor. Después de insinuarle que la pequeña no amaba a su madre y quería estar con él, no le quedó más remedio que despedirse de Tracey con un beso en la frente aunque le disgustase a la zorra. Amanda viró a ver con odio a Michael por haber dejado que aquél monstruo interactuase con su hija.
- No estoy de humor para tu mierda hoy, ni te molestes en llegar.- Dijo con frialdad antes de irse, dejando a Michael perplejo.
No era la primera vez que se lo hacía, pero jamás lo había hecho tan en serio, con tan mal humor, solo cuando estaba embarazada de Tracey se había puesto así, a menos que… no, era imposible, no se habían acostado en dos meses y Amanda tenía que protegerse si no quería que la despidiesen del club de strippers. Descartó la idea inmediatamente. Ahora por lo que tenía que preocuparse era un lugar donde dormir. Normalmente Amanda lo localizaría con el beeper a los pocos minutos como indicación para volver a casa, pero ya había pasado hora y media desde que se había marchado con Tracey. Se masajeó las sienes pensando en qué demonios pasaba por la mente de su mujer sin éxito alguno. Finalmente suspiró y miró a Trevor con vergüenza.
- ¿Puedo quedarme contigo hoy?- Preguntó con la misma vergüenza como quien pide permiso para ir al baño en voz alta frente a una audiencia.
- Claro, ¡Haremos una pijamada!- Le encantaba burlarse de Michael- Nos pintaremos las uñas, usaremos vestidos y hablaremos de los galanes de las películas que ves todo el día.
- Muy gracioso… mejor me voy a un motel.
- Claro que sí, carajo. No tienes ni qué preguntarlo. –Rodó los ojos antes de empezar a caminar hacia su casa.
En el camino se detuvieron en una tienda de conveniencia a comprar una caja con cervezas y comida de microondas. No pudo evitar mofarse de Michael por comprarse una caja de cerveza para el solo cuando no podía aguantar ni cuatro botellas sin ponerse ebrio. Era lo único que le faltaba al hombre de cabello azabache, que su mejor amigo no parara de burlarse de el cuándo lo habían sacado de su casa por su propia mujer por tiempo indefinido y por haber pasado todo el día cuidando a ese pequeño costal de energía que tenía por hija. Se sentía exhausto, pero más que nada, frustrado. Tener una familia le imponía una presión constante de la cual no podía librarse y para colmo, después de arriesgar su vida por trabajo no le agradecían sus esfuerzos, solo eran peleas y más peleas. No había sentado cabeza aún y no lo haría pronto. Al llegar a la vieja casa, se sentó en el sofá y sin más comenzó a beber su primera botella de cerveza rápidamente.
- Tranquilo, vaquero. No querrás embriagarte antes de la diversión.
Una mirada cortante fue la respuesta que recibió el canadiense. Chasqueó la lengua irritado antes de coger una botella de sus propias cervezas. Michael se había vuelto muy molesto últimamente, todo le irritaba, todo le cansaba. Era extraño estar con él así y esa extrañeza era lo que más le dolía al castaño. Esa incomodidad entre los dos cada día crecía más y solo era despejada cuando de repente se sentaba a ver una película con el hombre de familia, aunque ya no se sentía con la confianza de abrazarlo como antes. Ni siquiera sabía cómo dormirían esa noche, a lo mejor él tendría que dormir en el sofá, lo que menos quería era incomodar a Michael más de la cuenta. Esa distancia que había entre los era un constante recordatorio ese vacío que alimentaba su depresión cada vez que pasaba tiempo con él. Normalmente podía soportar su compañía unas cuantas horas sin quebrarse cuando recibía su "Tracey-Terapia" o cuando estaban en pleno trabajo, pero ahora tendría que pasar una noche entera con él, recordándole por qué no era feliz, por qué estaba solo y miserable. Miró con melancolía a su botella de cerveza a medio tomar. Desvió la mirada un segundo y vio que ya habían cuatro botellas vacías en el piso.
- Hey, Mikey, si sigues así te vas a-
Fue interrumpido abruptamente por un alcoholizado beso en los labios. Tenía los ojos como platos. ¿De verdad acaba de… Y otro beso más. Se llevó una mano a la boca más que impactado. Estaba en shock. ¿Estaría soñando? Observó bien al demacrado joven junto a él. Tenía las mejillas rojas por tanto alcohol ingerido en tan poco tiempo, su frente sudaba al igual que el resto de su cuerpo. Empezó a quitarse la chaqueta hasta quedar en solo una camiseta vieja de una universidad a la que jamás asistió y, justo cuando estaba empezando a quitársela, un par de fuertes manos le impidieron desvestirse.
- ¡¿Qué carajo crees que estás haciendo?!- Exclamó Trevor sin salir del shock. Sentía que le hacían la peor de las bromas crueles y lo peor de todo, era que la insistencia de su compañero y su propia resistencia era dolorosa- ¡Michael Townley! ¡Si continuas tendré que noquearte!
- ¡Argh!- Se quejó el embriagado ladrón antes de terminarse su quinta cerveza y aventar la botella con fuerza provocando que se rompiera contra la pared. Empezó a hablar exasperadamente, producto del alcohol- ¡Mi vida es una mierda! Mi esposa mi sacó de casa, vivo de robar porque soy un fracasado en todo lo demás y mi hija solo te quiere a ti, ¡¿Pues qué crees, amigo?! ¡Estoy deprimido y también quiero un poco de cariño!
Trevor le miró horrorizado mientras le soltaba las manos lentamente, ¿Deprimido él?, no tenía ni idea de cómo le hacía sentir aquella situación, ni una maldita idea de lo mucho que estaba hiriéndolo al usarlo para "consolarse" luego de una mala racha, ¿Creía que era su puta o algo así?, Si, lo amaba, y mucho, y lo que más quería en el mundo era esa clase de cariño por parte de él, pero no así, no de esa forma tan baja y ruín. Si quería que alguien se la chupara por piedad, que se buscase a una prostituta. No pudo evitar encorvarse por el dolor que le ocasionaba Michael Townley. Se mordió los labios con fuerza hasta lastimarse, con una mano se jalaba el cabello y con la otra se apretaba el pecho, del lado del corazón. Estaba sufriendo realmente y quería gritar con todas sus fuerzas, quería golpearse contra la pared o herir severamente a alguien mientras lloraba porque aunque estuviera muy enojado con Michael, no podía hacerle daño, nunca lo lastimaría aunque él lo hiciera inconscientemente. Sentía que su sueño se había transformado en una amarga pesadilla. Se levantó bruscamente y empezó a pegarla a la pared con fuerza mientras reprimía los gritos que quería liberar.
- ¡¿Qué diablos haces?!- Exclamó Michael mientras se levantaba como podía, tambaleándose por la ebriedad. Lo cogió por la espalda para detenerlo.
- ¡Suéltame, Michael, suéltame de una maldita vez, carajo! –Trevor forcejeaba para poder seguir desquitando el dolor de su corazón con dolor físico.
- ¡¿Estás loco o qué?! ¡¿Por qué te haces esto si ni siquiera sabes lo que es sufrir solo?!- Aquella había sido la gota que derramó el vaso. Trevor se viró enseñándole el rostro lleno de ira y tristeza a la vez. Gruesas lágrimas surcaban su rostro, remarcando sus facciones, sus cicatrices, todo.
-¡Oh, no amigo! ¡¿Qué sabes TÚ de sufrir solo?! ¡¿Qué sabes de haber sido el peor error de tu madre?! ¡¿Qué sabes de haber sido privado de todo lo que un niño normal merece?! ¡¿Qué sabes de ser abandonado constantemente por aquellos a quienes más amas?! ¡¿QUÉ SABES TÚ DE PERDER AL AMOR DE TU VIDA Y QUE CADA DÍA TE RECUERDE QUE JAMÁS TE VERÁ DE ESA FORMA, AUN CUANDO TU JAMÁS LO DEJARÁS DE AMAR?! ¡¿EH?! –Había sacado todo lo que le había hecho daño durante tanto tiempo, todo el peso que llevaba en sus hombros se liberaba poco a poco.- ¡MIERDA, MIERDA, MIERDA, MIERDA! –Continuó gritando repetidamente hasta liberar hasta la última gota de tristeza y frustración de su ser. Cada palabra que decía era un puñal que desaparecía. Era catártico.- ¡¿Quieres cariño?! ¡AQUÍ TE DARÉ TU CARIÑO!
Lo embistió contra el sofá acomodándolo con rudeza bajo su cuerpo. Con una mano sostenía en un fuerte agarre las manos de Michael sobre su cabeza y con la otra le arrancaba violentamente la camiseta. Michael luchaba por liberarse, pero su estado no le daba la fuerza suficiente para aquel propósito. A pesar de las protestas, no se detendría esta vez. Era tan fácil, como abusar de un joven estúpido que se siente muy hombre para enfrentarlo. Una vez descubierto el torso de Michael, y sin dejar de sostenerlo, comenzó a acariciar su cuerpo con lujuria, estimulando las zonas sensibles de su piel. Con un poco de esfuerzo, logró quitarle el cinturón y lo usó para amarrar las manos de Michael y así tener las suyas libres para divertirse a diestra y siniestra, aprovechando la distracción, se hizo una coleta mal hecha para evitar que sus largos cabellos de caoba se entrometiesen en el camino. Besó con fogosidad a su compañero, el cual apretaba con fuerza la mandíbula para no dejar pasar su lengua. Estaba más que aterrorizado aun en su inconveniente estado, jamás había visto a Trevor así y temía lo que pudiese sucederle, pero poco a poco empezó a sentir el calor, el deseo comenzó a envolverlo a él también al punto que no pudo resistirse más. Bajó los brazos un poco para rodear el cuello de Trevor y acercarlo un poco más, animándole a continuar. Ábrela, susurró Trevor y sin chistar, dio paso a aquella hiperactiva lengua que empezaba a enrrollarse con la suya como en una lucha y el objetivo principal era tomar el control, pero su lengua era tan experta que no pudo más que ceder. El canadiense bajó las manos delineando la figura de Michael hasta llegar al borde de su pantalón, sin rodeos introdujo las manos para acariciar los redondos y bien formado glúteos de su compañero. Cada vez que los apretaba, un leve gemido se escapaba de aquellos dulces labios sabor a Pißwasser que lo estaba enloqueciendo. Cada vez que escuchaba esa deliciosa música, hacía que quisiera avanzar un poco más. Comenzó a besar su cuello, mordiendo y dejando leves marcas para evidenciar que ahora le pertenecía, además de que con cada mordida podía hacerle suspirar como ahogando un gemido. Se detuvo un momento quitarse las prendas superiores de forma desesperada. Necesitaba sentir su calor de una vez, necesitaba unir su cuerpo con el suyo, sentir la dureza en la entrepierna de Michael contra la suya no le ayudaba en nada. Estaba a punto de quitarle los pantalones a su compañero cuando una risa fuera de lugar hizo que perdiera la "inspiración".
- ¿De qué mierda te ríes?- gruñó dedicándole una mirada irritada.
- ¿Quién diablos se tatúa una carita feliz en el abdomen?- No pudo evitar reírse de nuevo.
- Vaya forma de cortar el rollo, Mikey.- Sentía como le saltaba el párpado por el enojo.
Se incorporó para coger su botella de cerveza a medio tomar, al menos eso sería lo único que terminaría esa noche.
-Ahem… -Michael llamó su atención señalando el cinturón en sus manos- ¿No me lo vas a quitar?
-No, te lo mereces.- Dio un sorbo a su cerveza antes de ponerse en pie y cargar a Michael como un costal de harina. El azabache no se quejó.- Es hora de dormir, sugar tits.
Sin más, lo recostó con cuidado para quitarle el cinturón de las manos y acto seguido se metió en la cama para dormir. Era una noche fría, aunque hubiera calefacción, seguía filtrándose el gélido clima de North Yankton en la habitación. Durmieron abrazados para brindarse el calor que solo sus torsos desnudos podían brindarle, además del grueso cobertor que los guardaba.
¡Gracias por leer!
De nuevo volví a superarme en cuanto a palabras, pero es que hay tanto que describir y tantos headcannons que canalizar, que a uno se le va el número de hojas haciéndolo, jaja. Nos leemos a la próxima.
