Les traigo el quinto capítulo, espero que lo disfruten :)
GTA V characters belong to RockStar Games.
Su aliento rozaba la tersa piel entre su cuello y sus desordenados cabellos azabaches. Sentía como se erizaba la piel de su compañero con cada beso que le daba detrás de la oreja, se había convertido ese punto en su favorito desde la primera vez que tuvo acceso a él. Era embriagante su aroma, no podía evitar olfatear su cabello con parsimonia hasta llenar el último trago de aire con su peculiar olor. Ensanchaba sus fosas nasales con tal de no perderse un solo detalle. Sus juguetonas manos se encontraban tranquilas acariciando la espalda de su compañero. El juego previo siempre era importante, no le gustaba solo llegar y hacer el trabajo, le gustaba disfrutar cada instante que podía ser parte de él.
Habían pasado varios meses haciendo lo mismo en cada oportunidad en la que Michael podía escapar de casa. Siempre llevaba cerveza para terminar ebrio y no sentir culpa por engañar a su esposa con quien menos había pensado hacerlo hasta que lo probó por primera vez. Cuando despertaba a la mañana siguiente siempre decía algo como "Qué borrachera la de ayer, no recuerdo qué pasó", y la mayor parte de las veces era medianamente cierto ya que solo recordaba en esencia lo que había ocurrido, pero esa sensación de relajación al despertar nadie se la quitaba.
Desde el último golpe, había podido contratar a una niñera de medio tiempo para cuidar a Tracey y atender a Jimmy, quien solo había nacido un par de meses atrás. Amanda no había podido regresar al trabajo ya que las estrías del embarazo le hicieron perder su encanto juvenil, según su antiguo jefe, por lo que se encontraba de mal humor cuando se quedaba mucho tiempo sola en casa con los niños sin hacer nada, pero gracias a la nueva relajada actitud de Michael, las peleas habían cesado y se habían unido más como familia, por lo que el mal humor de Amanda era ocasional. Cuando llegaba a casa, lo hacía con una sonrisa e incluso ya pasaba más tiempo con sus hijos. Quién iría a pensar que toda esa miel sobre hojuelas era producto de una aventura un poco retorcida. Gracias a esa estabilidad familiar, podía escaparse los fines de semana para descansar de toda responsabilidad con la excusa de que trabajaría. Amanda sabía sobre los golpes y le aterraba la idea de que pudieran perder a Michael, pero confiaba en la promesa que siempre le hacía de regresar a casa sano y salvo, sabía que su esposo era un experto en lo que hacía.
Michael se sentía como una basura cada vez que le decía a su esposa que trabajaría en su siguiente gran golpe y ella le creía, cuando en realidad solo iba a "emborracharse hasta no recordar al día siguiente", pero si no lo hiciera, no podría soportar vivir cada semana con ellos. Amaba a su familia con cada fibra de su ser, pero el ambiente familiar lo incomodaba un poco cuando no se encontraba en ese estado de relajación que le dejaban los fines de semana. Sin esos fines de semana, volverían a lo de antes. Afortunadamente el apetito sexual de su esposa era nulo desde que esperaba a su segundo hijo, por lo que estaba a salvo de ser descubierto luego de todas aquellas marcas de propiedad en su torso y espalda, además de las mordidas alrededor de su cuerpo.
Por el otro lado, Trevor se encontraba en un estado emocional contrariado. Por una parte se sentía en la gloria, es decir, sentía que por fin estaba recibiendo todo el cariño que merecía y, mejor aún, lo estaba recibiendo de parte de la persona a quien realmente amaba. Era muy feliz y su violencia natural se veía controlada los primeros días de la semana ya que nunca faltaban las ganas de romperle la cabeza a alguien cuando pasaba mucho tiempo solo. De vez en cuando coincidía con Brad, le agradaba el rubio ahora que empezaban a acercarse un poco más por la ausencia de Michael durante la semana, pero usualmente lo dejaba de lado cuando el tan esperado fin de semana llegaba.
Y por la otra parte, Trevor sentía culpa cada vez que despertaba junto a Michael y él le decía que no recordaba nada. Sentía que abusaba de su mejor amigo aunque este se dejase llevar y permitiera que el canadiense hiciera lo que quisiera con él, porque sabía que solo estaba ebrio. Odiaba la traición y lo que hacía era prácticamente una especia de, pero no podía evitar dejarse llevar por todos los sentimientos y deseos reprimidos que había tenido durante años. Por ello no podía aguantar una semana completa sin meterse con alguien o destrozar algo para liberar la tensión. Siempre que estaba a punto de llegar a su límite, Michael ya estaba frente a él bebiendo a propósito para poder dejarse llevar por la pasión que ambos traían por dentro. Era catártico para ambos esa cercanía tan especial, tan única.
Ahogó un suspiro haciendo que el canadiense parase el recorrido que hacía con la lengua sobre su vientre.
- ¿Quieres que pare?- Preguntó sin despegarse de su piel un instante. Nunca haría nada que el azabache no quisiera.
En respuesta negó con la cabeza mientras posaba una mano sobre la cabeza de su compañero y con la otra cubría su avergonzado rostro. El canadiense continuó lentamente su camino hacia abajo disfrutando cada momento. Michael no pudo evitar arquear la espalda al sentirlo entre sus muslos. Apretaba con fuerza la mandíbula para no soltar aquellos vergonzosos sonidos que eran música para el castaño, razón por la cual este último no podía evitar emocionarse a la hora de provocarle placer solo para obligarlo a gemir. Cada vez que le succionaba su piel, enredaba los dedos entre sus castaños cabellos para controlarse, pero poco le duraba el gusto cuando Trevor se concentraba en varias áreas a la vez, como en ese momento que se encontraba masajeando uno de sus glúteos mientras su hiperactiva lengua saboreaba su dureza con maestría, y al mismo tiempo, su otra mano se encontraba repasando uno de sus muslos con suaves caricias. Al poco tiempo había descargado su placer sobre el rostro de Trevor.
- Wow, eso no fue muy amable, cupcake.-susurró antes de relamerse los labios que se curvaron en una sonrisa lasciva.
Con toda la vergüenza del mundo, Michael cogió un pañuelo desechable de la caja que estaba en la mesita de noche y con cuidado limpió el rostro de su compañero que sigilosamente se acercaba a él. Una vez limpio, Trevor intentó besar sus labios pero el azabache viró para rechazarlo. Frunció el ceño.
- Lo siento, es que… bueno me acabas de, y…- No encontraba la manera de decirle que no le emocionaba la idea de darle un beso indirecto a su pene.
- Eres un marica.- Respondió irritado a la vez que se levantaba para ir al baño a enjuagarse la boca. Solo por él hacía eso.
Al verse frente al espejo, aprovechó para limpiarse bien el rostro y deshacerse la molesta coleta que siempre tenía que hacerse cuando lo hacían. Se había prometido a sí mismo ir a cortarse el cabello, pero nunca iba y, a decir verdad, le gustaba llevarlo así. Volvió a la cama encontrándose a Michael vistiéndose con una camiseta suya de Love Fist que encontró en el suelo y su ropa interior. No pudo evitar reírse de él por vestirse como si fuera su novia. El azabache solo respondió alzándole el dedo de en medio antes de recostarse en la cama para poderse abrigar con las cobijas. De verdad que odiaba el frio. El canadiense se acomodó del otro lado mientras se ponía una camiseta cualquiera. Abrazó a Michael para darle calor. Le miraba embelesado por la bella situación en la que se encontraban. No necesitaba más por el momento, le bastaba con tenerlo a su lado y con poder complacerlo, ni siquiera necesitaba que se lo hiciera a él, solo con poder tocarlo, hacerlo sentir bien, era suficientemente bueno. Besó su sien y acto seguido besó sus labios con suavidad. Su plan era darle ese beso de buenas noches y dormir, pero al parecer Michael no había tenido suficiente ya que por primera vez sorprendió a Trevor besándolo más de la cuenta por iniciativa propia. Pronto, el tono de las caricias fue aumentando terminando el canadiense sobre él una vez más. El azabache se quejó en broma pidiendo ser por una vez el que estuviera sobre su compañero al menos para el make-out antes de dormir. Sus deseos fueron órdenes y así termino encima el castaño.
Podía escucharse Love Fist a todo volumen por la ventana. Amanda llevaba varios minutos llamando a la puerta de la casa de Trevor sin éxito. Nunca había ido a ese lugar, pero lo conocía de vista. Solo sabía que ahí vivía Michael antes de casarse. Golpeó con insistencia una vez más. Se abstenía de insultarle a gritos teniendo a los dos niños con ella.
- ¡Trevor Phillips, si no abres en este instante romperé la ventana y entraré!- Gritó sumamente enfadada.
A los pocos segundos el canadiense abrió la puerta solo para volverla a cerrar de golpe aterrado y correr a buscar un poco de ropa mientras esperaba a que Michael volviera en sí. Este último ya había despertado, pero la borrachera lo mantenía encerrado en el baño devolviendo todo el alcohol que había metido a su cuerpo a la fuerza. Su compañero le dejó ropa a un lado para que se vistiese, no sin antes decirle en voz baja que su esposa estaba ahí con los niños. Se movió rápidamente para tirar las botellas de cerveza y todo rastro que pudiera delatarlos, además, no quería que los niños vieran el desastre que era su vida, si solo hubiese sido Amanda, no se hubiera tomado tantas molestias. Volvió hacia la puerta principal para abrirla, se recargó en el marco de esta, observando a la castaña de la misma hastiada manera de siempre.
- ¿Qué demonios fue eso?- Arqueó una ceja. Algo en lo profundo de su mente le hacía sospechar - ¿Está Michael aquí?
- Baño.- Fue lo único que respondió Trevor mientras se agachaba para quedar a la altura de Tracey- Hola, nena. ¿Quieres hacer un muñeco de nieve conmigo?- La niña asintió emocionada como respuesta mientras se iba a la terraza.
Amanda hizo una mueca de disgusto al ver como su hija se sentía tan a gusto alrededor de ese desagradable animal. Asentó el porta-bebé donde Jimmy dormía pacíficamente antes de ir hacia donde se encontraba su esposo. Tocó la puerta un par de veces pero no le contestó. Empezaba a comerle la sospecha y la horrenda música de fondo no ayudaba en nada. Buscó por todo el lugar el aparato que la reproducía para bajarle un poco al volumen ya que no tenía ganas de pelear con Trevor por apagarlo.
- Michael, ¿Qué haces ahí dentro?-Acercó el oído hacia la puerta percibiendo el sonido de las arcadas de su marido. Asqueada se apartó y empezó a buscar algo que le diera una pista para saber por qué su esposo se encontraba devolviendo en la casa de ese cretino. Al no hallar ni una sola botella, salió hacia la terraza para inspeccionar al canadiense.
Trevor jugaba con Tracey. Al no tener guantes, había cancelado el muñeco de nieve o tendrían que amputarle las manos por el frío. En cambio, se encontraba sentado en el pórtico mientras veía a la rubia hacer bolas de nieve para que viera al tío T lanzarlas a la gente que pasara por ahí. Sintió que algo lo jalaba haciendo que se levantase. Amanda tiró de su camiseta acercando peligrosamente su rostro al suyo con un mohín molesto. El canadiense se encontraba entre sorprendido y asqueado por la acción, y cuando estuvo a punto de hacer un comentario, se percató que la castaña lo estaba olfateando. Puso los ojos en blanco cuando se dio cuenta de lo que ocurría y acto seguido fue a golpear con fuerza la puerta del baño.
- ¡Michael Townley! ¡¿Te estabas emborrachando anoche, verdad?!- Se encontraba hecha una furia.
Ella que tanto confiaba y esperaba pacientemente a que fuese lunes para volver a ver a su marido, se lo encontraba en un estado lamentable y casi ebrio. Le había parecido inusual que en plena tarde de lunes no hubiese llegado a casa como prometía cada semana. Quería llorar de la rabia por la mentira. Apretó los puños con fuerza para controlar su ira. Luchaba por no llorar, por no gritarle aun cuando quisiese decirle lo molesta y decepcionada que estaba. A pesar de que su oficio no había sido el ideal para ello, realmente se había enamorado de su esposo. Realmente lo amaba y nunca lo había engañado. Había dejado los bailes privados y finales felices, los tragos y los toqueteos inapropiados con clientes, el dinero extra y toda la diversión que podía tener. Ahora era una mujer casada y los últimos meses había empezado a ser feliz de verdad, con todas aquellas atenciones que su esposo por fin le daba. Ahora ya no sabía qué pensar, le dolía que Michael le hubiera dicho que iría a trabajar cuando se la había pasado ciego de tanto alcohol. ¿Tanto le aburría su compañía? ¿Había fingido todo este tiempo que la quería? No sabía que ocurría y le aterraba pensar que el hombre de su vida estuviese embriagándose y acostándose con putas cada fin de semana, a excepción de aquellos en los que realmente era evidente que trabajaba. E incluso eso, ella lo había aceptado con todo, con su estilo de vida y el oficio que solo conocía. Y ahora le pagaba así.
Cuando Michael salió por la puerta, vio a su esposa parada frente a él con lágrimas en los ojos. Cuando se acercó a ella, recibió una bofetada cargada de todos los sentimientos y el dolor que la castaña traía en ese instante. Sorprendido, se llevó una mano al lugar donde Amanda le había pegado. Su esposa jaló su camiseta un poco descubriendo marcas rojas alrededor de su cuello. Sin más, que decir, cogió el porta-bebé mientras se limpiaba las lágrimas.
- Amanda, espera…
- ¡TE ODIO! -explotó la castaña cuando escuchó la ronca voz de su esposo, evidenciando su noche de juerga- ¡No quiero verte nunca más!- Se fue caminando rápidamente hacia la puerta- ¡Tracey, vámonos!
- Pero mamá… -Comenzó la niña cuando su madre tiró de su pequeño brazo con violencia. En respuesta, la pequeña rubia comenzó a protestar gritando mientras se aferraba a la pierna de Trevor.- ¡No, no, no, no!- La niña no se quería ir, lo que solo estaba irritando más a su madre.
- ¡Suelta a ese monstruo!- Amanda seguía tirando de su hija con tal fuerza que empezaba a hacerle daño.
Tanto era su enojo que ya había empezado a alzar la mano para pegarle a la rubia, pero el fuerte agarre de Trevor la detuvo antes de que tocase a la pequeña. Aquella pequeña acción hizo reaccionar a la castaña, le hizo darse cuenta de lo que estuvo a punto de hacer y de lo que estaba haciendo. Tenía los ojos como platos mientras observaba la severa mirada del canadiense. Sentía miedo, su cuerpo empezaba a temblar del terror que aquellos ojos avellana le inculcaban, parecían no tener brillo, solo una sed de sangre descomunal.
- ¿Y el monstruo soy yo?- Remató Trevor mientras alzaba en brazos a la pequeña Tracey que no paraba de llorar.
Amanda miró a la niña llorando, asustada de su propia madre, y luego vio como el castaño la protegía con su fuerte agarre del golpe que le iba a propiciar. Se soltó bruscamente del canadiense y con la misma empezó a sobarse las sienes.
- En un rato la llevo a tu casa.
La castaña no pudo hacer nada más que asentir. Estaba aterrada y no quería encontrarse con aquellos ojos demoniacos de nuevo. Cogió a Jimmy de nuevo y se marchó sin despedirse. Trevor se encontraba tratando de calmar a Tracey arrullándola entre sus brazos. Vio a un niño pasar con una paleta sin abrir y sin dudarlo, se la arrebató para dársela a la pequeña rubia con tal que cesase su llanto. El niño se fue corriendo gritando del miedo mientras el castaño entraba a casa con Tracey. Vio a Michael sentado en el sofá aún en shock por lo que había ocurrido.
Tenía una resaca impresionante, se había pasado con el alcohol más de lo normal, lo que bloqueaba la relajación que normalmente sentía al despertar. ¿Cómo sabía Amanda que estaba ahí?, bueno, era lógico pensar en eso cuando normalmente era seguro encontrarlo en dos lugares en toda la ciudad. Suspiró mientras se sobaba la mejilla en donde se podía ver perfectamente la huella de la mano de su esposa. Lo había arruinado en grande y, lo peor de todo, si llegaba a divorciarse, sus hijos sufrirían las consecuencias. Eso era lo que más le dolía. Una vez más, había confirmado la basura de persona que era. Se odiaba a sí mismo, se odiaba por ser un mentiroso de mierda, por sucumbir hacia sus deseos antes de reaccionar. Apenas caía en la cuenta de que ya no podía ser egoísta. Sabía que hería a todo el mundo con sus acciones, pero se engañaba a sí mismo pensando en que no había nada de malo con querer ser feliz de una forma horrible si con ello podría hacer feliz a los demás en su ignorancia. Qué mal estaba. Y ahora, se encontraba viendo a su hija sollozando mientras su mejor amigo trataba de consolarla con un dulce. Ojalá pudiese ser como él, que no estaba atado a una familia y podía hacer lo que quisiera. Finalmente suspiró llamando la atención de los presentes. Trevor se dirigió hacia el dejando a la rubia en el suelo. Acarició sus cabellos de oro mientras le indicaba que le esperase afuera en la nieve. Una vez la niña afuera, se sentó al lado de su compañero.
- Mikey…- Comenzó pero no supo qué decir al momento. Cogió su mano para consolarlo de alguna forma.
- Debemos dejarlo.- sentenció el azabache- Tengo una esposa y dos hijos.
Aquellas palabras se sintieron como dagas que perforaban su pecho. Sabía que lo que hacían era incorrecto y que realmente era como un placebo, es decir, muy en el fondo conocía la verdad, sabía que no era amor y estaba conforme con ello mientras pudiera despertar abrazado a él, le bastaba para sentir que era querido. Detestaba a Amanda con todo su ser, la detestaba desde el día en que se enteró de su existencia, pero aun así, había sacrificado muchas veces su felicidad con tal de que las cosas entre Michael y ella se dieran, porque realmente lo amaba. Sin embargo, no sentía que pudiera dejar lo que había estado ocurriendo en aquellos meses tan pronto, eso lo destruiría. De nuevo el abandono estaba ahí, como su única compañía. Entrelazó sus dedos con los del azabache, sin mirar hacia un punto en especial, se podía apreciar la tristeza en sus orbes avellana. Lo siento, fue lo último que escuchó de los labios de Mikey ese día. Él regresó a casa con su hija para solucionar las cosas con su mujer. Trevor se quedó en ese sofá todo el día con la mirada perdida.
Días, semanas, meses pasaron y solo podía esperar cada día la hora de dormir para olvidarse del vacío que sentía en el interior. Sus demonios lo consumían de forma lenta y cruel, recordándole lo poco que valía para el mundo, lo buena que hubiera sido la vida si él no hubiese nacido como le recordaba su madre. Si veía a alguien, era por casualidad, en la calle, y sus pláticas consistían en monosílabos porque no se sentía con el ánimo de entablar una conversación, incluso a veces amenazaba a la gente para que lo dejasen en paz. De vez en cuando iba al bar a pelear para desahogarse, pero nada lo llenaba. Ni siquiera embriagándose podía olvidarse de la soledad y el peso que cargaba. De repente se ponía a imaginar qué hubiera ocurrido si no hubiesen pasado ciertas cosas, si no hubiesen encontrado a Amanda, si no hubiesen sido criminales, si no se hubiesen conocido. Afortunadamente la cercanía que tenía con Brad le hizo tener los pies en la tierra ya que su presencia se había vuelto constante desde que lo encontró dormido debajo de un puente al lado de un cadáver. Lo iba a visitar constantemente y habían llegado a tal punto de confianza, que podía desahogarse siempre y cuando tuviera un par de copas encima. Sus secretos estaban a salvo con él y eso, verdaderamente lo estaba ayudando a salir adelante.
Michael había vuelto a su monótona vida, solo que ahora tenía una videocasetera para distraerse mientras ignoraba al resto del mundo. Las peleas con Amanda eran frías cuando se daban porque había perdido su entera confianza. Apenas y se acercaba a los niños. Tracey no paraba de preguntar por su canadiense favorito, pero pasaría un tiempo para que pudieran juntarse de nuevo sin ser incómodo. Habían pasado momentos tensos en su amistad, pero este era sin duda el más fuerte. Dejaría una cicatriz que tardaría en sanar, sobre todo por lo que habían vivido juntos y, desafortunadamente, esa cicatriz también la tendría la gente a su alrededor.
Pasado un año del incidente, decidió que era momento de poner las cosas en orden con tal de que pudiesen trabajar sin problemas. Se puso una gruesa chaqueta y unas botas para poder caminar en la tormenta de nieve sin morir en el intento. Al llegar a la esquina de su vieja casa, se arrepintió un poco, pero no podía dar marcha atrás. Vio que Brad se retiraba del lugar en su automóvil, pero no le tomó importancia. Se detuvo frente a la puerta durante varios minutos pensando en qué decir, incluso se quedó pensando en cómo llamar a la puerta, pero una socarrona voz lo sacó de sus pensamientos.
- Hey, vaquero, si vas a espiarme como una ex novia psicópata, tendré que asesinarte.- Se burló Trevor asomado por la ventana.
Al menos su sentido del humor seguía intacto, cosa que aliviaba a Michael de momento. Entró una vez que le abrieron la puerta y se quedó parado frente a Trevor. Era ligeramente más alto que el, por lo que tenía que alzar la cabeza para verle directo a la cara. Pudo notar que tenía cicatrices nuevas, como la que tenía sobre el labio. ¿Se habría metido en peleas o… se habría hecho daño a sí mismo? Le preocupaba un poco su condición después de lo que había pasado. Carraspeó y comenzó a hablar.
- Sé que ha pasado una... em… mala temporada entre los dos.- Hizo una pausa para continuar, pero antes de que pudiese hablar, el canadiense intervino.
- Mikey, movámonos hacia delante, ¿sí? No te tengo rencor.- Y no mentía. Durante ese año, gracias a las largas charlas consigo mismo y con Brad, se había dado cuenta de muchas cosas, entre ellas, que él no podía cambiar los hechos ni sus sentimientos, pero que podía y debía controlarlos como siempre había hecho y, con la misma, seguir caminando.- Estábamos "muy ebrios" y no pensábamos.- Hizo comillas para resaltar la mentira.- Así que, volvamos a lo de siempre.
Le aliviaba enormemente que el canadiense hubiera sido quien dio el paso, le quitaba un enorme peso de encima. Pensaba que aquello saldría muy mal, pero fue todo lo contrario. Trevor, por su parte, seguía herido por la situación, pero si podía seguir conservando la amistad de Michael, podría seguir en el juego. Además, quería ver a sus hijos antes de tomar la fuerte decisión de desaparecer de su vida. Discutía con Brad la posibilidad de sacarlo del equipo y seguir atracando para que él pudiese tener una vida familiar normal, pero todavía no perdía las esperanzas en que podría equilibrar su vida criminal con su amistad y todo lo demás. Quería observar a Michael un poco más antes de tomar ese rumbo, quería ser su amigo y nada más, probar su lealtad y seguir su vida aceptando la realidad.
- ¿Amigos?- Preguntó el azabache extendiendo un poco los brazos.
- Amigos.- Respondió el castaño antes de darle un fuerte abrazo.- Bienvenido de regreso.
Aún con la reconciliación y la promesa de la madurez ante la situación, no pudieron evitar "embriagarse" en algunas ocasiones ya que, después de todo, seguían siendo unos niños. Unos niños veinteañeros.
¡Gracias por llegar hasta aquí!
Tuve un poco de problema en escribir este capítulo, pero espero que haya sido agradable. Nos leemos a la próxima.
